Capítulo 5
Jonah
Salí del taller para prepararme un sándwich con el asado que Summer había preparado hacía dos noches.
Llevaba toda la mañana con el estómago rugiendo de hambre.
Normalmente no me molestaba en desayunar porque prefería perderme en el trabajo, pero quedarme en el taller todo el día me ponía nervioso cuando Summer estaba en casa.
Habían quitado la nieve de las plataformas de hormigón frente al garaje y al taller.
La entrada estaba despejada; el viento había amainado hasta convertirse en una ligera brisa.
Lo único que esperábamos era que despejaran las carreteras.
Me quité el equipo y encontré a Summer en el sofá. Otra vez. Igual que el día anterior.
Había pasado de La jungla de cristal a Destino final y luego a Twister . Una mezcla ecléctica. En ese momento estaba viendo Una rubia muy legal acurrucada en el mismo rincón del sofá, envuelta en una colcha que mi madre me había hecho cuando me había mudado.
El pelo rubio sobresalía de la tela, demasiado pálido para lo que yo estaba acostumbrado.
Su pelo era como su champú: con un toque de fresa.
Tampoco era que le hubiera prestado atención, pero las pocas veces que la había visto deambulando por el pueblo, me había parecido diferente.
Cada vez que la veía, iba más arreglada.
El pelo más claro, las uñas siempre pintadas y con la ropa cada vez más urbana y menos parecida a los vaqueros y las camisetas con los que solía ir por ahí.
La Summer más joven siempre parecía lista para dirigir la destilería o subirse a lomos de un caballo. La Summer actual estaba a un paso del mundo de la banca de inversión de su ex, ese imbécil.
La Summer más joven había acudido a mi habitación del hospital vestida como un ángel, con una blusa blanca holgada, vaqueros ceñidos y unas botas de cowboy muy gastadas.
Se había sentado en el borde de la cama y había puesto la mano sobre la mía.
En aquel momento, yo estaba pasando por una fisioterapia brutal en ese brazo.
Se había sentado a la izquierda y no había tenido miedo de tocarme ni de mirarme a los ojos.
Se había mostrado muy comprensiva y estaba absolutamente preciosa.
El dolor y la angustia de sus ojos coincidían con los míos.
Su piel se había deslizado sobre la mía: un pedacito de cielo en la niebla de dolor.
Solo quería que siguiera tocándome. Las yemas de los dedos me hormigueaban con el impulso de acariciarla.
La culpa y la vergüenza me habían dejado aturdido, así que me había portado como un auténtico capullo y la había ahuyentado.
La película terminó y ella se desplazó por una lista en busca de otra.
—¿Has encontrado algo bueno? —le pregunté para romper el silencio entre nosotros. Después de la cena juntos la otra noche y de su llanto en el baño, se había mostrado apagada.
No me gustaba ver a Summer apagada.
Ella se encogió de hombros.
—¿Quieres ver algo tú?
Quería verla sonreír. Quería oírla reír. Hacía tanto tiempo que no la oía reír…
No era precisamente un experto en comedias. Ponía música de toda clase en el taller y, a veces, escuchaba podcasts y las noticias.
—¿Conoces algún programa divertido?
Se quedó con la mirada perdida en dirección a la tele.
—No.
Si había sido yo quien hubiera apagado el fuego de sus ojos, no iba a perdonármelo nunca.
—A ese imbécil no le gustaban las comedias, ¿y tú también la has dejado?
Frunció el ceño, pero una chispa de luz brilló en lo más profundo de los ojos.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Significa que estás triste, y no lo soporto.
Se quedó boquiabierta.
—Mi boda…
—Fue un desastre. Ya lo sé. Estaba allí.
—No sé hasta qué punto fue un desastre…
—¿Acaso importa?
—Jonah…
—Summer.
Me miró con los ojos entrecerrados.
—Me estás incordiando.
—Lo aprendí de esa novia tan pesada que tenía mi hermano.
Los labios se le crisparon.
—Yo no te incordiaba.
—Por favor. No pude terminar ni una sola frase antes de que me dijeras que debería hacer las cosas de otra manera.
Sacudió la cabeza, pero se le dibujó una pequeña sonrisa en los labios.
—Estás siendo un capullo a propósito.
—¿A diferencia de…?
Se le escapó una risita.
—Hay que reconocer que te conoces bien.
—Me conozco muy bien, rayito de sol. —El apodo se me escapó y no pude retractarme. Tampoco me interesaba hacerlo.
La sorpresa se reflejó en su rostro.
—Me había hecho ilusiones.
Agradecido de que hubiera ignorado el apodo, seguí con el tono jocoso.
—Debe de ser aterrador.
Eso me valió una mirada de enfado.
Atravesé el amplio salón. Me dolía la pierna por haber quitado la nieve y la rodilla me estaba dando demasiados problemas. Debería haber cogido un bastón, pero no iba a dar media vuelta ya.
Me dejé caer en el sofá y solté un suspiro. Sentí una llamarada de dolor en las caderas. Me hacía falta estirar y que me dieran un masaje, y ninguna de las dos cosas iba a suceder pronto. Summer no iba a estar aquí mucho más tiempo, y, ya que se estaba abriendo, no quería perderme el espectáculo.
—Mañana las carreteras deberían estar despejadas —dijo ella.
—Sí. —Desplacé el peso hacia la cadera buena—. Elige una película.
