Capítulo 8 #2
Entré en el salón y presté atención a cualquier sonido que hubiera.
No estaba viendo la televisión y la luz de la cocina estaba apagada.
Las dos estancias estaban abiertas ante mí y podía ver a lo largo del pasillo hasta el baño y el dormitorio.
El pasillo también estaba en penumbra, al igual que la planta de arriba, pero un rayo de luz se colaba por debajo de la puerta del baño. Se oía correr el agua.
Me invadió una sensación de alivio, más nítida y refrescante que el aire exterior. Se estaba duchando.
Podía dejar la compra, colgar el equipo junto a la puerta trasera, buscar algo en lo que escribir una nota y marcharme. Él no tenía ni idea de que había recibido una visita, y como ya estaba casi segura de que estaba bien, podía irme con la conciencia tranquila.
Ignorando mi decepción, me quité las botas. Iba a seguir echándolo de menos, pero le había llevado la compra y ese era en realidad el motivo del viaje. Tenía que regresar a casa. La nieve caía con más fuerza, formando una cortina que podía ver a través de los grandes ventanales.
Fui de puntillas hasta la cocina y dejé las bolsas sobre la mesa. Busqué un papel por todas partes, pero no encontré nada. Ya no se escuchaba correr el agua. ¿Quizá debía llamarlo desde el pasillo?
Pero a lo mejor le daba un susto de muerte y podía resbalarse y caerse. No, era mejor que me marchara ya. Corrí hacia la puerta principal, y estaba metiendo un pie en una bota cuando se abrió la puerta del baño y salió Jonah.
Me quedé sin aliento. Llevaba una toalla sobre los hombros y se estaba secando con ella el pelo húmedo.
¿El resto del cuerpo? Desnudo. Centímetros y centímetros de músculos.
La toalla le tapaba los anchos hombros; los fuertes pectorales estaban salpicados de vello oscuro que se aclaraba hasta llegar a los abdominales marcados.
Tenía las piernas largas y los muslos fuertes, el derecho más que el izquierdo.
Las cicatrices del costado izquierdo destacaban, nítidas y dentadas, pero yo no les prestaba atención.
La mirada se me fue a las partes íntimas.
¡Aparta la vista!
No podía. El escroto voluminoso habría sido impresionante si no te fijabas en ese pene, que era grueso y largo incluso estando flácido.
—¡Por Dios, Summer! —ladró, quitándose la toalla de los hombros de un tirón. Intentó volver hacia el dormitorio, pero trastabilló y se golpeó el hombro contra la pared—. Joder.
—¡Jonah! —Me quité las botas y fui correteando hacia él.
Intentó estabilizarse, pero al intentar taparse con la toalla se desequilibró aún más. Se tambaleó sobre una pierna, volvió a golpearse contra la pared y se deslizó hacia abajo, gruñendo todo el tiempo.
Mierda, mierda, mierda. Llegué a su lado y me arrodillé junto a él. Tenía las rodillas dobladas, la izquierda en un ángulo más pronunciado de lo que había visto antes.
—¡Joder! —Enderezó la pierna izquierda con una mueca de dolor que le deformó el rostro, y vi que respiraba con dificultad.
—¿Qué puedo hacer? —Lo examiné. No había sangre. Solo mucha piel cálida y… Aparté la mirada.
Sus ojos oscuros, incrédulos, me atravesaron.
—¿Qué demonios haces aquí?
Hice caso omiso de la irritación que me provocaba ese tono. Tenía todo el derecho a estar enfadado.
—¿Estás bien?
Gruñó, se dejó caer la toalla sobre el regazo y apoyó la cabeza en la pared.
—Lo estaré.
Tenía los ojos entrecerrados y respiraba con dificultad.
—¿Dónde te duele?
—En el orgullo —murmuró, y se movió un poco para quedar sentado sobre el trasero desnudo.
—Lo siento. —La había fastidiado. Él habría estado bien sin mí, pero me había obsesionado y había vuelto a estropearlo todo—. Te he traído algo de comida. No sabía si habías podido ir al pueblo.
Su expresión seguía siendo incrédula.
—¿Me has traído comida?
—Sobre todo fruta y verdura. Para que no te dé escorbuto. — Oh, Dios. Qué estoy diciendo. ¿Mi madre me había escuchado diciendo eso? Le habría debido de parecer una excusa para ver a un hombre por el que quizá llevara desde siempre sintiendo algo.
—Por Dios, Summer. —Cerró los ojos y pareció concentrarse en la respiración—. No soy un pirata.
—Esa es la cuestión. ¿Sabías que la gente del campo solía contraer escorbuto si no tomaba los nutrientes adecuados? Aunque tiene sentido, ¿no? Estamos en medio de la nada y podemos quedar aislados durante un largo período de tiempo. Mi abuelo Bailey tuvo escorbuto de niño.
Abrió un ojo, con una incredulidad absoluta brillando en las oscuras profundidades del iris.
—¿Me has traído la compra porque tu abuelo tuvo escorbuto hace como ochenta años?
Me ardían las mejillas mientras hacía los cálculos.
—Bueno, más bien hace noventa años.
Nos miramos a los ojos durante un momento y luego él negó con la cabeza.
—¿Me das un momento? Quiero levantarme sin enseñarte el culo. —Aún no había podido verle bien el trasero, y, a juzgar por el resto del cuerpo, apostaba a que era espectacular—. ¿Summer?
