Capítulo 16 #3
¿Cuando salí del hospital, libre de infecciones y lleno de resentimiento?
No, se había sentido aliviada y agradecida.
¿Cuando construí el taller? Pensó que quizá fuera uno de esos tipos que almacenan provisiones para posibles catástrofes para no tener que ir nunca al pueblo.
No le había dado ninguna otra pista, sumido en la amargura y decepcionado porque no confiara en mí.
¿Se había sentido orgullosa en algún momento de mi vida adulta?
No había ido a la universidad, como muchos otros jóvenes.
Había planeado dedicarme al rancho como mi padre, pero había sido una obligación y no una vocación.
Luego tuve una caída de un caballo que estuvo a punto de dejarme sin poder volver a caminar y después un accidente yendo por los pastos en un quad para el que necesité demasiados analgésicos.
Empecé a vender muebles más de un año después de aquella última estancia en el hospital. Durante más de trece años, había estado levantando el negocio y convirtiéndome en un fabricante de mesas personalizadas a medida muy solicitado. ¿Nunca había compartido mi éxito con mis padres?
—Adelante, díselo a papá. Actualizaré la galería de la página web para que podáis ver más trabajos. Me va bien y disfruto con lo que hago.
—Nunca hablas de ello.
No lo hacía. Hasta los conductores que me entregaban barriles viejos o los repartidores que me llevaban suministros y enviaban los muebles sabían que no era de hablar mucho. Me guardaba las cosas porque no tenía ganas de demostrarle nada a nadie. Y seguía siendo así.
—Hubo muchos rumores sobre lo que podía y no podía hacer después del accidente.
Me esforcé por no sonar acusatorio, pero volvió a contener la respiración.
—Lo entiendo.
—No me refería a ti. Ni a papá. —Habían visto con sus propios ojos lo que no podía hacer después del accidente.
—Me encantaría ver el taller —dijo ella, vacilante.
—Claro. En cuanto las carreteras estén despejadas.
—¿No habían estado ya en el taller? Una vez mi padre se pasó para dejarme unas herramientas viejas que ya no usaba.
Era su forma de hacer limpieza y bajar el ritmo en el rancho, pero también de ver cómo estaba yo.
Pudo ser que quizá lo hiciera salir de allí prácticamente en cuanto llegó.
Me pareció inmaduro de cojones.
—Te llamaré cuando sea seguro venir hasta aquí.
—Sí, Jonah. Estupendo.
Colgué antes de que el latido en mi pecho pudiera romperme un vaso sanguíneo. Mis padres se merecían un hijo mejor que yo. Eli había sido el tipo de niño al que podían mimar. Yo solo había empeorado con la edad.
Summer estaba callada en el sofá. Me dejé caer a su lado y ella se acurrucó junto a mí.
—¿Cómo están tus padres? —preguntó.
—Preocupados.
Levantó la cabeza.
—Mi madre también se preocupa siempre. Es cosa de padres.
Cruzamos una mirada cómplice. Había visto lo rápido que contestaba el teléfono cada vez que llamaba Wynter.
—Y algo propio de las hermanas.
—Sí, pero no estamos hablando de mí.
Vale. Al parecer, no podía escabullirme de ella.
—Odio seguir preocupándolos. A mi madre le ha sorprendido que me ganara bien la vida fabricando muebles.
—¿No han visto la mesa de cocina?
—Sí. —Sonreí con aire burlón—. Pero no han visto por cuánto vendo esa clase de mesas.
—¿Por cuánto? —La expresión se le volvió casi tímida—. Es decir, he echado un vistazo a la página web. ¿Tenías una mesita auxiliar por cinco mil dólares?
—A la gente rica le gustan las cosas únicas.
—A la gente rica le gustan los productos hechos a medida de lugares como Montana —asintió ella—.
Cuando vi por primera vez el precio de una pequeña remesa exclusiva de bourbon navideño, pensé que mi padre se había vuelto loco.
Creía que pedir cientos de dólares por una botella era una quimera. Al fin y al cabo, solo es bourbon.
—Un bourbon muy bueno de verdad. —Solía disfrutar de una copa de vez en cuando con Teller.
Excepto por unas pocas veces cuando era adolescente y un par más después de cumplir los veintiún años, nunca me había emborrachado.
Se acumularon más recuerdos—. Regresábamos de una excursión de caza o en moto de nieve y nos tomábamos una mientras deshacíamos las maletas y limpiábamos el equipo.
Esperé a que me dijera que aún podía intentar cazar, o incluso montar en moto de nieve.
Y yo le habría respondido que incluso con las excursiones de caza más cortas me dolían tanto las articulaciones que no podía dormir en una semana.
Atrapar un pájaro no merecía tanto la pena.
Podía comprar un ganso en la carnicería, un pavo en el supermercado.
Podía pedir carne de venado. Así podría andar al día siguiente.
En cuanto a la moto de nieve, no podía arriesgarme a meterme en nieve tan profunda que me costara dar un paso. Ya no podía levantar tanto las rodillas como antes. No iba a convertirme en una víctima y que otros se pusieran en peligro al venir a ayudarme.
Pero ella no intentó calmarme. No me obligó a ser optimista.
—Solía tomarme una copa con Teller cuando los dos nos quedábamos despiertos hasta tarde en casa. Las dos últimas veces me preguntó por Boyd. Ahora me doy cuenta de que estaba tanteándome, intentando que admitiera que no era feliz.
—Es un buen hermano.
—Todos lo son. —Entrelazó los dedos con los míos—. Tú también lo eras.
Una oleada de tensión me recorrió el cuerpo. No esperaba hablar de Eli.
—No lo era.
—Eli se parecía mucho a Tenor. Más callado, más tranquilo, un poco empollón, pero lo bastante parecido a Tate y a Teller como para que quedara claro que eran hermanos. Sin embargo, la gente se sorprende.
—Creo que con Eli pasaba lo mismo. No dejaba de esperar que se comportara como yo, pero no lo hacía. La mitad del tiempo no sabía qué hacer con él.
—Teller y Tate son así con Tenor.