—¿Y si no conozco ninguna divertida?
—Entonces pon uno de esos programas de bodas que no querías ver la otra noche. A ver si estás lista para irte a casa.
Estaba a punto de coger el mando a distancia cuando se quedó parada.
—¿Sabes qué? Creo que tienes razón. —La pantalla parpadeó mientras se desplazaba por los diferentes menús—. Esta. Quizá me haga sentir mejor.
— Novia a la fuga es una elección un tanto obvia, ¿no?
Puso los ojos en blanco, se acurrucó en la esquina del sofá y se subió la manta hasta la barbilla.
—Si no puedo soportarlo, no puedo regresar a casa. —Abrió mucho los ojos—. Bueno, quiero decir…, me iré de todos modos. No tengo por qué seguir quedándome…
—Sé lo que quieres decir. Si necesitas más tiempo, puedes quedarte. Intentaré averiguar cómo hacer todo lo que hay que hacer sin pasar cerca de ti.
Se le curvó una comisura de los labios.
—Me has vuelto a incordiar.
—He aprendido de la mejor.
Se rio.
—Me pregunto quién era. —Dejó escapar un suspiro melancólico—. ¿Tienes palomitas?
—No. —Llevaba años con la misma comida en los armarios.
—¿Un vino dulce o quizá un Summer’s Summit? —Enarcó una ceja. Summer’s Summit era la línea de licores creada para ella. Darin Bailey había elaborado una mezcla especial para todos sus hijos.
Un escalofrío me quitó las ganas de bromear.
—No tengo alcohol en casa.
—Ah. —Se encogió aún más en el rincón—. Lo siento. Debería haber… —Cerró los ojos con fuerza—. Lo siento mucho.
Yo y mi puta boca.
—Ya te he dicho que sé que Copper Summit no tuvo la culpa. Antes tomaba medicamentos con los que no podía beber alcohol. Ahora, no puedo permitirme que nada me altere el equilibrio.
Me dedicó una sonrisa conciliadora y centró la atención en la tele, pero su expresión era pensativa. No estaba viendo la película.
Me eché hacia ella, le arrebaté el mando a distancia de la mano y pausé la reproducción.
—Vas a dejar de darle vueltas a ese cerebro astuto que tienes, vas a dejar de cuestionarte todo lo que haces y vamos a disfrutar de la película.
Me miró fijamente durante varios largos latidos. Se mordió el labio inferior y lo soltó.
—Y tú decías que yo era mandona.
Summer
Dejé el bolso junto a la puerta del garaje y me puse las zapatillas. Estaban manchadas de gris por haber corrido a toda velocidad por el aparcamiento.
Jonah se apretujó en un rincón, junto a la puerta trasera, y metió los pies en las botas.
—¿Es eso todo lo que tienes para ponerte?
Me enderecé. Llevaba el cuarto vestido floral coqueto. Al menos tenía unos leggings para ponerme con ese. Los otros vestidos estaban sucios y lo único que me quedaba limpio eran los bikinis y los pareos.
Me encogí de hombros.
—Era la ropa que iba a llevar a Bali. No pasa nada. —El trayecto a casa de mi madre solo iba a durar unos veinte minutos.
—Hace frío fuera.
—Vine aquí con un vestido de novia. —También era cierto que el vestido de novia tenía más tela, pero no me iba a volver a poner esa cosa.
Los ojos se le oscurecieron.
—Espera aquí. —Desapareció del garaje.
Pasaron varios minutos. No tenía ningún teléfono con el que entretenerme, solo el silencio que tanto había valorado durante mi estancia.
Mi piso en Bozeman era más o menos tranquilo; los vecinos en su mayoría no molestaban, pero no era como vivir en el campo.
Los ruidos del tráfico y de la gente hablando invadían el espacio.
No se oían los sonidos de la naturaleza a menos que pasara una tormenta.
Cuando Jonah regresó, llevaba un montón de ropa de invierno en las manos. Me tendió un par de pantalones de esquí azules.
—Todo está frío. No tengo calefacción en el garaje. Es un desperdicio de dinero cuando tengo el taller para trabajar.
Les eché un vistazo a los pantalones.
—Podría servirme como abrigo…
Gruñó y colgó un abrigo negro de invierno en la pared a mi lado.
—Pruébatelo. —Debajo de la ropa había un par de botas de barro—. Estas eran para la temporada de caza del pavo.
Pensé que iba a ahogarme si me ponía todo eso, pero la ráfaga de aire frío que acababa de entrar desde el garaje fue suficiente para impulsarme a actuar.
—Debes de tener mucha ropa de invierno de sobra. —Yo tenía ropa casual de invierno y el equipo de trabajo de invierno. No tiraba los abrigos viejos. Los iba incorporando a la ropa del rancho.
—La usaba para… mis antiguas aficiones.
«Antiguas aficiones» . Lo había dejado todo atrás. Hablaba como si hubiera tenido que hacerlo, pero había estado fuera realizando trabajos manuales la mitad del tiempo que yo llevaba allí. Fabricar muebles no era un trabajo de oficina precisamente, así que ¿por qué había renunciado a todo lo demás?
Los pantalones de nieve me quedaban enormes, pero me los subí hasta el pecho y me los até. Me pasó el abrigo. Los dedos se me perdían dentro de las mangas, pero él me subió la cremallera.