Capítulo 13
Jonah
Nunca había inspeccionado tanto el techo en mi vida, pero llevaba mucho tiempo tumbado en la cama, dándole vueltas a las cosas.
Era mi nuevo pasatiempo al tener Summer bajo el mismo techo.
Entrelacé las manos detrás de la cabeza.
El hombro volvía a dolerme, gracias al trabajo con la pala.
La cadera estaba bien, pero la rodilla no estaba contenta y el pie amenazaba con darme problemas también.
Me hacía falta un buen baño de agua caliente.
Pero primero tendía que salir de la habitación y averiguar si Summer había tenido problemas para dormir la noche anterior. Había pensado en quedarme despierto para escuchar si las escaleras crujían, pero trabajar fuera en medio de una ventisca me había dejado agotado.
Cada copo de nieve que había quitado, y un montón más, estaba de nuevo de donde los había sacado, pero el coche estaba a salvo dentro.
No sabía por qué me había molestado ver ese puñetero chisme en la entrada, pero al menos ya no tenía que imaginármela quitando montones de nieve y rascando las ventanas.
Cuando el tiempo mejorara y las carreteras estuvieran despejadas, podía salir y marcharse.
Dentro de unos días.
Se suponía que el viento iba a ser problemático hasta el día siguiente. Después, se avecinaba más nieve. Tras eso, solo quedaba esperar a que las máquinas quitanieves pudieran llegar hasta nosotros.
Summer y yo íbamos a seguir juntos unos días más.
Me levanté de la cama y dejé que la rodilla se me enderezara poco a poco.
Giré el hombro e hice unos suaves ejercicios de calentamiento y estiramientos que el fisioterapeuta pensaba que iba a ignorar a pesar de sus advertencias, pero, años más tarde, seguía haciéndolos, aunque solo fuera para mantenerme alejado de clínicas, hospitales y terapeutas.
Me daría un baño y pondría una lavadora. La luz seguía funcionando, pero no quería dejar que se acumularan las prendas sucias, por si acaso. Me dejé puestos los pantalones de chándal y cogí la ropa de trabajo del día anterior al salir por la puerta.
En el pasillo, me detuve y escuché. No había movimiento. Pero me llegó el sonido de una respiración profunda y constante. Fui de puntillas hasta el salón y miré por encima del respaldo del sofá. Se me encogió el corazón.
No había leído muchos cuentos de hadas, pero La Bella y la Bestia era el favorito de mi madre.
Tenía una biblioteca de mierda, pero me sentía como la Bestia en cada centímetro.
Summer estaba en su habitación cuando yo había entrado a cenar.
Se había quedado allí arriba todo el tiempo, dándome el espacio por el que la odiaba.
Pero en ese momento estaba dormida en el sofá. Probablemente había bajado cuando no había conseguido conciliar el sueño por culpa del viento. Yo estaba en una cama cálida y acogedora, y ella, en el sofá, con una vieja manta gris y azul que mi madre me había regalado por Navidad.
Tenía los labios rosados aplastados contra la almohada que se había llevado consigo de la habitación, y media cara hundida en ella. El jersey se le había arrugado alrededor del pecho, pero la manta tapaba cualquier parte de piel que hubiera podido quedar al descubierto.
Odié esa manta.
Me hormigueaban las palmas de las manos. La piel de su vientre era suave de cojones, cálida en todos los sitios adecuados.
Aparté ese recuerdo de la mente.
Tenía los pies desnudos y sobresalían por debajo de la manta. Debía haber cogido una manta más grande.
Pero ella parecía estar a gusto. Decidido, me di la vuelta y me llevé la ropa al baño. Cuando encendí la luz, me quedé paralizado y la lujuria se me clavó en el vientre.
Un sujetador de encaje colgaba sobre la secadora y junto a él había unas braguitas a juego. Se me secó la boca y la visión se me redujo a un punto. ¿No llevaba sujetador ni ropa interior?
No, idiota. Se había quedado tirada con solo lo que llevaba puesto. Por supuesto que había tenido que lavar la ropa.
¿Cómo había conseguido la mujer que había destrozado mi vida y la de mi hermano meterse en mi mente y anidar en un lugar al que el odio apenas podía llegar? ¿Cómo había logrado no salir de mis pensamientos después de que la echara de la habitación del hospital? ¿Sabía lo que me iba a contar?
