Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 26 #2
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—¿De verdad? —Las lágrimas amenazaban con brotar, pero sorbí por la nariz y dejé que el aire frío las congelara en su sitio—.

Nunca llegaste a deshacer las maletas, Gideon.

Me doy cuenta de que teníamos un acuerdo que terminarías con tu marcha, pero vivías con lo puesto.

Me pedías prestado el coche como si incluso alquilar uno fuera un compromiso demasiado grande.

Pero lo peor es que no hablabas conmigo.

No estoy más cerca de saber la verdadera razón por la que no quieres tener hijos que cuando te lo pregunté por primera vez.

Solo me dabas una parte de ti, y eso es lo que no puedo soportar.

Pero hay algo de lo que me he dado cuenta sobre mí misma: no se trata solo de los hijos.

Quiero una pareja. —Su mirada recorrió nuestro entorno una vez más.

Tenía las mejillas sonrosadas por el frío, lo que le daba un aire de estar molesto.

Lo triste era que, en realidad, no estaba molesto por mi rechazo, sino porque no entendía mi punto de vista—.

Nunca me pediste ver el terreno que mi padre me regaló.

Ese lugar lo es todo para mí, igual que tu casa lo era para ti.

Y, sin embargo, nunca fuimos a verlo. Me preguntabas por el trabajo, pero solo para distraerte de tus sentimientos.

—Negué con la cabeza y sorbí por la nariz—.

Quiero un hombre que se quede a mi lado aunque perdamos nuestra casa y tengamos que cuidar de cuatro niñas pequeñas.

Quiero un hombre que esté a mi lado durante décadas.

Quiero un hombre que no me abandone hasta que físicamente ya no pueda quedarse más.

—Perdí la batalla contra las lágrimas. Había tenido dos parejas de padres que me habían mostrado lo que quería.

Luché contra el impulso de meterme en el coche, envolverme con el calor de la calefacción y conducir hasta casa para poder esconderme bajo las sá banas con mi gato hasta que sonara el despertador para ir a trabajar al día siguiente—. Tú no quieres ser ese hombre, Gideon.

—Autumn. —Mi nombre salió ahogado.

—¿Le has dicho alguna vez a alguien en tu trabajo que te has casado?

—Cuando apartó la mirada y su nuez se movió arriba y abajo, el dolor punzante en mi pecho me dificultó la respiración—.

¿A Taya? —El movimiento negativo que hizo con la cabeza fue apenas perceptible.

Nada de eso era real y había hecho bien en proteger mi corazón.

Pero eso no significaba que me hiciera menos daño.

Retrocedí. No iba a tardar en derramar mis lágrimas.

Él dio un paso, pero yo levanté la mano.

Debería haberme puesto los guantes, pero mi piel podía estar tan expuesta y en carne viva como el resto de mí—.

Buena suerte con… —¿El grupo de inversión?

¿Taya? ¿Tu vida?—. Con todo. Haz que tu abogado me envíe esos papeles del divorcio.

Dicho eso, me metí en el coche y lo dejé allí, en aquella acera, al frío. Me atreví a echar un vistazo por el retrovisor. No se había movido.

Pero no iba a tardar en hacerlo. Montana no era su hogar.

G ideon

Las vistas eran impresionantes. Me quedé de pie frente a los ventanales que iban del suelo al techo y que enmarcaban, con un aire rústico a la par que elegante, el paisaje montañoso. Las cimas estaban coronadas de blanco y la nieve se extendía hasta la extensa campiña.

«Tú no quieres ser ese hombre, Gideon».

La reacción visceral que tuve cuando ella pronunció esas palabras fue abrumadora. No lo hice, pero estuve a punto de exclamar: «¡Y una mierda! Tú eres la única que está tirando la toalla» .

Pero ¿cómo iba a ser cierto si era yo quien estaba a punto de subir a un avión?

Qué absurdo. Autumn no se parecía en nada a Taya. Me llevaba bien con Taya. Física e intelectualmente, éramos compatibles, pero la ausencia de chispa era evidente. Por eso nunca habíamos sido más que compañeros de cama ocasionales y sin compromiso.

Me aferré al asa de mi maleta.

«Quiero un hombre que se quede a mi lado aunque perdamos nuestra casa y tengamos que cuidar de cuatro niñas pequeñas. Quiero un hombre que esté a mi lado durante décadas. Quiero un hombre que no me abandone hasta que físicamente ya no pueda quedarse más».

