Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Jonah

Tenía a una novia en el asiento del copiloto, pero yo era un soltero de treinta y nueve años.

Salí de Bozeman y me dirigí hacia Bourbon Canyon.

Summer estaba acurrucada en su asiento, con la cabeza apoyada en la mano, mirando por la ventanilla.

Había nevado la semana anterior y luego Montana había tenido un par de días con temperaturas por encima de cero.

Las calles eran una mezcla de marrón y blanco sucio.

Cuanto más me acercaba a los límites del pueblo, más finas eran las capas de nieve y más uniformemente cubrían el paisaje.

El marrón no era de suciedad, sino de hierba en letargo y de los abetos verdes que había más arriba, en las colinas.

El suelo volvió a desaparecer bajo el blanco de las cimas de las montañas.

Estaba tan callada… Nunca había visto a Summer callada.

Hacía honor a su nombre: atrevida, radiante, como un rayo de sol.

La encarnación de la confianza y la felicidad.

De niña había sido mandona, obstinada y testaruda.

El tiempo quizá la había pulido, pero sus aristas no podían desvanecerse así como así.

Si no quería estar con nadie, yo era su hombre.

No, su hombre no. Su hombre nunca.

Un viejo y familiar dolor me quemaba detrás del esternón.

Quería irme a casa. No había querido asistir a la boda, pero se lo debía a mi madre.

La boda de Summer iba a ser más emotiva para ella que para la mayoría.

Los pensamientos de lo que podía haber sido la atormentaban.

Se lo debía a mi hermano, le debía asegurarme de que Summer se casara con alguien que la mereciera.

Me debía a mí mismo verla felizmente casada con otro hombre.

Mi madre ya no iba a tener que aguantar la ceremonia, y yo iba a asegurarme de que ese novio pomposo, maltratador e imbécil no pudiera encontrar a Summer.

Tenía una cabaña en las montañas a las afueras de Bourbon Canyon, donde nadie podía molestarla.

Su repugnante prometido probablemente no iba a rebajarse tanto como para ir a buscarla.

Eché un vistazo al cielo gris. Se pronosticaba otra nevada, un tiempo habitual al que los habitantes del pueblo no le daban importancia, pero Summer quizá tuviera que quedarse conmigo unos días más de lo previsto.

—¿Por qué estabas ahí? —preguntó ella, con voz débil.

Mierda, casi se me había olvidado de que no estaba solo. No. Su aroma a fresas y azúcar no me lo permitía. Estaba impregnando la cabina de mi camioneta, su aroma se enroscaba a mi alrededor y avivaba el dolor en mi pecho. ¿Cuánto tiempo iba a pasar antes de que dejara de olerla al entrar?

—Mi familia recibió una invitación e insistió en que fuera. —Me había resistido. Había discutido con mi madre. No me gustaba ir al pueblo, y mucho menos a Bozeman.

Ella me recordó que me había pasado casi todo el invierno encerrado en la cabaña, otra vez. Odiaba que mi madre se preocupara, y no podía decirle que iba al pueblo más a menudo de lo que ella pensaba porque iba a preguntarme por qué y la cosa iba a ponerse incómoda. Ya no podía llevarme de la mano.

Al final, ella había jugado la baza del hermano. «¿Lo harás por Eli?».

La risa de Summer fue seca y triste.

—¿Así que yo no era la única que no quería estar allí? —Dejó escapar un suspiro de cansancio—. No, me refería a por qué estabas en el pasillo. ¿Nos has visto discutir?

No habían discutido. Ella le había dicho que no quería casarse y su novio, ese zoquete, le había pegado.

—Estaba buscando el baño.

Su labio inferior estaba fruncido, rosado e hinchado de tanto morderlo. Tal vez pareciera a punto de desmayarse, pero su aguda mente no dejaba de dar vueltas.

—¿Necesitas parar en algún sitio?

—¿Por qué? —pregunté mientras tomaba una curva.

—No has llegado al baño.

—No necesitaba ir a mear. —Apreté el volante con fuerza—. Necesitaba alejarme de la multitud. —Alejarme de la idea de ver a Summer yendo hacia el altar.

Se volvió hacia mí en su asiento tanto como le permitía el cinturón de seguridad.

—¿Había mucha gente?

—A la mayoría no los conocía.

Ella soltó un suspiro de alivio.

—Corinne invitó a medio pueblo y quería limitar mi lista de invitados.

Corinne debía de ser la mujer que estaba dispuesta a darme una paliza.

Menos mal que Summer sabía muy bien qué amenazas debía esgrimir para que su ex y su familia se comportaran.

No estaba seguro de que mi reputación sobreviviera a tener que defenderme de una mujer rica que nos atacaba a Summer y a mí.

—¿Te había pegado antes? —Tenía que saber si debía arrepentirme de mi moderación.

—No. —Se apoyó en el reposacabezas—. Pero ahora no puedo dejar de pensar en las señales.

Me aisló y me hizo dudar de mi propia mente.

Era controlador. No puedo creer que cayera en todo eso.

Es que estaba tan ocupada con el trabajo…

—Deslicé la mirada hacia ella por un segundo y luego me concentré en la carretera de nuevo—. ¿Qué? —preguntó ella, a la defensiva.

