Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 30
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A utumn

Summer daba golpecitos con el pie contra el escritorio.

Me había apresurado a ir a Copper Summit después de salir del colegio para encontrarla.

Los dos últimos meses de felicidad conyugal con Gideon habían sido perfectos.

Me despertaba junto a él y sus rollitos de huevo.

Me acostaba acurrucada a su lado. Y pasábamos tanto tiempo entre las sábanas que Sprinkles evitaba entrar en nuestra habitación a la hora de acostarnos.

—¿Esto no es justo lo que le dijiste a Teller que no te gustaba? —Sus ojos brillaban. Le gustaba darle la lata a nuestros hermanos tanto como al resto de nosotros.

—Es precisamente lo que solía odiar. —Tenor y Teller se habían mostrado muy diligentes a la hora de comentar conmigo cualquier idea o cambio en el bar.

Había estado con ellos a cada paso del proceso de cambio al nuevo programa de inventario.

Pero eso era diferente. Era algo de lo que tenía que hablar con mis hermanas antes de plantearles la petición a nuestros hermanos.

Llamaron a la puerta y entró Wynter. Cerró la puerta tras de sí. Saqué el móvil y llamé a Junie.

—Esto parece tan clandestino… —Wynter apoyó las caderas en el borde del escritorio—. ¿Te acuerdas de cuando solíamos encontrarnos debajo de las escaleras para hablar de lo que íbamos a regalarles a todos los chicos por Navidad?

Summer puso los ojos en blanco.

—Siguen siendo un desastre a la hora de encontrar los paquetes que intento esconder. Cuando Jonah le hizo a Teller esa mesilla de noche en diciembre, Teller lo pilló justo cuando acababa de terminarla. Jonah intentó hacerse el indiferente y fracasó, y aun así dice que yo miento fatal.

—Y mientes fatal —dije.

Ella se cruzó de brazos.

—Todas lo hacemos.

—¡Holaaa! —canturreó Junie por el teléfono—. ¿Qué les estamos ocultando a nuestros hermanos?

Les había enviado un mensaje a todas la noche anterior para decirles que necesitaba hablar con ellas. Junie había sido la incógnita, pero debía de haber intuido la seriedad del tema. Nos había dicho que fijáramos una hora y que ella iba a estar.

Me puse las manos sobre el vientre. Los nervios me estaban matando.

Había una razón por la que iba a hablar primero con mis hermanas.

Confiaba en mis hermanos, pero si mis hermanas me decían que la idea era descabellada, no iba a tener más remedio que descartarla.

Si mis hermanos dijeran lo mismo, mi terquedad iba a imponerse y yo iba a seguir adelante impulsada por la emoción.

Si Summer, Junie y Wynter me decían que me estaba pasando de la raya, iba a entender que la decisión era la que consideraban mejor para el negocio.

Inspiré hondo.

—Vale, esto es lo que me gustaría comentaros…

G ideon

Estaba reponiendo el bar mientras que Autumn estaba en una reunión con sus hermanos.

Durante los tres últimos meses, había experimentado esa clases de felicidad conyugal que creía que era un sueño imposible.

Cuando Autumn trabajaba durante el día, mi padre y yo echábamos una mano en el banco de alimentos, un par de días a la semana.

Algún donante «anónimo» había organizado un servicio continuo de entrega de comestibles.

Mi padre se había limitado a mirarme y a negar con la cabeza, con una pequeña sonrisa oculta bajo su bigote bien recortado.

Por fin estaba utilizando todo ese dinero que había ahorrado durante años, que había invertido y que había hecho crecer.

Autumn y yo estábamos buscando una casa más grande, pero no teníamos prisa por mudarnos.

Yo había estado echando una mano en el rancho, y Tate había recurrido a los conocimientos de mi padre.

Los Bailey necesitaban comprar maquinaria y Tate nos había pedido que estuviéramos atentos a las subastas y ventas de inmuebles en busca de buenas ofertas.

Mi padre y yo examinábamos minuciosamente los anuncios de maquinaria agrícola y, a veces, hacíamos un viaje para ver alguna pieza de cerca y anotar nuestras observaciones. Aún no habíamos comprado nada, pero ya les habíamos dicho que se les acababa el tiempo.

