Capítulo 3 #3
Él había dejado el teléfono sobre la mesa para que pudiera llamar a quien necesitara, y todavía no lo había tocado.
Anoche, antes de que se me agotara la batería del móvil, les había enviado mensajes a todos agradeciéndoles por lidiar con las consecuencias de mis actos, y también para hacerles saber que necesitaba algo de tiempo, y que cuando supiera más sobre el estado de las carreteras, los mantendría informados.
No tenía que regresar al trabajo hasta pasadas más de tres semanas, pero no podía quedarme en casa de Jonah tanto tiempo. ¿O sí?
No. No podía.
La forma en que me había gritado esa mañana debería haberme hecho salir corriendo, pero había reconocido ese arrebato por lo que era: hartura de que alguien estuviera encima de él.
Hartura de que lo vigilaran y de que la gente pensara que no era lo bastante fuerte como para ocuparse de lo básico.
El recuerdo de esos sentimientos era antiguo, pero lo conocía bien.
Los armarios estaban llenos de conservas: alubias, guisos, sopas.
La nevera era un almacén de carne procesada y el congelador estaba repleto de ternera, algo de cerdo y pollo.
Encontré verduras en conserva que podían ir bien con un asado.
¿Tenía planes para la cena o iba a coger de nuevo uno de los muchos paquetes de beicon que había ahí?
A la mierda. Metería algo en el horno para cenar. Mientras buscaba una bandeja para asar, encontré una pequeña puerta en la esquina, frente a la que daba al garaje, que conducía a una despensa debajo de las escaleras, con cebollas, patatas, ajo y calabaza.
Productos que no estaban en salmuera. Perfecto.
Me puse a limpiar y cortar las patatas. Las habían sacado de la tierra y almacenado sin más. No podía imaginarme a Jonah agachado en la tierra con la pierna así, pero su madre tenía un huerto impresionante que debía conservar. Al no estar con ella, Jonah quizá no tocaba las verduras.
No podía dejar de mirar el teléfono. Debía llamar a mi madre y, como no había cambiado de número desde que me lo aprendí de memoria de pequeña, no había problema. Quizá pudiera recordar los números de mis hermanas, pero mi madre se merecía tener noticias mías.
Metí en el horno un asado sazonado con patatas y cebollas cortadas. Luego llamé a mi madre.
—Hola, Jonah. ¿Cómo está ella?
Por supuesto: tenía a Jonah como contacto. Dejaba marchar a la gente cuando querían irse, pero siempre estaba dispuesta a volver a acogerlos.
—No, mamá, soy yo, y estoy bien.
—Summer, Dios mío. Me alegro tanto de oír tu voz…
—No quería preocuparte. —Tenía tanto por lo que disculparme…
—Nunca te arrepientas de hacer lo que debes.
—No debería haber…
—Boyd te pegó.
Se me hizo un nudo en la garganta. Odiaba confirmar sus sospechas, pero ella parecía estar segura.
—Sí —susurré.
—Autumn fue a ver si estabas bien y te oyó despotricar contra Corinne. Bien hecho.
Jonah no fue el único testigo, pero al menos Autumn no había visto la bofetada. Ese momento me había hecho sentir tan impotente como cuando perdimos a nuestros padres cuando éramos niñas: asustada, desamparada, sin saber qué hacer. No quería volver a estar en esa situación nunca más.
—Siento no haber ido a casa —solté. Mi madre había estado ahí para todo después de la peor época de mi vida. Había estado ahí para todos. Y yo había escapado de ella.
—Cariño, sé cómo eres. No puedes dejar que tus hermanas te vean derrumbarte. Pero me sorprende que te fueras con Jonah. Creía que vosotros dos no os llevabais bien.
Nos habíamos peleado cuando éramos más jóvenes.
Al principio, yo era la hermana pequeña y molesta de sus amigos.
Luego, una estudiante de último curso engreída que salía con su hermano, y al final una estudiante de primer año de universidad arrogante que no aceptaba que le dijeran lo que tenía que hacer.
Jonah había sido el hermano mayor estirado que no fue a la universidad y pensaba que yo era una pesada.
