Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

Jonah

No podía dejar de darles vueltas y vueltas en la cabeza a las palabras de Summer. Estaba tumbado en el sofá y ya era bien pasada la medianoche. Me iba a costar un montón volver al horario normal si me quedaba despierto hasta tan tarde.

«No estaba dispuesta a renunciar a mi vida otra vez solo porque quisiera dejar de sentirme asfixiada».

La furia que sentía hacia ella estaba cambiando de dirección como el viento de fuera. Mi hermano era el siguiente objetivo.

¿Qué clase de persona era yo?

Eli se había ido. Yo era el hermano mayor. Debería haberle enseñado mejor. Debería haber hablado con él, haberle preguntado cómo le iban las cosas.

Lo había hecho, pero de forma ocasional, como hacen la mayoría de los hermanos.

Un comentario al azar. «Oye, estoy aquí si me necesitas» .

Eli nunca me había necesitado. Había sido muy reservado con respecto a Summer.

Decía que no hablaba de sus relaciones amorosas, y yo nunca le había preguntado.

No había querido oír lo mágico que era besar a Summer.

Ya lo sabía y estaba en mi propio infierno particular.

Ella se había retirado a la habitación de invitados. Me había dicho que iba a dejarme a mi aire y que después iba a irse. Ya lo había hecho antes.

Habían pasado quince años.

Y cuatro días antes, me había encontrado.

¿Quería arriesgarme a otros quince años antes de que volviera a entrar en mi órbita?

Era un hermano de mierda.

Sin embargo, no podía rechazar lo que había sentido Summer: no había sido feliz con Eli. No debería haber tenido que quedarse con él para no hacerle daño. Superar la ruptura había sido responsabilidad de él.

Había intentado hacer lo correcto al no darle falsas esperanzas a Eli.

Por otra parte, cuando yo estuve en el hospital y ella sabía que me estaba culpando a mí mismo, la había insultado, dando por sentado que estaba allí para ligar conmigo después de que me hubieran mirado boquiabiertos durante meses en mi pueblo natal.

Después de haber cojeado por ahí, soportando las miradas de reojo de las mujeres con las que había salido.

Jackie seguía sin dejarse ver conmigo en público, aunque era un secreto a voces.

Fruncí el ceño mirando la tele. ¿Qué coño estaban echando? Había dejado que la función de recomendación eligiera lo que iba a ver a continuación, y estaba en medio de una comedia romántica a la que no le había prestado ni un segundo de atención. La dejé seguir.

Estiré las piernas y gemí. Me dolían todas las articulaciones, más por la presión barométrica que por haber trabajado al aire libre.

El agotamiento me abrumaba, pero era puro agotamiento mental.

Llevaba tanto tiempo en un mundo de incertidumbre, cargando con el peso del accidente y sus consecuencias, que me aterrorizaba una puta barbaridad enfadarme con Eli.

Pero estaba enfadado con él. Y no me sentía mal.

Solo notaba un abismo en mi interior que nunca iba a poder llenarse porque él se había ido.

En su momento me había detenido al borde de la carretera y le había gritado «¿En qué estabas pensando?

», y no había obtenido respuestas. Jamás iba a obtenerlas, y estaba bien.

Si el encaprichamiento de Summer hubiera sido solo eso, quizá me habría enfurecido durante más tiempo, pero, joder, estaba cansado. Se había contoneado en mi regazo y había gemido mi nombre. No tenía veinticuatro años, joder. El año siguiente iba a cumplir cuarenta. Y ella todavía me deseaba.

¿Qué iba a hacer al respecto?

Mi erección despertó, pidiendo más acción como la del lavadero.

—Tranquila, chica —murmuré. No podía abalanzarme sobre ella después de haberla acusado en la mesa de ser insensible.

Quizá ya no me quisiera después de cómo me había comportado.

Pero podía disculparme. Podía decirle que lo entendía. Podía ofrecerle al menos eso. El comentario que había hecho sobre el karma quizá hubiera sido frívolo, pero tenía algo de razón. La Summer adolescente nunca habría aguantado a alguien como Boyd.

Me incorporé con esfuerzo. Apagué la tele y tiré el mando a distancia en el sofá.

La única luz era la de la lamparita del pasillo.

Dejé el bastón al pie de la escalera y pisé el lateral del primer peldaño para que no crujiera.

No iba a acercarme a ella a escondidas, pero tampoco quería que mis pasos vacilantes anunciaran mi llegada, para que abriera la puerta y esperara mientras subía.

Subir era mejor que bajar, pero me apoyé en la barandilla y en la pared. Cuando llegué arriba, me encontré frente a la puerta de madera marrón oscuro.

¿Era un error?

No importaba. Había intentado ser sincera conmigo y yo le había mostrado los colmillos como un animal herido.

Era un hombre. Ella me había hecho sentir como tal esa misma noche.

Llamé a la puerta y esperé. El puño con el que había llamado seguía apretado a mi costado.

Una lámpara se encendió segundos antes de que se abriera la puerta.

Dios, era un ángel vestido con una vieja camiseta de Dunn Beef que debía de haber encontrado en la cómoda de la habitación de invitados.

Parpadeó, con los bonitos labios fruncidos y el pelo revuelto sobre los hombros.

Me estaba dejando verla despeinada, y supe sin preguntar que no mucha gente veía a Summer desaliñada.

