Capítulo 16 #2
—Solo por eso, voy a ver cómo subes cada escalón. Voy a catalogar cada mueca de dolor. Puede que incluso te cronometre. —Apretó los dientes con tanta fuerza que temí que se le rompieran—. Y más te vale tener un condón, porque voy a abalanzarme sobre ti en cuanto tus pies toquen el suelo.
Su erección se hizo más grande.
—Maldita sea, mujer. Te vas a poner insoportable, ¿verdad?
—Insoportablemente cachonda. Échale la culpa a mi lengua. Pero tengo prioridad en el baño. Si crees que vas a bajar sin mí, que sepas que puedo contener mi excitación. He vivido sin sexo espectacular desde la pubertad hasta anoche.
Se le escapó una risa entrecortada. La sonrisa era tensa, pero eso podría deberse más bien a que su miembro exigía todo el suministro de sangre.
Una chica podría acostumbrarse a esa reacción por parte de un chico que le gustara. Tenía el pelo revuelto, aún no me había cepillado los dientes y necesitaba una ducha después de las travesuras sexuales, pero él estaba excitado ante la idea de volver a tenerme.
Sacudió la cabeza y luego señaló con la barbilla hacia la puerta del baño.
—Ve, entonces. No tengo todo el día.
—Sí que lo tienes. —Me metí corriendo en el baño y cerré la puerta. Tenía pensado darme prisa en asearme, pero me detuve al verme en el espejo.
Mi pelo era una maraña. Unas marcas rojas de arañazos me cruzaban el pecho. A Jonah le gustaban los pechos. Pero mis ojos brillaban y mi sonrisa era más amplia de lo que jamás la había visto.
Era feliz. En esa pequeña cabaña en medio de una tormenta, estaba más contenta que nunca.
Cuando cayera el último copo, no estaba segura de qué iba a pasar. Jonah quería mantener la relación en secreto durante un tiempo. La sonrisa se me apagó. No. Cogí el cepillo de dientes. No iba a dejar que unas preocupaciones sobre el futuro echaran a perder un festín sexual de lo más agradable.
Jonah
Había hecho exactamente lo que había dicho que iba a hacer: me había cronometrado mientras bajaba las escaleras, joder.
Me había agarrado a la barandilla con fuerza, pero, a pesar de todas las acrobacias de la noche anterior, la cadera y la rodilla funcionaban bien.
Como no había pasado más tiempo de pie que aquella primera vez, ni siquiera me dolía el pie.
Que lo achacara a la adrenalina residual, me daba igual.
No me había caído por las escaleras y no la había derribado como si fuera un bolo, y eso me bastaba.
En cuanto mis pies tocaron el suelo, me empujó hasta que quedé sentado en el tercer escalón y me bajó los pantalones de chándal.
Los orgasmos antes del desayuno estaban bien, pero podía volverme adicto a una Summer sonrojada sentada frente a mí, metiéndose el último trozo de beicon en la boca. Me lo había robado descaradamente y se había tomado su tiempo masticándolo. Casi la había tumbado sobre la mesa.
En ese momento estábamos jugando al Conecta 4, tal y como le había dicho a Wynter. Había una caja de damas en el borde de la mesa.
Deslicé la ficha ganadora hasta su sitio.
—Cuatro en raya.
Los bonitos labios rosados se le entreabrieron.
—¡No puede ser! —Se acercó más al juego—. Ni siquiera me había dado cuenta de que tenías tres en línea.
Eché las piezas del juego en la caja.
—Odiaba los juegos de mesa con mis padres.
—¿Lo hacías mucho? —preguntó ella, sacando las fichas de damas.
—También odiaba quedarme en casa.
—¿Y ahora?
Solía trabajar durante todas las tormentas, siempre que pudiera atravesar los montones de nieve del jardín para llegar al taller. Prefería estar en casa antes que deambular por el pueblo.
—No. Estar encerrado en casa durante días no era divertido, y que mis padres fingieran que nos lo estábamos pasando bien cuando estaban tan preocupados por mí o echaban tanto de menos a Eli era horrible. Pero esto… es agradable.
Una leve sonrisa se le dibujó en los labios.
—Lo es. —Empujó las fichas negras hacia mí—. Te diré una cosa: crecí jugando con mis hermanos, y eran despiadados. No creían en dejar ganar a las pequeñas.
—Que te quede claro que soy un desastre al Monopoly, así que no te hagas ilusiones de que me vaya a poner un traje y a darte una paliza.
—Que le den a ese juego. —Me señaló con el dedo—. Sabía que estabas escuchando.
—No ha sido a propósito. —Me había quedado paralizado, preguntándome si iba a hablar de lo que habíamos hecho.
¿Cómo me habría sentido si lo hubiera hecho?
Habría entrado en pánico, seguramente, aunque también estaba orgulloso de cojones: tenía a Summer Kerrigan en la cama.
Summer Kerrigan, la chica a la que me había negado durante tanto tiempo porque hasta entonces habría estado mal.
—¿Por qué tienes todos estos juegos, entonces? —Colocó las fichas rojas sobre el tablero.
Yo la imité, contento de tener algo que hacer con las manos.
—Todavía están aquí de cuando construí la casa.
—¿Para cuando te quedas aislado por la nieve?
Me encogí de hombros.
