Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

Summer

Parpadeé para espantar la neblina del sueño.

Debía de haberme quedado dormida después de esconderme en la habitación de invitados.

A lo largo de los años, me había quedado dormida llorando varias veces cuando el viento aullaba fuera; era una táctica eficaz para dormir.

Tenía los ojos pegados y un leve dolor de cabeza.

¿Qué hora era?

Mediodía.

Mierda.

Probablemente, el dolor de cabeza se debía al esfuerzo por contener el llanto y a la deshidratación. Si Jonah tuviera alcohol en casa, la noche anterior me habría lanzado a por las botellas.

No, no lo habría hecho. Habría sido demasiado parecido a lo que había hecho Eli. No podía hacernos algo así a ninguno de los dos, aunque no tuviera pensado conducir.

Me incorporé y dejé que las piernas me colgaran por el borde de la cama. El teléfono se iluminó con un mensaje de Autumn.

Autumn: ¿Esta vez estaba planeado?

Fruncí el ceño ante la pregunta. Ella no tenía ni idea del amor que había sentido por Jonah todos esos años. Nadie lo sabía. Y había conseguido olvidarlo con bastante éxito hasta que apareció en la boda.

Me recosté y el martilleo en la cabeza se hizo más fuerte.

Las cosas entre Jonah y yo iban muy bien, pero en el fondo de las conversaciones, y cada vez que sonreíamos, sentía una punzada de culpa.

Verdadero remordimiento. Él se culpaba a sí mismo, y no había forma de darle la vuelta a la historia y que no haberle contado lo que había pasado de verdad aquel día fuera lo correcto. Ni siquiera mis padres lo sabían.

Era una persona horrible.

Llamé a Autumn.

—¿Me llamas porque ha sido tan bueno que si lo escribieras las palabras se incendiarían en la pantalla? —contestó.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—No.

—Cuéntame qué ha pasado —pidió con brusquedad.

—La he fastidiado a lo grande. —Entonces le conté lo que le había dicho a Jonah. Hasta el último y terrible detalle—. Soy una persona horrible. Me odia, y ahora está atrapado en esta cabaña conmigo.

—Ay, cariño. —Lloré en silencio, como la noche anterior, con el rostro contraído y las mejillas doloridas—. Sé que no me vas a hacer caso —empezó a decir, y recordé haberles dicho cosas parecidas a mis hermanos cuando les daba consejos—. Pero esto no es culpa ni tuya ni de Jonah.

Negué con la cabeza; sentí el azote de mi pelo en la cara y la cabeza me palpitó con más fuerza.

—No, es…

—Los sentimientos de Eli eran cosa suya.

Sus acciones eran cosa suya. No puedes saber si no lo habría hecho de todos modos.

No puedes saber si no habría rebuscado en el alijo de sus padres y se habría ido al pueblo.

No puedes saber si habría resultado herido o si habría herido a alguien más, o las dos cosas.

—No debería habérselo contado a Eli.

—Te lo preguntó porque lo sabía, Summer.

—Le hice mucho daño —susurré, cerrando los ojos con fuerza.

—Las rupturas le hacen daño a todo el mundo.

Tú y Eli erais poco más que unos críos, y sabías que iba a tomárselo muy mal, por eso esperaste tanto tiempo.

—Quizá esperaba que irnos a la universidad atenuara la dependencia.

Que Eli se abriera a otras personas e hiciera otros amigos, pero, en cambio, cuanto más tiempo pasaba, más se centraba la vida en el rancho y en mí.

No era sano, y no era lo que yo quería de una relación—.

Esto va a sonar insensible —dijo Autumn con delicadeza—, pero Eli es cosa del pasado.

Se ha ido y os ha dejado el lío a Jonah y a ti.

—Estoy haciendo que Jonah se sienta peor, y voy a pasarme días atrapada aquí.

—Vais a estar atrapados juntos. Así que haced lo que mamá solía hacernos hacer cuando discutíamos: poned las sillas espalda con espalda y turnaos para deciros diez cosas bonitas el uno al otro.

La risita que me provocó el recuerdo estaba fuera de lugar, pero era muy necesaria. Suspiré.

—Está tan enfadado…

—Seguro que sí. Es más fácil enfadarse consigo mismo que con su hermano muerto.

Y yo era un blanco aún mejor. Un blanco que se lo merecía. Jonah no había tenido los quince últimos años para superar esa revelación porque yo le había robado esa opción.

Jonah estaba fuera. El viento seguía azotando y lanzando nieve en todas direcciones.

Las cosas cercanas a la casa aún eran visibles, pero más allá, donde debería extenderse un valle hasta las montañas que se elevaban al otro lado, no había nada más que una furiosa tormenta de nieve.

Y él había salido a la intemperie solo para evitarme.

Fui a la cocina y me subí las mangas del jersey. Aún no se había ido la luz, así que podía meter comida en el horno y esperar que la electricidad aguantara hasta que estuviera lista.

La última vez que había estado ahí había preparado un asado y a él le había gustado.

Pensaba hacer lo mismo, con las cebollas y las patatas.

Cuando se acercara la hora de comer, podía preparar una ensalada, pero ¿iba a entrar a comer?

