Capítulo 7 #2
El puñetazo de celos que sentí en el estómago fue abrumador. Me envolví en el abrigo y ni me molesté en fingir una sonrisa.
—Jackie… Hola.
—¿No tenías que estar de luna de miel? —preguntó con inocencia.
Siempre se había mostrado sarcástica y altiva cuando iba a casa de los Dunn y yo estaba allí con Eli.
Estaba bajando el nivel, y yo no tenía fuerzas para elevarlo.
—Seguro que has oído que no me he casado —respondí con tono seco.
—Claro. —Me miró con los ojos entrecerrados—. ¿Te has quedado en casa de Jonah?
Mi familia no habría dicho nada, pero no había pasado desapercibida con el vestido de novia metiéndome en la camioneta de Jonah. Se había corrido la voz.
—¿Eso dicen?
El humor bailaba en sus ojos azules, pero no había sabido cómo interpretar a esa mujer cuando era más joven, y en ese momento tampoco estaba segura. ¿Se estaba riendo de mí? ¿De la situación? ¿De la ironía de que nos hubiéramos encontrado justo en ese instante?
—La gente habla, pero estoy segura de que es porque recuerdan cómo eran las cosas antes.
Odiaba tener que pedirle más aclaraciones. «No preguntes», me grité a mí misma, pero la pregunta salió de los labios de todos modos.
—¿Cómo era antes qué?
—Lo que sentías por Jonah.
Se me aceleró el corazón.
—Eso no es cierto.
Ella arqueó una ceja oscura.
—Me daba tanta pena Eli… Nunca lo miraste como mirabas a Jonah.
Me tensé. No había sido así. ¿O sí?
La camarera puso las cajas de muffins sobre el mostrador.
—Aquí tiene, señora.
Habría preferido que una adolescente no me llamara «señora» delante de Jackie, pero le agradecí que interrumpiera la conversación.
—Pero menos mal que no acabaste con el tipo equivocado, ¿no? —Jackie se apartó el largo y oscuro cabello del hombro—. Disfruta de los dulces.
Se alejó con aire despreocupado. La tentación de abrir una de las cajas y lanzarle un muffin a la cabeza fue demasiado fuerte. Me sacaba de quicio desde hacía años, pero el problema de esa noche era que no estaba segura de a quién se refería Jackie.
Jonah
No estaba observando a la gente en el aparcamiento de la ferretería.
No había hecho un viaje innecesario al pueblo porque Teller hubiera mencionado que Summer seguía alojándose con Mae Bailey y trabajando en Copper Summit.
Así que no esperaba ver ni por un instante ese pelo color sol y esos ojos ámbar centelleantes.
En algún momento iba a tener que entrar en la ferretería.
Dudaba que Summer estuviera allí, pero cabía la posibilidad.
Quizá hubiera ido a hacer un recado para Mae o para el rancho.
Tal vez se hubiera quedado en mi cabaña, pero no se iba a quedar quieta en casa de su madre.
No se iba a conformar con ver a sus hermanos y a los jornaleros hacer todo el trabajo.
Salí de la camioneta. Era finales de febrero y el aire frío me atravesaba el jersey, pero aun así dejé el abrigo en la cabina y saqué el bastón.
Había llegado una nueva entrega de barriles vacíos y había tenido que meterlos en el taller, y después de palear la semana pasada para quitar la nieve, me ardía la pierna y hacía un mes que no iba al masajista.
Los aparcamientos helados y las piernas doloridas no hacían buena pareja, así que ese era un día de bastón.
Fui andando con cuidado hasta la puerta.
Me hacía falta comprar soportes, tornillos pequeños y clavos para unas cuantas mesas.
Tenía un pedido especial de metal a medida para los elementos decorativos de dos mesitas auxiliares y una mesa de centro que estaba haciendo.
Los dueños de Kenwood también me habían reservado un poco de epoxi y colorante.
—Hola, Dunn —me saludó Macy Kenwood, una de las propietarias. Se recolocó alrededor del cuello el delantal rojo con bolsillos gigantes—. Voy a buscar tu pedido. ¿Vas a querer algo más?
