Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Summer

No me podía creer que me hubiera quedado aislada con Jonah otra vez. Había llamado a mi madre —esa vez llevaba un cargador en el coche— y no se había sorprendido. Luego, Jonah y yo habíamos hecho unas hamburguesas con tomates, pepinillos, cebollas y lechuga. Quizá me había pasado con las verduras.

Después de cenar, él se puso a trabajar con el ordenador en la mesa de la cocina mientras yo veía un programa.

Respondí a unos cuantos correos del trabajo en el móvil y luego lo dejé a un lado para ver Sweet Home Alabama .

No estaba acostumbrada a noches tranquilas como esa.

Boyd siempre tenía que estar haciendo algo.

Quizá yo estuviera trabajando a distancia, pero esas dos semanas habían sido mucho más tranquilas que cuando estaba con Boyd.

Jonah llegó a rastras junto al sofá y se sentó con cuidado. Se movía más despacio y usaba el bastón, pero no había dicho ni palabra sobre si le dolía o no.

—¿Quieres ver algo? —le pregunté.

—No. Puedo desconectar y pensar en diseños.

—¿Es así como funciona el proceso?

Cambió de postura y habría jurado que reprimió una mueca de dolor.

—Sí. Miro lo que hay a la venta en las tiendas y en las páginas web más populares, incluso echo un vistazo a algunos influencers del sector, pero sobre todo me inspiro cuando dejo que mi mente divague.

—Tu estilo de vida encaja con eso.

—Sí. —Volvió a cambiar de postura.

—¿Te duele algo? —¿Iba a responder con sinceridad?

—Estoy bien.

Bueno, más o menos.

—¿Ha sido muy fuerte la caída?

—No es nada que no me haya pasado antes.

No me estaba rechazando como había pensado, y, aunque tampoco se estaba abriendo, al menos hablaba conmigo.

—¿Qué suele ayudarte?

—Descansar.

¿Cómo podía descansar si estaba incómodo?

—Venga, en serio, ¿qué te ayuda?

Puso los ojos en blanco y apretó los labios.

La barba incipiente que tenía en la mandíbula se había convertido en una barba bien recortada.

Me picaban las palmas de las manos por acariciar ese vello.

¿Sería áspero o suave? ¿Usaba algún producto para cuidarla?

¿Cuanto más avanzaba la temporada, más montañés se volvía?

—Estoy bien, Summer.

Estuve tentada de amenazarlo con llamar a su madre, pero con eso no iba a ganarme su confianza. Ir a su casa sin permiso ya era suficiente para un solo día.

—No te estoy preguntando si estás bien. Te estoy preguntando qué suele funcionar.

Apretó aún más los labios.

—Los baños calientes, pero no quiero agacharme para entrar y salir de la bañera. Los masajes suelen irme bien, pero eso queda descartado hasta que pase la tormenta.

—Puedo darte un masaje yo.

Se quedó inmóvil y el aire crepitó entre nosotros. La oferta era sincera y la había hecho sin pensarlo dos veces, pero en ese momento todas las posibilidades me pasaban por la mente al pensar en mis manos sobre el cuerpo fuerte. Se me secó la boca.

—No —dijo con voz tensa.

Había mencionado dos cosas que funcionaban y las había descartado.

—El wifi sigue funcionando. Puedo buscar algunos vídeos. Cualquier cosa es mejor que nada, ¿no? Tampoco es que sea tan fuerte como para hacerte daño.

Las comisuras de la mandíbula se le tensaron.

—No vas a darme un masaje.

Fue tan categórico que me resultó insultante.

—Solo quiero ayudarte. —Cuando negó con la cabeza y se apartó, capté la mueca de dolor. Ya bastaba—. Acuéstate, Jonah.

—Summer…

—Te duele. Es por mi culpa. Déjame ayudarte.

Sus ojos se suavizaron ante la súplica.

—Está bien. —Se levantó con el mismo cuidado con el que se había sentado. Los nudillos se le pusieron blancos agarrados al bastón.

—Dime cuándo puedo entrar en la habitación. Haz lo que haces cuando te dan un masaje: quítate toda la ropa y tápate con una sábana.

Si no, iba a tocarlo dos veces y él iba decir que ya se encontraba mucho mejor.

El rubor se apoderó de mi cuerpo mientras esperaba. Iba a hacerlo: iba a poner las manos sobre su piel desnuda.

Podría ser profesional.

Dios, si ni siquiera era una aficionada…

—Listo —dijo con la voz amortiguada por la puerta.

De acuerdo. Podía hacerlo sin dejar que mis hormonas se desbocaran. Acababa de quedarme soltera. Era una invitada no deseada. Estaba cruzando todos los límites, pero él estaba sufriendo y estaba segura de que podía ayudarlo.

El pulso me retumbaba entre los oídos cuando entré en el dormitorio.

En lugar de una cueva oscura, me encontré con una habitación espaciosa con fotografías del valle en las paredes.

Era como la vista desde las ventanas delanteras.

La ventana no tenía persianas y daba a los árboles. ¿Qué tipo de fauna veía pasar por allí?

Solo estaba encendida la lámpara de la mesilla de noche, que proyectaba un cálido resplandor por toda la acogedora y varonil estancia, con esos muebles de cedro macizo y la cama con estructura de trineo.