Autumn no hablaba mucho de sus padres biológicos. Era muy joven cuando murieron, pero sabía lo suficiente como para admirar el vínculo que había entre su padre y su madre. La relación de Darin y Mae había sido la envidia de Bourbon Canyon. Al parecer, seguía siéndolo.

La amargura se apoderó de mí hasta que un sabor a metal me invadió la lengua. Los Bailey y su puta familia feliz.

Durante unos breves instantes, había formado parte de esa familia.

Autumn se equivocaba. Había demasiadas cosas buenas entre nosotros. Lo nuestro podía funcionar.

Iba a regresar a Las Vegas, a escuchar lo que Harold Washington tuviera que decir, a invertir en un negocio que tuviera posibilidades de seguir en pie mucho después de que yo ya no estuviera…

«No estoy más cerca de saber la verdadera razón por la que no quieres tener hijos que cuando te lo pregunté por primera vez» .

Joder. ¿Cómo iba a hablar de algo que ni yo mismo sabía?

«Percival es tu legado, Gideon. Es para ti y para tus hijos».

Las palabras de mi abuelo se habían grabado a fuego en mi mente.

Me habían moldeado. Había dedicado mi vida a trabajar para aquel lugar.

Podía permitirme pagar cualquier precio que mi padre me hubiera pedido.

Había mantenido mi ira profundamente enterrada, sabiendo que él no me iba a ceder sin más lo que, por derecho, debía ser mío.

La granja y el rancho ya no eran míos. Había fracasado en todos los frentes.

Y no me sentía diferente. Era un día más, como cualquier otro, y esos niños en los que no quería pensar ya no importaban.

Sentí cómo se me tensaban los hombros. Giré la cabeza de un lado a otro, estirando el cuello. No pasaba nada: iba a volver a mi lujosa silla de oficina.

La espalda también empezaba a dolerme. Joder.

Quizá necesitaba jugar más al golf.

Odiaba el golf. La gente decía que las mejores relaciones se forjaban en el campo de golf o en las pistas de tenis.

Cada vez que oía eso, me invadía la frustración.

Había crecido a lomos de un caballo. Había corrido a toda velocidad por campos abiertos.

El cielo abierto había sido mi patio de recreo.

No había conocido una sensación similar hasta que me sumergí de lleno en Autumn. Hasta que me desperté con ella por la mañana y supe que iba a acostarme junto a ella por la noche.

—Mira, mamá. ¡Mamá! Mira. —Un niño pequeño se detuvo en seco a mi lado.

—Sí, Caleb. Ya lo veo. Ten cuidado. —La voz de su madre sonaba alterada.

Llevaba un cochecito con un bebé de ojos saltones.

Un chico trotaba detrás de ella, con varias bolsas colgadas de los brazos.

Llevaba una de viaje colgada de un hombro y del otro una con jirafas en el lateral, la funda de una cámara colgada al cuello y una mochila a la espalda.

—Disculpe —dijo la madre sin aliento, agarrando a su hijo por los hombros—. Está emocionado por ir a Disneyland.

El niño levantó hacia mí su rostro ilusionado.

—¿Vas a Disney?

Parpadeé. ¿Me lo estaba preguntando a mí, que tenía pinta de ir a un campo de golf?

Su padre iba vestido como si pudiera bajarse del avión y meterse directamente en la cola de la montaña rusa: pantalones holgados de color beige, zapatillas deportivas blancas y una camiseta con el logotipo de algún equipo de fútbol americano.

Quizá de Las Vegas, pero como no había podido jugar en el instituto, había dejado de seguir ese deporte.

Desde que mi madre había fallecido, había dejado muchas cosas abandonadas.

—No. —Me di media vuelta y me alejé. Era una descortesía, pero aquella familia aparentemente feliz y totalmente convencional me había irritado de forma repentina e irracional.

Menos mal que el Silver estaba pensado para un público más adulto, aunque quizá no iba a estar en el Silver mucho más tiempo.

Unos minutos y una frustrante cola de la TSA más tarde, estaba ante la puerta de embarque. Seguí mirando por la ventana el avión blanco listo para sacarme de mi estado natal.

—Nos complace anunciar el embarque para las siguientes secciones…

Yo era uno de los primeros en embarcar. Pero no me moví.

Volvía a todo lo que conocía. A todo por lo que había luchado. Me quité el anillo y me lo guarde en el bolsillo. No quería hablar de mi matrimonio ni de su disolución con nadie.

Solo que la razón por la que había trabajado tan duro ya no existía. Y Autumn tampoco. Lo único que me quedaba era… mi carrera.