—Sí, tengo que comprar un par de cosas.
Se apresuró hacia la trastienda.
A Macy y a Buddy, su marido, les encantaba que comprara en su local, y yo valoraba su actitud de ceñirse al plano laboral.
Hablábamos de nuestros respectivos trabajos y nada más.
No se entrometían y, lo mejor de todo, una vez que empecé con la carpintería, no los pillé mirándome con fascinación morbosa ni con expresiones compasivas.
Y la gente se preguntaba por qué no me aventuraba mucho a salir al pueblo después del accidente…
Aunque las miraditas no eran la única razón.
Cogí más epoxi, papel de lija y una hoja nueva para la sierra de mesa.
Junto con los nuevos barriles de Copper Summit del día anterior también me habían llegado unas tablas para pedidos personalizados.
La estación meteorológica local pronosticaba una tormenta para la semana siguiente y no quería quedarme sin suministros.
Si se caía internet, iba a quedarme atrapado con el generador y los libros.
Había pasado tantas veces que incluso un ermitaño como yo se aburría mortalmente.
—Ven por aquí. —Macy me hizo señas para que me acercara a una caja abierta.
Ella y Buddy se encargaban siempre de atenderme en persona después de que uno de los jóvenes cajeros no dejara de mirarme boquiabierto por la cicatriz.
Ya no me sentía tan cohibido por ella como solía estarlo, y menos de la forma en que la mayoría de la gente suponía, pero Macy se había dado cuenta y había intervenido—.
Vi tu última obra en Mountain Perks. Haces un trabajo estupendo, pero creo que cobras de menos.
Los taburetes hechos con un barril de los que hablaba no habían sido mi último trabajo. Desde que terminé esos taburetes, también había enviado dos mesas y un par de sillas decorativas con los respaldos hechos de barriles de roble.
—Bajo el precio de las piezas para los del pueblo. La gente que encarga una mesa de epoxi a medida a un tío en medio de Montana y que me pide que se la envíe a Boston puede permitirse pagar un poco más.
Ella se rio entre dientes.
—Ten cuidado con esa información. Podría empezar a pensar que eres un blando —susurró en tono conspirador.
—Tengo que hacerte jurar que guardarás el secreto, o van a empezar a visitarme los niños en Halloween.
—Y eso no puede ser. —Volvió a reírse mientras terminaba de cobrar el pedido.
Las bromas eran otra de las razones por las que había ido ese día a la tienda.
Estaba acostumbrado a estar solo, pero a veces los días se hacían muy largos y últimamente se habían alargado aún más.
El invierno seguía dominando el estado y, si se avecinaba una tormenta, era mejor socializar antes de quedarme aislado por la nieve otra vez.
Había aprendido por las malas que quedarme encerrado a solas con mis pensamientos durante semanas y semanas no me hacía nada bien—.
Si no puedes venir y necesitas algo, envíame un mensaje o un correo.
Prefería hacer los pedidos en persona. Sobre todo para sentirme aún como una persona civilizada.
—Lo haré.
Puse mis cosas en el carrito y lo empujé por el aparcamiento.
El olor a hamburguesas grasientas me llegó a la nariz, y me rugió el estómago.
No comía tan bien ni con tanta regularidad como cuando Summer se había quedado conmigo, y desde que se había ido apenas había tomado más que huevos revueltos.
El taller había sido mi refugio. Un lugar donde no miraba a mi alrededor para verla.
Al otro lado de la mesa, mientras comía, no había más que vacío. No había cancelado ni una sola suscripción a servicios de streaming . Y el aroma a fresas se iba desvaneciendo con cada día que ella llevaba fuera.
Era la puñetera novia de mi hermano. Pero ese recordatorio ya no conseguía borrarla de mi mente como antes. La Summer de diecinueve años era una pálida réplica de la mujer en la que se había convertido. La Summer de diecinueve años era el pasado.
Lástima que mi atracción por ella no se hubiera quedado también en el pasado.
El estómago volvió a rugirme con fuerza, insistiendo en que más huevos revueltos no iban a ser suficientes.