Capítulo 14
Jonah
Entré en la casa después de apartar media montaña de nieve.
El valle se mostraba sereno, hermoso y de un blanco cegador.
Unos montículos apilados rodeaban los edificios de la propiedad.
Con suerte, tendríamos algunos días de buen tiempo que derritieran algunos centímetros antes de que llegaran nuevas nevadas intensas a principios de primavera.
Summer había estado ayudándome. Habíamos convivido sin hablar mucho durante los tres días que estuve alejado de ella, escondido en el trastero del garaje.
Nos turnábamos para preparar la comida y comíamos por separado, y ella se había pasado gran parte de los días en la habitación de invitados.
Una vez se había levantado antes que yo y la había pillado doblando mantas en el sofá.
Hacía una hora, había entrado en casa. Por los apetitosos olores que salían del horno, debía de haber preparado algo para cenar.
Me quité el gorro y lo levanté. Estaba mojado y pesado por todo lo que había sudado de dar paladas y amontonar la nieve con la minicargadora.
El día anterior también había quitado nieve, había desenterrado la entrada y había abierto poco a poco un camino hasta la carretera rural, a la que los equipos aún no habían llegado.
Me quité la chaqueta de un tirón y sentí el olor a sudor. Apestaba. Después de recoger todo el equipo para la nieve, fui al baño y dejé las cosas en el suelo, tras la puerta. Me iba a dar una ducha y después podía poner en ese montón la ropa que había estado llevando puesta.
Me desnudé en el baño, pero entreabrí la puerta y tiré la ropa sucia encima del resto. La ducha caliente me ayudó a relajar los músculos.
Esa vez, después de secarme, me envolví la toalla alrededor de la cintura porque no iba a vestirme hasta después de poner la lavadora. Pero cuando abrí la puerta del baño, el montón había desaparecido. La luz se colaba por debajo de la puerta del lavadero y bañaba el pasillo.
Estaba lavando la ropa.
Y me sentí irritado porque estaba siendo servicial de cojones y la hostia de complaciente, y yo echaba de menos su fuego y lo sexy que estaba cuando llevaba sudaderas holgadas y de tallas grandes; me acerqué a la puerta y la abrí.
Joder. Se me escapó un suspiro. Summer llevaba la sudadera holgada que le había prestado y nada más.
Estaba saltando a la pata coja, intentando subirse los pantalones de chándal negros y holgados que usaba cuando el resto de su ropa estaba en la lavadora.
Sus piernas eran curvilíneas, tonificadas, y estaban desnudas.
Soltó un gritito y me miró por encima del hombro, con los ojos muy abiertos; la prenda que llevaba puesta se movió y me ofreció una visión pecaminosa de las nalgas más redondeadas que jamás había visto.
—¡Jonah! —Se tambaleó e intentó apoyar el pie para mantener el equilibrio, pero se enredó en toda esa tela esponjosa. Se cayó.
Mierda. Me lancé hacia ella cuando chocó contra el lateral de la secadora y se aferró a ella, pero los pies se le resbalaron hacia un lado.
La agarré y caí con ella. Extendí la pierna izquierda para amortiguar la caída.
Me golpeé el hombro contra el costado de la secadora y mi rodilla derecha se estrelló contra el suelo.
No me importó. Tenía entre los brazos el cuerpo cálido y delgado de Summer.
Las fantasías que había estado albergando estallaron en mi cerebro como una bomba nuclear.
Me volví para poner el trasero en el suelo y la pegué a mí. El pulso se me disparó.
—¿Estás bien?
—¿Yo? ¿Tú estás bien? —Movió ese dulce trasero sobre mis muslos mientras intentaba evaluar el estado de mis rodillas, con las largas piernas dobladas delante de ella.
No podía pensar. Mi cerebro estaba desprovisto de sangre. Ella no llevaba pantalones ni ropa interior y estaba sentada sobre mí. La toalla no se me había resbalado de las caderas, pero colgaba de un hilo al que le rogaba que resistiera.
—Summer —gruñí. Mi erección palpitaba cada vez más. De estar flácida pasaba en un segundo a estar más dura que nunca.
—Dios mío. —Me puso las yemas de los dedos contra la piel del cuello, y fue como si una descarga eléctrica directa me recorriera el miembro—.
¿Qué tal el hombro? —Se volvió para inspeccionarme la parte delantera, pero su mirada se posó en mi pecho desnudo y entreabrió esos labios rosados.
Por fin se dio cuenta de la posición en la que estábamos.
Un rubor sensual le tiñó las mejillas. Tenía el pelo revuelto y aún húmedo. Debía de haberse dado una ducha rápida mientras esperaba a que acabara la lavadora. Cogí un mechón de su pelo sedoso entre el pulgar y el índice.
Dios mío, era tan suave por todas partes… Tenía el paraíso entre los brazos. No había ningún obstáculo.
—Deberías levantarte de encima de mí.
Su rostro se contrajo como si le hubiera hecho daño, y luego vino la vergüenza.
—Lo siento mucho. —Se apresuró a levantarse.
Maldita sea .
Le rodeé el cuello con la mano e hice que se acercara a mi cara. Había sido yo el que le había hecho daño; yo el que le había hecho sentir avergonzada. Yo había sofocado el fuego en su interior mientras había estado bajo mi mismo techo.
