Capítulo 10
Jonah
Me quedé mirando el techo oscuro del dormitorio. El viento había arreciado y aullaba en el exterior. Había poca luz, pero podía imaginarme la nieve arremolinándose, el viento soplando, nublando la vista en todas direcciones.
Aunque no era el clima lo que me mantenía despierto.
El control inhumano que había tenido que ejercer para no tener una erección cerca de Summer era obsceno.
Era un pervertido. Olerla mientras se echaba sobre mí, envolviéndome en el aroma a fresa y azúcar mientras me untaba con lo mismo que había usado para masturbarme la noche después de que se marchara…
Casi le había permitido que me masajeara las caderas para tenerla en el dormitorio más tiempo.
Para tener esas manos sobre mí otros veinte minutos.
Pero cada vez que la miraba, la sangre se desviaba hacia mi miembro.
Cada vez que mi cerebro se detenía en el hecho de que era ella quien me tocaba y no Hannah, mi masajista de cincuenta y cinco años que hacía las veces de abuela sustituta, mi pene se hinchaba de forma inoportuna y desenfrenada.
Cada vez que la miraba de reojo, estaba bañada por la tenue luz de la lámpara, y me hacía saber cómo se veía en mi dormitorio.
Y también sabía cómo era cuando llevaba puesta ropa cómoda, como si este fuera su hogar.
Como si hiciéramos algo como eso todos los sábados por la noche.
Se oyó un crujido y fruncí el ceño. La casa era sólida y el ruido no era uno de los sonidos normales que se oían durante una tormenta. Otro chirrido y esa vez lo reconocí. El peldaño inferior. Esa maldita cosa llevaba años haciendo ruido y, aunque no subía las escaleras a menudo, conocía el sonido.
Summer estaba despierta.
¿Le costaba dormir por culpa del tiempo? ¿Por mi culpa? Cuando se había quedado con su madre, no se había vuelto a obsesionar con su ex, ¿verdad?
No. A ese cabrón no le había llevado la compra.
Me levanté de la cama. Habría tenido que dejarla vagar y hacer lo que tuviera que hacer, pero después de que me contara lo del accidente de sus padres, no podía dejarla sola.
Me puse una camiseta. Llevaba puestos los pantalones del pijama y ella ya lo había visto casi todo, pero no podía arriesgarme a que se repitiera la situación. Mi miembro era todo un rebelde cuando estaba cerca de ella.
Antes de salir del dormitorio, cogí un bastón. El hombro no me molestaba y mi rodilla estaba más fuerte. Summer no era masajista profesional, pero me había ayudado. Imagínate qué maravilla si la hubiera dejado trabajar en las caderas.
La encontré en el salón a oscuras, iluminada por la luz residual de los electrodomésticos de la cocina y los destellos del módem junto al televisor. Llevaba la misma ropa que cuando había llegado… Mierda. No tenía nada más.
—¿Quieres que te preste una camiseta? —Ella dio un grito ahogado, se dio la vuelta de golpe y perdió el equilibrio. Se agarró a la ventana—. No te caigas —ironicé.
Me dedicó una rápida sonrisa.
—Entonces, te tocaría a ti darme un masaje.
—Cuando quieras, rayito de sol. — Maldita sea, qué boca tengo.
Abrió mucho los ojos y soltó una risa nerviosa.
—Claro. Es lo justo. —Se cruzó de brazos y se volvió para mirar de nuevo hacia fuera.
—¿Es por la tormenta?
—El viento —suspiró, dejando caer los hombros—. El maldito viento. Cuando lo oigo, no soporto estar encerrada en ningún sitio. A veces el piso se me queda pequeño.
Poco a poco, atravesé el salón. Mis ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra, pero no quería volver a tropezar delante de ella. Al menos esa vez iba vestido.
—¿Es por eso por lo que no te gusta volar?
Un escalofrío le recorrió los delgados hombros.
—Durante todo el vuelo parece que el viento te sopla directamente en los oídos. Y no tienes adónde ir.
Me detuve a su lado.
—¿En el dormitorio te sientes demasiado encerrada?
—No es eso. —Me miró de reojo, con el reflejo de la luz azul del módem en la ventana incidiendo en sus ojos—. Mi habitación en la casa de mi madre está en el sótano. Arriba puedo oír el viento azotando la casa, tirando y empujando y exigiendo. —Sacudió la cabeza—. Es una tontería.
—No digas eso. —Me quedé mirando la oscuridad al otro lado de la ventana.
Fuera estaba el caos de la naturaleza. Dentro, la calma creada por el hombre—.
