Capítulo 4
Summer
El delicioso aroma de la cena que se estaba cocinando no me animó tanto como esperaba, así que confiaba en que una serie pudiera conseguirlo. Encontré el único servicio de streaming gratuito al que él estaba suscrito. Fui a las opciones de películas.
Guerra de novias . No. Busqué otra opción. La boda de mi novia . No. La boda de mi mejor amiga.
Maldita sea. El universo tenía un sentido del humor horrible.
Apagué la tele y me acerqué a la ventana.
La nieve no caía tan fuerte como antes. Cada pocos minutos, el viento amainaba y el manto blanco difuminaba los contornos del paisaje. Entrecerré los ojos. No podía distinguir dónde terminaba el camino de entrada y empezaba el césped, o dónde se precipitaba hacia la zanja.
No había una auténtica ventisca, pero en las carreteras rurales de montaña eso daba igual.
Se abrió la puerta del dormitorio, pero no me di la vuelta. Ya estaba entrometiéndome en su casa, así que el pobre hombre debería poder ir al baño sin que yo lo viera. Al chirrido de la puerta le siguió el ruido de la ducha al abrirla.
¿A qué se dedicaba? Podría preguntárselo a Teller, pero mi teléfono estaba sin batería.
Y Jonah y Teller ya no se veían mucho. Una vez había oído a Teller hablando con Tate y Tenor.
Había intentado sacar a Jonah de la cabaña, pero la actitud de Jonah era difícil de soportar.
Parecía que Jonah había ahuyentado a mi hermano, igual que había hecho conmigo.
Aunque había una parte de esa conversación que debía de haber sido diferente.
Durante muchos años, había intentado no pensar en Jonah, pero me preocupaba por él y lo había vigilado discretamente. Luego, con el tiempo, tuve que seguir adelante. Vivía y trabajaba en Bozeman e intentaba dejar atrás esa época de mi vida.
Tras el desengaño de perder a Eli, el arrebato de Jonah me había destrozado. Como si no me sintiera ya lo bastante culpable.
El sonido de la ducha se apagó, pero seguí mirando por la ventana: el sol se estaba poniendo; en el reflejo del cristal vislumbré un destello de piel.
Fijé la mirada en ese punto y, en los dos segundos que tardó Jonah en ir del baño al otro lado del pasillo al dormitorio, pude ver fugazmente los anchos y musculosos hombros y la forma en que la espalda se le estrechaba hacia la cintura.
Llevaba una toalla azul medianoche envuelta alrededor de las caderas.
Tenía toallas iguales en el baño de arriba.
Se me aceleró el pulso, más rápido que hacía un momento. Genial, lo que me faltaba: comportarme como una acosadora…
No tenía por qué sentirme atraída por él. No había ninguna razón y nunca la había habido.
Sin embargo, eso tampoco me había detenido nunca.
Puede que hubiera roto el compromiso hacía un día, pero seguía siendo una mujer en la flor de la vida, y Jonah era justo lo contrario a Boyd.
Jonah parecía capaz de hacerme pedazos, y Boyd era tan remilgado que le horrorizaba tener los dedos pegajosos. Sin embargo, Boyd era el más peligroso de los dos.
—¿No funciona la tele?
Solté un gritito y me llevé la mano al corazón.
—Dios mío, Jonah. ¿Cómo es que eres tan sigiloso?
Cuando me di la vuelta, me invadió una punzada de vergüenza.
Llevaba el cabello húmedo apartado del rostro, dejando al descubierto una barba incipiente y oscura.
Las puntas de los largos mechones le rozaban la parte superior del cuello de la camisa, de franela verde y holgada, y llevaba unos vaqueros azules.
Se apoyaba en un bastón que había visto contra la pared, junto a las escaleras.
—Suelas de goma —dijo con voz ronca.
Ya era una intrusa espeluznante, pero también podía añadir «grosera» a la descripción.
—No quería decir eso. —Él se mantuvo impasible. No me creía, y explicarle que no había dejado de pensar en el rápido vistazo que le había echado cuando estaba envuelto en una toalla no era una opción—. La tele funciona bien. Pero todo lo que he encontrado tenía que ver con bodas.
—Qué fastidio.
—Y que lo digas. —El vestido de novia de diez mil dólares estaba tirado en un rincón del dormitorio de invitados, y no con él ya tenía bastantes recordatorios de que el día anterior había sido una novia.
Se dirigió al sofá y cogió el mando a distancia.
Llevaba unos calcetines grises, como los que había encontrado arriba.
Apoyó el bastón en los cojines y me invadió la culpabilidad.
Autumn me había dicho que rara vez iba al pueblo debido a sus lesiones.
Lo había visto una vez en la tienda de comestibles y un niño le había preguntado en voz alta a su madre: «¿Cómo se hizo esas cicatrices ese señor? ».
Jonah iba pasando rápidamente por las opciones y suscribiéndose a los servicios más populares.
—¿Qué estás…? No tienes por qué hacerlo. ¿Cuánto va a costar todo eso? —Ya se había tomado bastantes molestias por mí.
El ambiente en la habitación se enfrió de golpe y él me dedicó una expresión gélida.
