Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

Me desplacé hacia la parte superior de la rodilla y le levanté un poco la sábana, rezando para no dejar al descubierto una nalga y crear un ambiente incómodo entre nosotros.

Los músculos de esa zona estaban mucho más tensos que el resto.

El masaje empezaba a parecerse a moldear acero con el calor de la mano.

—La gente dice que eres un ermitaño. ¿No estás de acuerdo con ellos?

—La gente es molesta.

Sonreí y seguí acariciándole la parte inferior del muslo. La piel se le calentó bajo mi contacto.

—Nunca has tenido paciencia para las tonterías. Pensaba que por eso no me soportabas.

Apoyó la cabeza en los brazos.

—Mi hermano estaba locamente enamorado de ti y eso ya era bastante molesto.

Mi sonrisa se desvaneció.

—Sí. Me da vergüenza ajena pensar en cómo éramos. —Me había enamorado de la idea del amor. Eli había sido un buen chico con quien explorar esas emociones—. El amor de adolescentes puede robarte el sentido común.

Se giró a medias en lugar de volverse para mirar por encima del hombro.

Me encontré de nuevo con el lado de su rostro marcado por la cicatriz y recordé cómo era antes: un chico que podría haber salido de las páginas de un catálogo de actividades al aire libre.

Podría haber sido modelo, pero no se comportaba como si supiera que tenía un gran atractivo rudo, que su sonrisa era todo por lo que cualquier chica joven vivía y respiraba.

La cicatriz no cambiaba esa belleza, pero actuaba como un obstáculo visual para los de mente estrecha.

La gente pensaba que la cicatriz irregular y la red de líneas en que se convertía bajo la barba le restaban atractivo.

Para mí, en cambio, solo lo convertían en una versión diferente de un hombre guapo.

Había oído los comentarios a lo largo de los años.

La gente mayor se preguntaba si no había nada que un cirujano plástico pudiera hacer por él.

Los niños lo señalaban en público. Luego estaban las mujeres más jóvenes.

Aquellas que pensaban que las cicatrices y la forma en que evitaba gran parte del pueblo le daban un aire de chico malo.

Las chicas que querían una aventura salvaje.

¿Cuántas habían descubierto cómo era el sexo con Jonah?

—¿Amor de adolescentes? —preguntó, llevándome de vuelta a la conversación.

—Éramos adolescentes. ¿Tú no tuviste eso con alguien? ¿Con Jackie? —Mantuve la vista clavada en mi tarea. ¿Había sonado a celos?

Jonah había sido uno de esos chicos mayores del que las chicas buscaban atención y que rara vez recibían. Había estado en su propio mundo, y ese lugar incluía deportes de instituto como el fútbol americano y el béisbol. Conducía una camioneta grande e incluso había sido candidato a rey del baile.

Resopló.

—No. —Le moví la pierna para tener mejor acceso a todo el muslo. Se acomodó mejor sin que tuviera que insistirle mucho, ya fuera porque le resultaba más cómodo o porque no quería que le tirara de la extremidad en una dirección incómoda.

—Vosotros dos estabais muy enamorados.

—Éramos unos críos.

—Me han dicho que has vuelto a salir con ella —murmuré. ¿Estaba sacándole información? Por supuesto.

—Sí, pero ya hemos terminado.

El corazón me dio un vuelco en el pecho.

—Ah, ¿sí?

—A veces hay que dejar atrás lo que debería haberse quedado en el pasado. —Esas palabras bruscas me calmaron el pulso. Si pensaba así, quizá podría hablar con él… de todo.

Seguí trabajando la carne alrededor del muslo. Estaba tan tenso… Eso no podía ser bueno. Subí la sábana un poco más.

—Puedo darte un masaje en la cadera…

Se puso tenso.

—Está bien así.

—Ahí están esas palabras otra vez. —No seguí avanzando con los dedos hacia arriba—. He aprendido, Jonah, que cuando dices que algo está bien, no lo está. Puedo ayudarte.

—No.

Lo miré a los ojos. No podía cruzar los brazos con las manos resbaladizas por el lubricante porque iba a manchar el jersey de gel y, aunque era a base de agua, no tenía otra ropa.

—¿Te duele menos el hombro?

Se le tensó un músculo de la mandíbula.

—Sí.

—¿La rodilla?

—El dolor no es tan fuerte. —Su tono era obstinado.

—Entonces, puedo ayudarte con la cadera.

Me miró fijamente, con las pupilas dilatadas. Movió la mandíbula como si estuviera masticando las palabras.

—Mi pene no está al lado del hombro ni de la rodilla.

— Oh. Oh. Le estaba dando un masaje con lubricante.

Una vez había oído que las erecciones eran algo habitual en los hombres que recibían masajes.

Sin duda, no tenía ningún problema en que yo le diera un masaje.

La alegría se impuso a la sorpresa. ¿La reacción se debía a mí?

Tiró de la sábana, y si seguía forzando el hombro en ese ángulo, iba a echar por tierra todo el trabajo que había hecho—.

Estoy mucho más cómodo que antes. Creo que ahora podré dormir.

La decepción sonó como un fuerte gong en mis oídos.

No importaba que me hormiguearan las palmas de las manos por el calor de su piel y el tacto del sedoso vello corporal bajo mis dedos.

Me estaba despidiendo. Después de irrumpir en su casa y obligarlo a recibir un masaje, lo menos que podía hacer era dejarle en paz.