Capítulo 8
Summer
No dejaba de actualizar la pantalla de la aplicación del tiempo.
La había mirado un millón de veces, como si la trayectoria de la tormenta que había pronosticado el centro meteorológico fuera a cambiar a pesar de que hacía días que avisaban de ella.
Se oían frases como «Niveles sin precedentes» y «Necesidad de abastecimiento».
Me senté con las piernas cruzadas en el sofá del salón de casa de mi madre, vestida con unos pantalones de chándal de franela gruesa y un jersey de Copper Summit.
Teller me había echado de la destilería y me había dicho que ayudara a nuestra madre a prepararse para la tormenta, pero mi madre podía quedarse encerrada en casa durante meses y aun así seguir alimentando a toda la familia. Ella no me preocupaba.
Jonah ya era mayorcito como para saber lo que debía hacer. Llevaba casi veinte años viviendo en la cabaña y había soportado terribles tormentas eléctricas, nevadas y vendavales. Yo había pensado en él ahí, completamente solo, a lo largo de los años.
Salí de la aplicación. Si el rastreador no se equivocaba, quedaban un par de horas antes de que empezaran las primeras ráfagas de nieve.
Al diablo con todo. Me levanté y cogí el abrigo que colgaba junto a la puerta trasera.
Me lo puse mientras metía los pies en las botas Ugg Adirondack.
La parte inferior del chándal sobresalía amontonada del mullido forro de lana de la parte superior de las botas.
Debía cambiarme, pero ya había tomado una decisión y no había vuelta atrás.
Mi madre entró en la cocina arrastrando los pies.
—¿Vas a algún sitio?
Estaba en modo «mamá gallina». Había llamado a Tenor para decirle que le diera a Cruz tiempo de sobra para coger lo que quisiera del pueblo. Lane estaba a punto de regresar de hacer recados en Bozeman. Quería tener a todos sus patitos bajo techo cuando cayera el primer copo.
—Voy a llevarle algunas cosas a Jonah. —Cogí su abrigo de invierno y los pantalones de esquí de los ganchos junto a la puerta trasera—. También tengo que devolverle la ropa.
Se quedó parada y se recolocó el cárdigan granate. Desde que mi padre había fallecido, a veces me parecía sorprendentemente mayor, pero en momentos como ese, me transportaba de vuelta al instituto, cuando analizaba todas mis palabras en busca de una mentira.
—¿Crees que no tiene todo lo que necesita?
—No estoy segura de si ha ido al pueblo desde que estuve allí, y me comí parte de las provisiones.
Ahí estaba de nuevo esa mirada fija, la expresión de estar considerando unos argumentos válidos como los que yo acababa de ofrecerle.
Él había estado sobreviviendo en esa cabaña —y ampliándola— durante casi dos décadas.
Ella estaba calculando en silencio qué cantidad de las provisiones de invierno de Jonah me podía haber comido en tres días.
Quizá pensara que cuatro raciones, pero yo no había probado bocado aquella primera noche después de que él me rescatara.
La pregunta «¿Para qué vas allí de verdad? » perduraba en sus ojos.
Se apartó los rizos grises de la cara.
—Entonces, será mejor que te vayas. ¿Llevas el equipo en el coche?
—Siempre. —Nuestros padres no nos habían educado para viajar sin equipo de supervivencia.
Podía hacer fuego, lanzar una bengala y alimentarme si me quedaba tirada.
Podía cavar una trinchera, hacerme una cama o escribir «Ayuda» en la nieve o la hierba con bengalas o con una botella de barniz, lo que la situación requiriera.
—¿Llevas ropa de recambio?
—Ya habré vuelto para entonces. —Abrí la puerta trasera.
—Summer, estas tormentas no se rigen por las aplicaciones. Hacen lo que les da la gana. Prepara una maleta.
—No tengo tiempo, mamá. —Salí por la puerta y atravesé la cocina a toda prisa para darle un beso en su suave y cálida mejilla—. Seré rápida. Tiene un montón de conservas, pero si quiere evitar el escorbuto, necesita zumo de naranja.
Me miró con indiferencia.
—Pues compra unas naranjas —dijo secamente.
Estaba usando ese argumento como excusa.
Mi abuelo había tenido escorbuto de niño en pleno Montana, y mi padre y sus hermanos se habían pasado un montón de tiempo hablando como piratas cuando oyeron la historia siendo pequeños.
Declararon el Día Internacional de Hablar como un Pirata y hacían una tarta con forma de loro.
Y por eso habíamos crecido con zumo de naranja y productos frescos siempre en casa.
Salí corriendo hacia el coche. El frío del ambiente me calaba hasta los huesos, pero no soplaba ni una brizna de viento. Cuando empezara a nevar, iba a ser como el día de mi boda.
Conduje hasta el pueblo, acelerando tanto como la conciencia me lo permitía.
No le habría servido de ayuda a Jonah si me hubiera salido de la carretera.