Me ardía el pecho. Me hacía falta ese maldito baño, pero tampoco podía relajarme después de ver su sujetador.
Dejé la ropa sucia encima de la lavadora y me fui al dormitorio.
Saqué un jersey del zoológico de Omaha que mis padres me habían regalado después un viaje durante el verano y un par de pantalones de chándal negros que no había tirado desde que me dieron el alta del hospital.
Había engordado desde entonces, pero no había tirado los pantalones.
Los dejé en el respaldo del sofá y me quedé ahí, como un puto pervertido, mirando cómo dormía. Luego fui a darme un baño y, por mucho que me hubiera jurado a mí mismo que no iba a hacerlo, me masturbé pensando en ella sin ropa interior.
Summer
Había encontrado un armario de juegos en la pequeña biblioteca de arriba, entre lo alto de las escaleras y la habitación de invitados.
El pequeño mueble guardaba algunos de los juegos de mesa a los que solía jugar mi familia durante las tormentas.
Había dejado el Monopoly a un lado, porque que le den a ese juego.
Podría dirigir una destilería, pero apenas conseguía dar la vuelta al tablero para recoger el dinero una sola vez.
Había pasado por alto el Conecta 4, el Scrabble y las damas para quedarme con la única baraja de cartas y en ese momento estaba haciendo un solitario en el suelo de mi habitación.
El día anterior, Jonah se disponía a salir, pero le había echado la bronca.
«No te atrevas a pasar otro día de tormenta fuera para evitarme.
Me voy arriba». Y había subido las escaleras a toda prisa, como si me hubieran pillado robando galletas después de la hora de acostarse.
El arrebato había funcionado. Jonah se había quedado dentro.
El viento había amainado. El jersey y los pantalones de chándal negros me quedaban enormes, pero mi ropa ya estaba limpia y solo tenía que ponérmela.
Y lavar la ropa interior otra vez. No habíamos acumulado mucha ropa sucia entre los dos, pero iba a lavar toda la ropa de cama mientras estuviera ahí aunque solo fuera para poder llevar unas bragas limpias.
Encontré un sitio para el cinco de picas. Llevaba tres horas jugando a las cartas y escuchando podcasts de crímenes reales. Si se iba la luz, estaba perdida.
Sonó el teléfono, y la sacudida de emoción que me provocó fue vergonzosa. Estaba tan aburrida…
¿Pero me arrepentía de haberle llevado comida y de haberme quedado tirada con él? No. Jonah tenía que saberlo todo.
El nombre de Wynter iluminó la pantalla. El corazón me dio un vuelco mientras me apresuraba a contestar. Ella nunca llamaba si podía evitarlo. Normalmente la llamaba yo si ignoraba demasiados mensajes.
—Dios mío, si llamas para decirme que estás de parto, voy a atravesar la nieve para ir al hospital.
Una risa sonó al otro lado de la línea.
—Aún no ha nacido el bebé. —Su suspiro estaba cargado de decepción—. Tenía muchas ganas de evitarle a este niño un cumpleaños en invierno.
—Aún te quedan dos semanas. Podrías aguantar lo suficiente hasta que, técnicamente, sea primavera.
—Demasiado tiempo —se quejó ella—. Estoy incómoda y aburrida, y quiero hablar con una persona tranquila. Myles está muy tenso y se está volviendo loco.
—¿Está nervioso porque va a asistir al parto del primogénito?
—Sí. Lo quiero, pero no hace falta que me vea las entrañas. —Bajó la voz—. ¿Sabes cuántas mamás se hacen caca al dar a luz?
Me reí.
—Es natural.
—Uf. Scarlett ya me ha tranquilizado una vez esta semana.
Suficiente. —La esposa de Tate era la única de nosotras que había tenido hijos.
No teníamos mucha relación con la primera esposa de Tate, así que el anuncio del nacimiento de nuestro sobrino, Chance, no había sido más que un mensaje con una foto.
Scarlett le había ordenado a Tate que nos bombardeara los teléfonos con fotos y novedades de Brinley y Darin—.
Ayúdame a dejar de pensar en dar a luz en medio de una tormenta de nieve.
—Uno, no eres una vaca. No tienes que parir bajo una tormenta.
Se rio.
—Es la hija de ganadero que hay en mí, por eso voy a dar a luz en primavera.
