Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 29
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G ideon

Quería llevarme a Autumn al almacén y dejar a todo el mundo fuera.

Nos habríamos desnudado y la habría tenido desnuda y contra la pared en menos de un minuto.

Pero eso iba a tener que esperar. Estaba detrás de la barra con ella.

Estaba acurrucada a mi lado, donde debía estar.

Mi anillo estaba en su dedo y yo me había vuelto a poner el mío.

Su familia nos había felicitado y después lo habían hecho los distintos empleados de la destilería. Había adornos navideños colgados en las esquinas y luces con forma de copos de nieve alrededor de las ventanas, pero la decoración no me molestaba porque ya estaba con mi mujer.

Las palmadas en la espalda de sus hermanos habían sido demasiado fuertes, pero me las merecía.

Ahora ellos también eran mis hermanos. Mi familia había pasado de ser solo mi padre y yo a convertirse en un grupo numeroso y próspero que nos había aceptado a los dos cuando no estábamos en nuestro mejor momento.

Los Bailey convirtieron su fiesta de Navidad en una celebración.

—No me puedo creer que estés aquí. —Era la tercera vez que lo decía.

Le levanté la mano, aquella en la que lucía el enorme diamante que casi no se atrevía a llevar. Sus hermanas la habían obligado a dejárselo puesto en lugar de guardar el anillo en la caja y cerrarla con llave durante la noche.

Le acaricié la piel cálida con el pulgar.

—Créetelo, polvorín. No me voy a ir. —Agaché la cabeza para susurrarle al oído—. Pero me gustaría irme contigo ahora mismo.

Sus ojos se iluminaron.

—Vámonos. Wynter puede cerrar el local.

—Tu familia está aquí.

Entrelazó sus dedos con los míos.

—No querrán ver lo que viene después.

Me eché a reír y ella cogió el abrigo y me llevó a rastras hacia la puerta. Nos fuimos entre una oleada de vítores y gritos.

—Toma. —Le tendí las llaves—. Ya volveremos mañana a por tu coche. Quiero ver tu terreno. Más vale que conduzcas tú.

—Ya es de noche.

—Volveremos cuando haya luz.

—Probablemente la carretera esté cortada.

No entendía de qué iba la cosa. Necesitaba que supiera que me comprometía con nuestra relación. También la necesitaba a ella. Llegamos a la puerta del conductor y la abracé. El abrigo le rodeaba el cuello y su pelo formaba un halo rojo alrededor de su cara.

Era mi ángel de nieve particular.

—¿Sabes de algún buen sitio donde parar para que puedas ponerte en mi asiento y echarte encima de mí?

Abrió mucho los ojos.

—Claro. —Me arrebató las llaves de la mano y arrancó.

La luna estaba alta y apenas había nubes.

Aun así, estaba oscuro en la finca de los Bailey.

No distinguía mucho más que un paisaje blanco del que asomaba hierba marrón.

Estábamos en un camino de grava en medio de la nada.

Se detuvo junto a un tramo que parecía que podía ser el desvío hacia un largo camino de entrada o una carretera estrecha si se despejara de nieve.

Después de dar marcha atrás para que estuviéramos bien apartados de la carretera, apagó las luces—.

Este es el camino de acceso. Los chicos lo usan para cazar y hay un rincón para pescar que a veces utilizamos.

Estoy deseando que lo veas en primavera.

—Se mordió el labio inferior y miró fijamente por el retrovisor, que no mostraba más que oscuridad. Algo la preocupaba.

—Puedes contarme lo que sea.

Su expresión se suavizó.

—Me encanta su belleza sencilla. Es un auténtico oasis al aire libre, nunca pensé en construir una casa aquí.

—Pues no lo haremos.

Me miró fijamente.

—¿Tan sencillo como eso?

—Así de sencillo.

Esbozó una sonrisa y se desabrochó el abrigo.

—Siempre dices lo que hay que decir.

—No siempre, pero lo haré. Te lo prometo.

—Me quité el abrigo y lo tiré al asiento trasero, junto al suyo.

Me había llevado muy pocas cosas. Podía comprarlas nuevas—.

Ahora ven aquí. —Mi erección empezaba a resultarme incómoda.

Verla quitarse el abrigo de invierno había sido como un striptease privado.

La ayudé a trepar por encima de la consola y recliné el asiento hasta el tope.

Por fin, su peso descansó sobre mí. Ninguno de los dos se movió.

Tenía las manos sobre mis hombros y el pelo alrededor de la cara.

La devoré con la mirada—. Eres preciosa.

—Le acaricié la mejilla—. No te merezco.

—Gideon. —Pegó su cara a la palma de mi mano. Sentía los latidos de la sangre en mi entrepierna y quería saborearla. Era mía para siempre, pero quería tenerla en ese instante.

—Antes de conocerte, era un cascarón vacío.

—pellizqué una bolita de su jersey. Era monísima, de la forma más sexy posible—.

Sin ti, era un capullo con el que nadie quería estar.

—Le levanté el jersey lo justo para dejar al descubierto los cremosos montículos de sus pechos.

