Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 27
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A utumn

Estaba acurrucada en el sofá, arropada con una manta.

Desde que Gideon se había marchado, los viernes por la noche consistían en mi gato y una serie policíaca.

Había empezado con una comedia romántica, pero había cambiado de canal en cuanto vi la primera sonrisa enamorada del protagonista a la protagonista.

No podía con ello. Prefería a un detective británico severo y un asesinato.

Si la historia se desarrollara en el extranjero, no tenía que arriesgarme a que los personajes visitaran Las Vegas.

Hundí la cuchara en el helado. Esa noche me estaba dando un atracón de dulce. Dudaba que pudiera tomarme un bloody Mary o comerme una aceituna en semanas. Probablemente en meses.

¿Años?

No, eso era demasiado patético.

Aunque tampoco pasaba nada si nunca volviera a beberme otro bloody Mary ni me comiera otra aceituna rellena de queso azul.

Sonó el timbre. Fruncí el ceño mirando hacia el ventanal. Una esperanza peligrosa se apoderó de mi pecho. ¿Gideon había vuelto? ¿Se había comprado un coche y había conducido hasta Bourbon Canyon para declararme su amor eterno?

Claro.

—¡Deja de lloriquear y abre la puerta! —gritó una mujer desde el otro lado.

¿Junie?

Empujé a Sprinkles para que se bajara de mi regazo, y gruñó y se estiró. Me levanté y fui a echar un vistazo por la mirilla.

Mi hermana estaba al otro lado, con la cara escondida en el cuello de su abrigo. Movía los pies de un lado a otro para entrar en calor.

Abrí la puerta de un tirón.

—¿Ya no aguantas el frío?

Puso los ojos en blanco y me empujó para pasar, envuelta en una nube de loción con aroma a peonía.

—Me puse un jersey cuando toqué en Phoenix la semana pasada. —Se quitó las botas mullidas con la punta del pie. En el rancho no habrían tardado ni cinco segundos en estropearse—. Estábamos casi a veintiún grados. Me dio mucha vergüenza.

—Llevas demasiado tiempo lejos de casa. —El arrepentimiento brilló en sus ojos y le di un abrazo al que ella correspondió con fuerza—. No te estaba criticando —le expliqué entre su melena rubia oscura con mechas moradas—. Me alegro por ti.

Se apartó y me dedicó su mejor sonrisa de portada de revista.

—Ay, gracias.

Seguí sujetándola por los hombros. Yo era su hermana y a la familia nunca le dedicaba esa sonrisa tan falsa.

—¿Qué te pasa?

Se desplomó en mis brazos

—No estoy aquí por mí.

—Si has venido por mí, no hay nada que contar.

—Miró el bote de helado a medio comer. Había pasado de los botes pequeños y había optado por el envase de medio litro de galletas y crema.

Las dos últimas semanas preparando el terreno en el trabajo habían sido agotadoras.

«Sí, Gideon ha vuelto al trabajo. El Silver solo podía pasar sin él durante un tiempo.

Pero, ya sabes, no pasa nada. Me encanta dar clases, y quizá él pueda llegar a un acuerdo para trabajar a distancia».

Cada palabra había agrandado el cráter que su ausencia había dejado en mi corazón—. Es la noche de los caprichos.

Se adentró lo suficiente en el salón como para ver la tele e hizo una mueca de disgusto.

—¿Es una de esas series policíacas británicas tan malas?

—Me encantan las series policíacas británicas.

—Cuando acabas de pasar por una ruptura.

Ahogué un sollozo.

—No hemos roto. —Se me llenaron los ojos de lágrimas. Las dos últimas semanas me había sentido como si lo hubiéramos hecho—. Teníamos un acuerdo. Él siempre tuvo pensado marcharse. Es solo que…

Se quedó boquiabierta y parpadeó. No era habitual que Junie se quedara sin palabras.

—Ay, no. ¿El matrimonio era falso? —Asentí. Una lágrima me resbaló por la mejilla—. Y, aun así, te enamoraste de él.

—Muchísimo.

Me agarró del codo y me llevó a rastras hasta el sofá. Me senté en el rincón que había dejado libre cuando ella había llegado. Aún estaba caliente. Desapareció en la cocina y volvió con una cuchara y un envase de helado de menta con trocitos de chocolate.

—¿No decías que no tomabas lácteos y que nunca comías después de las nueve de la noche?

—Había leído un artículo sobre ella en una revista y había bromeado con Summer porque cuando Junie estaba estresada solía pillarla junto al armario de la cocina, con galletas saladas y queso, a medianoche; como durante los exámenes finales, antes del baile de fin de curso y en los meses previos a que decidiera dedicarse a la carrera de cantante.

Se dejó caer en el otro extremo del sofá y metió los pies bajo la manta. Como si intuyera que había dos cuerpos cálidos disponibles, Sprinkles volvió a entrar en la sala pavoneándose.