—No es culpa mía que siguieras el calendario de inseminación —dije con aire recatado, sonriendo. Recogí las cartas. Había perdido la partida—. ¿Has hablado con Autumn?
—Sí, pero ya sabes que no me dijo nada de lo que le contaste.
Puse los ojos en blanco.
—Pero te dijo que había algo.
—Tengo mis métodos. ¿Es verdad que Jonah te odia?
—Quizás. —No pude ofrecerle un «No» rotundo, y eso me partió el corazón—. No puede evitar cuidar de mí, pero no le caigo bien, eso seguro.
—No lo veo tan claro. Las emociones son complicadas, y todavía te estás recuperando de la ruptura.
Me llevó un momento darme cuenta de que no se refería a Eli. Una fría sensación de humillación me invadió. Hace apenas unas semanas estaba a punto de casarme con Boyd y en ese momento pensar en él solo era una molestia.
—Bueno, supongo que tu silencio dice mucho de lo que opinas de Boyd —dijo ella, y resopló—. Y digo yo, ¿quién es Boyd? Así es como debía ser.
—Ojalá fuera tan fácil. Rompí con Eli porque sentía algo por Jonah y él lo sabía, y, por lo visto, ahora Jonah también lo sabe.
—Mierda. —Se oyó un ruido de movimiento al otro lado, como si se estuviera acomodando para una larga charla—. No es culpa tuya.
—Todo el mundo me dice lo mismo, pero eso no lo convierte en verdad. Eso no hace que Jonah me tenga menos aversión.
—¿Crees que el hombre que apenas sale de casa, pero que fue a la boda y luego te rescató de dicha boda, te tiene aversión?
—Quizá quería verme casada.
—Quizá le guste autotorturarse.
Bueno, eso probablemente fuera cierto, pero no era lo mismo.
—Myles se parece mucho a Jonah —dijo pensativa.
Nos había ocultado que había estado trabajando para Myles. Luego él había ido a Bourbon Canyon para el funeral de nuestro padre, y se había descubierto el pastel. No sabía qué había pasado entre ellos en Denver, pero sabía cómo había conseguido ella que se quedara.
—No voy a acostarme con Jonah para que me hable.
Se rio entre dientes.
—Antes le hice una mamada para que se soltara.
—¡Demasiada información!
—Apuesto a que funcionaría.
Intenté concentrarme en mi irritación para combatir las imágenes picantes que me acudían a la mente. Yo de rodillas, mirando a Jonah, y la mandíbula dura como el granito porque tenía la boca envuelta alrededor…
—Esto es serio.
—Lo es —dijo ella, sin rastro del tono burlón—. Pero los tipos como Myles y Jonah no responden a la charla trivial ni a hablar de sentimientos, así que le va a hacer falta un buen susto para que se abra contigo.
—Pero no tiene por qué hacerlo. Esa es la cuestión. No significamos nada el uno para el otro. Eli era lo único que nos unía. —Pero su muerte nos unía de una forma que no podía romperse—. Ya basta de Jonah. Es tan terco como la montaña en la que vive. ¿Qué vas a hacer en Semana Santa?
—Con suerte, estaré agotada y cuidando de un recién nacido.
—Me alegraba de estar cerca. Bozeman no estaba muy lejos en coche, pero en invierno era más difícil planificar un viaje.
Quizá hubiera quedado atrapada en casa de Jonah, pero al menos estaba en Bourbon Canyon, de nuevo cerca de la mayor parte de la familia—.
Pero estaré en casa de mamá, con todos los demás —continuó Wynter—.
No quería que Tate y Scarlett se sintieran presionados para ser los anfitriones y quiere asegurarse de que Lane y Cruz se queden por aquí.
Mi madre disfrutaba del ajetreo de las fiestas y de tener a toda la familia alrededor. Ese año iba a ser el segundo sin nuestro padre y pensábamos darle todos los caprichos.
—Debería poder salir de aquí la semana que viene.
—Ojalá para la semana que viene él no quiera dejarte marchar.
—Ya basta, Wynter. Ve a domar a tu chico con una de esas mamadas de las que estás tan orgullosa.
—Tengo motivos para estar orgullosa. Nivel de habilidad de diez sobre diez. Justo después consiguió un acuerdo de distribución nacional. El truco es…
Gruñí un «Adiós» y colgué.
Lo que desde luego no iba a hacer era quedarme el tiempo suficiente como para descubrir en qué consistía ese truco.