Tenía que hacer algo para devolverle la pasión, para verla florecer con energía, radiante y hermosa.
—No te disculpes. —Hice que se acercara más. Estaba a horcajadas sobre mí y había incredulidad en sus ojos brillantes. Muchísimo mejor que antes.
Su mirada se posó en mi boca. Me gustaba cómo me miraba. No me había preguntado si estaba bien porque pensara que no podía cuidar de mí mismo: me lo había preguntado porque le aterrorizaba ser la responsable de que sintiera dolor. Y lo era.
Pero con ella en el regazo, me costaba culparla. Me costaba ir más allá del puro placer que era capaz de provocarme con solo ser ella misma.
—¿Jonah?
—Tengo muchas ganas de besarte —dije con voz ronca.
Su mirada regresó a mi boca.
—No te lo voy a impedir —murmuró.
—Estás desnuda.
—Llevo puesto tu jersey.
El gruñido que salió de mis labios era más de bestia que de hombre. Habría podido devorar a esa mujer y no dejar ni un solo bocado. Habría podido consumirla por completo.
Nos quedamos así, sin movernos, inspirando y espirando.
Acorté la distancia apenas un milímetro.
—Puedo sentir tu calor en la piel. —Las pupilas se le dilataron y el calor en mi pierna se intensificó. La lujuria me cayó encima como una patada en la entrepierna. Mi erección se balanceaba entre nosotros. Probablemente se había escapado de la toalla—. ¿Estás mojada por mí, rayito de sol?
—Me he mojado mucho por ti a lo largo de los años.
Joder.
La pegué a mí hasta que quedó sobre mi pecho, con mi miembro aplastado entre nosotros. Estrellé los labios en los suyos y sumergí la lengua en las cálidas profundidades de su boca.
Ella estaba allí conmigo, aferrándose a mis hombros.
Summer Kerrigan estaba en mis brazos. Estaba semidesnuda y sentada en mi regazo.
Las alarmas sonaron en mi cabeza, pero me importaba una mierda. Me había convencido a mí mismo de que no la quería, y quizá lo habría conseguido si no la hubiera visto con el vestido de novia y no hubiera deseado ser yo a quien le dijera «Sí, quiero».
Un gruñido sordo salió de mi pecho y la estreché con más fuerza. Mi lengua danzó con la suya y saboreé el dulzor del zumo de naranja que debía de haberse tomado antes de ducharse.
No debería estar haciendo algo así. No debería tocarla. Pero ¿por qué me parecía tan bien?
Ella se retorció en mi regazo, ansiosa. Su lengua se deslizó contra la mía, cálida, dulce y exigente. El trozo de toalla que aún me tapaba se cayó por fin y sentí su calor húmedo sobre mí, alimentando la necesidad primitiva de poseerla.
Sin embargo, llevaba tanto tiempo pensando en ella que tenía que tomarme mi tiempo. Tenía que saborearla. Por mucho que quisiera deleitarme con una mujer que actuaba como si no se cansara de mí —de mí, no del placer que podía darle—, no podía dejarla ir sin corresponderle.
Le puse las palmas de las manos sobre los muslos y sentí un chispazo que hizo que mi erección palpitara con más fuerza que nunca.
Está tan cerca… Tómala, joder.
No iba a hacerlo aún. Deslicé los dedos de una mano hacia su centro.
Estaba húmeda y era tan cálida, joder… El deseo me recorría las entrañas; se arremolinaba entre mi cerebro y mi pene.
Lo único que deseaba en esta vida era ver cómo se corría sobre mí, como si fuera mía. Como si siempre hubiera sido mía.
Deslicé un dedo por su sexo empapado. Ella gimió contra mi boca y se balanceó sobre mi mano.
Tuve que romper el beso.
—Joder.
Me miró a los ojos, con los labios hinchados por mis besos, y contoneó las caderas.
—¿Jonah?
—Dios, estás a punto.
—Jonah —gimió de nuevo, y supe que a esta mujer no la habían tratado como se merecía, ni dentro ni fuera del dormitorio.
El Jonah de hacía veinte minutos quizá no estuviera de acuerdo, pero no podía mentirme a mí mismo cuando tenía su sexo en la mano y su clímax al alcance. Mi nombre en sus labios había sonado perfecto.
—Vas a correrte para mí, ¿verdad?
Ella asintió, con los ojos vidriosos y las caderas meneándose de forma errática.
—Sí.
—Ese orgasmo va a ser para mí.
—Sí.
Pasé un dedo entre sus pliegues y lo deslicé en su interior. Me recibió un paraíso estrecho y ardiente. Sus paredes se contraían alrededor de mi dedo, y se removió con más ganas cuando le acaricié el clítoris con el pulgar.
Tenía que saborearla, pero no me atrevía a romper el hechizo. Lo que estaba ocurriendo entre nosotros llevaba demasiado tiempo gestándose, para bien o para mal.
Entonces ella metió la mano entre nosotros y me agarró el pene.
Se me escapó un gemido. Me estaban acariciando, y no era mi propia mano la que hacía el trabajo.
Me embebí de sus rasgos lascivos. La forma en que parpadeaba cuando yo sincronizaba los círculos con las embestidas del dedo. La delicada columna de su cuello cuando echaba la cabeza hacia atrás y gemía.
Ni siquiera le había visto los pechos. No le había visto el bonito rosa del sexo. Sentirla era suficiente.