Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

Lo había invitado porque mi madre había puesto su nombre y el de sus padres en la lista, y yo había estado demasiado ocupada como para protestar.

Me acerqué sigilosamente para verle la cara. Boyd se resistía, pero no era rival para el hombre del bastón, que tenía la rodilla clavada en la entrepierna de Boyd. Un rápido movimiento hacia arriba y Boyd se habría tragado los testículos.

Divisé el rostro enfurecido de mi protector y mi pulso se aceleró. Jonah Dunn. El hermano mayor del chico con el que había salido en el instituto, aquel cuya madre me había tejido mi manta favorita.

El chico que había muerto en un accidente de coche.

La cicatriz que le partía la cara en dos era más prominente gracias al rubor de la ira. Sus ojos oscuros no eran menos letales que los de Boyd, y Jonah tenía su pulido bastón de paseo contra el pecho de Boyd. Sin embargo, yo no le tenía miedo a Jonah.

—No te metas en esto, gilipollas. —El rostro atractivo aunque vulgar de Boyd estaba enrojeciendo.

Observé a mi ahora exnovio como si fuera una hormiga. No había nada extraordinario en él y no se debía a su aspecto. Tenía que esforzarse mucho para no ser corriente, y pisoteaba a los demás para llegar al siguiente nivel, ya fuera a través de su supuesto encanto o de su personalidad manipuladora.

¿Qué había visto en él? ¿Por qué me había quedado con él?

Había sido una estúpida. Mis hermanas estaban más que dispuestas a ayudarme a cancelar la boda. Ellas se habían dado cuenta.

¿Acaso todos, menos yo, habían sido capaces de discernir el sombrío futuro hacia el que me precipitaba?

Yo solo había visto lo que Boyd quería que viera: una bonita sonrisa, un buen trabajo y una actitud tranquila. Todo falso, salvo la sonrisa, gracias al buen trabajo del ortodoncista.

Boyd intentó abofetear a Jonah, pero Jonah le apartó las manos sin dejar de mantenerlo inmovilizado contra la pared como un insecto en una vitrina. Muy acertado.

Boyd le enseñó los dientes. Intentó darle una patada, pero la rodilla de Jonah se movió y Boyd, orgulloso de sus pelotas —seguramente recién afeitadas—, se quedó quieto al instante.

—Voy a llamar a la policía —resopló Boyd.

Me puse tensa. Boyd tenía contactos. Tenía poder. Jonah no era conocido en Bozeman. Apenas se lo recordaba ya en Bourbon Canyon.

No podía dejar que Boyd se saliera con la suya después de haberme pegado. No podía permitir que más gente, aparte de mí, fuera humillada por este hombre.

—Boyd, vas a entrar en la capilla y anunciar que la ceremonia de hoy se cancela.

No vas a manchar mi reputación, o saldré ahora mismo y les contaré por qué tengo esta marca roja en la mejilla.

—No tenía que mirarme al espejo para saber que mi mejilla izquierda estaba ardiendo.

Jonah dio un tirón y golpeó la cabeza de Boyd contra la pared, como si el recordatorio lo enfureciera.

Y a mí me pareció bien—. Mi familia no va a tener que lidiar con las consecuencias —continué, segura de que Jonah lo tenía bien sujeto.

Ya había dejado que Boyd me pisoteara lo suficiente—.

Si les dices cualquier tontería, se lo contaré a mis hermanos, a todos ellos.

—Insistí para que supiera que me refería a Myles y, por extensión, a sus hermanos también—. Y yo seré su coartada.

La cara de Boyd estaba ahora al rojo vivo.

—¿Qué está pasando aquí? —retumbó la voz escandalizada de Corinne por el pasillo. Se dirigía furiosa hacia nosotros. Una reina airada con un deslumbrante vestido de color peltre y unos tacones de siete centímetros a juego.

Jonah no soltó a Boyd, y recorrió mi cuerpo con su mirada oscura, dejando tras de sí un ardiente rubor.

—¿Estás bien?

Su voz profunda me provocó un escalofrío que enfrió el calor que él había provocado. Su mandíbula, sombreada por la barba incipiente, era tan firme que parecía tallada en piedra, pero solo pude distinguir preocupación en las profundidades negras de sus ojos.

Asentí. Una mentira.

Entrecerró los ojos, y eso frunció la cicatriz que le recorría la esquina del ojo izquierdo.

