Capítulo 15 #2
—Ah, Dios, Jonah. No me digas que tienes una boca tan traviesa como los dedos.
Su mirada ardiente estaba tan llena de promesas que me temblaron las piernas.
—Llevo mucho tiempo soñando con esto, joder. —Me dio un beso en la base del abdomen—. Estás aquí, abierta para mí. Debo de estar soñando.
—Jonah —gemí.
Ladeó la cabeza y sacó la lengua, probándome un poco mientras me mantenía anclada a su mirada.
Un gruñido de satisfacción escapó de sus labios cuando hundió la cara en mi sexo.
Encontró el clítoris y jugó con él, lamiendo y chupando y tomando lo que yo le ofrecía.
Arqueé la espalda y la levanté del colchón sin mover el trasero.
Estaba atrapada entre sus firmes brazos, y con las piernas sujetas por sus manos.
Su pelo rozaba los costados de mis muslos mientras me retorcía debajo de él.
—Jonah, Dios mío. Qué bueno…
Mejor que en mi vida. No había vacilación ni toqueteos torpes ni murmullos.
Ni prisas por llevarme al clímax para que él pudiera buscar su propio placer.
Jonah me devoraba, pero también me saboreaba.
Lamía y se deslizaba en mi interior y, cuando me retorcía, lo hacía de nuevo.
Odiaba que hubiera abandonado mi clítoris, pero la sensación de que me llenara era igual de adictiva.
Luego volvió al clítoris, rodeándolo y provocándome.
Notaba que estaba aprendiendo: lo que más me gustaba, lo que me hacía temblar la pierna izquierda, lo que me hacía jadear y gemir.
Luego se acomodó y utilizó todos esos nuevos conocimientos para llevarme al límite y volver.
—Vas a matarme, montañés.
Sentí la vibración de su entre las piernas, y atacó de nuevo mi clítoris hasta que alcancé el clímax. Y entonces se apartó.
Gruñí y le enredé los dedos en el pelo.
—Estás jugando conmigo.
Se detuvo.
—Quiero que esto dure para siempre porque yo no voy a poder. Y menos cuando se trata de ti.
Me hacía sentir tan especial… La atracción que había existido entre nosotros desde el instituto era más fuerte que nunca. Durante años, los dos habíamos ignorado esa atracción, pero nuestro vínculo iba mucho más allá.
Contoneé las caderas contra su cara, tirándole del pelo. Quería correrme, y daba igual que solo hiciera unas horas que había llegado al clímax con él. La presión se acumulaba dentro de mí hasta el punto de que habría jurado que nunca había tenido un orgasmo de verdad en toda la vida.
—Jonah —gemí.
—Espera, cariño. Quiero que esto sea increíble.
La tensión se intensificó, se hizo enorme. Estaba al borde del precipicio y finalmente me rendí. Me balanceé al ritmo de su lengua, jadeando, pero sin exigir más, disfrutando del momento. Si se me paraba el corazón por la poderosa explosión que se acumulaba dentro de mí, que así fuera.
Como si intuyera mi capitulación total, puso la boca sobre mi clítoris y lo chupó, acariciándolo con la lengua.
Cuando exploté, las estrellas estallaron detrás de mis ojos. Arqueé tanto la espalda que me separé de la cama; llegué a pensar que estaba levitando, pero Jonah me devolvió a la realidad.
—¡Jonah! —El nombre retumbó entre las paredes.
La tormenta de fuera era fría, pero la vorágine de dentro era abrasadora y abrasaba cualquier preocupación futura.
Solo estábamos Jonah y yo, y esa boca tan talentosa que tenía.
Temblaba, sin preocuparme por la pinta que tenía o cómo sonaban mis jadeos.
Mis gritos ahogaron el rugido del viento.
Cuando me desplomé sobre el colchón, agotada, me soltó, me bajo las piernas y me besó en el vientre.
Apenas tenía fuerzas para levantar la cabeza—. No sabía si iba a sobrevivir.
—Podría hacer esto toda la puta noche.
—Seguro que yo no lo aguantaría. —Pero, al mismo tiempo, me habría gustado averiguarlo.
Una gran parte de mí sabía que él iba a asegurarse de que estuviera bien.
Podía matarme de éxtasis, pero también asegurarse de no hacerme daño o de no permitir que sufriera, tal y como había hecho desde que me rescató de la boda.
Mis piernas le rodeaban el enorme cuerpo. Estaba medio encima de mí y se metió uno de mis pezones endurecidos en la boca. Gemí cuando el calor empezó a inundarme las entrañas.
No podía estar lista para volver a hacerlo.
—Jonah. —Levantó la cabeza y el pezón salió disparado de la boca. Su mirada era oscura, ardiente e intensa, pero también extremadamente satisfecha. El hombre no hablaba mucho, pero cuando alguien sabía qué buscar, lo decía todo con sus expresiones—. Quiero tenerte dentro de mí.
Otro gruñido grave. Otro beso ligero, esta vez entre los pechos.
—¿Estás tomando algo?
—Me quitaron el diu la semana pasada.
Se apartó.
—Espera aquí.
Se dirigió al baño; su andar vacilante era tan familiar que no me había dado cuenta de cuánto lo echaba de menos cuando se encerraba en el taller. No se molestó en encender la luz, pero desapareció tras la puerta sin cerrarla.