Dejé una caja del nuevo barril especial de verano de Copper Summit en el almacén.

Ya no estaba detrás de un escritorio, y mi espalda y mis hombros estaban agradecidos.

No necesitaba una silla ergonómica si no iba a estar sentado doce horas o más al día.

Cuando salí, Autumn asomó la cabeza por la pared que bordeaba la entrada.

—¿Tienes un momento? Los chicos quieren hablar contigo.

Me picó la curiosidad, pero probablemente solo querían preguntarme por el calendario de labranza. Quizá supieran cómo cultivar, pero mi padre y yo conocíamos bien esa tierra, sabíamos cómo se comportaba a lo largo de las estaciones, dónde se inundaba y qué partes drenaban bien.

Entrelazó sus dedos con los míos. Prefería ir detrás de ella para admirar su trasero, ya que se había puesto la misma falda marrón que llevaba cuando le pedí matrimonio oficialmente.

No llevaba el jersey navideño, pero su holgada camiseta color crema le dibujaba las curvas de una forma que conseguía que se me hiciera la boca agua.

No me cansaba de ella.

La sala de reuniones estaba en la planta superior, donde se encontraban las oficinas.

Las paredes estaban cubiertas de fotos familiares de los Bailey .

En algunas imágenes aparecían niños que no reconocía, pero Autumn me había dicho que eran los niños en acogida de los que los Bailey se habían ocupado a lo largo de los años.

Quienquiera que hubiera estado bajo el techo de los Bailey en algún momento aparecía en una foto familiar.

Sus hermanos estaban repartidos alrededor de la mesa. Teller, Summer y Tenor en el lado opuesto al mío. Tate en la cabecera. Wynter estaba frente a Teller. Autumn eligió un asiento junto a ella y yo ocupé el sitio vacío a su lado.

—Junie está en manos libres —dijo Autumn.

—¡Holiii! —canturreó Junie.

—Hola, Junie —saludé.

Se había pasado por el pueblo en Año Nuevo, superentusiasmada y repartiendo regalos a diestro y siniestro.

Autumn estaba preocupada por ella. Según la prensa sensacionalista, Junie había roto con un galán de la música country y los programas de cotilleos se divertían mostrando fotos de él con todas las mujeres que se cruzaban en su camino.

Sus hermanos estaban preocupados, pero Tenor había afirmado que los problemas de Junie no tenían nada que ver con los hombres. Insistía en que se trataba de negocios. Yo no conocía a Junie, pero Autumn estaba intranquila, así que a mí también me importaba.

Tate entrelazó los dedos y apoyó las manos sobre la mesa.

Los dos éramos antiguos directores generales vestidos de manera informal, con vaqueros y sudaderas con capucha: la suya era de Bailey Beef y la mía, una vieja del Silver.

Por fin le estaba sacando partido al merchandising que me habían regalado durante mi etapa al frente de la empresa.

—Autumn se acercó a mí hace unas semanas —dijo—. Luego Summer. Y Wynter. Y Junie.

Summer arqueó una ceja, sin mostrar ningún remordimiento. Wynter esbozó una sonrisa burlona. Le eché un vistazo a Autumn, que parecía muy satisfecha de sí misma.

—Pensé que ya era hora de que las chicas tuviéramos una charla antes de presentarles nuestra decisión a los chicos.

Teller gruñó y Tenor asintió.

Tate dio unos golpecitos con las yemas de los dedos.

—Autumn cree que tenemos que vender algunas propiedades. —Myles y Jonah no estaban allí. ¿Por qué estaba yo? Yo no tenía voz ni voto sobre ninguna de sus propiedades.

Autumn me cogió de la mano. Sonreía, radiante. Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar. No. Ella no le habría pedido a Tate que vendiera…—. Cree que deberíamos venderte Percival —dijo Tate, confirmando lo que yo ya había intuido.

Acababan de asumir todos los gastos de la compra de la pro piedad. Me habría encantado tener la oportunidad de comprar la casa de mi familia, pero no quería causarles un agujero financiero. No merecía la pena.

—¿Qué opinan los demás?

Tate curvó los labios.

—Parece lo más sensato.

—Todos estamos de acuerdo —dijo Summer.