Por fin, miré hacia la cama. Las mantas estaban tiradas a un lado y su gran cuerpo, tumbado boca abajo. Me detuve a su lado. No sabía cuál era el lado habitual, pero estaba tumbado de tal manera que el lado izquierdo quedaba cerca del borde.

—¿Hiciste tú la cómoda y el armazón de la cama? —pregunté, remangándome. Me temblaban las manos. Se suponía que el masaje debía ser clínico, pero la intimidad era innegable.

—No. —Tenía la cabeza girada hacia mí y los ojos cerrados, como si estuviera intentando evitar la incomodidad—. Son piezas de inspiración. Las compré antes de abrir el taller.

La voz grave me provocó una sensación extraña en el estómago. La electricidad entre nosotros se intensificó.

Sé profesional.

Me restregué una mano contra la otra para calentarlas.

—¿Dónde lo necesitas más?

Abrió un ojo.

¿Podría haberlo dicho de una forma más sexual?

—Alrededor de la rodilla, y me duelen los hombros.

Las dos cosas eran culpa mía.

—Vale. Empezaré por el hombro. —Podía averiguar cómo colocar la sábana mientras trabajaba en la parte del cuerpo menos expuesta.

La bajé: había elegido un color peltre liso que combinaba perfectamente con el resto de la habitación.

Le rocé la piel cálida con la yema de los dedos y aparté las manos de un tirón—. Mmm, ¿tienes alguna loción?

Los ojos volvieron a ser una rendija.

—Tengo lubricante.

Se me escapó una risita, el me recompensó con una propia y me reí aún más fuerte.

—Dios, qué incómodo. Solo quiero ayudar. Lo juro.

—Te creo —dijo, serio—. Mira en el cajón.

En la mesita de noche había un frasco sencillo de lubricante. No pude resistirme a echar un vistazo. Había unas cuantas revistas, demasiadas navajas de bolsillo como para que fueran útiles, y poco más.

—¿No tienes condones?

Me mordí el labio. ¿No estás siendo un poco entrometida, Summer?

—No traigo aquí a ninguna mujer.

Esa confesión me complació más de lo que podía imaginar.

Yo estaba en su casa, pero nadie más había estado allí.

Además, ninguna otra mujer había entrado y había hecho que tuviera un accidente.

En cualquier caso, debía comprar condones cuando se encontraba con Jackie o debía de guardar una caja en algún lugar para reponer el de la cartera cuando fuera necesario.

Tampoco era asunto mío.

—No voy a usar mucho. —Apreté el gel refrescante para ponerme un poco en la mano, cerré el tapón y me enfrenté a su enorme cuerpo. Era hora de descubrir algo de piel—. El hombro izquierdo, ¿verdad?

Dobló el brazo derecho y apoyó la cara en él para que la cabeza no se le torciera hacia un lado.

—Sí.

El cosquilleo que sentía en el estómago se hizo más fuerte cuando cogí la sábana con cuidado para evitar tocarlo antes de estar mentalmente preparada.

Le bajé la tela hasta la cintura y contemplé las vistas.

No había motivos para bajar más hasta que empezara con la pierna, y entonces podía llevar la sábana de abajo hacia arriba.

¿Había trabajado al aire libre sin camiseta todo el verano? La piel bronceada no tenía marcas de bañador. Las únicas marcas más claras eran cicatrices bien definidas. Recorrí una con el dedo y los músculos se le tensaron.

—¿Cuántas operaciones te han hecho? —Supongo que no había dejado de ser entrometida. Tenía marcas similares en el abdomen por el propio accidente.

—¿En el hombro o en total?

—Por el accidente.

—Demasiadas. —Si no quería hablar de ello, no iba a presionarlo.

Le unté el lubricante en la zona del omóplato—.

Ocho —dijo, y yo seguí acariciándolo con suavidad, probando cuánta presión quería, atenta a cualquier señal de tensión—.

Dos en la cara, dos en el hombro y cuatro en la pierna: una operación en el pie, una en la cadera y dos en la rodilla.

Deslicé la palma de la mano por el hombro y bajé por el brazo. Se estremeció como si no esperara que me alejara tanto de la espalda. La fuerza que irradiaba era palpable, la sentía bajo los dedos mientras deslizaba las manos sobre su piel.

—A mí me operaron tres veces cuando era niña.

Los bíceps se le tensaron bajo mis manos.

—¿Qué tenías?

Rara vez hablaba del accidente en el que habían muerto mis padres. Los recuerdos regresaron de golpe y volví a notar esa sensación asfixiante, la opresión en el pecho y la dificultad para respirar.

—Tuve un pulmón perforado y una hemorragia abdominal. No cuento los puntos que me dieron por todas las laceraciones.

Soltó un suspiro.

—Yo tampoco. Si no me anestesiaban, no era una operación.

—Es curioso cómo establecemos límites arbitrarios.

—Me pasé medio día pensando en qué iba a considerar una cirugía y qué un procedimiento. Si estaba despierto, no entraba en la categoría de cirugía.

Le di pequeños masajes circulares en los músculos entre la columna y la axila. Se le escapó un gemido sordo.

—No te he hecho daño, ¿no? —No podía quitarme de la cabeza el horror de verlo derrumbarse.

—No ha sido culpa tuya, Summer.