Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 28 #2
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28 #2

Junie había vuelto a Nashville para pasar las vacaciones componiendo canciones con unos amigos.

Rara vez se quedaba mucho tiempo en el pueblo y, con su creciente popularidad, solía entrar y salir a escondidas.

Decía que no quería que su vuelta a casa se convirtiera en noticia.

Summer, Wynter y yo pensábamos que no quería toparse con el amor del instituto que había dejado atrás ni con sus adorables hijas.

Tate parecía estar intentando ligar con Scarlett; tenían las cabezas echadas una hacia la otra, sonreían y se reían. Tate solía entretener a la gente cuando era el jefe, pero desde que se había hecho cargo del rancho, charlaba un poco y luego se dedicaba por completo a su mujer.

Me tragué mis celos. ¿Podría usar la excusa de la diarrea para marcharme antes?

No. No iba a irme antes de que acabara la fiesta. En cuanto tuviera noticias de la empresa a la que había contratado para tramitar el divorcio, iba a ser soltera y no pensaba regodearme en la autocompasión.

Al menos, tanto no.

Quizá algún día tendría lo que tenían Tate, Wynter y Summer. Quizá. Algún día, algún año, dentro de mucho tiempo.

Estiré los dedos de mi mano izquierda. No mires.

Estaba detrás de la barra. En mi lugar seguro. Llevaba un jersey navideño verde con bolitas mullidas con dibujos de adornos de árbol, una falda marrón gruesa y botas hasta la rodilla. Tenía un aspecto festivo.

Pero mi ánimo no lo era.

Al final iba a tener que explicar por qué esa noche no llevaba mi anillo de boda.

Mis hermanas se habían dado cuenta, pero no me habían preguntado.

Había demasiada gente alrededor. El anillo estaba en casa, guardado en un joyero y arrinconado en el extremo más alejado de mi cómoda.

Esa noche era la idónea para estrenar el dedo anular desnudo.

Mi plan para intentar anunciar el fin de mi matrimonio sin parecer patética ya estaba en marcha.

En la sala de descanso del trabajo, mis compañeros seguían preguntándome por Gideon.

El lunes pensaba decirles que el tiempo invernal y nuestro trabajo nos mantenían separados, que nuestras vidas estaban demasiado separadas —con un puchero de corazón roto—, que su trabajo era importante para él y mi familia estaba en Montana.

Iba a aguantar las miradas de lástima como una campeona y luego a llorar con Sprinkles por la noche.

Lo peor de mi plan eran mis hermanos. Todos, «casualmente», se pasaban por el bar y me preguntaban cómo estaba cada noche que trabajaba.

Nunca preguntaban por Gideon. No señalaban que sus sospechas podían haber sido acertadas, que Gideon solo se había casado conmigo para manipular la venta.

Yo no mencionaba que sí, que así había sido.

Hay cosas que una chica tiene que guardarse para sí misma.

Me desahogaba llorando con mi gato y con mis hermanas.

Pero primero necesitaba el cierre definitivo que suponían los papeles del divorcio firmados.

Gideon debería haber recibido el correo hacía unos días.

El matrimonio iba a terminar oficialmente en cualquier momento.

La empresa que había contratado me había prometido un divorcio rápido.

Las Vegas era conocida por las bodas relámpago.

Los divorcios fáciles no se anunciaban tanto, pero también los ofrecían.

Tenor se acercó. Sus ojos marrones estaban inundados de preocupación. Se subió las gafas. El pelo, algo largo, le llegaba a la gruesa montura.

—¿Gideon no ha podido venir?

De mis tres hermanos, no había pensado que fuera él quien sacara el tema.

Tate y Teller eran más directos, pero habían andado con pies de plomo a mi alrededor desde que Gideon se había marchado.

Tenor había sido el blanco de mis emociones, gracias a la charla sobre el inventario, pero ahí estaba.

Era lógico que fuera él el primero en enterarse del fin de mi relación con Gideon.

Le di un sorbo a mi Kentucky Mule con una pequeña pajita.

No había añadido suficiente bourbon como para que lo que tenía que decir me resultara más fácil, y esa era mi primera y única copa de la noche.

La ansiedad me revoloteaba en el estómago, pero al menos me distraía del dolor que sentía en el pecho.

La única comunicación entre Gideon y yo había sido el correo con los documentos del divorcio, y ni siquiera lo había enviado yo directamente.

Era el momento.

—De hecho, hemos decidido que lo mejor sería divorciarnos.

Tenor ladeó la cabeza como si no pudiera creer lo que acababa de decir.

—¿Divorcio?

— Síp. —Pronuncié la pe con fuerza y di otro largo sorbo. La lima tenía suficiente acidez como para evitar que me dejara llevar por mi mal humor. Era difícil estar de mal humor cuando el sabor del verano bailaba en mi lengua—. Lo intentamos. Eso hay que reconocerlo.