¿O tenía que subir a mi habitación para que entrara en casa y se comportara como una persona normal en lugar de como un montañés malhumorado?

El roce del metal contra el hormigón me dio la respuesta.

Mi padre solía decir que palear antes de que pasara la tormenta era una excelente forma de malgastar fuerzas.

Le encantaban las tormentas y su entusiasmo había aliviado mi propio miedo.

Su pasión nos había ayudado a mí y a todas mis hermanas a superarlas.

Bebíamos chocolate caliente y jugábamos todo el día.

El único estrés era preocuparnos por los animales, pero mi padre nos había ocultado gran parte de la carga a la hora de llevar a cabo las tareas.

Una vez que tuve el almuerzo listo, me llevé una mano al estómago. No había desayunado, pero estaba demasiado agotada mentalmente como para comer mientras Jonah seguía sufriendo.

Llevaba la misma ropa que ayer. El jersey y los pantalones de pijama estaban bien, pero debía lavar la ropa interior. Podía andar por ahí sin sujetador ni bragas. Jonah no estaba dentro para mirarme.

Recogí toda la ropa suya que parecía sucia. La tarea había incluido revisar el dormitorio para coger la cesta y entrar en el baño que él usaba. Una vez que tuve suficiente para sentir que no estaba desperdiciando una colada, lo metí todo dentro de la lavadora.

Moví los hombros y bajé la mirada. ¿Era muy obvio que no llevaba sujetador? No era una mujer de pecho grande, pero siempre había estado contenta con lo que tenía. Y mis parejas también. Aun así, era raro andar por la casa sin nada.

¿Y ahora qué?

Él estaba fuera quitando la nieve de un montón que el viento iba a formar de nuevo y que iba a hacerse más grande antes del atardecer. No podía quedarme sentada viendo la tele. La conversación con Autumn me daba vueltas en la cabeza. Estaba enfadado con Eli. Con él mismo. Y conmigo.

No podía quedarme sentada dentro mientras él se afanaba en el exterior. Me puse el abrigo, me calcé las botas y me ajusté el gorro. Me enfundé los guantes antes de atravesar la casa hasta la puerta que daba al garaje.

El viento soplaba con fuerza en el garaje.

Las grandes puertas basculantes estaban cerradas, pero la puerta que daba al exterior estaba abierta.

Los copos de nieve se arremolinaban en el interior y, en el tiempo que Jonah había estado fuera, se había formado un pequeño montículo de nieve sobre el umbral.

—Qué hombre más testarudo… —Al salir al viento y recibir en la cara un centenar de pinchazos de nieve, no pude recordar qué había planeado hacer al salir.

¿Cuál era el objetivo? ¿Que Jonah no me odiara?

No me importaba yo misma ni lo que le había hecho a Eli.

Mis padres siempre habían dicho que la sinceridad era la mejor política, pero ser sincera aquel día me había costado caro.

Toda la familia Dunn había pagado por ello.

Jonah había dejado de vivir, mientras que yo no.

—¿Qué estás haciendo?

Me di la vuelta y parpadeé ante el embate del viento y la nieve.

Cuando mi visión se aclaró, me encontré frente a una boca inexpresiva.

Las mejillas frías y agrietadas por el frío hacían que la cicatriz de color blanco rosáceo destacara más que nunca.

Se había calado el sombrero negro hasta las cejas y la nieve se le había endurecido sobre la barba incipiente.

Se había levantado el cuello del pesado abrigo de invierno azul marino hasta que solo se le veían las mejillas y la nariz.

—Me gustaría ayudar. —El puente de la nariz me escocía por el impacto del aire gélido sobre la piel.

—Ya has hecho suficiente. —Se dio la vuelta, con la pala en la mano—. Entra.

Le agarré con fuerza el brazo. No tiré de él con brusquedad, no fuera a ser que se cayera.

Me habría llevado por delante, y aunque me habría gustado saber qué se sentía al tener su peso encima de mí, no quería que se hiciera daño.

Y prefería estar con él en una cama calentita. Prefería que no me odiara.

La fantasía secreta que no había vuelto a recrear hasta hacía poco se había hecho añicos la noche anterior.

—Tenemos que hablar.

—También has dicho suficiente.

Se me habían secado los labios, pero los chasqué, frustrada.

—Jonah, por favor. —Se detuvo y yo no supe qué decir. Miré a mi alrededor como si el entorno azotado por la nieve y el coche cubierto de una capa de hielo fueran a decirme qué iba a continuación.

Acababa de limpiar el coche y ya se estaban formando pequeños montículos de nieve alrededor del lado del conductor. Las marcas de la pala de donde había despejado alrededor de las ruedas aún eran visibles.

—¿Qué estás haciendo?

—Intentando meter el coche en el garaje.

Ah. Igual que la noche anterior, estaba cuidando de mí. Yo estaba aterrorizada por salir de casa en medio de una tormenta de nieve, pero él parecía angustiado. Me había alcanzado a tiempo y me había ordenado que me pusiera a salvo. Y en ese momento quería guardar mi coche.

«No te engañes una vez más. Necesitaba hacer algo y las opciones eran limitadas en medio de una tormenta» .

