28
G ideon
Caía una ligera nevada. Salí de mi camioneta y moví los hombros. El viaje había sido largo, las carreteras habían estado en pésimo estado durante parte del trayecto, pero había hecho el recorrido en un solo día.
Me encontré frente a los edificios de apartamentos de aspecto moderno.
Eran de una sola planta y sin escalones, unidos entre sí y construidos en tres secciones diferentes para formar un patio que seguro que en verano era muy agradable.
En ese momento, la glorieta estaba llena de nieve. Lo mismo ocurría con los senderos.
Me rodeaban los ruidos de motores lejanos, pero el barrio estaba tranquilo. La luz del piso que tenía delante se filtraba a través de las cortinas cerradas.
Llamé a la puerta. Se oyeron unos pasos al otro lado.
La puerta se abrió de par en par sin vacilar, sin siquiera dar tiempo a mirar por la mirilla. Mi padre arqueó las cejas. Llevaba la barba bien recortada, pero vestía la misma ropa de siempre. Era un hombre adinerado, pero seguía llevando una vida sencilla.
—¿Giddy?
—Hola, papá.
No se movió. Yo tampoco.
Se asomó y miró a su alrededor hasta fijarse en la camioneta roja nueva que había comprado hacía dos días.
—¿Estás solo?
Solo de cojones .
—¿Por qué no me la vendiste a mí? Necesito que me lo digas sin rodeos.
Suspiró y abrió la puerta de un empujón.
—Pasa. Estamos dando el espectáculo.
El interior de su piso era completamente diferente a la casa en la que yo había crecido. Había comprado muebles nuevos, que le hacían mucha falta. Un sencillo sofá de dos plazas y un sillón reclinable. No cabía mucho más. Un pequeño comedor unía el salón con la cocina.
Había una cosa que no había cambiado. La última foto de familia que nos habíamos hecho el verano antes de que muriera mi madre colgaba de la pared frente al sillón reclinable.
Tenía que ver su cara sonriente todos los días.
En la foto, yo también sonreía de oreja a oreja.
Mi madre acababa de burlarse de él por su bigote torcido y todos nos habíamos reído.
Ese momento había quedado capturado para la eternidad.
No me senté. Me metí las manos en los bolsillos del abrigo. Era el mismo abrigo que había llevado la última vez que había estado en Montana.
—Sé que dijiste que todos tenemos que ser libres para vivir nuestra propia vida. Creí que lo entendía, pero me temo que no es así. Y tengo que estar seguro. —Se me hizo un nudo en la garganta—. Tengo que estarlo.
Se dejó caer en el borde del sofá de dos plazas y juntó las yemas de los dedos.
—¿Sabías que tu madre quería ser profesora?
La sorpresa me invadió antes de que se apoderara de mí un lento y creciente horror. Sentí cómo se me calentaba la nuca al recordar algunos comentarios que mi padre me había hecho cuando habíamos hablado el mes anterior.
—No.
—No le dejaron salir del pueblo para ir a la universidad. Su sitio estaba en la granja. Era hija única y todo eso.
La consternación me quemó aún más las entrañas.
—Ella quería mucho la granja Percival.
—Sí, siempre se le dio bien hacer limonada cuando la vida le daba limones.
—Su expresión se tornó cariñosa—. Hablábamos mucho de ti y de lo que pasaría cuando crecieras.
Le preocupaba que pensaras que eso era todo lo que había en la vida.
Que su padre te presionara igual que la había presionado a ella.
Cerré los ojos. Así había sido.
—Me gustaba la granja.
—Creo que sentías que tenía que gustarte, o de lo contrario no valías nada.
—Inspiré bruscamente. Aquel lugar había sido mi hogar.
Había sido el centro de todos mis recuerdos felices.
Sin embargo, la felicidad de esos recuerdos provenía de mis padres y no de la granja—.
A ninguno de los dos nos gustaba cómo te presionaba tu abuelo.
Estaba obsesionado con aquel lugar, y creo que su salud en declive lo convirtió en un fanático aún mayor.
No podía estar presente para controlarlo todo.
Tu madre quería que fueras libre para vivir tu propia vida.
Para ella era importante que tuvieras las oportunidades que ella no había tenido.
Una vez dijo que debería vender el lugar para poner fin al pensamiento tóxico de su padre.
Me tapé la cara con las manos. ¿La venta había sido idea de mi madre? ¿Había sido ella quien me había impedido comprarla?
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Me importaban una mierda la granja o el rancho; ella no estaba allí y a mí todo lo demás me daba igual.
Sé que me odiabas por ello, pero prefería que me odiaras a mí antes que a ella.
Tenías la cabeza tan llena de las palabras de tu abuelo que pensé que era todo o nada.
O te liberabas por completo de Percival y descubrías lo que de verdad querías en la vida, o te quedabas anclado a ese lugar y con nada más que tu orgullo mientras condenabas a cualquier futuro hijo al mismo destino que el mío y el de tu madre.
Mi padre no había querido ser otra cosa que granjero o ganadero. Había limitado las opciones de mi madre y luego se había quedado atrapado allí. Si hubiera intentado vender cuando el abuelo Percival aún vivía, mi abuelo le habría hecho la vida imposible.
Y la mía, por extensión.
