Capítulo 2 #2
Cuando Jonah era niño, solía ayudar a Tate y a Teller en el rancho.
Los tres, junto con Tenor, competían con quads y motos de nieve, sacaban los tractores que se atascaban en el barro y cazaban y pescaban hasta que pensábamos que no iban a volver a casa nunca.
No dejaron de hacerlo al entrar en la edad adulta.
Durante las vacaciones universitarias de mis hermanos, o bien Jonah volvía a casa, o bien Teller iba a la suya.
Entonces el hermano de Jonah murió. Eli Dunn. Mi novio del instituto. Jonah se había encerrado en sí mismo, se había convertido en un ermitaño y había dejado claro que no quería volver a verme ni a hablar conmigo.
Debía de parecer aún más patética de lo que esperaba con mi exagerado vestido de novia si me dejaba esconderme en su casa.
Los recuerdos afloraron en mi mente a medida que nos acercábamos a la cabaña.
Recuerdos de Eli y yo allí, cuando la madre de Eli no conseguía localizar a Jonah y enviaba a Eli a ver cómo estaba.
Eli cogiendo el equipo de acampada para pasar esos fines de semana con sus amigos, a los que yo me negaba a ir.
Nunca le había contado a Eli la verdadera razón.
Había sido mi amigo antes de ser mi novio, pero había tantas cosas que no le había contado…
Hasta que había descubierto parte de la verdad. Y todo había acabado fatal.
Jonah guio el vehículo por la ladera de la montaña, con los limpiaparabrisas de la camioneta barriendo las ráfagas de nieve que caían.
—Se suponía que íbamos a coger un vuelo mañana por la mañana. —No sabía por qué se lo estaba contando. La luna de miel tendría que haber sido otra señal de alarma, y estaba harta de sentirme como una tonta, pero tampoco quería perder el tiempo en el pasado—. Antes de que cayera lo peor de la nieve.
—¿Adónde ibais?
—A Bali.
Dejó escapar un silbido bajo.
—Qué bien. —Su perfil se veía marcado por las luces del salpicadero.
Todo crestas y ángulos. Su rostro era más estrecho que el de su hermano.
Una nariz de trazos marcados. Cejas oscuras y angulosas y pestañas espesas.
Llevaba el pelo revuelto las pocas veces que lo había visto en el pueblo, pero ese día se lo había peinado cuidadosamente con una elegante raya al lado.
Yo lo prefería revuelto—. ¿Quieres que te lleve al aeropuerto?
Dios, no. Me sentía casi más aliviada por saltarme la luna de miel que la boda.
—Probablemente se haya ido él ya o lo haya cancelado todo. —Seguí contemplando las vistas a través de la ventanilla del copiloto. El paisaje familiar me tranquilizaba. Había dejado de temblar a unos kilómetros de Bourbon Canyon—. De todos modos, no quería ir.
—¿No querías? —Me lanzó una mirada rápida. Era difícil ignorar el calor que me despertaba su atención. El hombre estaba concentrado en conducir, pero no se le escapaba casi nada.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que uno de los chicos con los que salía se había centrado en mí y en lo que yo sentía? ¿Cuándo no pensaban en lo que yo podía hacer por ellos? ¿Era por eso por lo que me había quedado con Boyd?
¿Había interpretado su comportamiento quisquilloso y controlador como preocupación por mí y yo estaba hambrienta de atención?
—Bali… Deberían ser unas vacaciones de ensueño.
Me estremecí.
—Odio los aviones.
—¿Ese imbécil lo sabía?
—Sí. —Había sido una estúpida—. Dijo que me ayudaría a relajarme. Me dijo que todo iría bien, y yo… dejé que me pisoteara.
—No hagas eso —gruñó, con una voz grave, casi amenazante, pero los escalofríos que recorrieron mi cuerpo no eran de miedo.
Estaba muy confundida por dentro.
—¿Que no haga qué?
—No tiene nada de raro confiar en tu pareja. No dejaste que te pisoteara. Confiaste en él y él se aprovechó de ello.
Me aparté de la ventanilla. Tenía la mandíbula tensa y los nudillos blancos sobre el volante. Jonah estaba enfadado. Por mí.
Ese no había sido el peor día de mi vida, pero necesitaba que me tranquilizara.
Nunca pensé que iba a encontrar consuelo en Jonah Dunn.
La maraña de emociones dentro de mi pecho se enredó aún más. Para alejar mi mente de mi boda echada a perder y de mi insólito salvador, busqué con la vista su cabaña entre los copos de nieve. La punta de un edificio que no había visto antes asomaba entre los abetos.
—¿Qué es ese lugar? —Su cabaña estaba más escondida, pero, o bien la había trasladado, lo cual era absurdo, o bien había mandado talar algunos árboles desde mi última visita.
—Mi taller.
—¿Tienes un taller? —¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había estado en la austera cabaña de Jonah? Habían pasado más de quince años desde que me aventuré a subir esa montaña.
—Tengo un taller —repitió él.