—Solo por tenerlos. —No podía decirle que esa cabaña se suponía que iba a ser una casa familiar en las faldas de las montañas en lugar de un palacio solitario.
Hizo un ruido evasivo y movió una ficha.
Quince minutos más tarde, estaba retirando la última ficha roja del tablero.
—El ganador recoge. —Se echó hacia atrás—. Eres un mentiroso. Probablemente también me destrozarías en una partida de Monopoly .
La miré con picardía.
—Tengo un juego al que puedes ganar.
Su grito escandalizado me hizo reír.
—Solo por eso, voy a buscar la película romántica más cursi que haya. Una que me haga llorar, y tú la vas a ver conmigo.
Sonrió y se dirigió al salón. Recogí los juegos y los dejé apilados sobre la mesa.
Tenía muchas ganas de ver una película, y me daba igual si era la película de terror más espeluznante o la historia de amor más empalagosa.
Pasar el rato con Summer se estaba convirtiendo en una de mis actividades favoritas.
Miré por la ventana. Se había acumulado un montón de nieve delante de la puerta del taller. Tendría que abrirme paso con la pala, pero una vez que llegara a la minicargadora, el resto de la limpieza iba a ser bastante fácil. Ya no estaba ahí fuera dando paladas para evitar a Summer.
El teléfono vibró. Era mi madre.
—Hola —respondí—. ¿Estáis bien? Debería haber llamado antes.
Normalmente eran ellos quienes me localizaban, pero podía llamar yo primero.
Se estaban haciendo mayores, y mi padre estaba reduciendo las tareas en el rancho, ocupándose de menos cabezas de ganado y preparándose para una jubilación parcial.
—Estamos bien —dijo mi madre con voz melosa, y eso alivió mi tensión. Debería haberlos llamado—. He estado mirando los avisos de cortes de luz, pero, por suerte, son bastante escasos. Entonces, ¿tú estás bien? ¿No te sientes demasiado solo ahí encerrado?
Levanté la vista hacia Summer. Había encendido la tele y se había dado la vuelta para ver con quién estaba hablando, y en ese momento estaba echando un vistazo a la programación.
—No, no me siento solo.
—Ah, ¿sí? —La voz de mi madre denotaba interés. ¿Con quién creía que estaba?
—Estoy viendo una película. Me estoy tomando un descanso de la construcción.
—Ah. —Esa vez, sentí su decepción—. Claro. Me alegro de que no estés yendo y viniendo con este tiempo.
—Tengo cuidado.
—Lo sé, pero cualquiera puede hacerse daño por mucho cuidado que tenga, y siendo tú el que está ahí fuera, bueno… Me preocupo.
—Sé que te preocupas. —Si hubiera un premio al peor hijo del año, yo habría sido uno de los candidatos.
Solo había pensado en mí mismo y en cómo me hacía sentir Summer.
No había pensado en mis padres, aislados y solos en medio de una tormenta de nieve.
Claro, habían lidiado con ese tiempo toda la vida, pero también estaban preocupados por mí y yo no había tenido la cortesía de preocuparme por ellos—.
Llevo el móvil encima todo el rato, pero me voy a quedar en casa. Dile a papá que no se mueva del sofá.
Ella se rio entre dientes.
—Puedo intentarlo, pero de algún sitio has sacado esa terquedad. —Se le entrecortó la voz—. ¿Pero estás bien? ¿Tienes suficiente comida, agua y entretenimiento?
—No voy a contraer escorbuto en un futuro próximo.
Volvió a reírse, y me alegró oírlo.
—Claro que sí. Dios mío, espera a que se lo cuente a tu padre. Oye, ¿te he dicho que tu tía Shawna le enseñó una de las mesas al jefe y que quiere comprarse un par?
Shawna vivía en Idaho.
—Dale mis datos.
—Ah, se los ha dado ya. —El tono de mi madre era de admiración—. Buscó la página web enseguida y los apuntó.
—Mejor aún. —La hermana de mi madre, Shawna, tenía el descuento para amigos y familiares. Vamos, que le hacía los muebles gratis, pero si su jefe había visitado la página web, habría visto los precios.
—¿Seguro que te va bien? Sé que siempre estás fabricando y enviando mesas, taburetes y demás, pero ¿estás bien económicamente?
Podría haberme reído, pero hasta ese momento no me había dado cuenta de que no hablaba de finanzas con mis padres.
Ganaba mucho dinero. Las herramientas y los materiales podían ser caros, pero después de tantos años, ya tenía todo el equipo grande comprado y pagado, y lo mantenía en buen estado.
Lo que más costaba era el tiempo y la experiencia.
Cobraba por el embalaje y la entrega, y mis honorarios me permitían llevar una vida cómoda.
Había montado el taller en los tres años siguientes a empezar con los muebles a medida.
—Gano más de seis cifras al año, mamá. Estoy bien.
—Ah. Oh. Bueno. Los gastos probablemente sean…
—Sigo ganando más de seis cifras. No soy barato.
—Bueno. Vaya, qué sorpresa. ¿Te importa si se lo cuento a tu padre?
Deambulé por el salón. No estaba acostumbrado a que mi madre se quedara boquiabierta en el buen sentido. Podía sorprenderse por mi brusquedad y se preocupaba por mi aislamiento, pero ¿orgullosa? ¿Cuándo había sido la última vez que se había sentido orgullosa?