Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 3 #2
13%

Capítulo 3 #2

Mientras ella estaba ocupada, preparé una cafetera.

Sabía que le gustaba el café. La había visto salir de Mountain Perks unas cuantas veces a lo largo de los años.

¿Mi café negro iba a parecerle demasiado soso?

¿Demasiado fuerte? ¿No lo bastante fuerte?

A la mierda. Tenía leche en la nevera. Tampoco había tenido oportunidad de prepararme para recibir visitas.

El sonido del agua se detuvo y esperé, con el aroma del café recién hecho inundando la casa.

Se oyó otro chirrido, esa vez procedente de las escaleras.

La escalera estaba al otro lado de la pared de la cocina.

El resto de la casa daba al salón y al comedor.

Mi dormitorio estaba debajo de la habitación de invitados, arriba.

Había planeado una ampliación por si fuera necesario, pero mi previsión juvenil había resultado ser innecesaria.

El susurro de unos pies con calcetines.

Summer atravesó el salón mirando hacia los ventanales. Todavía tenía el cabello rubio húmedo y lo llevaba suelto. Se había puesto un vestido de manga corta que le quedaba por debajo de las rodillas, pero llevaba unos calcetines grises y mullidos que me resultaban familiares.

Mis calcetines. Debí de dejarme un cajón con mis cosas cuando me mudé de la habitación de arriba.

No me habría dado cuenta de que me faltaba algo cuando me había cambiado de dormitorio.

En aquellos días estaba invadido por el resentimiento y la furia, junto con la amargura de que la mudanza hubiera sido necesaria en primer lugar y el dolor agravado por las múltiples subidas y bajadas de escaleras.

Me apoyé en la encimera para aliviar el peso sobre mi pie y rodilla izquierdos. Ella se acercó al cristal y miró hacia fuera.

Cuando se volvió, le di un sorbo al café.

El día anterior llevaba el rostro con un maquillaje —aunque no lo necesitaba— que realzaba el color marrón dorado de sus ojos y el rubor natural de sus mejillas.

Recién aseada, estaba radiante. Sus pestañas seguían siendo tupidas, pero más claras, y la luz de la ventana hacía brillar el dorado de sus ojos.

Su vestido era demasiado elegante para una cabaña de montaña y no lo bastante abrigado para el invierno, pero, de todos modos, parecía estar en su sitio.

La vergüenza me quemaba en el pecho.

Era la novia de Eli, imbécil. Si él no hubiera muerto, podría haber sido mi cuñada. El destino le había reservado un futuro diferente, pero acababa de romper su compromiso. Yo no debía estar pensando en que ella formara parte de nada relacionado conmigo.

—Buenos días —saludó ella por fin.

Durante menos de una hora, todavía se consideraba «día».

—¿Quieres una taza de café?

El alivio se reflejó en sus ojos.

—Sí.

¿Pensaba que le iba a decir que cargara sus cosas en la camioneta nada más abrir los ojos? ¿Era por eso por lo que se había quedado encerrada en su habitación hasta entonces?

Anduvo con paso sigiloso por el suelo de madera. Me gustaba el ambiente fresco, y esos calcetines iban a evitar que el frío se le metiera en los pies; pero también podía subir la calefacción.

No me moví mientras ella echaba un vistazo al armario que había encima de la cafetera. De su boca salió un pequeño sonido de triunfo cuando vio las otras dos tazas que tenía.

Llenó la suya hasta tres cuartos de su capacidad y echó un vistazo a su alrededor.

—La leche está en la nevera —dije con voz ronca. Ver a una mujer sentirse como en casa en mi hogar me llegaba al alma, pero que fuera esa mujer en concreto estaba mal.

Esbozó otra sonrisa de alivio. El «Oooh» que soltó al encontrar mi crema de chocolate y menta me llegó directamente a la entrepierna y me obligué a conseguir que cambiara de dirección. Mis partes íntimas no tenían por qué prestarles atención a los sonidos que hacía Summer.

Llenó su taza con leche, lo que le dio al café un tono marrón claro.

Gruñí.

—¿Quieres un poco de café con la leche?

Ella sonrió con aire burlón.

—¿Tienes nata montada?

—No.

—Eeeh, bueno. —Inhaló el aroma del café y le dio un sorbo. Soltó un pequeño suspiro—. Esto servirá.

—Las carreteras están cubiertas de nieve y el viento es lo bastante fuerte como para reducir la visibilidad.

La nieve debería parar pronto, pero las quitanieves no saldrán hasta el lunes.

—Las cuadrillas trabajaban los fines de semana, pero se dedicaban a despejar las rutas de emergencia y las carreteras municipales.

El camino a mi casa no era ninguna de las dos cosas.

—¿Te importa?

—Da igual que me importe o no. —No me importaba, pero al mismo tiempo también quería que se fuera.

Le gruñó el estómago. Se llevó la mano al abdomen y le dio otro sorbo al café. Sostuvo la taza con las dos manos y se volvió hacia la ventana.

—Me encantan las ventanas del dormitorio de invitados.

Aparté la mirada de ella y me concentré en el remolino marrón del fondo de la taza. A mí también me encantaban esas vistas. Había construido esa habitación para que fuera mía: espaciosa, con unas vistas preciosas, sencilla.

