Capítulo 7 #3
Quizá debía irme a casa y empezar al día siguiente con la mesa a medida para el tipo de Boston.
Una vez que me sumergiera en un proyecto, no saldría ni para tomar aire hasta que estuviera terminado.
Para entonces ya habría llegado la tormenta y podría preparar otro asado para picar durante unos días.
El olor a hamburguesas llenaba el aire y sentí un nuevo gruñido. A la mierda.
Cargué las cosas y conduje hasta el bar, que estaba a una manzana. Curly’s servía buena comida, e incluso podía pedir para llevar, como solía hacer cuando me daba un capricho, pero una hamburguesa recién hecha me apetecía mucho.
Al entrar, me dirigí al lado de la barra donde había tres grandes monitores: uno retransmitía un partido de baloncesto, otro mostraba imágenes antiguas de la ufc y el tercero emitía Chive tv .
Me senté en un taburete y doblé con cuidado la pierna izquierda para apoyar el pie en la barra metálica que estaba cerca del suelo. Luego dejé el bastón bajo la barra.
—Dunn —me saludó el camarero, con solo un ligero tono de sorpresa en la voz. Su expresión era de asombro, pero intentaba disimularlo. Mike había ido unos años por delante de mí en la escuela, y solía ir a ese sitio todo el tiempo con Teller—. ¿Qué te pongo?
—Una hamburguesa, al punto, y patatas fritas. Y para beber un Sprite.
Asintió y desapareció tras la barra.
Deslicé el dedo por el teléfono y respondí a las consultas por correo sobre precios y plazos.
La gente que entraba en el bar se quedaba a mitad de frase al verme.
Me eché el pelo por delante de la cara porque detestaba que me miraran fijamente.
Llevaba ropa limpia y me había recortado la barba antes de la boda.
No había ningún motivo para fijarse así en mí. Sin embargo, las miradas no paraban.
Cuando llegó la comida, miré el partido de baloncesto que echaban en la tele y comí sin prisas por irme. Estaba a punto de meterme la última patata frita en la boca cuando me envolvió el familiar aroma de un perfume floral.
Jackie se sentó en un taburete dos puestos más allá de donde yo estaba. Era raro verla por el pueblo. Nuestros encuentros solían estar concertados de antemano y ya no se pegaba a mí como hacía en el instituto. Eso lo reservaba para el dormitorio.
—Dunn. —Se pasó la mano por los sedosos mechones de pelo, que le llegaban por los hombros, con la vista clavada en las pantallas de televisión. Llevaba una camiseta de manga larga tan ceñida como sus vaqueros.
—Weller. —La respuesta habitual cuando ella me llamaba por mi apellido.
—He oído que tenías compañía. —Dio un golpecito en la barra y levantó la barbilla hacia Mike, como diciendo que iba a tomar lo de siempre.
Seguía sin mirarme a los ojos. Ya estaban cotilleando sobre la boda.
¿Lo sabía Summer? Estaba harto de ser el tema de conversación.
Mojé la patata frita en kétchup y me la metí en la boca—.
¿No respondes? Interesante. —Por fin me miró, con una expresión astuta que me hizo arder las mejillas.
—No tengo por qué darte explicaciones.
Enarcó las cejas oscuras y volvió a centrar la atención en el programa de Chive .
—No. Nunca lo haces.
No estaba sacando a relucir los viejos tiempos, y los nuevos no tenían nada de significativo: solo éramos dos personas solitarias que se liaban de tarde en tarde y, quizá, ya ni siquiera eso.
Después de que Summer me hablara como si fuera una persona completa y no como si solo fuera los que quedaba de Jonah Dunn tras el accidente, iba a borrar el número de Jackie.
Quería más.
Jackie no me hablaba si me veía en una tienda. No se sentaba a mi lado cuando los dos estábamos en el bar. Y no me hacía caso si estaba hablando con otro hombre.
¿Le daba vergüenza que la relacionaran conmigo? Hasta entonces me daba igual, pero tal vez estaba empezando a importarme.
Me bajé del taburete. No doblé lo suficiente la pierna izquierda y tropecé con el bastón, que cayó al suelo con gran estrépito.
Mike echó un vistazo y apartó la vista rápidamente.
Estaba hasta los cojones de que hicieran cosas así, como si fuera a arremeter contra él como el mismísimo monstruo de Frankenstein de Bourbon Canyon.
La mirada de Jackie se posó en el bastón y luego volvió al anuncio de seguros de uno de los televisores.
Cualquier atracción que hubiera sentido por ella se desvaneció en ese momento.
Debería haber dejado de acostarme con ella hace meses.
No debería haber vuelto a hacerlo cuando regresó al pueblo.
Joder, las cosas deberían haberse acabado en el instituto.
Sin duda, antes de que ella me dejara para fugarse con otro hombre.
Esa noche, aprendí la lección.
Me agaché con cuidado para recoger el bastón. Cuando lo tuve de nuevo en la mano izquierda, lo clavé en el suelo y los golpeteos con él sonaron más fuerte de lo habitual mientras me dirigía hacia la puerta. Las miradas se clavaban en mi espalda.
¿Qué iban a decir de mí? ¿Iban a descartar los rumores de que Summer se hubiera quedado conmigo después de la boda? ¿Cómo podría una mujer radiante como ella tolerar a un ermitaño amargado como yo?
La hamburguesa se convirtió en plomo en mi estómago mientras conducía hacia la cabaña. Cuando entré, no había ningún aroma a fresa dulce y sol flotando en el aire.