Junté las piernas y me apoyé en los codos. ¿Qué estaba haciendo?
Cuando volvió a aparecer, su erección se marcaba bajo el chándal y llevaba en la mano una tira de pequeños paquetes.
—¿Guardas los condones aquí arriba? —Había rebuscado en el pequeño armario de ese baño en busca de pasta de dientes, cepillos de dientes y maquinillas de afeitar. Me habría fijado en los condones.
Los dejó caer sobre el edredón cuando llegó al borde de la cama.
—Quiero asegurarme de que el esfuerzo de no usar la mano merece la pena.
¿Se había tomado la molestia de subir y bajar las escaleras por unos condones? Un poco de incomodidad antes de poder encontrar placer con otra persona. ¿Creía que no se merecía la compañía?
Tenía que demostrarle lo contrario. Me incorporé y me deslicé hasta el borde del colchón. El edredón tenía una cita con la lavadora, y quizá pudiera tentar a Jonah para que se uniera a mí otra vez a la hora de la colada.
—Quiero desvestirte. —Resopló y se tiró del cuello del jersey—.
Ni te atrevas. —Le aparté las manos y me levanté.
Cuando deslicé las manos bajo la prenda, me aseguré de extender los dedos por su firme abdomen.
Los músculos se le tensaron bajo mi tacto.
Le quité el jersey por la cabeza y lo contemplé a placer—.
Vaya. —Deslicé los dedos por sus pectorales marcados.
Se veían unas pequeñas cicatrices bajo el vello oscuro del pecho que se extendían hasta desaparecer bajo el pantalón de chándal—. Estás tan duro…
—Por Dios, Summer. Si no dejas de mirarme así, no voy a aguantar ni hasta que me quites los pantalones.
—Pero tienes un cuerpo muy bonito. —El mejor que había visto. Esculpido en mármol. Sin embargo, su piel era suave y cálida—. ¿Qué haces en ese taller todo el día?
—Hago muebles. —Se quedó quieto mientras yo seguía deslizándole los dedos por el cuerpo. Me miró fijamente—. ¿De verdad te gusta lo que ves?
Me reí.
—Sí. ¿Por qué no iba a gustarme?
Una mueca de disgusto se dibujó en la cara.
—El brazo izquierdo es más delgado que el derecho.
Entrecerré los ojos.
—Quizá un poco.
—Y aún no has llegado a las piernas.
—Ya las he visto. —No me anduve con rodeos con los pantalones. Tenía inseguridades y yo quería borrarlas como él había hecho conmigo hacía unos minutos. Se los bajé de un tirón y el grueso miembro se balanceó delante de mi cara.
Me eché hacia delante, ignorando lo expuesta que estaba, y le ayudé a sacárselos. Luego me aparté y puse los brazos en jarras. Estaba desnuda, pero para mí era más importante hacer que se sintiera lo más cómodo posible consigo mismo.
Se quedó paralizado bajo mi mirada. Me tomé mi tiempo, dejando que el interés se reflejara en mi rostro.
El calor en mi vientre se intensificó y encendió un pequeño infierno en mi piel solo con verlo: era alto y fuerte; sí, tenía cicatrices.
El muslo izquierdo presentaba marcas arrugadas y dentadas, peores que las del rostro.
En algún momento de la recuperación le habían extirpado un trozo de carne nada desdeñable por encima de la rodilla y la pantorrilla no tenía la misma forma ni el mismo tamaño que la otra.
La cadera izquierda también era más pequeña, como si no pudiera desarrollar el músculo que tenía la otra.
Las diferencias entre el lado derecho e izquierdo no eran tan evidentes en el torso, pero las marcas de cicatrices alrededor del hombro parecían más bien desagradables estrías.
Habían pasado años desde el accidente, pero el trauma que había sufrido el cuerpo lo delataba todo.
Aun así, si pensaba que era repulsivo de alguna manera, tenía que pedirme prestadas las hormonas y verlo por sí mismo. Podía sentir la fuerza del latido entre mis piernas.
—Estás muy bueno.
Entrecerró los ojos, con expresión dubitativa. Deslicé un dedo desde la clavícula hacia abajo, por el esternón, sobre su estómago, y directamente hasta la punta del miembro, que estaba muy duro.
—Me gusta todo lo que veo. Siempre me ha gustado.
Pasé el dedo por la hendidura húmeda de la erección, esparciendo el líquido preseminal. Se estremeció bajo mi tacto.
—Vas a hacerme sonrojar —dijo finalmente. Me reí y le envolví el miembro con la mano. Le di un par de buenas sacudidas y me arrodillé—. Dios mío. Summer. —Se pasó una mano por el pelo y se le marcaron los bíceps—. ¿Qué estás haciendo?
Me lo metí en la boca, sin apartar la vista de su expresión atónita.
Su reacción lo decía todo. No estaba acostumbrado a que le hicieran mamadas.
No sabía si era porque se sentía cohibido o porque las mujeres con las que estaba no estaban interesadas, pero eso iba a cambiar.
Deslicé la lengua arriba y abajo por toda la longitud, dejando escapar un gemido de placer para dejar claro que me gustaba hacerlo.
—¡Joder! —exclamó. Los tendones del cuello se le tensaron y se echó hacia atrás, como si intentara mantener la postura.
Ay, mierda… ¿Había perdido el equilibrio?