Ay. No me había movido. Seguía agachada a su lado, con la mano sobre su cálido hombro.
—¡Lo siento! —exclamé, y me levanté de un salto.
Corrí a la cocina y me quedé junto a la mesa.
Me masajeé la frente con las yemas de los dedos.
Fuera, más allá de los ventanales del salón, la nieve caía con más intensidad que antes; grandes copos golpeaban el suelo y se amontonaban en capas gruesas.
Si no me iba ya, me iba a quedar atrapada ahí, pero no me atrevía a marcharme. Tenía que asegurarme de que estaba bien. Yo era la razón por la que se había hecho daño. Otra vez.
Jonah
Me senté en la cama, con la cabeza gacha y los antebrazos apoyados en los muslos. La pierna izquierda me latía después de haberme torcido la rodilla. El golpe contra la pared había reavivado el dolor que a veces sentía en el hombro.
¿Summer seguía en casa? Quería que se fuera tanto como quería que se quedara.
Me había llevado comida.
El motivo era descabellado, pero también era típico de ella.
Siempre estaba pendiente de los demás, pero ¿por qué iba a arriesgarse a salir con ese tiempo para asegurarse de que yo hiciera comidas equilibradas?
El día anterior había ido a comprar provisiones, y entre ellas también había fruta y verdura fresca.
Mi madre había insistido en que mantuviera las puertas cerradas con llave, pero no solía tener visitas inesperadas. Nunca habría imaginado que Summer Kerrigan iba a pillarme completamente desnudo.
Lo había visto todo, y fui muy consciente de ello incluso cuando se me había doblado la pierna y el dolor me había aturdido.
Inspiré y espiré con lentitud. Inspiré de nuevo.
El fuerte latido en la pierna se había convertido en un dolor sordo.
Me levanté, probando la estabilidad de la rodilla.
El pie tampoco estaba muy fino, pero podía sostener mi peso.
Giré el hombro y probé todas las articulaciones para no volver a caerme de culo.
Me encogí de hombros, me puse una camisa de franela roja holgada y unos vaqueros. No me puse calcetines para no resbalarme. Mientras el suelo no estuviera mojado, todo iría bien.
Antes de salir al pasillo, inspiré hondo otra vez. Podía enfrentarme a ella. Lo había visto todo, pero también lo habían visto otras mujeres. Aunque en ese momento no recordaba sus nombres. Summer tenía la costumbre de irrumpir en mi mundo y acapararlo todo.
Cogí un bastón, odiando el puñetero chisme cuando normalmente le estaba agradecido, y me dirigí con dificultad al salón. Ella no estaba allí, así que me desvié hacia la cocina.
Estaba de espaldas a mí y tenía los hombros caídos. Llevaba el pelo suelto sobre la capucha del jersey.
—¿Estás bien?
Se volvió y me recorrió de arriba abajo con la vista.
—Estás vestido.
—¿Y eso te decepciona? —Lo dije en broma, buscando alguna forma de animarla, pero, maldita fuera, de verdad quería saberlo.
Las mejillas, ya sonrosadas, se le sonrojaron aún más.
—Siento mucho haberte sobresaltado.
Había hecho algo más que sobresaltarme. Por un momento había llegado a pensar que la había conjurado.
La forma en que me había excitado… Entonces me di cuenta de que masturbarme pensando en esa sonrisa descarada y esa boca mandona no habían hecho que se materializara en mi casa, y la realidad de la situación se presentó ante mí: había visto de frente las cicatrices que odiaba mostrar. Y se había desatado el infierno.
Quería pasar página. Podía pensar más tarde cómo su mirada se había detenido en mi miembro.
—Gracias por la compra.
Levantó la barbilla. No era el único que quería dejar atrás los diez últimos minutos.
—De nada.
—¿Has visto la que está cayendo?
Frunció los labios y miró hacia la ventana.
—Sabía a lo que me arriesgaba.
—Y has venido de todos modos. —Ella asintió. Summer iba a quedarse aislada por la nieve conmigo. Otra vez. Esa oleada de alegría estaba fuera de lugar. La reprimí—. ¿Quién sabe que estás aquí?
—Mi madre. Y estoy segura de que se lo ha dicho a mis hermanos y a Lane y Cruz, los hermanos de Myles.
—¿Quieres que vengan a recogerte en su camioneta?
—No quiero que se arriesguen a quedarse atascados.
El cerebro me decía que me callara, que dejara de buscar soluciones a la situación.
—¿Quieres que te lleve a casa? Puedo quedarme con mis padres. —A mi madre le habría encantado, y yo me habría agobiado al verme obligado a jugar a juegos de mesa durante horas.
—No quiero causarte más molestias…
Me había esforzado más cuando ella estuvo aquí para intentar evitarla, y en ese momento pasaba demasiado tiempo tratando de olvidar cómo era tener a Summer Kerrigan bajo el mismo techo que yo.
—No pasa nada.
Se acercó al fregadero y se asomó por la ventana. La suave elevación de la base de la montaña y los árboles no le iban a permitir ver gran cosa, pero sí que la nieve caía con fuerza y rapidez.
—¿Tan mal te parece tener que aguantarme unos días?
Quedarme con ella durante unos días iba a ser una tortura, pero ese era mi problema, no el suyo.
—Vamos a echar un vistazo a la compra y a ver qué comida para prevenir el escorbuto podemos preparar.