Capítulo 4 #2
¿Acaso Summer recordaba siquiera cuando me había cruzado con ella y con Boyd?
Hacía dos años había hecho una parada en la ferretería.
Estaba esperando a que me trajeran el pedido cuando Summer entró, me saludó con sorpresa y tensión, y yo asentí.
Ella siguió su camino. Ese imbécil no esperó a que estuviera fuera del alcance de mis oídos para preguntarle con sarcasmo si conocía a todos los vagabundos del pueblo.
No había oído su respuesta, pero en ese momento me moría de ganas de saber qué le había contestado.
Comimos en silencio, con la casa casi a oscuras.
Cogió el plato, pero se detuvo, con él todavía entre las manos. Una ola de calor me recorrió el cuerpo cuando lo dejó y pasó la mano por la madera pulida, y casi gemí. Esa superficie se convirtió en una extensión de mí.
—Esta mesa es increíble. Me recuerda a la entrada norte de Yellowstone en primavera, después del deshielo.
—Se me calentaron las orejas. Menos mal que llevaba el pelo lo bastante largo como para ocultar las puntas enrojecidas.
Maldita sea, por supuesto que ella había captado en esa mesa justo el efecto que yo buscaba.
Recorrió con un dedo el río de epoxi azul vertido entre las tablas de nogal negro.
El camino entre el marco de madera serpenteaba como un río y el color llegaba hasta la parte superior de la madera antes de desvanecerse como el agua a lo largo de una orilla.
Deslizó las yemas de los dedos por los bordes—.
Qué suave. Siempre me han encantado estas mesas.
Había una que quería el año pasado. La vi en Kendra’s Eats and Seats, pero Boyd…
—Se encogió de hombros—. Otra vez más que le hice caso cuando no debía.
Kendra’s Eats and Seats era una pequeña tienda en la que vendían sándwiches y muebles.
Los clientes podían comprar los artículos en los que comían y en los que se sentaban.
Los artesanos locales utilizaban el local de Kendra para vender gran parte de sus productos sin que tuvieran que preocuparse por la parte comercial del trato.
Kendra se encargaba de todo, y le encantaba dar a conocer el talento local.
—¿Era la mesa de centro con una base de medio barril y un tablero de madera y resina?
Se tocó la frente con el dedo.
—Esa misma. ¿Tú también la viste?
—La hice yo.
Parpadeó. Volvió a parpadear.
—¿La hiciste tú?
—El barril es de Copper Summit. —Se quedó boquiabierta y siguió mirándome fijamente—.
Carrie Kloss compró la mesa para la consulta del dentista.
Un trabajo bastante bueno para un vagabundo, ¿eh?
—¿Por qué había añadido esa última parte?
Ella no tenía por qué lidiar con las tonterías del capullo de Jonah este fin de semana.
La vergüenza del día anterior volvió a reflejarse en sus ojos. Estaba siendo un gilipollas.
—Siento que lo escucharas. Boyd se sentía inseguro y le dije que estaba siendo grosero. —Frunció los labios—. Estuvo enfadado toda una semana. —Sacudió la cabeza como si saliera de una niebla mental—. Me sorprende que trabajes con barriles de roble. O de Copper Summit.
—Como has dicho, estaba enfadado. Sé que la destilería Copper Summit no es responsable de la muerte de Eli. Y tú tampoco —añadí en voz baja.
Su expresión se cargó de angustia.
—Claro —murmuró—. ¿Teller te da los barriles?
Fruncí el ceño.
—¿Para qué? Tiene cosas mejores que hacer.
—Si se lo pidieras, sacaría tiempo.
Era lo más probable. Teller era otro Bailey tenaz, pero incluso él había perdido la fe en mí.
—Ya no tenemos mucha relación. Tampoco es que pueda ir en canoa a cualquier parte.
—¿Por qué no puedes ir en canoa?
Porque me había cansado de todas las adaptaciones que necesitaba para hacer algo que antes me resultaba tan fácil.
—Por la misma razón que tampoco cazo. El terreno irregular y una canoa voluminosa hacen que se me resienta la rodilla. Todo el lado izquierdo, en realidad.
La tristeza se le reflejó en los ojos, y, en lugar de dirigir mi ira hacia ella, me enfadé conmigo mismo.
Sentí un fuerte impulso de ganarme algo mucho más que una expresión de pena por su parte.
Podría ir en canoa si quisiera. Quizá tendría que reservar hora para que me dieran un masaje después, o tomar unos cuantos analgésicos más de venta libre, pero podría hacerlo.
Si fuera un trayecto corto desde el coche hasta la orilla.
Y si la orilla no fuera terriblemente rocosa.
Echaba de menos la diversión. Echaba de menos reírme con los amigos.
Echaba de menos hacer senderismo por donde quisiera.
Como siempre, los pensamientos sobre Eli se agolparon en torno a esos deseos y la culpa se apoderó de mí.
mi estado de ánimo no fue el único que cambió: el de Summer se había vuelto melancólico.
¿Acaso algo de la conversación le había recordado la boda? Negó con la cabeza.
—Necesito darme un baño.
—Deja los platos. Tú has cocinado. Yo limpiaré. —Era lo menos que podía hacer por haber dejado ver mi resentimiento cuando ella se había quedado conmigo para apoyarme.
Mantuvo la cabeza gacha y asintió. Luego salió corriendo de la cocina, con el dobladillo del vestido playero ondeando.
Eché la cabeza hacia atrás. Yo era el hermano gilipollas. No debería haber sacado a relucir aquel día en que la vi con Boyd. Eli no había sido ningún santo, pero nunca la había hecho sentir mal consigo misma ni con su situación.
Guardé las sobras y llené el lavavajillas. Estaba a punto de ir a sentarme al sofá, pero cambié de rumbo hacia el dormitorio. Quizá ella quisiera ver la tele, y no tenía por qué temer otro arrebato por mi parte.
Al pasar por el baño, el agua corría, pero percibí un sonido inconfundible. Un llanto silencioso.
Se me partió el corazón. Estaba llorando. Había hecho llorar a la novia destrozada.
Maldita sea, cuanto antes se despejaran las carreteras, mejor. Así podía irse de mi propiedad y regresar con su familia. Nunca le pondría la mano encima, pero hacerla llorar no me hacía mucho mejor que el asqueroso de su ex.