Las luces del salpicadero creaban un halo a su alrededor.

Los acaricié con las palmas de las manos.

Probablemente no había mucho tráfico en esa carretera, pero no iba a desnudarla del todo, por si acaso—.

Estoy deseando quitarte toda la ropa, pero ahora mismo solo quiero estar dentro de ti.

—Menos mal que esta noche me he puesto una falda.

Me eché hacia delante para lamerle los pezones a través de la fina tela de su sujetador. Sus pequeños y turgentes pechos me provocaban, pero podía prestarles atención más tarde.

—No voy a aguantar mucho más. —Deslicé la mano por sus botas.

También podía dejárselas puestas. Cuando llegué a sus bragas, metí los dedos por debajo—.

No quiero perder el tiempo quitándotelas.

—El calor que desprendía me abrasaba los dedos.

Deslicé un dedo en su interior; ella arqueó la espalda y se balanceó contra mí.

Me abrí los pantalones con la otra mano.

Apenas había espacio entre nosotros. Cuando por fin me liberé, me detuve—. No tengo condón.

Ella seguía moviendo las caderas, con los ojos cerrados y una expresión de éxtasis pintada en el rostro.

—No pasa nada. Hay más cosas que podemos hacer.

—Tengo pensado penetrarte profundamente, pero necesito saber si tú también lo quieres. Necesito que sepas que no ha habido nadie más que tú. Y necesito saber si estás preparada para esto.

Se quedó quieta.

—¿Lo dices en serio? ¿No te importaría si me quedara embarazada?

—Joder, no. En cuanto dejé de ser tan estúpido y me di cuenta de que estaba dejando que el miedo me mantuviera anclado al pasado, me pareció más que bien. Quiero tener hijos contigo. Quiero criarlos contigo. Y quiero que cuenten con el enorme apoyo que suponen tu familia y mi padre.

Me acarició la mejilla y me rozó el labio inferior con el pulgar.

—Yo también quiero eso. Y te quiero dentro de mí.

Se me escapó un gruñido. Saqué el dedo de dentro de ella y le aparté bruscamente las bragas hacia un lado. La penetré y ella se restregó contra mí.

—Joder —gemí.

—Gideon —jadeó ella.

Cuando estuve completamente dentro, ella me miró a los ojos. Mis emociones se reflejaban en los suyos. Era intenso. Podía sentirlo todo. Cada pequeña sacudida.

—Estás empapada… —Todas las sensaciones se amplificaban y no era solo porque estuviéramos piel con piel. No había nada entre nosotros. Ella me tenía por completo.

—Tú me pones así.

La agarré de las caderas.

—No volveré a dejarte nunca más.

—¿Lo prometes? —Su mirada era soñadora mientras me cabalgaba perezosamente.

—Nunca más, joder. —Le puse el pulgar en el clítoris y un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo—. Ese puto sonido. ¿Sabes cuánto he soñado contigo?

—No tanto como yo he soñado contigo. —Su ritmo se aceleró.

Era el paraíso sobre mí y a mi alrededor.

Sus gemidos de deseo, ese olor a algodón de azúcar que me había dejado hambriento mientras estuve en Las Vegas, y ese cuerpo exuberante.

La energía se acumuló en la base de mi columna vertebral, tensándolo todo.

Me concentré en su placer; de lo contrario, todo habría acabado.

Su respiración se entrecortó—. Gideon. Estoy a punto.

—Córrete —dije con los dientes apretados—.

No voy a aguantar más. —Era un puto milagro que hubiera aguantado tanto tiempo.

Un grito se le escapó de los labios y su ritmo se volvió errático.

Por fin. Aumenté la presión sobre su clítoris e hice que acercara la cabeza.

Gracias a la estrecha cabina de la camioneta, no tuve que recorrer mucha distancia antes de poder capturar su boca y meter mi lengua en su interior.

Se estremeció al alcanzar las primeras fases del clímax.

Con la lengua, acompañé las breves embestidas que podía dar en aquel espacio tan reducido.

Se puso rígida y echó la cabeza hacia atrás.

Dejé de refrenar el orgasmo. Un rayo de placer atravesó mi cuerpo por entero—. Joder. Autumn . Joder.

Ella se retorcía sobre mí, me estrechaba en su interior, me exprimía. Cerré los ojos con fuerza y me entregué a ella. Esa era mi mujer. Mi esposa.

A utumn

Nos habíamos recuperado tras nuestra primera ronda en la camioneta, él se había cambiado de sitio conmigo y nos habíamos ido a casa.

Sprinkles recibió unas cuantas caricias rápidas por su parte antes de que nos encerráramos en el dormitorio y me devastara dos veces más.

En ese momento yo tenía apoyada la cabeza contra el pecho desnudo de Gideon y le recorría con los dedos los contornos de sus abdominales.

Estaba casada.

Estaba casada de verdad. Eso no era una farsa. No era un acuerdo. Éramos Gideon y yo, emprendiendo una vida juntos.