Summer no era de las que dejaban que su novio la pisoteara. Mi hermano la había seguido como un cachorrito enamorado. Summer había hecho de él lo que quería, y si Eli quería estar con ella, tenía que seguirle el ritmo.

—¿Por qué te haces responsable de sus actos?

—Estaba a unos minutos de casarme con él. —Otro largo suspiro—. ¿Adónde me llevas?

Había un filo cortante en su pregunta. Si no le gustaba mi respuesta, se lanzaría por la puerta y al diablo con la velocidad de la autopista. Esa era la Summer que yo conocía.

—A mi cabaña. Querías intimidad, y no hay otro sitio más solitario. —Salvo que yo iba a estar ahí.

Me miró fijamente.

—¿Estás seguro?

No. Ella necesitaba ayuda y yo me había apresurado a ofrecérsela, igual que todos los hombres de su vida, excepto ese imbécil de su ex.

—Puedes quedarte en la habitación de invitados. Te dejaré tranquila.

—Es solo que… —Sacudió la cabeza—. La última vez que hablamos…

—La gente cambia. —No quería recordar su última visita al hospital tras el accidente que se había llevado la vida de mi hermano.

Había ido a verme unas cuantas veces, probablemente más de las que recordaba, ya que había estado inconsciente durante mucho tiempo, y había dejado de hacerlo porque yo se lo había pedido.

—Así es. —Volvió a mirar por la ventanilla del copiloto—. Y a veces cambian justo delante de tus ojos.

Y volvimos a hablar de su ex. Terreno seguro.

—¿Ese tío te va a meter en un lío?

—No lo creo. Me ha pegado y tú has sido testigo. Pueden llamarme mentirosa, pero la semilla ya estaría plantada en la mente de la gente. Si a eso le sumas que no seguí adelante con la boda, pareceré más creíble que él.

—¿Vives con él?

Ella negó con la cabeza.

—Por suerte no. Mi padre… —Suspiró—. Mi padre decía que no quería que sus hijas vivieran con hombres antes del matrimonio.

—No me había dado cuenta de que fuera tan anticuado. —Darin Bailey había sido un buen hombre, pero no parecía de los que les negara nada a sus hijas.

—Fomentaba la independencia: emocional, mental y económica. Y… no le caía bien Boyd. —La confesión escapó de sus labios acompañada de una oleada de vergüenza.

Darin Bailey no era el padre biológico de Summer, pero ella seguía siendo la niña de papá. Todas las hermanas Kerrigan lo eran.

—¿Te quedaste con el único chico que no le gustaba a Darin Bailey?

—No me critiques. —Se volvió hacia mí y esos labios se fruncieron en una línea rebelde—. A mi padre no le gustaba ninguno de mis novios. —Volvió a mirar por la ventanilla—. Excepto Eli, claro.

A todo el mundo le había caído bien Eli. Era el hermano simpático.

Darin odiaba a Boyd Harrington, y pensar en ello me animó.

Cuando era amigo de Teller, me gustaba charlar con Darin.

Era un tipo con el que resultaba fácil llevarse bien y era consciente de las contribuciones de su familia al pueblo.

Se esforzaba por ser afable en lugar de creerse con derecho a todo.

Podía entender por qué le caía mal Boyd.

Los nombres de Boyd y Summer escritos con una letra elegante en la invitación me habían irritado muchísimo.

Toda la invitación me había irritado. Papel de color crema.

Superposición de encaje. Tuve que abrir tres sobres para llegar a ella.

Incluso las arrugas eran elegantes, como si fuera papiro antiguo o alguna mierda por el estilo.

Pero su nombre escrito con una caligrafía complicada me había parecido fuera de lugar.

Summer no era un nombre complicado, y no deberían haberlo convertido en algo que no era.

—Claro que voy a criticarte —dije para provocarla.

Vertió toda su rabia sobre mí cuando se volvió en mi dirección.

—¿Es eso lo que haces? ¿Sentarte en esa cabaña aburrida y ponerte a juzgarlo todo?

Seguí conduciendo, pero en lo más profundo de mi ser me sentí satisfecho. Ahí estaba el fuego que alimentaba a esa mujer. Lo había perdido cuando ese imbécil la había abofeteado.

—No, Summer. Nos vamos a sentar en esa cabaña aburrida y a criticarlo todo juntos.

Se detuvo en seco.

—¿Es malo que lo esté deseando?

Para ella esto no era más que un pequeño bache en su camino. La alegre Summer Kerrigan seguiría arrasando con todo a su paso, haciendo las cosas a su manera.

Pero para mí… Una vez que se hubiera ido, iba a quedarme pensando en todo lo que había perdido.

Summer

Hacía mucho que no estaba en la cabaña de Jonah.

Vivía en el límite de las tierras de los Bailey, en los confines de las tierras de los Dunn, tan cerca que, si nuestras familias no se hubieran llevado bien, habría podido haber problemas.

Pero Jonah era muy reservado, respetaba su propiedad y la nuestra, y en general era un vecino de ensueño.

Según Teller, y por lo que yo había visto, Jonah era tan solitario como podía. Esa idea hacía que la etiqueta de «vecino de ensueño» resultara triste.