Mi habitación actual estaba en la parte trasera de la casa. Las vistas desde la ventana eran bonitas, con los abetos y la carretera que serpenteaba por el valle, pero no tanto como las de arriba.

Esperé a que me preguntara por la comida, pero no lo hizo. A menos que hubiera metido algo de picar en la maleta, no había comido nada desde antes de que yo me interpusiera entre Boyd y ella.

—¿Tienes hambre?

—No. —Otro largo suspiro—. Mi estómago no está de acuerdo, pero quiero comer.

Tenía que comer. No podía permitir que se desmayara, y menos cuando estábamos en mitad de ninguna parte porque, entonces, la ira de su familia iba a dirigirse hacia mí en lugar de hacia el gilipollas de su ex.

Cogí beicon y huevos. Estaba sacando una sartén del armario cuando ella apareció a mi lado.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó.

Su aroma a fresa dulce y sol me envolvió. Si se quedaba demasiado tiempo en mi casa, iba a tener su olor por todas partes.

—No.

—¿Tienes…?

Me enderecé con una mueca de dolor por el pinchazo en la cadera. No había hecho los estiramientos esa mañana ni tampoco la anterior. Todo ese mes había sido una mierda en cuanto a cuidarme, con esa maldita invitación mirándome fijamente.

—¿Si tengo qué?

—Fruta y verdura.

—Plátanos.

Esperó como si pensara que iba a soltarle una lista. Me ardieron las puntas de las orejas: no tenía nada más.

Esbozó una sonrisa cuando no continué.

—Un plátano está bien.

Una chispa de irritación me calentó la nuca. No tenía nata montada ni frutas y verduras básicas, aparte de unos cuantos plátanos que estaban a punto de llegar a lo que mi madre llamaba la «fase de pan de plátano».

Me di la vuelta de un salto y sentí un dolor punzante en la pierna.

—Joder.

Summer se acercó y su aroma se hizo increíblemente más intenso.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

La vergüenza acabó con mi compostura.

—Maldita sea, Summer. Apártate un poco, ¿quieres?

Abrió mucho los ojos y la boca, y me inundó el arrepentimiento. Lo había preguntado con buenas intenciones, y que me doliera la pierna no era culpa suya. Me apoyé en la encimera y agaché la cabeza.

—Es la pierna. —Y ella. Me estaba olvidando de ser yo mismo a su lado, en el hogar donde normalmente podía hacerlo, donde no tenía que fingir que estaba bien ante las pocas personas de mi vida a las que les importaba.

—Estoy estorbando. Lo siento.

¿Lo sentía? Joder.

—No, Summer. No me gusta… —Me pellizqué el puente de la nariz. El latido en la pierna se atenuó, pero se concentró alrededor de la rodilla—. No me gusta la gente —concluí, poco convencido, y me di cuenta demasiado tarde de que podía pensar que me refería a ella.

Hubo un momento de silencio. ¿La había ofendido? ¿Cómo no iba a hacerlo?

—¿Tienes internet aquí? —preguntó.

No estaba preparado para el cambio de tema, pero lo aproveché.

—¿No has probado con el móvil?

—Se me ha agotado la batería. Me dejé el cargador en la iglesia. —Se apoyó contra la encimera y yo me puse a abrir el paquete de beicon—. Espero que alguna de mis hermanas lo haya encontrado.

—Tengo wifi. —Para ser un pequeño pueblo rural, Bourbon Canyon y sus alrededores tenían buena cobertura—. No suelo ver mucho streaming . Prueba a ver si tu teléfono funciona con mi cargador.

—¿Dónde está?

Mierda. El olor ya era bastante insoportable en el salón, en la cocina y probablemente en el baño. No podía permitir que la fragancia a fresas invadiera también mi dormitorio.

—Voy a buscarlo. ¿Empiezas con el beicon?

Ella asintió y apartó la vista.

—No quiero causarte ningún problema.

—¿Desde cuándo te importa si causas problemas? —La pregunta no era una burla.

Frunció el ceño.

—Molestar y causar problemas son cosas diferentes.

—Mi madre me dijo una vez que a veces está bien ser una molestia.

Arqueó una ceja rubio rojiza.

—¿Y le hiciste caso?

Pasé cojeando junto a ella. Ella ya sabía la respuesta.

Summer

El cargador de Jonah no funcionaba con mi teléfono, así que me dejó su teléfono y salió de casa.

Oí el característico chirrido del metal sobre el hormigón, pero cuando fui a ver si necesitaba ayuda para quitar la nieve, me soltó un gruñido para que volviera a entrar y me dijo que no iba vestida para quitar nieve.

Tenía razón: iba vestida para una luna de miel en Bali. En lugar de estar al otro lado del mar en una villa privada, seguía al lado de mi casa, en una cabaña en las montañas.

Y me alegraba de ello.

El dolor de estómago constante que sentía por culpa de la preocupación por el vuelo había desaparecido.

¿La ansiedad que me carcomía las entrañas?

Se había esfumado. Por fin tenía hambre, y después de la generosa ración de beicon crujiente y huevos revueltos que Jonah me había preparado, estaba lista para volver a comer en condiciones.

Se habían acabado de un plumazo los meses de picar aquí y allá, preocupada por terminar con una úlcera gigante antes de subir al avión. Estaba hambrienta.

Dejé aparcado el maratón de películas que estaba haciendo y fui a la cocina.