Capítulo 1 #2
La respuesta era fácil: le habría dicho a Junie que no era demasiado tarde. Le habría dicho que no tenía por qué seguir adelante con aquello, y que yo siempre iba a apoyarla. Le habría dicho que se marchara cuanto antes, que yo podía encargarme de todo.
Más lágrimas cálidas anegaron mis ojos.
—No puedo cancelar la ceremonia. Es demasiado tarde.
—¿Quieres a Boyd? —preguntó Autumn.
Me lamí los labios; el sabor salado de las lágrimas me picó en la lengua.
—¿Sí?
Wynter cruzó con las otras dos una mirada que decía «lo sabía».
—Si él te quiere, lo entenderá.
—Tampoco es una pregunta que tengas que responder ahora mismo —dijo Autumn. Mis tres hermanas volvieron a rodearme como un trípode—. Creo que tienes que decirle que cancele todo, que no estás preparada, y luego, más adelante, ya decidirás si lo quieres y si quieres seguir con él.
Decirle a Boyd que había que cancelar la boda… Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Iba a enfadarse muchísimo y yo iba a ser la destinataria de esa frialdad que utilizaba cuando se enfadaba.
—Es que todo ha sido tan precipitado…
No especifiqué qué era lo que me parecía precipitado, pero todas asintieron con expresión solemne.
—¿Quieres que vaya a buscarlo? —preguntó Junie.
Negué con la cabeza y me quité el velo con cuidado. Autumn me lo arrebató de las manos como si temiera que me lo volviera a poner y siguiera adelante con la boda. Colgó el precioso tocado al otro lado de la estancia, fuera de mi alcance.
Había dado el primer paso, uno diminuto, y podía dar otro. Y luego otro. No pensaba enfrentarme a él en este lugar, donde mi velo estaba colgado de un perchero, donde estaba mi equipaje preparado para la luna de miel en Bali, el destino que él había elegido.
—Le diré que me espere en la puerta trasera, junto al almacén. —Era la salida más cercana al aparcamiento, pero la entrada principal estaba a la vuelta de la esquina, y era por donde iban a entrar todos los invitados—. No se lo digáis a los chicos todavía, ¿vale?
Lo último que necesitaba era que mis hermanos montaran un escándalo con Boyd, la estirada de su madre y su padre, que probablemente ya estuviera medio borracho a esas alturas.
Me levanté y mi elegante vestido de satén blanco se deslizó hasta el suelo a la perfección.
El encaje alrededor de mi cuello y sobre mi pecho y mis brazos me picaba muchísimo.
Había querido un vestido sencillo, como el que había llevado Wynter, pero ya la había imitado bastante al acelerar mi boda apenas unos meses después de que ella se casara.
Yo era la mayor. Se suponía que debía dar ejemplo, pero mi hermana pequeña había encontrado el amor y se había asentado. Estaba esperando su primer hijo. Esa debía ser yo.
Ese no era el día adecuado para ser competitiva. No debí haber dejado que Boyd me empujara y precipitara un acontecimiento vital con el que había soñado desde que era una niña.
El vestido se arremolinaba alrededor de mis piernas mientras iba hacia la puerta del fondo, que daba a la otra sala, la que mis hermanas habían usado para cambiarse. Me dejé puestas las zapatillas y abandoné los tacones junto al velo. Me detuve en el pasillo y le envié un mensaje a Boyd.
Yo: Tengo que hablar contigo. Nos vemos en la salida sur de la iglesia, donde está el almacén grande.
Guardé el móvil en un bolsillo oculto en lo más profundo de la falda del vestido.
Mi ritmo cardíaco se calmó al tener conmigo algo que era mío, que yo misma había elegido.
Mientras me adentraba en el pasillo vacío, me serenó el hecho de darme cuenta de que mi familia podía localizarme. No estaba sola.
Tate me había llamado tres veces en el último mes, algo que rara vez hacía. Desde que anuncié la inminente boda, tanto Teller como Tenor habían hecho más paradas en la destilería familiar de Bozeman para visitarme.
Vale, a ver: mi familia iba a apoyarme; Boyd iba a entenderlo porque, si me quería, debía desear que fuera feliz. E iba a sentirse mal por haberme presionado.
Corrí hacia el lugar de la reunión, con el frufrú de mi vestido como mi única compañía.
Boyd no había respondido aún al mensaje.
Esperé, cambiando el peso de un pie a otro, con los nervios inquietándome más y más a medida que pasaba el tiempo y yo seguía ahí.
No bajé la mirada. No quería ver la palabra « Novia » bordada en plata en la parte superior de mis zapatillas.
Una suave música de piano se filtraba por el pasillo desde la capilla. La entrada estaba al final del otro pasillo. A mis hermanas y a mí nos habían puesto en la sala más apartada. La iglesia era grande y ya estaba llena de murmullos. ¿Cuánta gente había asistido?
Mi madre debía de estar recibiendo a la gente que iba llegando, aunque la señora Harrington había insistido en que se quedara conmigo, como si mi madre fuera demasiado tosca como para saludar a nadie junto a Boyd.
Mi madre podía parecer dócil y sumisa, pero hacía lo que le daba la gana.
Y yo debería haber tomado nota de esa actitud.
—¿Qué está pasando? —El tono autoritario de Boyd rompió el silencio.