—Eso fue para la revista. Y, para que conste, dije que la leche me empeoraba el eccema. Nunca dije nada sobre el helado ni el queso. Además, el helado es mejor que el vino que Wynter y yo nos tomamos cuando ella estaba deprimida por culpa de Myles.

Ninguno de nosotros bebía cuando estaba triste. Nuestros padres nos habían enseñado a asociar las bebidas alcohólicas con los buenos momentos y la familia. De ahí el helado.

—¿Y lo de no comer después de las nueve?

—En algún sitio son las cinco. —Le quitó la tapa al envase—. Tienes el corazón roto y los demás están preocupados por ti.

—¿De verdad? —Scarlett se había quedado merodeando por el colegio, pero yo podía haber rivalizado con Junie y esa sonrisa suya para las cámaras.

Había trabajado el miércoles por la noche y tanto Summer como Wynter habían estado revoloteando a mi alrededor.

Había montado un buen espectáculo. No había razón para no hacerlo.

No necesitaba ver la expresión de lástima de nadie para saber que había cometido un error al pensar que podía salir ilesa del matrimonio.

Pero, al fin y al cabo, seguía casada. El abogado de Gideon aún no había enviado los papeles del divorcio. Yo seguía llevando el anillo. ¿Se lo había quitado él? Claro que sí. No tenía ningún motivo para hablarle de mí a nadie.

Más lágrimas brotaron de mis ojos. Clavé la cuchara en el helado.

—Scarlett dice que hablas como si estuvieras recitando un guion de teatro.

—Resoplé. Los únicos actores que Scarlett veía eran los niños durante las representaciones escolares.

Yo no montaba un espectáculo tan forzado—.

Wynter dijo que tuvo que arreglar cinco pedidos del bar a tus espaldas el miércoles por la noche.

—No es verdad. —Ante la mirada directa de Junie, intenté recordar aquella noche. Wynter había estado revoloteando a mi alrededor y hablando con los clientes más de lo habitual. Pensé que era porque le había contado cuál había sido el acuerdo entre Gideon y yo y me estaba evitando.

—Summer me dijo que le gritaste a Tenor.

Eso no lo podía negar. Tenor era el hermano más sensible y todavía me sentía mal por haberle echado una bronca.

En realidad, se había acercado a mí para hablarme de un nuevo sistema de inventario que iban a poner en marcha para toda la destilería.

Quería mi opinión desde el punto de vista del bar.

Con el mal humor que tenía, había dado por hecho que ya había tomado una decisión y que solo estaba tratando de calmarme.

Entonces me había enseñado la demo del programa y las distintas opciones que había investigado. Aún no me había disculpado, pero había revisado los programas y le había dado mi opinión en menos de veinticuatro horas.

—No he sido una persona agradable con la que tratar.

—Incluso mis alumnos habían notado mi mal humor y no paraban de preguntarme si estaba bien.

Reprimir mis emociones hasta el final del día y fingir que todo iba bien era agotador.

Cogí un buen trozo de helado de galleta y me sequé las lágrimas. No llores… otra vez.

—Ay, cariño.

—Negué con la cabeza, pero no pude mirarla a los ojos.

—Cuéntame cosas de ese tío tan guapo con el que estás de gira. ¿Está tan soltero como dicen los tabloides? Por favor, cuéntamelo todo. —No podía pasarme otra noche llorando por una situación que no iba a cambiar en un futuro próximo.

Ella chascó la lengua. Yo estaba desesperada por hablar de cualquier cosa que no fuera que no podía mirar ningún rincón de la casa sin pensar en Gideon.

De cómo esa mañana casi había llegado tarde al trabajo porque me había dado un ataque de llanto en el garaje.

Mi coche tampoco olía ya a Gideon. Solo había podido disfrutar de su aroma durante dos días enteros antes de que desapareciera.

—Bueno. —Me señaló con la cuchara—. Por supuesto, no se lo puedes contar a nadie, pero está saliendo con la otra cantante con la que estamos de gira, aunque todavía no lo han anunciado.

Suspiré, aliviada, y me hundí aún más en los cojines. Podía perderme en los dramas de los demás y olvidar que tenía uno propio.

G ideon

Un mes después de mi regreso a Las Vegas, era un cabrón malhumorado y todo el mundo en la oficina se mantenía a distancia. Mi asistente apenas me enviaba mensajes ni me llamaba, y cancelaba más reuniones de las que mantenía. Eso era lo que me había hecho un mes de dormir como el culo.

Me había reunido con Taya y Harold al día siguiente de mi regreso.

Él me había preguntado varias veces si todo iba bien y había mencionado mi misteriosa emergencia familiar, pero yo no le había respondido.

La mitad del tiempo que él me había estado contando sus planes, yo había estado fijándome en mi dedo anular izquierdo y en lo desnudo que se veía sin el anillo.