—¿Jonah? ¿Qué pasa? —Su mirada se clavó a mi espalda, hacia el oscuro rellano.

—¿Sabes por qué estaba en la boda?

El ceño se le frunció aún más. No parpadeaba como si la hubiera despertado. Estaba completamente despierta. ¿Se sentía tan desgraciada como yo?

—¿Tu madre te obligó a ir?

—No. Tenía que asegurarme de que eras feliz. Me dije a mí mismo que era por Eli, y quizá lo fuera, pero lo que pasó con él no era la única razón. Tenía que verte. Tenía que ver si de verdad ibas a ser la mujer de otro para siempre.

—¿Por qué? —Esas palabras encerraban tanta confusión…

—No lo sé. Cuando voy al pueblo, te busco, ¿sabes? Miro hasta en la última esquina, como un puto acosador. —¿Por qué le estaba contando esto? Acababa de decirme lo asfixiante que había sido Eli.

—¿De verdad? —Se dejó caer contra el marco de la puerta, con una sonrisa soñadora en el rostro—. ¿En serio?

—Siempre. Nunca hubo un momento adecuado para nosotros, y era como si tuviera que demostrarme a mí mismo de una vez por todas que no estabas destinada a estar conmigo.

La sonrisa murió en su rostro.

—Y entonces se canceló la boda.

—Sí, así fue. —Me acerqué más. No había ido para eso; debería dar marcha atrás.

—¿Y eso qué significa? —No se apartó—. ¿Supongo que aún no lo sabes? —Deslizó los dedos por un pliegue de la sudadera.

—No. No lo sé. —Le rodeé el cuello con una mano y le pasé un brazo por la cintura para pegarla a mí, y la besé.

Cuando sus brazos se enroscaron alrededor de mi cuello, ya estaba perdido. Yo la deseaba y ella me deseaba a mí.

El pasado era una maraña confusa; el presente, complicado. El futuro era una incógnita, pero esa noche iba a tener a la única mujer que siempre había deseado.

Summer

Estaba rodeada por él. Consumida por él. Deslizó la lengua por la mía en una danza sensual que podría llevarme al clímax sin quitarme ni una prenda.

Bueno, tampoco llevaba sujetador ni ropa interior.

Correspondí a las caricias de su lengua. Su sabor a pasta de dientes de menta se mezcló con el mío. Me abrazó con fuerza, y su cuerpo firme me pareció flexible en comparación con la rígida longitud que estaba entre nosotros.

Cuando bajó las manos para agarrarme las nalgas y pegarme a él, yo no estaba preparada para que me levantara en vilo. Solté un grito y le rodeé la cintura con las piernas.

—Jonah, no te atrevas a hacerte daño antes de estar dentro de mí.

—No podría estar más lejos de sentir dolor.

—Anduvo con paso firme por la habitación.

Esperaba que el suave resplandor de la lámpara fuera suficiente para recorrer el camino con seguridad.

No quería que se hiciera daño de ninguna manera, y no quería ser la causa de ello, pero quería mantener las piernas a su alrededor.

—¿No llevas nada más que esta camiseta, rayito de sol?

—Sí. Iba a llevármela cuando me fuera. —Tenía que guardar algo suyo con lo que torturarme.

Gruñó y me mordisqueó el cuello mientras atravesaba la habitación. La larga barba me rozaba la piel y me hacía cosquillas, provocándome deliciosos escalofríos por todo el cuerpo.

Me tumbó en la cama y volvió a capturar mi boca. Me hice a un lado para dejarle espacio para que se subiera a la cama, para que se pusiera encima de mí.

Pero no lo hizo. En lugar de eso, fue bajando por mi cuello dejando un reguero de besos y me levantó la camiseta. Luego se apartó lo justo para sacármela por la cabeza.

Se le escapó un suspiro al soltar la camiseta y quedarse boquiabierto ante mi cuerpo.

—Joder, cariño. ¿Has estado tapándote con sudaderas todo este tiempo cuando podría haber estado viendo esta perfección? —Se echó hacia delante y apoyó una mano en el edredón, con las venas del antebrazo bien marcadas.

Ladeó la cabeza y observó la pequeña cicatriz blanca que yo tenía en el costado de un pecho. Recorrió la línea blanca con la yema del dedo. Luego otra cicatriz en el abdomen. Y una tercera.

—¿Cómo te las hiciste? —murmuró.

—Intentaron localizar la hemorragia después del accidente.

—Mi respiración era superficial y tenía los pezones tan erectos que podía sentir cómo se rozaban contra él cada vez que inspiraba.

¿Era esto lo que él había sentido cuando le di un masaje?

Los dedos se me crisparon con las ganas de tocarlo—. Estás, eeeh, demasiado vestido.

—Mientras tú estés desnuda, da igual lo que yo lleve puesto. —Levantó la mirada hacia mí mientras deslizaba los dedos por mi torso; me acarició el ombligo y luego más abajo.

Abrí las piernas como por reflejo.

Su expresión se volvió soñadora, reverente, al contemplar la unión entre mis muslos. Se echó hacia delante y me pasó las piernas por encima de sus hombros.

Jadeé y me eché hacia arriba para hacerle sitio.

—Quédate justo donde estás. Estoy a punto de descubrir a qué sabe el sol.