—Puedo ayudar.

—Entra.

Perdí los estribos. Extendí las manos, y el tejido de la chaqueta crujió al acompañarme en el movimiento.

—Déjame ayudar. No paro de meter la pata y nunca sé cómo arreglarlo. ¡Déjame hacer algo!

Me miró, parpadeando. Su barba incipiente había acumulado más nieve desde que se había quedado quieto. Si me rechazaba de nuevo, iba a entrar y a intentar no llorar mientras veía una película. Sin conseguirlo, como de costumbre.

—No llevas pantalones para la nieve. Ve al garaje y mueve cosas para que quepa el coche dentro.

Apenas podía oírlo por culpa del viento, pero asentí, agradecida de que no me estuviera echando otra vez, y también contenta de poder resguardarme. La franela no servía de nada para bloquear el embate del viento, y la piel de las piernas se me estaba entumeciendo.

Cuando entré en el garaje, encendí las luces, pero mis ojos tardaron unos minutos en adaptarse antes de que pudiera ver algo más que siluetas oscuras.

Di un paso y la bota me resbaló sobre el suelo de hormigón.

Sacudí los brazos y recuperé el equilibrio.

Menos mal. Dudaba que recibiera mimos esa noche si me hacía daño al caerme.

Durante los siguientes minutos, reordené la maquinaria pequeña. Un cortacésped, tres motosierras de diferentes tamaños —dos de ellas eléctricas—. Todo lo que tenía estaba perfectamente ordenado, pero como nadie más usaba nunca el otro cubículo, les había hecho un hueco en el suelo.

Encontré las viejas cañas de pescar y las cajas de aparejos y las aparté para hacer sitio a la desbrozadora, que no estaba cubierta de polvo por falta de uso.

En la pared del fondo había colgados un kayak y una canoa.

No los había visto de la otra vez porque estaba demasiado ocupada pensando en la boda echada a perder. ¿Cuánto tiempo hacía que no los usaba?

Los rifles de caza y las escopetas probablemente estaban en la caja fuerte para armas que tampoco había visto la última vez, encastrada en el rincón más alejado. Había una pequeña puerta hacia el fondo.

Me acerqué a ella con paso cauteloso. Mis botas ya no estaban resbaladizas por la nieve, pero no podía ser descuidarme. Eché un vistazo dentro. Demasiada oscuridad. Joder, de todos modos estaba siendo entrometida, y era su garaje. No iba a encontrar ningún secreto allí, así que encendí la luz.

Todo el equipo de acampada estaba ordenado en estantes.

En una funda de uno de los estantes había una tienda de campaña azul y gris que solía usar cuando acampaba a menudo con Teller.

A lo largo de la pared había remos de repuesto para el kayak.

Las neveras portátiles de cuando organizaba fiestas en el prado con mis hermanos estaban apiladas juntas.

Jonah prácticamente había vivido al aire libre y en ese momento guardaba los recuerdos bajo llave, igual que a sí mismo.

—¿Has perdido algo? —Grité y me di la vuelta, y choqué contra un pecho duro y helado. Sus brazos me rodearon como si no pudiera evitarlo. El frío del abrigo me caló las mejillas, pero sus brazos me rodeaban y no me soltaba—. Por Dios, mira por dónde vas.

Eché la cabeza hacia atrás para mirarlo.

—No suele pasarme.

Se había sacudido la nieve de la nuca antes de llegar junto a mí; los copos derretidos se aferraban a las oscuras pestañas y su mirada era indescifrable.

—Ya lo creo que sí. Te pasas la vida metiéndote en líos.

Solté un suspiro. Aquella Summer había quedado muy lejos.

La Summer adulta había terminado los estudios, había cuidado de sus hermanas, había trabajado en la empresa familiar y había mantenido un perfil bajo.

La Summer adulta no les gastaba bromas a los chicos que la habían ofendido, a ella o a sus hermanas.

No corría con coches por carreteras secundarias y no hacía apuestas sobre quién era capaz de acertar en la e de una lata de Mtn Dew a cincuenta pasos.

—No puedo arriesgarme a que otra persona sufra por lo que hice.

Movió la mandíbula y se apartó con cuidado. Sus guantes permanecieron sobre los hombros un instante más antes de que retirara las manos.

—¿Tienes las llaves? Ahora debería haber suficiente espacio para meter el coche.

—Puedo hacerlo yo.

—Por Dios, Summer.

Vale, bien . Saqué las llaves del bolsillo del abrigo y se las dejé caer en la mano.

—He metido otro asado en el horno. Ya casi estará listo. ¿Vas a comer conmigo?

Me miró fijamente. Una gota de nieve derretida le resbaló por la barba.

—No.

—Pues te lo dejaré ahí.

Asintió y salió del garaje dando un portazo.

Puse los ojos en blanco, miré al techo y luego me volví para echar un último vistazo a toda una vida metida en un armario.

No esperaba que ninguno de los que habíamos querido a Eli siguiéramos siendo los mismos después de la muerte, pero quizá me había equivocado al pensar que no había fallecido con él una parte demasiado grande de nosotros.