A esa edad, tenía sentimientos encontrados que intentaba aclarar, pero tras el accidente…
Bueno, había pensado que Jonah me odiaba.
—No hablamos mucho, pero vio lo que hizo Boyd y evitó que hiciera algo peor. Supongo que después de eso, me sentí a gusto con él.
—No veo a Jonah tolerando un comportamiento así.
—No lo hizo.
—Bien.
La convicción con que lo dijo me tranquilizó.
—Con la nieve y el viento, no sé cuándo llegaré a casa.
—Allí estarás a salvo. Jonah se asegurará de ello.
—Si no tuviera café e internet, me iría andando a casa —bromeé.
Mi madre se rio entre dientes, pero un momento después se quedó en silencio.
—¿Cómo estás de verdad? —preguntó por fin.
—Estoy… —Debería restarle importancia a su preocupación e insistir en que estaba bien.
Pero no lo estaba, y no quería mentirle porque ella se habría dado cuenta, pero tampoco quería entrar en detalles sobre cómo me sentía.
Solo quería meter la cabeza bajo las mantas y esperar a que pasara todo.
Decidí contarle parte de la verdad—. Me siento como una tonta.
Estoy deprimida, y tengo esos momentos raros en los que entro en pánico.
Y también me siento avergonzada porque todos tuvisteis que lidiar con las consecuencias de mis actos, y por haber llegado tan lejos.
Debería haber visto a Boyd tal y como era, y ya lo sé.
Lo sé. —El comentario de Jonah sobre que Boyd había abusado de mi confianza me rondaba por la cabeza.
Sabía que no debería avergonzarme. Pero no podía evitarlo—.
Así que, durante unos días, me gustaría pasarme el rato viendo pelis para no tener que enfrentarme a la realidad.
—Hazlo. Yo hablaré con tus hermanos.
—Gracias, mamá.
Estaba colgando el teléfono cuando Jonah entró desde el garaje y trajo consigo una ráfaga de aire frío. El ruido sordo de la puerta del garaje al cerrarse se interrumpió cuando él cerró la de la casa.
Se quitó las botas y el abrigo de un tirón.
Cuando se quitó el gorro negro de lana, el cabello oscuro se le erizó en mil direcciones diferentes.
Debería parecer ridículo, pero resultaba más sexy y accesible que cuando cada mechón estaba en su sitio.
Ese era el Jonah que estaba acostumbrada a ver.
El chico mayor que antes salía con mis hermanos.
Se pasó una mano por el pelo y me miró a los ojos. Luego olfateó el aire.
—¿Estás cocinando?
—Espero que no te importe. Incluso he encontrado verduras.
Entrecerró los ojos.
—¿Dónde?
—Debajo de las escaleras.
Se relajó.
—Ah. Antes he pensado que te referías a lechuga y manzanas.
—Sí, pero las patatas y las cebollas también están buenas. He cortado unas pocas para acompañar el asado.
Se sacudió la nieve de los bajos de los vaqueros y atravesó la cocina. Ya no se oía el ruido de la pala, pero él no había estado en el garaje. La curiosidad pudo más que yo. Cuando era más joven, siempre me metía en los asuntos de Jonah.
—¿Qué estabas haciendo?
—Trabajando.
Entendía que era reservado y poco comunicativo, pero el fin de semana iba a hacérseme eterno si no hablaba más.
—¿A qué te dedicas?
Echó un vistazo por encima del hombro antes de salir de la cocina hacia el pasillo que había al otro lado de las escaleras.
—Hago cosas.
Me levanté, lo seguí y me detuve al pie de las escaleras.
—¿Cosas que son alto secreto? ¿Si me lo dijeras, tendrías que matarme?
Se detuvo frente a la puerta de lo que debía de ser su dormitorio y me miró con indiferencia.
—¿Qué crees que hago aquí todo el día?
Me encogí de hombros.
—¿Cosas de hombre de las montañas?
Su expresión seguía siendo indescifrable.
—Sí —respondió, y desapareció dentro de su habitación.
¿Qué había dicho? ¿Y por qué su reacción me había vuelto a revolver el estómago?