—¿Qué te hizo cambiar de opinión? —No debería preguntárselo, pero sabía que él iba a contármelo. Lo que había dicho delante de todo el mundo en el bar lo había dejado muy claro. Era hora de que completáramos esta conexión entre nosotros—. Sobre los hijos, digo.

Su pecho se elevó, se detuvo un instante y luego volvió a bajar.

—Cuando hablé con mi padre, le dije que tenía miedo de ser como él.

—Seguí acariciándole la piel, intuyendo que aún no había terminado de hablar—.

Estar aquí, contigo, me ha desenterrado un montón de recuerdos.

Buenos recuerdos. No me puedo creer que hubiera olvidado tantas cosas.

Pero volver a c-casa, a Percival, fue la clave.

Las imágenes de mí, de mis padres surgían sin cesar en mi cabeza.

Lo mismo que cuando te visité en el colegio.

La función. El puñetero truco o trato. —Sacudió la cabeza—. Menudo viaje al pasado.

Me di cuenta de cómo se había titubeado al pronunciar la palabra casa.

—¿Va a ser difícil que la granja Percival no esté en la familia? Deja, no contestes. Claro que lo será.

—Sí y no. —Se quedó en silencio. Le puse la mano sobre su corazón palpitante—.

Siempre será el hogar donde crecí. Esos recuerdos son míos.

No tengo la voz de mi abuelo en mi oído, diciéndome cómo debería sentirme al respecto.

Me encantaba ese lugar. Siempre me encantará.

¿Me gustaría que siguiera siendo de la familia?

Sí, pero en cierto modo lo es. Se lo dejaremos a nuestros hijos.

—Así iba a ser, siempre y cuando Bailey Beef no decidiera venderla.

Pero el nombre de Gideon no figuraba en ninguno de los documentos.

Me abrazó con más fuerza—. Cuando me fui de casa a los dieciocho años, Bourbon Canyon no me atraía ni de lejos tanto como lo ha hecho durante el último mes.

Fue la hostia de difícil. Intenté ignorarlo.

Seguir mi camino, obstinado. Entonces me enviaste esos putos papeles.

No estaba dispuesto a renunciar a ti —concluyó con un gruñido.

—Me estaba volviendo loca esperando a que aparecieran en mi bandeja de entrada.

—Había una razón por la que no le había dicho a mi abogado que enviara esos documentos, polvorín, y era porque todavía quería estar casado contigo.

Estar casado contigo significaba que seguías siendo mía.

Entonces me despertaste de una vez por todas.

He llevado anteojeras toda mi vida y tú me las has quitado de un tirón.

—Me acurruqué contra él. No podía estar más cerca—.

Cuando le dije a mi padre que me daba miedo tener hijos, ese miedo se esfumó sin más.

—¿Como si decirlo en voz alta le hubiera quitado el poder?

—¿Te acuerdas de la fiesta que organizó?

Me incorporé y me apoyé en un codo. Él me acarició suavemente el pelo e hizo que me tumbara sobre su pecho.

—Sí.

—Las emociones que sentí al volver fueron intensas. Abrumadoras. Y lo primero que me entraron ganas de hacer fue tomarme un trago fuerte. Me asustó, Autumn. Con lo que siento por ti… Joder, fue aterrador.

Lo entendí sin que él tuviera que explicarlo. Le preocupaba que, si me pasara algo, no iba a ser mejor que el padre al que había condenado durante años.

Le di un beso en la piel cálida de su pectoral.

—Lo siento.

—También hablé con mi padre sobre eso. No digo que el miedo haya desaparecido, pero puedo gestionarlo. Te tengo a ti para hablar. Y a él. Son dos personas más de las que tenía cuando me encontré con una pelirroja descarada en el ascensor del Silver.

Me eché a reír.

—Sigue hablando conmigo. Si no lo haces, enviaré a mi familia a por ti.

Se estremeció.

—No creo que tuviera ninguna oportunidad contra tu madre.

—Ninguno de nosotros la tiene. Entonces… ¿vas a ser un marido amo de casa?

—Estás preocupada, ¿verdad?

—Quizá un poco. —¿Iba a llegar el día en el que no pensara que todo era demasiado bueno para ser verdad?

No respondió de inmediato. Se lo había preguntado en el bar, pero necesitaba oír los detalles. Tenía que saber que no había nada de qué preocuparse. Él tenía que ser tan feliz como yo.

—Pasaré el rato con mi padre. —Sonreí. Lo había dicho con mucha sencillez. Tenían mucho tiempo perdido que recuperar, pero al parecer no iban a desperdiciar más—. O, no sé. —Se en cogió de hombros—. Quizá tus hermanos necesiten a alguien para trabajar.

—¿Trabajarías para mis hermanos?

—Me gustaba llevar el ganado con ellos. Sé un par de cosas sobre agricultura, y se rumorea que quieren empezar a sembrar en primavera.

Parpadeé, asombrada.

—Pero ¿serás feliz?

Me cogió de la mano. Me había dejado puesto el enorme anillo de diamantes. Podía quitármelo más tarde. O no. Me estaba convirtiendo en una adicta a los diamantes.

—¿Contigo? Siempre.