—Deberías habérmelo contado. Deberías haber confiado en mí para atribuirle la culpa a quien correspondía. —¿Habría cambiado algo? Era igual…
Mi padre movió la mandíbula de un lado a otro.
—Quizá tenía miedo de que le guardaras rencor. No quería eso. Ni para ti ni para mí.
No podíamos volver atrás en el tiempo y cambiar lo que habíamos hecho. Y yo estaba tan harto de estar enfadado…
—Lo siento —dije con voz ronca.
—No. —Negó con la cabeza una vez—. No. No tienes nada de qué disculparte. Para cuando recuperé la cordura, ya era demasiado tarde para ser una buena influencia. Demasiado tarde para decirte que podías hacer lo que quisieras.
—No habría sabido lo que quería. Habría dicho que quería la granja Percival.
—No debería haber sido una decisión de todo o nada —dijo con tristeza.
—El abuelo Percival lo convirtió en eso.
—No sabes lo aliviado que me siento al oírte reconocerlo. Me da esperanzas de que quizá algún día no me odies.
Tragué saliva con dificultad y eché la cabeza hacia atrás para mirar el techo de color blanco roto. Las paredes eran sencillas, pero esa casa era más luminosa de lo que la nuestra había sido jamás tras la muerte de mi madre.
—No te odio.
—¿Sabes? Quizá empiece a creerlo.
—¿Porque estoy aquí?
Él negó con la cabeza.
—Porque no me has echado la bronca cuando te he llamado Giddy. —Una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios—. Y esta noche me has llamado papá.
—Joder, papá. —Me pasé una mano por el pelo. La gorra de béisbol que llevaba puesta estaba en el asiento del copiloto—. Me he portado fatal contigo y he sido un capullo egoísta con Autumn.
—Tengo que admitir que me alegro de que no estés en el pueblo solo por mí. Miró fijamente mi dedo anular desnudo. Mi anillo estaba en el bolsillo—. Me preocupaba que vosotros dos ya no estuvierais juntos.
—Echo de menos mi hogar. Lo volví a encontrar con Autumn y lo tiré por la borda. —Lo que iba a decir a continuación quizá le hiciera daño, pero tenía que soltarlo. Él tenía las respuestas—. Me aterra perderla. Tengo miedo de…
—¿De convertirte en mí? —La tristeza inundó su mirada.
Se acercó a mí, me agarró por los hombros y me estrechó entre sus brazos.
Yo era unas pocas pulgadas más alto que él, pero me sentí transportado al pasado.
Era mi padre de antaño, el de los recuerdos felices que nunca iba a volver a alejarse de mí.
Cuando se apartó, me miró fijamente—. Tienes miedo de convertirte en mí. —No era una pregunta.
—Lo entiendo, ¿sabes? Cada vez que me enfado y me apetece tomarme una copa, pienso en lo mucho que me parezco a ti. —No lo dije con mala intención.
El arrepentimiento se reflejó en su expresión.
—Joder, Giddy, lo siento. Si alguien me hubiera dicho antes de que muriera tu madre que tendría un problema con el alcohol, no le habría creído. Eres consciente de ese impulso. Ya vas por delante de mí. Estoy orgulloso de ti, ¿sabes? Siempre lo he estado.
Sus palabras cerraron una herida muy profunda en mi interior que había estado ignorando.
—Autumn quiere tener hijos.
—¿Y tú?
—Me aterroriza la idea, pero… —Quería ser ese tío que llevaba todas las maletas cuando iba de viaje con su mujer y sus hijos—. Hubo muchos años en los que mi padre fue un tipo genial. Siempre he tenido un buen modelo.
Se le llenaron los ojos de lágrimas y volvió a pegarme a él.
—Necesitaba oír eso, y ni siquiera lo sabía.
—Tenía los brazos pegados al cuerpo. ¿Cuándo fue la última vez que abracé a mi padre?
Hacía tantos años que nos habíamos perdido…
Correspondí al abrazo, por muy incómodo que fuera.
Al cabo de un minuto, se apartó, conteniendo las lágrimas—.
Te fuiste del pueblo y pasaron las semanas.
Pensé que si esa chica no podía retenerte aquí, este viejo tampoco conseguiría que volvieras.
—La esperanza iluminó sus ojos. Yo sabía a qué le tenía miedo.
Tenía muchas ganas de contárselo todo. «Sí, papá. Me casé con Autumn para engañarte y que me vendieras la propiedad». Pero había habido más razones para entrar en aquella capilla de lujo con ella. Me había cautivado desde el primer momento.
—Lo importante es que ahora he vuelto.
A utumn
La fiesta de Navidad de la empresa en Copper Summit estaba llegando a su fin, pero al mismo tiempo también se encontraba en su apogeo.
Chance, Brinley y Darin se habían ido a casa con mi madre hacía una hora.
Se quedaban a dormir con ella. Lo mismo ocurría con Elsa.
Myles y Wynter la habían llevado en coche y habían regresado hacía unos minutos. Estaban en una mesa con Jonah y Summer.
Tenor y Teller estaban de pie junto a otra mesa, charlando con los destiladores y nuestros repartidores. Cada uno de mis hermanos tenía un vaso de bourbon y gesticulaba con él como solía hacer mi padre.