La zona en general no había cambiado, pero el paisaje era diferente con el gigantesco taller de paredes metálicas, con una gran puerta de garaje en un lateral y otra más pequeña en el otro extremo. Junto a ella había una puerta normal, frente a la cabaña, al otro lado de una explanada.
Las vistas seguían siendo impresionantes. Jonah había construido la cabaña a media altura de la pequeña y extensa montaña, con vistas a un valle atravesado por un arroyo. Solía cazar aves acuáticas con Eli, y me habían invitado a la casa de sus padres a comer estofado de faisán o pato asado.
El agua estaba casi toda helada, con algunos puntos que parecían húmedos debido a los recientes días, inusualmente cálidos, pero la hierba de la parte trasera estaba marrón y gran parte de la vegetación, cubierta de nieve.
Los senderos trazados por la fauna salvaje se extendían desde la línea de árboles hasta la orilla del agua.
Al otro lado del valle se encontraba la tierra de los Bailey.
Fuera cual fuese la estación, la zona era preciosa.
Jonah giró hacia el camino de entrada y…, ¡vaya!, el taller era más bonito de lo que había pensado en un principio, con detalles de madera del mismo color que su casa y un tejado de chapa marrón. Había una mecedora fuera, junto a una puerta lateral.
¿Contemplaba Jonah el amanecer sobre el frondoso arroyo en verano?
No debería obsesionarme con los hábitos de Jonah, pero pensar en él era más fácil que obsesionarme con cómo mi familia estaba llevando a los Harrington.
O con lo decepcionados que debían de estar los invitados por haber tenido que desplazarse hasta Bozeman para nada.
¿El drama había hecho que el viaje les mereciera la pena?
No. No voy a darle más vueltas a lo que ha pasado hoy. Me concentré en la casa de Jonah.
La cabaña era una estructura en forma de A, hecha de gruesos troncos redondos con un techo de chapa de color rojo parduzco.
Era sencilla y estaba espectacular como siempre había sido.
Unos enormes ventanales ocupaban la pared y, con los escasos árboles, la vista del valle debía de ser impresionante.
Podría disfrutar de mi bebida favorita de invierno, un café especiado con un chorrito de bourbon, y admirar el paisaje.
Habían construido un garaje utilizando los mismos materiales, en el que Jonah entró. Pulsó el botón de la puerta y la oscuridad nos envolvió.
—¿Estás segura de que quieres quedarte aquí?
—preguntó. Había apagado el motor, pero ninguno de los dos hizo ademán de salir—.
La nieve está cayendo cada vez con más fuerza y ya sabes cómo es esto.
No hace falta mucho para que nos deje aislados.
—Asentí. Donde vivía mi madre era más fácil entrar y salir cuando hacía mal tiempo.
Teníamos el equipo necesario para quitar la nieve si hacía falta, siempre y cuando hubiera visibilidad—.
Puedo llevarte a casa de tu madre —se ofreció.
Habría tenido que acercarse al pueblo para llegar a casa de mamá y luego habría debido regresar antes de que la nieve se acumulara demasiado o el viento se intensificara.
—¿Y si te quedas atrapado en el pueblo?
—Puedo quedarme con mis padres.
Por su tono, me di cuenta de que quedarse con Adam y Vera Dunn no era la solución ideal.
No quería causarle más molestias de las que ya le había causado, pero tampoco quería alejarme de su lado.
Él había intervenido cuando yo estaba demasiado aturdida como para moverme, cuando me había comportado como un conejo ante un halcón.
¿Por qué Jonah estaba tan dispuesto a ayudarme? Pensaba que me odiaba.
Mis hermanos habrían hecho lo mismo por mí, pero eran mi familia, y eso habría hecho que se sintieran obligados. Sabían que no debían regañarme por bodas impulsivas o cancelaciones de última hora. Jonah no tenía por qué hacerlo. No me debía nada. Debía de odiarme.
Cuando la cagaba en la vida, lo hacía a lo grande.
—Me gustaría quedarme. —Me mordí una uña.
Mi bonita manicura era de un suave color rosa silvestre, el mismo tono que habría elegido para los vestidos de las damas de honor si no hubiera sido por la insistencia tozuda de Corinne.
Sus labios se habían tensado al ver mis dedos.
Había dicho que el blanco y negro con un toque de plata era el look perfecto para el invierno.
Quizá la próxima novia a la que Boyd manipulara tendría el mismo estilo que ella—.
Solo necesito un poco de paz, y no voy a conseguirla junto a mi familia.
—El cansancio me abrumaba. Mi adrenalina estaba cayendo en picado.
Semanas de noches en vela, días de ir de una cita a otra para degustaciones de pasteles, reuniones con fotógrafos y con el personal de la iglesia por fin me estaban pasando factura.
Me froté los ojos y solté un largo suspiro.
—Puedes quedarte en la habitación de invitados del piso de arriba. Ve a descansar un poco.
La habitación de invitados había sido su dormitorio, hace mucho tiempo.
Antes del accidente que se había cobrado la vida de su hermano y había dejado a Jonah con secuelas de por vida a causa de sus lesiones.
Si Jonah hubiera sabido el papel que yo había desempeñado aquel día, me habría echado y me habría obligado a regresar andando.