Tardé dos años en volver a conducir después de salir del hospital.
—Se volvió hacia mí y me posó la mano en el brazo.
No dijo nada, como si supiera que necesitaba silencio para continuar—.
Al principio fue por eso por lo que no fui al pueblo durante tanto tiempo.
Tenía que superarlo. —Las palabras se me enredaron en la garganta y me cortaron el aliento.
No podía volver a ese espacio aislado, así que seguí contando la historia—.
Ahora me he acostumbrado a pasar en coche por el lugar del accidente.
La culpa todavía me remuerde. Fui el idiota que no dejó el alcohol bajo llave.
Fui el idiota que no pensó que su hermano menor de edad podía colarse en su casa.
—Solté una risita amarga—. Después de eso, solía cerrar las puertas con llave siempre.
Todo el día, todos los días, las puertas estaban cerradas con llave.
—También había asegurado la casa cuando Summer se alojaba aquí.
Pero, por lo demás, dejar la casa sin cerrar con llave era un pequeño gesto que hacía para evitar encerrarme en un caparazón del que casi no había logrado salir.
—Lo siento mucho. —La simpatía de Summer rayaba en la lástima.
—Ya no soy así.
Los labios se le crisparon.
—Si lo fueras, no tendrías a una invitada no deseada en casa despertándote en mitad de la noche.
—Nunca he dicho que fueras indeseada.
Se hizo el silencio entre nosotros, expectante y denso.
No podía apartar la mirada. Estábamos cerca.
Solo tenía que alargar la mano. Podría tomarla en brazos y plantar los labios en los suyos y descubrir si era tan dulce como pensaba.
Luego la habría empujado contra la ventana y la habría levantado en el aire; ella me habría rodeado la cintura con las piernas y, si le hubiera preocupado que tuviera que soportar su peso, yo habría gruñido para demostrarle que…
Dios. Se me estaba poniendo dura.
—¿Qué te ayuda a dormir? —Se lo debía. Se lo debía como hombre para no ser un asqueroso.
Se lo debía por el masaje. Normalmente, cuando me torcía una de las articulaciones del lado izquierdo, cabeceaba durante unas cuantas noches hasta que me rendía, me tomaba un relajante muscular y dormía dos días seguidos, o concertaba una cita con Hannah.
Esa noche podía descansar. Era la mente lo que me mantenía despierto. Y el miembro.
—Estar demasiado cansada como para mantenerme despierta. —Hizo un gesto con la mano y desvió la mirada hacia la ventana.
—Pero tiene que haber algo más.
Tardó un momento en responder.
—Cuando era pequeña, me metía en la cama con Autumn y… —Hizo una mueca, pero los labios se le crisparon como si estuviera luchando por no sonreír—. Hablábamos mal de nuestros hermanos. «Creen que lo saben todo» —recitó con voz aguda—. «Son muy mandones y nos tratan como si fuéramos unas cobardes».
Sonreí.
—Sé que eso no duró mucho. Teller me contaba cómo te engañaba a ti y a Autumn para que hicierais su trabajo.
Giró la cabeza hacia mí con brusquedad, indignada.
—Qué malo era. Aunque Tate podía ser peor. Si no fuera por Tenor y ese corazón blando que tiene, probablemente habríamos seguido haciéndolo todo mientras ellos —hizo comillas con los dedos— «barrían el granero».
Solté una carcajada. Me imaginaba a Tate y a Teller, jóvenes, taciturnos y engreídos, pensando que sus hermanas lo tenían demasiado fácil y asegurándose de ponerles las cosas en su sitio.
La sonrisa de Summer era mejor que la mirada atormentada que tenía cuando la encontré por primera vez.
—Menos mal que los inviernos en Montana son largos.
Mis hermanas y yo necesitábamos ese tiempo de terapia para quejarnos de ellos.
—La sonrisa se le desvaneció—. Ahora que soy adulta, deambulo por casa hasta que no puedo mantenerme despierta.
A veces paso la noche en vela, pero el viento nunca es tan fuerte en el pueblo.
—¿Boyd no te apoyaba?
Ella negó con la cabeza.
—Intenté hablarlo con él una vez. Me dijo: «Cariño, solo es viento».
—Menudo capullo.
—Se me pasaron por delante tantas señales de alarma… —Se estremeció—. Así que sigo vagando por la casa y esperando.
Había aguantado el masaje. Podía comportarme como un caballero.