No le había dado a Harold una respuesta definitiva. Le había pedido que me diera de plazo hasta finales de año. Taya ya había dicho que sí.

Miré por la ventana. Mi oficina tenía casi tantos metros cuadrados como la casa de Autumn, solo que era un espacio diáfano. Entraba toda la luz que quería, pero cuando se ponía el sol, los rayos se volvían de neón.

No había hecho más que darme cuenta de lo diferente que era esa ciudad de cualquier otra. Me sentía como cuando había llegado por primera vez a la universidad, solo que estar en la ciudad no me aliviaba tanto como entonces.

¿Se había mudado ya mi padre a la residencia para mayores? ¿Se había comprado muebles nuevos con todo el dinero que había recibido, o se había llevado el sofá y el sillón reclinable, ya muy raídos? ¿Estaba haciendo amigos en lugar de quedarse solo viendo la tele después de comerse un bocadillo?

Preocuparme por él me hizo dejar de pensar en Autumn.

¿Cómo le iba? ¿Me echaba de menos? ¿Había cambiado de opinión?

A juzgar por mi teléfono en silencio… no. Se mantenía firme en su decisión.

Sentí un dolor en el pecho y me lo masajeé. Debía tomarme algo para la acidez que iba a acabar corroyéndome el esófago si seguía así.

No es reflujo, idiota.

Me pasé las manos por la cara. Llevaba todo el puñetero día peleándome conmigo mismo. Tenía que centrarme en el trabajo.

Las reformas del aparcamiento estaban en marcha y estábamos metidos hasta el cuello en la logística. Estaba abrumado y agradecido por ello. El trabajo me mantenía pegado a mi oficina. No necesitaba ver las sofisticadas decoraciones navideñas que adornaban los pasillos y los locales del Silver.

Ni de coña, gracias.

Me aflojé la corbata —esa maldita cosa me estaba estrangulando— y abrí el correo. Había un mensaje nuevo en la parte superior. El remitente: Canyon Legal .

Se me hizo un nudo en el estómago. ¿Qué coño era eso?

Se me secó la boca mientras leía el correo. Autumn había contratado a una empresa para localizar una copia de los papeles del divorcio que yo había hecho redactar. Solo necesitaba la firma de cada uno de nosotros y que el juzgado lo aprobara.

Sentí un ardor que me recorría la piel y me quemaba bajo el cuello de la camisa. Ella me lo había pedido y yo no lo había hecho. Así que se había encargado de dar el primer paso.

Estaba dispuesta a pasar página y dejarme atrás. Como todos los demás.

Pero no fue así, gilipollas. Papá se pasó años intentando llamar y ponerse en contacto.

Y lo había hecho antes de dejar de beber.

Autumn no se había puesto en contacto conmigo.

«No quieres ser ese hombre, Gideon».

«No estoy más cerca de saber la verdadera razón por la que no quieres tener hijos que cuando te lo pregunté por primera vez».

«Solo me mostraste una parte de ti, y eso es lo que no puedo soportar» .

No le había dado ninguna razón para que fuera a buscarme. Lo único que sabía de mí era que vivía para mí mismo y para nadie más.

«Percival es tu legado, Gideon» .

No, no lo era. Nunca debería haber cargado con ese peso sobre mis hombros. Ese pensamiento insidioso me había robado la vida. Había alimentado mi orgullo hasta convertirlo en mi peor enemigo.

Joder.

Llamaron a la puerta. Taya asomó la cabeza.

—¿Puedo pasar?

—¿Qué necesitas?

Se puso tensa. Yo había mantenido las distancias porque ella no había intentado mantener las suyas.

Se coló dentro y cerró la puerta del despacho tras de sí. Apoyada contra ella, cruzó las piernas de una forma que quizá pretendía seducirme.

—Esto tiene que acabarse, Gideon. Te has portado como un capullo desde que volviste. —Así era. Le eché un vistazo a la pantalla del ordenador. El futuro tampoco pintaba muy prometedor—. ¿Esto… tiene algo que ver con esa pelirroja?

—Mi mujer.

—¿Perdón? —Parpadeó con sus ojos azul cristalino.

—Esa pelirroja es mi mujer. Y sí, todo tiene que ver con ella.

Taya resopló. La pena borró el asombro de su rostro y un rubor de ira le subió por la piel.

—Dios mío, Gideon. ¿En qué estabas pensando?

—Ten mucho cuidado con lo que vas a decir a continuación.

La tensión se reflejó en su rostro. Pasó el peso de un tacón alto al otro.

—Vale —dijo con cautela—. Sé leer entre líneas. Tú estás aquí y ella no. Así que supongo que debe de haber problemas en el paraíso. Quizá deberías preguntarte qué puede ofrecerte ella que no tengas ya.

No hacía falta que me lo preguntara.

—Todo.