Bourbon Runaway (Serie Bourbon Canyon 2)
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Capítulo 1
Summer
Era un día precioso para casarse, pero yo solo podía rezar para que se detuviera el tiempo.
—Mira qué bien ha quedado todo. —Mi hermana menor, Wynter, vino hacia mí para alisarme el velo, y yo la contemplé a través del espejo.
Llevaba el cabello rubio recogido hacia atrás con grandes bucles que se deslizaban en cascada por su espalda.
El vestido plateado que llevaba hacía que su ligero bronceado pareciera más pálido.
Debería haber insistido en dejar que mis hermanas eligieran color.
Extendió los lados del velo, y, con la luz de la sala de la iglesia en la que estaba con mis damas de honor incidiendo sobre mi cabeza, dio la impresión de que llevaba un halo.
Wynter acarició con los dedos el encaje de mis hombros—.
Qué tejido tan precioso. —Llevaba todo el día haciendo comentarios: sobre la bonita iglesia que Boyd y su familia habían elegido, sobre el bonito vestido, sobre las bonitas vacaciones en Bali…
Todo era tan bonito…
Una novia quiere algo más que «bonito» para el día de su boda.
Una novia quiere algo más que a sus hermanas intentando hacer ver que todo iba bien.
Sentí un nudo en el estómago y me llevé los dedos a los labios.
—Dios mío —susurró Wynter. Su mirada se posó en Junie, nuestra hermana con más mundo y la segunda más joven, como si Autumn no fuera a entender por qué estaba preocupada. Autumn no era tan ingenua como todos pensaban.
Puse los ojos en blanco.
—Dios, no, Wynter. No estoy embarazada.
El miedo me atravesó el corazón al pensarlo. ¿No debería ser decepción? Tenía más de treinta años y por fin me iba a casar. Quería una familia, pero la idea de quedarme embarazada en ese momento me daba casi tantas náuseas como las que iba a sentir al subirme después a una lata con alas.
Un puñetero avión. Boyd sabía de sobra lo que pensaba sobre volar, y, sin embargo, me había sorprendido con los billetes a Bali, como si mi cuerpo claustrofóbico fuera a ponerse a saltar de alegría.
Mañana por la mañana iba a estar sentada en primera clase, como si eso hiciera más llevadera la idea de estar encerrada en un ataúd volador con otras cien personas.
Sentí un nudo en el pecho y las lágrimas me escocieron en los ojos.
Parpadeé rápidamente y se me corrió el rímel.
—Mierda.
—Voy a buscar una toallita. —Autumn saltó del taburete. Su vestido susurró al moverse; no se parecía en nada al vestido de verano que me había imaginado cuando de niña fantaseaba con mi boda.
Llevaba el pelo rojo peinado de forma similar a Wynter.
Un estilo bonito y elegante. Para contener las lágrimas, eché un vistazo a la sala a través del espejo.
Sofás mullidos. Obras de arte dignas de una galería.
Molduras de techo. No era la iglesia a la que iba de cría, aquella en la que pensaba casarme, pero la sala era bonita.
Tan… bonita…
—¡Ya está! —Autumn blandió una toallita desmaquillante como si fuera a resolver todos mis problemas.
Wynter la detuvo poniendo una mano delante de mi cara.
—Pero eso le quitará toda la base de maquillaje.
—Ah, es verdad. —Autumn entrecerró los ojos y discutió el tema con Wynter.
Junie se levantó y se unió a ellas, con sus ojos color avellana pensativos. Las tres se pusieron en semicírculo frente a mí, concentradas en el dichoso maquillaje como si fuera su salvavidas. Cualquier cosa con tal de ignorar lo melancólica que había estado todo el día.
—No pasa nada. —Extendí la mano para coger la toallita—. No me importa si se me ven las ojeras.
Las tres me miraron parpadeando, y las lágrimas amenazaron de nuevo con brotar. Me temblaba la mano.
—Summer —dijo Wynter en voz baja—. Hagas lo que hagas, te apoyaremos.
No se refería al maquillaje. Sentí una oleada de esperanza, pero la reprimí. ¿En qué estaba pensando? Boyd era un buen hombre. Un tío agradable, un bonito novio.
Bonito. Joder. Lo que habíamos hecho —joder— a su modo metódico y predecible.
Pero también resultaba arrollador en los momentos más inoportunos. Como con esta boda.
—Estaba tan emocionado por casarse después de estar en tu boda, Wynter… —susurré.
A mí también me había encantado esa ceremonia.
Wynter y mi nuevo cuñado, Myles, habían irradiado felicidad en su gran día.
Estaban hechos el uno para el otro, y yo había querido algo así para mí, así que cuando Boyd me pidió matrimonio al día siguiente —para no entrometerse en el día especial de la feliz pareja, y eso fue un detalle, maldita sea—, pensé que era una señal de lo que debía hacer.
Como decía a veces mi madre: «O meas o te bajas del orinal».
Cuando le dije que sí, ignoré esa vocecita en mi cabeza que me regañaba diciendo que una boda tan repentina no era lo que yo quería.
Boyd había dicho que cuatro meses eran tiempo más que suficiente, que una boda el día de San Valentín sería perfecta, así nunca iba a olvidarse de nuestro aniversario.