—Autumn…

Era la lástima. Esa mirada de «lo siento mucho» y de «ya me lo veía venir» que tanto había temido. Se me aceleró el pulso. Tenía razón. Sabía que eso iba a pasar y, aun así, estaba destrozada.

Era una tonta. De las peores: una tonta enamorada con el corazón roto.

—No, no. No pasa nada. Quiero decir, lo intentamos. —Se me hizo un nudo en la garganta. ¿Lo había intentado? Gideon no. Pero ¿y si yo lo hubiera intentado con más ganas?

Teller apareció junto a Tenor.

—¿Qué pasa?

Por el rabillo del ojo, vi a Tate abriéndose paso entre la gente del bar para llegar junto a nosotros. La mirada de Scarlett estaba clavada en mí, pero sabía que tener a un montón de gente a mi alrededor solo me haría sentir cohibida. Mis hermanas sabían lo que pasaba.

Moví el dedo anular y esbocé una sonrisa forzada.

—El matrimonio terminará pronto oficialmente. Nuestras vidas han tomado caminos diferentes. —Sonaba como si estuviera recitando un guion.

En ese momento tenía a tres hermanos mirándome con el ceño fruncido.

—Ese capullo —masculló Teller.

Negué con la cabeza. Estaba decepcionada con Gideon, pero no soportaba oírlos despotricar contra el que pronto iba a dejar de ser mi marido. Había sido una decisión de los dos.

—No, no pasa nada. Quiero decir, todo el mundo lo veía venir.

—Quizá eso fue lo que pensamos al principio —dijo Tate—. Pero no duró mucho tiempo. De verdad creía que encontraría la manera de que funcionara.

Primero tenía que querer hacerlo.

Teller se acercó y me envolvió en un fuerte abrazo.

—Estamos aquí para apoyarte.

Me apretujó y no pude moverme, aunque tampoco quería hacerlo.

La pena se coló por mi tambaleante barrera mental y me inundó.

Por mucho que me hubiera repetido a mí misma que el matrimonio no era real, me lo había parecido.

El tiempo que pasé con Gideon había sido un sueño, pero no me lo había imaginado.

Solté un suspiro tembloroso y me dejé envolver por el consuelo fraternal.

La visita de Junie había sido muy necesaria y en ese instante me apoyaba en la fuerza de mis hermanos.

Necesitaba que me mimaran de esa forma que normalmente me irritaba.

Había vuelto a ser una chica herida y asustada por su futuro, pero las heridas no eran físicas y mi futuro no era incierto esa vez. Tan solo estaba vacío.

Abrí los ojos. Los demás empleados iban a enterarse muy pronto del divorcio e iba a correrse la voz. Ellos iban a hacer todo el trabajo por mí. Entonces, todo habría terminado oficialmente.

Mi cara seguía aplastada de lado contra el pecho de Teller mientras que Tate se acariciaba la barba con el ceño fruncido. La cam panilla de la puerta tintineó, le echó un vistazo, se quedó mirándola con sorpresa y se enderezó.

El bullicio del bar se acalló. Teller aflojó el abrazo; Tenor fruncía el ceño hacia la entrada. No podía ver más allá de Teller, así que me aparté un poco para enterarme de quién había hecho que el bar se quedara en silencio.

Gideon se acercó a mí con paso sigiloso. Su mirada no se desvió hacia mis hermanos ni hacia ninguno de los demás asistentes a la fiesta. Estaba centrado en mí.

Tenía que ser un sueño. El divorcio me estaba volviendo loca.

Mis hermanos no se apartaron para dejarlo pasar. Todos se habían vuelto hacia Gideon y formaban una barrera a mi alrededor, bloqueando el paso hacia la parte de detrás de la barra. Intenté apartar a Teller y a Tenor de un empujón, pero fue como tratar de mover unas paredes de hormigón.

—¿Gideon? ¿Qué haces aquí? —Estaba alucinando, seguro.

Pero mis hermanos no se habrían puesto en guardia ante cualquier otro hombre alto, de hombros anchos, pelo oscuro y penetrantes ojos verdes.

Pero si Gideon hubiera estado ahí de verdad, habría parecido un dios de los negocios en lugar de llevar la misma ropa con la que había trasladado ganado y el abrigo que se había comprado para su breve regreso al invierno de Montana.

—He borrado ese puto correo. —Su voz era más suave y tenía más cuerpo que cualquier bourbon que pudiéramos producir. Y era real. Estaba ahí.

—¿Qué correo?

Se volvió hacia Teller, luego hacia Tate y, finalmente, hacia Tenor, antes de volver a dirigirse a mí.

—Ya sabes cuál.