Me di la vuelta, y un grito ahogado se escapó de mis labios. ¿Había estado en la capilla saludando a la gente? ¿O el plan era mantenernos a mí y a mi familia encerrados hasta que llegara la hora de la ceremonia?
La claridad que sentía en ese momento habría tenido que llegarme mucho antes, pero al menos aún no era demasiado tarde.
—Yo… eeeh… —Al parecer, anunciar la cancelación de una boda al novio era más difícil de lo que esperaba.
—Summer —espetó—. Tenemos diez minutos, y tienes un aspecto… —Hizo un sonido de desaprobación. Me agarró por las mejillas y me pasó los pulgares por debajo de los ojos para limpiarme el rímel corrido—. Estás hecha un desastre.
—Gracias —dije con sarcasmo.
Frunció el ceño e intentó quitarse el negro de los pulgares frotándose los dedos.
—Ya sabes a qué me refiero. —Cerró los ojos y pareció recomponerse—. Estás preciosa, pero sé que preferirías estar radiante el día de tu boda.
Hacía eso a menudo, ¿verdad? Replanteaba una situación para que se centrara en lo que yo quería, de modo que quedaba en ridículo si no estaba de acuerdo, pero en realidad se refería a lo que él quería. Me incitaba hacer lo que él quería.
Levanté la barbilla.
—Yo quería una boda en verano.
Su expresión fue estupefacta.
—¿De verdad? ¿Y ahora me lo dices?
—Ya te lo había dicho antes. Quería esperar. —Estaba dando vueltas alrededor del tema y eso no era propio de mí. Summer Kerrigan no se andaba con rodeos—. No voy a seguir adelante con la boda. —Solté el aire con fuerza. Ya estaba. Lo había hecho. Una chispa de orgullo se encendió en mi pecho.
Él soltó una carcajada.
—Muy bueno. ¿Cómo sabías que me estaba poniendo tenso y que necesitaba relajarme? —Sus ojos brillaban, pero había un aura rara a su alrededor, una acumulación de energía siniestra.
La sensación no era nueva. Normalmente yo cedía cuando intuía que estaba descontento. Boyd era un buen partido… en teoría. En persona, ya no estaba tan segura.
—No estoy bromeando, Boyd. No quiero casarme ahora mismo. —Enderecé los hombros. Los últimos minutos habían sido más que reveladores y supe que no solo estaba cancelando una boda: también estaba acabando con todo—. No quiero casarme contigo.
Sus rasgos se quedaron mortalmente inmóviles y el ambiente se volvió asfixiante. No lo vi mover el brazo hasta que la bofetada retumbó en el pasillo. Giré la cabeza bruscamente hacia un lado, pero incluso entonces necesité un segundo más para entender qué acababa de pasar.
Me había abofeteado. Me llevé la mano a la cara. Un calor punzante se extendía por mi mejilla cuando él se acercó a mí.
—No vamos a jugar a esto —dijo con voz grave y amenazante.
—Me has pegado una bofetada…
—Eso ni siquiera ha llegado a bofetada. Ahora vuelve dentro, límpiate esa mierda de la cara y no salgas hasta que seas la preciosa novia que quiero.
—Los pensamientos me daban vueltas en la cabeza.
Me tenía atrapada contra la pared y se cernía sobre mí.
Su voz rezumaba amenaza y, al mismo tiempo, me hablaba como si fuera una niña.
Como si fuera una muñeca de carne y hueso que él podía usar como quisiera.
Y eso era justo lo que le había permitido hacer todo este tiempo.
Una oleada de humillación se extendió por mi cuerpo hasta donde antes solo había habido conmoción.
¿Cómo no me había dado cuenta de todo esto?
—. No vas a avergonzarme así —dijo, ajustándose las solapas de la chaqueta del esmoquin—.
Te daré un poco de tiempo para que te pongas presentable.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Llevo un vestido de novia y unos bonitos rizos en la cabeza que se deslizan como una cascada de hielo. ¿No te parece eso lo bastante presentable?
Me empujó por los hombros y me di un golpe en la nuca contra la pared.
—Esta noche me encargaré de esa boca tuya.
—No quiero lo que sea que tengas planeado para ella.
Retiró el brazo y, demasiado tarde, vi el puño dirigiéndose hacia mi estómago. Mis pulmones se convirtieron en hielo. No podía respirar.
Entonces, lo apartaron de mí de un tirón y lo estrellaron contra la pared de enfrente.
Un par de hombros anchos y familiares, con un pelo castaño oscuro y algo rizado que le llegaba hasta el cuello, me taparon la vista.
El mango curvo de madera de un bastón, en horizontal con respecto al suelo, apareció ante mis ojos.
Boyd estaba inmovilizado contra la pared por un bastón.
Me enderecé. Casi me había dado un puñetazo y yo me había encogido.
Me había encogido ante el hombre con el que se suponía que iba a casarme. El hombre que acababa de abofetearme. ¿Cómo no había visto a Boyd tal y como era? Sus padres eran horribles. ¿Por qué había llegado a pensar él iba a ser diferente?
—Mantén las putas manos alejadas de ella —gruñó el recién llegado con una voz grave que despejó las telarañas de recuerdos que habría preferido olvidar para siempre.
No podía ser él.