Capítulo 14 #3
—Le dijiste que yo te gustaba. —Había el mismo filo peligroso en su voz.
—Me acusó de que me gustabas porque se había dado cuenta.
Y yo hablaba en serio cuando le dije que no era nada importante.
A la mitad de las chicas de nuestra clase les gustabas.
Yo pensaba que eras atractivo y sexy, y que estabas fuera de mi alcance.
No iba a intentar conquistarte. Estaba en la universidad y quería estar soltera durante un tiempo.
Tenía el ceño fruncido y la cicatriz más marcada de lo habitual.
—Entonces, ¿por qué viniste a verme al hospital?
—Hablé con tu madre y estaba preocupada por ti. Y yo estaba agotada.
Resopló y los cubiertos cayeron con estrépito.
—¿Estabas agotada?
—Emocionalmente —dije en voz baja—. Lo que yo estaba pasando no se parecía en nada a lo que tú y tus padres pasasteis, lo sé.
Iba a contarte lo de la ruptura para aliviar mi conciencia y…
tener a alguien con quien compartir la historia.
Alguien que lo conociera. —Las lágrimas cálidas me picaban en los ojos.
El peso de la ruptura se había ido de mi pecho, pero las consecuencias seguían ahí; no tenía la conciencia tranquila aún: solo me había expuesto.
—Es curioso cómo tus rupturas parecen colarse en mi vida.
Me estremecí. Estaba amargado, y era culpa mía. Cogí el plato.
—Me voy. Puedes dejarme los platos a mí. Ya los fregaré luego. —Eché la silla hacia atrás para levantarme.
—Deja el puto plato —espetó. Lo dejé caer y los cubiertos entrechocaron sobre él.
Se pasó las manos por la cara—. Joder, Summer.
No puedo tener esta conversación cuando aún me hormiguean los dedos después de hacer que te corrieras.
—Bajó los brazos. La mirada que me dedicó era sombría—.
Apenas puedo pensar, ahora que sé lo que se siente al correrme en tu mano en lugar de en la mía.
—Echó la cabeza hacia atrás y se le marcó la nuez—.
Me siento como si lo hubiera traicionado por última vez.
—Lo lamento.
Ladeó la cabeza hacia mí y me clavó en mi sitio con una mirada de curiosidad.
—¿Tú no sientes lo mismo?
—La verdad es que no. Siento que el karma ya se ha vengado lo suficiente con todos los novios de mierda que he aguantado. —El comentario había sido en broma, pero ¿había buscado chicos que fueran lo contrario a cualquiera de los hermanos Dunn?
Frunció el ceño.
—Él me admiraba.
—Mucho. —Eli había sido inseguro, y cuando admiraba a alguien, podía llegar a obsesionarse. Su hermano mayor, guapo y popular, no había sido una excepción.
—¿Había ido a mi casa para hablar conmigo?
Había pensado mucho en esto a lo largo de los años, pero había sido capaz de ver la situación desde un punto de vista diferente.
—No lo sé. Quizá quería descargar su ira, molesto porque tú acaparabas toda la atención. Quizá necesitaba tu apoyo y que lo tranquilizaras. O tal vez había planeado advertirte que te mantuvieras alejado de mí.
—No necesitaba que me advirtiera.
Ay.
—No iba a intentar conquistarte. Tenía diecinueve años, estaba soltera y en la universidad. —Yo también podía reaccionar mal—. Además, supuse que ser la ex de Eli había echado mis posibilidades a perder durante unos diez años.
Arqueó una ceja oscura.
—Han pasado quince años y la cosa no ha mejorado mucho.
Estábamos dando vueltas alrededor del mismo tema.
Me sentía tremendamente atraída por Jonah.
Lo deseaba más que a cualquier otro hombre que hubiera conocido.
Me había corrido con él más rápido que con cualquier otro chico con el que hubiera estado.
Vergonzosamente rápido. Pero seguía obsesionado con su hermano, y yo no podía darle una buena razón para que no lo estuviera.
—Mantendré las distancias. Puedo poner un calcetín en el pomo del lavadero si voy a cambiarme.
Cuando las carreteras estén despejadas, me iré, y no tendremos que volver a cruzarnos en otros quince años.
—Frunció los labios en una línea que mostraba preocupación.
No sabía si estaba molesto porque no pudiera irme en ese momento o porque volver a verme dentro de quince años fuera demasiado pronto.
Levanté el plato y recogí el tenedor y el cuchillo—. Lo dicho: fregaré los platos más tarde.
—Has cocinado —respondió de forma automática.
Dejé las cosas junto al fregadero de la cocina.
—No pasa nada. No he duermo bien y así tendré algo que hacer.
Pasé junto a él, fijándome en los hombros anchos, el pelo revuelto y desgreñado, y la cabeza agachada, como si estuviera contemplando un asunto tan importante como la paz mundial.
—¿Cómo seguiste adelante? —preguntó en voz baja—. ¿Cómo seguiste con tu vida sin más?
Me detuve antes de salir de la cocina. Una culpa abrumadora me oprimía los pulmones y me apretaba la garganta.
—Cuando mis padres tuvieron el accidente, me costó respirar durante lo que me pareció una eternidad. La vida que había conocido se había acabado tras ese accidente. Sé que soy egoísta, pero no estaba dispuesta a renunciar a mi vida otra vez solo porque quisiera dejar de sentirme asfixiada.