Wynter asintió. Teller se cruzó de brazos y se recostó en la silla hasta que chirrió.

La oferta no tenía sentido desde el punto de vista empresarial. Iban a perder dinero y a sacrificar los planes que habían hecho para cultivar algunos de sus propios cereales para Copper Summit . No iban a poder ampliar el rancho ni utilizar toda la valla nueva que mi padre y yo habíamos reparado.

—¿Qué sacáis vosotros de todo esto?

La sonrisa de Tate se amplió, como si disfrutara de mi incredulidad. Así era tener un hermano.

—La felicidad de Autumn. Nuestro padre nos enseñó que no todas las decisiones tienen que beneficiar económicamente a la empresa.

—«El dinero nunca debe ser tu primera prioridad en todo momento» —recitó Wynter.

—Queríamos ser nosotros los compradores para asegurarnos de que se quedara en la zona. —Tate extendió las manos—. Tú eres de aquí.

Nacido y criado ahí, y dispuesto a quedarme. Les eché un vistazo a los que estaban sentados alrededor de la mesa.

—¿Cuánto nos vais a cobrar?

—Lo que pagamos por ella.

Tenía esa cantidad. En unos días laborables, podía ser suya.

No. Tenía que haber trampa. Era demasiado bueno para ser verdad. Entonces caí en la cuenta.

—No.

Autumn me apretó la mano.

—¿Gideon?

Negué con la cabeza.

—Si queréis la propiedad de Autumn a cambio…

—No —dijo Teller—. No la queremos. Vuelve a comprar la casa para que no nos sintamos como una mierda haciendo planes para usarla mientras tú trabajas para nosotros y te niegas a que te paguemos.

Yo no había rechazado que me pagaran. Solo había aceptado descaradamente las comidas de Mae como pago.

—Ni siquiera vamos a condicionar la venta a que firmes un contrato con Copper Summit —intervino Tate— . Pero si quieres dedicarte a la agricultura, estaremos encantados de hacer negocios contigo.

—Podemos repasar mis presupuestos y ver qué os parece —dije—. Llevo tiempo queriendo que mi padre les eche un vistazo. —Un granjero. De director ejecutivo de un casino y un hotel a la agricultura y la ganadería—. No sé lo que estoy haciendo.

—Tienes un recurso increíble a tu disposición.

Mi padre.

Solté una risa entre dientes y clavé la vista en la superficie de la mesa. La madera brillaba y estaba rellena de resina epoxi de tal forma que parecía que un río discurría por el centro.

¿Quería dedicarme a la agricultura? ¿Trabajar con los Bailey en lugar de para ellos? ¿Enseñarles a mis hijos cómo era esa vida, llevarlos a montar a caballo y mostrarles el lugar donde recordábamos a su abuela?

Mientras tuviera a Autumn, me daba igual lo que hiciera.

¿Pero quedarme con la granja Percival? Esa vez me parecía lo correcto.

Esos últimos meses habían sido un despertar.

La agricultura y la ganadería las llevaba en la sangre.

Mi madre me había transmitido su amor por la tierra, pero la obsesión del abuelo por quién era dueño de qué y por qué se había borrado.

Podía volver a disfrutar de pasar mis días al aire libre, prestar atención a la tierra y al tiempo, decidir qué maquinaria comprar, estudiar el mercado…

Para mí era más gratificante que ganar millones al año para otra persona.

Más que eso, era la oportunidad de volver a pasar tiempo con mi padre.

No podía olvidar el pasado, pero por fin lo entendía.

Estaba deseando transmitir mi amor por la tierra a mis propios hijos.

Solo que esa vez sabía que podía hacerlo desde cualquier lugar.

No tenía por qué ser Percival. Aunque si lo fuera…

Autumn se mordía el labio inferior, como si le preocupara haber ido demasiado lejos. Mi hogar estaba con ella. El resto eran solo cuestiones prácticas.

—No tenías por qué hacer esto —le dije.

—Por Dios, Gideon. Cómprala. Ya resolveremos el resto.

Los ojos de mi mujer estaban muy abiertos, brillantes. Mi mundo estaba en esa mirada. Ella quería que la tuviera, así que iba a comprarla. Para nosotros.

—De acuerdo. Prepara los papeles.