—Tengo una cama grande. Puedes hablarme mal de tus hermanos, y yo me quedaré en mi lado de la cama. —Me miró parpadeando, atónita. Podía retirar la oferta y fingir que no había dicho nada, o podía seguir adelante—. Sin tonterías, lo prometo.
Se ablandó.
—Sé que no intentarías nada raro —dijo con un toque de resignación; aunque a lo mejor solo era yo, que estaba pensando en cosas que era mejor dejar estar—. Puedo acaparar la cama.
—¿Robas mantas?
Se le levantó una comisura de los labios.
—Me han dicho que sí, pero creo que son calumnias.
—Pues venga, cariño. Acabo de lavar la ropa, así que toda la ropa de cama está limpia.
—Mi madre también se vuelve una maniática de la colada antes de las ventiscas.
—No podemos quedarnos tirados sin electricidad y con manchas de suciedad.
Se le escapó una risita.
—No sé si mi madre lo admitiría, pero estoy segura de que esa era su razón con mis hermanos.
—Guárdate los cotilleos para cuando estemos bajo las sábanas, cariño.
Riendo, se apartó de mí y se dirigió directamente al dormitorio. Me tomé unos segundos para recomponerme.
Había sonreído más a su lado en la última semana que en todo el año junto. Por desgracia, también había tenido más erecciones.
—Nos quedamos atascados. —Estaba contándole la tercera de las travesuras que Teller y yo habíamos hecho de adolescentes, tumbado en la cama, como cuando la oí deambulando por la casa.
Ella estaba echada de lado, en el borde, y había bastante espacio entre nosotros.
El tenue resplandor de una luz nocturna se filtraba desde el pasillo.
Sentía cómo se me cerraban los ojos, pero de ninguna manera iba a quedarme dormido antes que Summer.
No habría nadie para asegurarse de que descansara un poco.
—No puede ser. ¿La camioneta nueva de papá? —El cansancio se notaba en la voz.
—Justo ahí abajo, en ese mismo valle. Tuve que sacar a escondidas el tractor de mi padre del patio para remolcarla.
Ella bostezó.
—¿Cómo se saca a escondidas un tractor?
—Soborné a mi hermano para que fingiera haberse roto un tobillo.
—¡No puede ser! —Se animó, y yo sonreí. Fue una de las pocas veces que había mencionado a Eli y que no sentí esa vieja cicatriz. Me gustaba hablar de lo bien que lo habíamos pasado, pero rara vez pensaba en esos recuerdos sin sentir el peso de la tristeza.
—Claro que sí. Y mi padre no le dijo nada después de que la radiografía saliera bien y no hubieran visto hinchazón ni moratones. El más pequeño, ya sabes. El niño mimado.
—Wynter no estaría de acuerdo, pero sí, es la más pequeña y la mimada. —Su voz volvió a sonar adormecida—. Eli nunca me contó esa historia.
—Me sorprende.
—A mí no. Te idolatraba, pero también te tenía envidia.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—Todas las chicas estaban locas por ti. Éramos de primer año y tú de último. Luego te convertiste en un montañés. Muchas chicas hablaban con Eli solo para acercarse a ti.
Mi hermano no me lo había dicho.
—Mierda.
—No es culpa tuya cómo reaccionan los demás. —La cama se movió cuando ella se apoyó en el codo—. Lo sabes, ¿verdad? No puedes responsabilizarte de sus actos.
Había compartido buenos recuerdos sobre Eli, pero eso era lo máximo a lo que estaba dispuesto a llegar con respecto a su muerte.
—Necesitas dormir un poco.
Su mirada tenía una sinceridad que no lograba descifrar. Se humedeció el labio inferior como si se estuviera preparando para decir algo difícil, pero acabó mordiéndose ese labio hinchado y volviendo a tumbarse.
—Te cuesta hablar del accidente.
—Me cuesta hablar de todo.
La comisura de la boca se le curvó hacia arriba, pero había una sombra de tristeza en su sonrisa.
—A mí también. Hay cosas de las que es muy difícil hablar.
¿Se refería a sus padres, que habían fallecido, o a Eli? ¿Había podido hablar con alguien sobre la pérdida de Eli o había seguido adelante con su vida reprimiendo sus sentimientos?
Se le cerraron los ojos y yo hice lo mismo, más satisfecho de lo que había estado en mucho tiempo.
Aparte de acampar con mis amigos, algo que no había hecho en años, siempre me había acostado solo.
Dormir con una mujer hermosa en la cama era algo a lo que podía acostumbrarme, y era peligroso.
Habría sido mejor no saber lo que me había estado perdiendo toda la vida.