Capítulo 9 #2
Pero sí lo era. Todo. En lugar de hacer lo responsable y contarle a Jonah lo que había pasado ese día, lo había evitado.
Me había mantenido alejada y había utilizado el arrebato en el hospital como excusa.
Pero Jonah no se daba cuenta de lo que estaba hablando.
Era una cobarde, así que seguí actuando así.
—Me he metido en tu casa sin avisar.
—Te metes en demasiadas cosas, rayito de sol.
Le presioné los músculos de la base del cuello y él gruñó. Aflojé la presión.
No me había metido en demasiadas cosas. En realidad no había hecho lo suficiente.
Los dedos rozaron varias protuberancias diminutas.
Más cicatrices irregulares causadas por los fragmentos de cristal que se habían desprendido del trozo más grande que le había cortado la cara.
Yo no tenía unas cicatrices tan grandes como las suyas, pero sí unas similares cubiertas por el pelo y repartidas por el cuello.
Pasaron unos minutos más. Ya no se encogía ni se tensaba como antes. Una señal de que lo que estaba haciendo le estaba ayudando.
—Yo era adulto —dijo, con las palabras amortiguadas como si se hubiera derretido contra colchón—. No puedo imaginar cómo debe de ser algo así para una niña.
Tragué saliva con dificultad y los dedos se me detuvieron.
—Debería empezar con la pierna. —Tenía mucha más superficie que cubrir y la tarea iba a mantenerme la mente ocupada.
Se había sometido a una operación de cadera y era probable que la caída también le hubiera bloqueado esa articulación.
Si me lo permitía, le debía un masaje desde los dedos de los pies hasta la cabeza.
Se me entrecortó la respiración cuando le tapé la espalda con la sábana y me desplacé hasta los pies de la cama. Enrollé la sábana, tratando de mantener la otra pierna cubierta para garantizarle la máxima intimidad.
Con la mente centrada en los detalles prácticos, podía responderle sin temblar.
—Fue una pesadilla. Mamá Starr y papá Bjorn…, así es como llamo a mis padres biológicos, ya no estaban… —Un escalofrío me recorrió el cuerpo y el resto de las palabras se me atascaron en la garganta.
Se incorporó apoyándose en los codos y miró solemnemente por encima del hombro.
—No tienes por qué hablar de eso.
Algunos de los chicos con los que había salido se habían vuelto muy insistentes.
Otros no habían querido escuchar una historia tan deprimente.
Eli había atendido como si le estuviera contando el argumento de una película, y luego había intentado animarme, sin darse cuenta de que el día en que murieron los padres no era un tema del que pudiera pasar página tras unas cuantas risas.
Me eché más lubricante en las manos y las restregué entre sí.
—Mis padres no respondían —dije, con más fuerza esta vez, y él volvió a recostar la cabeza—.
Sabía que algo iba mal, y sabía que era algo muy malo.
—Le masajeé la pantorrilla y le arranqué otro gemido—.
Creo que incluso sabía que habían muerto.
—Tragué saliva con dificultad. Habían pasado casi veinticinco años y desde entonces había tenido una vida estupenda, pero la angustia de aquel día resurgió tan fresca como si estuviera de nuevo en el hospital y me dijeran que sí, que todo lo que había temido era cierto.
—Eso es horrible.
Asentí, aunque él no pudiera verme. Hinqué las yemas de los dedos en los tendones duros que rodeaban la rodilla, siguiendo los surcos y topándome con cicatrices.
—Intenté evitar que mis hermanas entraran en pánico mientras esperábamos ayuda, y luego me quedé sola en el hospital y ellas estaban en sus propias habitaciones, y fue horrible.
—Esa parte fue para mí casi tan mala como el accidente. Perder a Eli siempre será lo peor, pero ¿la impotencia de no poder levantarme de la cama para hacer nada al respecto? Eso fue una tortura.
Lo entendía, y me abrí de una forma que nunca había hecho con nadie.
—Echaba muchísimo de menos a mis hermanas. Sentía que les había fallado. Luego llegamos a casa de los Bailey, y ya no tuve que ser tan fuerte y me sentí inútil. Pero no por mucho tiempo.
—Hay mucho que hacer en casa de los Bailey. Lo suficiente como para que creas que la vida tiene sentido.
Una vez más, lo entendió.
—Mamá Mae sabía cómo meternos en las tareas del rancho.
Papá Darin estaba ahí con todo el rollo del bourbon y el whisky.
Y mis hermanos… —Me mordí el labio inferior.
Nunca le había contado a nadie cuál fue la primera impresión de los hermanos—.
Ellos, eeeh, se parecían mucho a mis padres biológicos.
Eran un poco salvajes. No acabaron sin hogar ni se llevaron a cuatro chicas por todo el desierto porque fueran descuidados ni nada por el estilo, pero…
—¿Estabais sin hogar? —Se apoyó de nuevo en los codos.
—Sí, nunca se lo había contado a nadie. Mamá Mae tampoco.
Los trabajadores sociales lo sabían, pero cuatro chicas que empezaban con una nueva familia en un nuevo colegio no necesitaban que les persiguieran chismes sensacionalistas.
—Pasamos de un camping a otro durante meses.
A veces conseguían trabajo unos cuantos días y podíamos permitirnos un hotel.
Las noches se estaban volviendo la hostia de frías, y los oía discutir sobre qué hacer para el invierno.
Entonces llegó la tormenta, nos estrellamos y eso fue todo.
—Mierda. —Seguía mirándome todo lo que podía desde ese ángulo torcido—. ¿Por eso odias los aviones?
—Creo que sí. No me gusta estar encerrada. —Me estremecí—. No me gustan los espacios oscuros. No me gustan las tormentas, pero las soporto mejor que Wynter.
—¿Y Autumn y Junie?
Otra cosa que Jonah hacía y que nadie más había hecho: preguntarme por el resto de la familia. Conocía a mis hermanas, y quizá por eso era diferente del pomposo banquero de inversiones que yo había conocido a través de contactos del trabajo.
—Todas tenemos lo nuestro. Junie canta, pero también huye, ¿sabes a qué me refiero?
—Asintió. No quería explicarlo con detalle y sentir que estaba traicionando a mi hermana nómada—.
Autumn es tan cautelosa que eso la asfixia.
Supongo que el lado positivo para Wynter es que no pudo soportar ver a papá Darin morir lentamente de cáncer, así que se apoyó en Myles.
Si yo no podía encontrar mi propio final feliz, al menos podía alegrarme de que mis hermanas lo tuvieran. Aunque no parecía que Autumn o Junie se estuvieran precipitando hacia el altar como yo lo había hecho.
Pasaron varios minutos de silencio mientras le trabajaba la rodilla.
—Todo el pueblo parece creer que sabe lo que el accidente me hizo —susurró.
Pensé en lo que acababa de decir, dándole vueltas en la cabeza. Él me había escuchado y me había comprendido, y yo quería hacer lo mismo por él, en lugar de ser tan solo otra persona que daba por sentado que sabía por lo que Jonah había pasado.