—¡Quítale las manos de encima antes de que llame a la policía! —El volumen de la voz de Corinne iba a atraer la atención de los demás, y yo no quería ser el centro de todas las miradas: no quería que me observaran ni que me compadecieran.

No quería ser un espectáculo. Habría sido como revivir el funeral de mis padres. Tenía que hacerla callar.

—No sabía que tu hijo tuviera la costumbre de pegar a las mujeres.

Se tambaleó un poco y su expresión de superioridad vaciló. Luego levantó la barbilla y volvió a ser la autoritaria madre del novio.

—No sabía que tenías la costumbre de mentir.

—Sigue diciéndote eso mientras anuncias que la boda se cancela.

—Señalé mi mejilla dolorida. El corazón me latía con fuerza contra el esternón.

La ira se estaba apagando y la desesperación crecía en mi interior.

No quería que todos vieran lo engañada que había estado.

Sabían que él no era bueno para mí, pero no podían saber que era tan malo.

Cancelar la boda ya me dejaba lo bastante expuesta.

—Boyd sabe lo que va a pasar si habla mal de mí. —Señalé a Jonah con la barbilla—. Puedes soltarlo.

Jonah seguía con los ojos entrecerrados. No había mirado a Corinne ni una sola vez, y le dedicó a Boyd una expresión severa.

—Lárgate de mi vista, maldita sea. No voy a pegarte como tú le has pegado a ella.

La vergüenza me quemaba la piel. Bajé la vista hacia al suelo cuando Jonah dio un paso atrás, interponiéndose entre Boyd y yo tanto como pudo, y apartó su bastón del pecho de Boyd.

Boyd inspiró profundamente, tratando de parecer más imponente, y Jonah hizo girar el bastón de caoba en su mano.

Sabía lo que era enfrentarse a la ira de Jonah. Yo había sido el blanco de ella. Y, al igual que Boyd, me lo había merecido. Pero Jonah nunca le habría pegado a una mujer.

Me obligué a sostenerle la mirada a Boyd. El odio brillaba en las profundidades de sus ojos.

Me mostró los dientes.

—Me arrepiento de los años que he malgastado en tu culo de paleta.

Jonah soltó un gruñido y dio un paso adelante. Boyd escapó corriendo de su alcance. Mi ex rodeó con un brazo a su madre para consolarla. Tuve una visión clara de cómo habría sido mi matrimonio. Yo sola contra ellos dos.

Ella se movió y a punto estuvo de hacerlos caer a los dos.

—Coge el anillo —espetó, y lo agarró del brazo.

La mirada de Boyd pasó de Jonah a mí.

El estúpido y odioso anillo de corte esmeralda que él afirmaba que era una reliquia familiar y que se negaba rotundamente a que le cambiáramos la talla. Llevaba cuatro meses aterrorizada de que esa puñetera cosa acabara en el retrete y Corinne me mandara de una patada al infierno.

Me lo arranqué de un tirón y lo lancé al pasillo.

—Sé un buen chico y ve a buscarlo para tu madre.

—Siempre ha sido una grosera sin modales —le dijo Corinne a Boyd mientras lo llevaba a rastras en la dirección en la que había rebotado el anillo—. Te lo dije.

Sentí un regusto ácido en la garganta. Esa mujer no me conocía.

Sin embargo, no podía evitar la sensación de que sí me veía, y por eso me había esforzado tanto por complacerla, a ella y a Boyd.

No era grosera ni me faltaban modales, pero sí que en momentos malos podía ser una chica asustada y egoísta.

Jonah volvió a ignorarlos. Su mirada oscura se centró en mí.

—¿Summer? —preguntó en voz baja.

Por fin brotaron las lágrimas, derramándose sin control.

Había convertido el día en una mierda. Iba a tener que enfrentarme a mi familia, a los padres de Jonah y a otros amigos de la familia para decirles que la había cagado.

La gente había gastado dinero y había perdido el tiempo para venir a esta dichosa boda, y era culpa mía que no se llevaran nada a cambio.

Se me ponía la piel de gallina. Mi indecisión ya le había costado todo a algunas personas que me importaban, y estaba pasando de nuevo.

—No quiero enfrentarme a ellos. —No quería ver a nadie.

Se suponía que yo debía ser un ejemplo, pero me había engañado.

Era tonta. Una niña asustada y egoísta—.

No puedo dejar que mis hermanas me vean así.

—¿Podía irme antes de que se enteraran de lo que había pasado?

¿Podía marcharme sin más?—. No quiero ir a mi casa.