Rebusqué entre lo que quedaba en la tienda de comestibles; gran parte del pueblo ya había pasado por allí y había comprado comida y artículos de aseo como si estuviéramos en Florida y se hubiera anunciado un huracán.
Cogí unas naranjas, convencida de la validez de mi excusa. Jonah no comía tan variado como debía, y quizá podía quedarse aislado durante días, quizá incluso una semana.
Tenía que hacerlo. Por su propio bien.
Después de pagar, me subí al coche y tomé una carretera diferente para salir del pueblo, una pequeña vía comarcal que se convertía en camino de grava y bordeaba la parte posterior de las tierras de mi familia.
Jonah había conducido por esa ruta conmigo después de que se cancelara la boda, y me vi asaltada por los recuerdos de haber recorrido la misma ruta con su hermano, yendo a molestar a Jonah porque Eli lo adoraba como a un héroe.
Él no había sido el único.
Pero en ese momento solo estaba yo. Pasé por la zona del accidente. Había visto fotos de los restos del coche. No debería haberlas visto, pero en un pueblo pequeño la confidencialidad no siempre era fácil de mantener.
La vieja camioneta de Eli se había volcado en una zanja poco profunda. Un poco más y podría haber chocado contra un árbol, aunque eso ya no importaba. El resultado habría sido el mismo. No llevaba puesto el cinturón de seguridad y no había sobrevivido al impacto contra el volante.
La camioneta de Jonah había recibido un golpe en el lado del conductor por parte de Eli.
El vehículo se había estrellado contra la zanja, había dado al menos una vuelta de campana y había quedado de lado, lo que había impedido que Jonah saliera.
El chasis había aguantado, pero la puerta del conductor se había abollado contra el costado de Jonah.
Esa imagen me había partido el corazón. La gente culpaba a Eli. Al alcohol. Algunos incluso se enfadaron con Jonah por tener alcohol en casa, el alijo que su hermano había saqueado. Pero yo había sido la instigadora. Eli no habría sentido la necesidad de beber si no hubiera sido por mí.
Ir a casa de Jonah era una mala idea.
Casi me detuve y di media vuelta. Aún tenía tiempo de regresar a casa. Las pesadas nubes grises empezaban a descargar su contenido y unas cuantas ráfagas de nieve aterrizaron en el parabrisas.
No estaba en una zona donde pudiera dar la vuelta.
Un copo de nieve se posó en mi campo de visión, recortándose nítidamente contra el cristal.
Podía distinguir las puntas si me atrevía a apartar la vista de la carretera más de un segundo.
Cayeron más copos. Podía dejar la comida y dar media vuelta y salir pitando.
Si me quedaba tirada, iba a tener que darles muchas explicaciones a mis hermanos, y eso era peor.
Entré en el largo camino de acceso y rodeé los árboles.
A cualquiera le habría parecido que no estaba en casa.
Sabía que la camioneta estaba en el garaje y que probablemente llevaba tanto tiempo en el taller que la nieve que había caído ahí seguía intacta.
Aparqué detrás de una de las dos plazas de garaje, la que estaba llena de herramientas de jardinería.
En lugar de ir a la casa, me dirigí al taller. Si no estaba allí, me iba a tomar su ausencia como algo personal. Significaba que me había estado evitando pasando el tiempo allí fuera cuando yo había estado encerrada en su casa.
La nieve fría me salpicaba el pelo y las orejas, y me caía en las pestañas. Levanté las dos bolsas de la compra cuando llegué a la puerta del taller y llamé.
Esperé.
Nada.
Volví a llamar.
Esperé.
Nada.
Me había estado evitando. Se me encendieron las mejillas y el calor derritió la nieve más rápido de lo habitual.
Avancé con dificultad por el camino de entrada hacia la casa. ¿Debía dejar la compra y la ropa de invierno y enviarle un mensaje? No había apuntado el número cuando había usado su teléfono, pero mi familia debía de tenerlo. No, no quería someterme a su interrogatorio si se lo pedía.
Avergonzada y dudando de mí misma, subí al porche que rodeaba toda la anchura de la cabaña y llamé a la puerta principal.
Esperé.
Nada.
¿Se estaba escondiendo?
Volví a llamar. Y de nuevo no obtuve respuesta. Genial. Iba a pasarme la tormenta en casa de mi madre, consumida por los remordimientos.
Estaba a punto de dar media vuelta cuando se me ocurrió otra idea. ¿Y si estaba herido? ¿Y si no podía responder?
El corazón se me aceleró en el pecho y la idea se convirtió en un torbellino de pánico.
¿Jonah estaba bien? No podía irme hasta saberlo.
Probé el pomo y, para mi sorpresa, giró.
Había cerrado todas las puertas con llave cuando yo estaba allí, pero las dejaba abiertas cuando estaba solo. Era un hombre considerado.
Se me llenó el pecho de calidez, pero mi ansiedad creció aun así. ¿Había pasado algo?