Jaja. Me reí ante eso, aunque por dentro me sentí un poco decepcionada.
Pero la más pequeña de mis hermanas ya se había casado. Yo era mucho mayor que ella, siempre la había cuidado, y, sin embargo, ella había encontrado al amor de su vida.
Yo tenía a Boyd.
La voz insistente en mi cabeza había regresado para enumerar los defectos de Boyd. La había acallado durante tanto tiempo que se había convertido en algo natural, pero hoy la muy perra se negaba a callarse.
Me había pedido que me vistiera con algo «especialmente bonito» cuando fuéramos a conocer a sus compañeros de trabajo. ¿Acaso pensaba que, de no decirme nada, iba a parecer una desaliñada?
Había tirado algunas de mis camisetas viejas favoritas, y yo había tenido que esconder una manta que me había hecho a ganchillo la madre de un antiguo novio para que no la tirara también.
Se había apropiado de las noches que yo salía con mis amigas, organizando en su lugar citas festivas y divertidas hasta que todas mis amigas siguieron haciendo esas noches de chicas sin mí.
Esa voz se estaba volviendo más y más fuerte; me retumbaba en la cabeza y me estaba quitando las gafas de color rosa.
Junie me apretó el hombro. Llevaba unas mechas rojas en el pelo, algo de lo que ya me habían hablado Boyd y su madre.
Yo le había dicho a mi hermana que el color de su pelo me daba lo mismo.
Quería que Junie estuviera a mi lado, y si tenía el pelo amarillo neón o negro azabache, no me importaba.
Su estilo era diferente al de Wynter y Autumn.
Se había tapado un poco los mechones rojos recogiéndose el pelo en un moño en la nuca.
—¿Estás intentando ocultar el rojo de tu pelo, June? —No utilicé «Junie», para que supiera que quería una respuesta sincera. La culpa y el miedo se reflejaron en su rostro y yo entrecerré los ojos—. ¿Te lo ha pedido Boyd?
Se mordió el labio. En su interior se libraba una guerra: decirme la verdad o mentirme.
—Ha sido la señora Harrington —confesó por fin.
Corinne Harrington. La madre de Boyd y una auténtica bruja. ¿Era ella la razón por la que Boyd me había insistido en que añadiera más y más mechas doradas a mi cabello rubio fresa? Y, fuera como fuese, ¿por qué le suponía un problema mi color del pelo?
¿Y por qué yo hacía todo lo que él me pedía?
La madre de Boyd también estaba en la lista de esa voz.
Corinne había mencionado de pasada que teníamos que limitar el número de invitados para excluir de alguna manera a los niños que mi madre adoptiva había acogido.
Mae Bailey quería a todos sus hijos de acogida, y aunque Lane y Cruz solo llevaban trabajando para ella desde el verano, y aunque eran adultos, ya estaban grabados en su corazón como si fueran suyos.
No solo eran hermanos de Myles, también eran hombres decentes, a los que me había negado a permitir que ella sacara de la lista de invitados.
«Pero tanta gente, Summer… — había dicho Corinne—. La iglesia no debería estar a rebosar».
Boyd me había retirado la palabra durante dos días después de que yo le dijera a su madre que, si mi familia y mis amigos no estaban allí, yo tampoco iba a estar.
Y ahora que sí estaban presentes, era yo la que no quería estarlo.
—¿Summer? —me llamó Wynter: cogió un taburete y lo arrastró hacia mí, sin prestarles atención a la cola de su vestido ni a su barriga de embarazada de ocho meses.
Yo había querido esperar a casarme hasta que Wynter tuviera al bebé.
No quería que se sintiera incómoda en mi día feliz, y no quería que estuviera de pie con tacones cuando estaba a punto de dar a luz en cualquier momento.
La señora Harrington pensaba que la barriga de embarazada de Wynter iba a ser una vergüenza, una mancha en todas las fotos. Su reacción horrorizada fue la única razón por la que me puse del lado de Boyd para celebrar la boda antes.
«¿Por qué retrasarlo hasta la primavera si para entonces ya estaremos esperando a nuestro propio hijo?», me había dicho.
Tenía muchas ganas de tener hijos, pero como él no dejaba de preguntarme cuándo me iba a quitar el diu , le había dicho que iba a hacerlo después de la boda.
Le había puesto como excusa que no quería que mis hormonas estuvieran revolucionadas durante la ceremonia.
No tengo ni idea de si eso era cierto, pero dejó de presionarme.
¿Cuántas veces había tenido que buscar soluciones para adaptarme a su personalidad?
El corazón volvió a darme un vuelco y me puse la palma de la mano contra el pecho. ¿Qué me estaba pasando?
—Summer —repitió Wynter. No me había dado cuenta de que había apartado la vista de ella y la tenía clavada en el suelo de madera pulido.
—¿Sí?
—¿Quieres casarte?
Asentí, pero las lágrimas brotaron por fin de mis ojos y se derramaron por mis mejillas.
—No —susurré. Negué con la cabeza, parpadeando, y eso me manchó las mejillas de rímel. Resistente al agua, y una mierda—. No, solo estoy estresada.
Junie me agarró por los hombros y se agachó para que quedáramos a la misma altura.
—¿Qué me dirías si yo estuviera en tu lugar?