—Un hombre no tiene por qué ser banquero de inversiones para poder permitirse algunos lujos.
—Y un hombre no tiene por qué pensar que, solo porque salí con un tipo con dinero, soy superficial —espeté, y luego me puse tensa. Ya estaba otra vez…
Se recostó contra el respaldo del sofá, con un pequeño destello de satisfacción en los ojos.
—Ahí está ella.
—¿Quién? —Miré hacia fuera. ¿Alguien se había arriesgado a coger esas carreteras cubiertas de nieve en la oscuridad?
—La chica molesta que conozco.
Una gran parte de mí se animó. Una parte más pequeña, pero significativa, se encogió.
—Me has llamado cosas peores.
Se echó hacia delante, con expresión consternada. Tenía la pierna derecha más doblada que la izquierda, pero aun así apoyó los brazos en las rodillas.
—¿Cuándo?
—En el hospital. Después del funeral.
Palideció bajo la barba incipiente y la cicatriz de su rostro se hizo aún más visible. Con un nudo en el estómago, comprendí por qué se había dejado esa barba. El vello facial ocultaba lo peor de la marca que le recorría la mandíbula.
Cuando lo habían vuelto a ingresar por una infección en la rodilla y los médicos temieron no poder salvarle la pierna, la cicatriz irregular del lado izquierdo de la cara era difícil de mirar.
Aún reciente y sin haber cicatrizado del todo, la piel arrugada, de tonos rosados y rojos, era tan furiosa como el resto de él.
No sabía en qué estaba pensando al ir a visitarlo. Quizá sí lo sabía, y eso era aún peor. Me había merecido que me echara.
—Yo, eeeh… —Apretó los dientes.
—Estabas sufriendo, enfadado y afligido. —Todos lo habíamos estado, y por eso aquella última interacción conmigo me había sentado tan mal durante tanto tiempo. Y porque había creído lo que me había dicho: había sido muy claro, y todavía lo recordaba perfectamente.
«No tengo ni un puto segundo para lidiar contigo, Summer.
Eli se pasaba todos los puñeteros días adorando el suelo por el que pasaba tu culo arrogante y está muerto por culpa del veneno que fabrica tu familia.
Le cogió el gusto porque tú se lo enseñaste todo sobre el bourbon, señorita Sabelotodo.
¿Qué esperabas al venir aquí? ¿Que querría robarle la chica a mi hermano?
Si quieres a un tío que te siga como un cachorrito enamorado, ese no soy yo.
No somos amigos ni somos familia. Y ya nunca lo seremos.
Lárgate de mi puta vista y no vengas nunca más» .
Jonah carraspeó.
—Lo que dije… —Tensó la mandíbula.
—No pasa nada. —Me arrepentí de haberlo dicho.
Ese día fue uno de los más horribles de mi vida, pero al menos nadie había perdido la vida.
Me había tragado el orgullo y luego había regresado a la universidad.
Había seguido adelante y había intentado no pensar en lo acertado que había estado Jonah.
Me había obligado a no mirar atrás—. No pensé en lo que podía parecer, debería haberlo hecho.
Había tantas cosas que debería haber hecho de otra manera entonces… Demasiadas.
—No sé en qué estaba pensando —dijo con brusquedad, clavándome los ojos de color azul marino—.
No estaba en mis cabales y no debería haberte hablado así.
—Bajó la mirada al suelo—. Sabía que no estaba en mi derecho.
Sabía que tú solo estabas ahí por preocupación, pero estaba enfadado con el mundo. Lo siento.
En ese momento pitó la alarma del horno y a mí se me atascaron las palabras en la garganta. Él no debería disculparse, pero yo seguía atrapada en el pasado.
Me apresuré a entrar en la cocina y lo dejé ahí, mirándose fijamente las manos entrelazadas.
Jonah
Ella comía con delicadeza: cortaba la carne y la mojaba en la salsa; luego se echaba un poco hacia delante y se llevaba la comida a los labios rosados.
El recuerdo de nuestra última conversación importante había acabado con el ambiente incómodo pero agradable que había entre nosotros.
Le había buscado un montón de canales para que los viera, muchos con período de prueba gratuito —tampoco es que necesitara ahorrar—, y luego había escuchado su comentario y le había respondido con dureza.
Pinché un trozo de carne, que estaba en su punto, y me lo metí en la boca. El sabroso sabor me inundó la lengua.
—Esto es ternera Dunn.
Ella cortó otro trozo.
—Me lo imaginaba.
¿Estaba tratando de impresionarla? ¿De demostrarle que no era un hombre de montaña inútil?
Todos pensaban que no hacía nada en esa cabaña en medio de la nada.
No era así, pero tampoco podía ayudar a mi padre tanto como él necesitaba.
Mis días a caballo habían terminado por culpa de mi pierna izquierda, pero tenía mi propio trabajo.
Últimamente, mi padre se dedicaba a subcontratar y prefería asumir el papel de supervisión desde un despacho.
Mi madre había hecho lo mismo y yo me perdía cada año más eventos del rancho.
Estaba cansada de que mi padre no dejara de hacer ajustes, y yo estaba ocupado con mi trabajo, así que no le había importado.