Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 26
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A utumn

El ajetreo del restaurante que nos rodeaba tenía un aire de negocios.

Las mujeres llevaban trajes con pantalón o con falda, calzado de moda y blusas elegantes.

Los hombres se parecían mucho a cómo iba Gideon cuando lo conocí aunque no eran tan guapos, claro está.

Por mi parte, yo llevaba vaqueros y unas botas con suela de goma que, en realidad, eran botas de nieve, pero que podían pasar por unos mocasines un poco raros.

Mi jersey era de punto trenzado, hecho con un hilo casi negro salpicado de color. De hecho, se parecía mucho a mi gato.

Gideon volvía a llevar sus vaqueros impecables y una camisa de manga larga que solía ponerse cuando trabajaba y no tenía una videoconferencia. No llevaba abrigo. En el lugar a donde se dirigía, la temperatura iba a ser treinta grados más alta, así que lo había guardado en la maleta.

A nuestro alrededor se oía el tintineo de la cristalería y de los tenedores contra los platos. La clientela era de ejecutivos, pero el local tenía un estilo rústico, con vigas de madera y paredes de ladrillo visto. Estaba de moda, independientemente del tipo de público.

Estudié la carta. Había perdido el apetito desde que me había dado la noticia de que se marchaba antes de lo previsto. Tenía una nueva oportunidad laboral. Una nueva aventura. Iba a regresar a Las Vegas y a levantar ese legado que tanto le importaba.

Y yo iba a volver a mi trabajo, a mi casita e iba a estar satisfecha con mi vida. Me había preparado para eso, y no pensaba llorar ni suplicar. Era el final, y yo estaba preparada.

Pero quizá podía conseguir otro gato. ¿Qué probabilidades había de que hubiera otro en el contenedor de la escuela?

—¿Ya has decidido qué vas a pedir? —preguntó Gideon educadamente.

—Creo que pediré el sándwich club. —¿Podía salir de allí sin mancharme el jersey con algo de comida?

Cuando apareció el camarero, Gideon dejó la carta sobre la mesa.

—Los dos tomaremos un sándwich club. ¿Podría ponerle unas aceitunas encima?

La camarera sonrió y me dedicó una mirada que decía: «Eres la chica más afortunada del mundo».

Si ella supiera… Correspondí a su sonrisa.

Ya había agotado la suerte y tocaba mantener el tipo.

Mi futuro iba a ser igual que mi pasado antes de Gideon, solo que no iba a estar esperando ni preguntándome si mi príncipe azul estaba de camino.

Me parecía bien estar soltera. Me parecía bien no conformarme. Tenía mis trabajos y mi familia.

Cuando me volví hacia Gideon, él me estaba observando con el ceño fruncido.

—¿Va todo bien? —preguntó.

Se abrió una pequeña fisura en mi determinación. La cosí con tanta firmeza como la colcha de mi cama. Ninguna emoción iba a echar a perder mi última hora con Gideon.

—Va todo bien. Ya sabes, para ser una primera última cita. ¿O es una última primera cita? ¿La primera y única primera cita?

Su rostro estaba inexpresivo.

—¿Tiene que serlo?

—¿Perdón? —Me había enredado en mis propias palabras. ¿Qué había estado intentando decir?

—¿Tiene que ser esta nuestra única cita?

La confusión hizo que mis pensamientos se arremolinaran como en un globo de nieve.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que aún podemos seguir viéndonos.

¿Quería seguir viéndome? Mi esperanza se asomó por esa grieta mental que creía haber reparado. No. No era posible. Vivíamos en estados diferentes.

—¿Cómo iba a funcionar algo así?

—Tengo muchas vacaciones.

—A menos que aceptes ese nuevo trabajo.

Su mandíbula se tensó de nuevo.

—Seré uno de los jefes. Tendré tiempo libre.

—Ah. —No se me ocurrió nada más que decir.

—Nos va bien juntos, Autumn. —La sinceridad de su expresión me dejó devastada.

—Nos llevamos bien. —¡Pero ese no era el trato! Nuestro acuerdo tenía un principio definido y un final concreto. Gideon era la fantasía que podía vivir y luego recordar para siempre.

Seguir viéndolo era un cuento de hadas hecho realidad, salvo por que nuestros castillos estaban a más de mil kilómetros de distancia, yo no era una princesa y él no pertenecía a la realeza.

Rodeó con su enorme mano el vaso de agua helada y lo giró lentamente.

—¿Esto es como pedirte que vayas a Spokane a conocer a mis padres?

—Mark no tenía los papeles del divorcio preparados en nuestra tercera cita.

Gideon hizo una mueca.

Sí. El divorcio.

Exacto.

—¿Cómo va eso? ¿Nos divorciamos y luego empezamos a salir?

—Si eso te hace sentir más cómoda… —dijo con cautela.

¿Más cómoda? ¿Se daba cuenta de los muros que había tenido que levantar alrededor de mi corazón por culpa de esos puñeteros documentos?

¿Sabía que cada día tenía que darme una charla motivadora para no enamorarme más rápido y más profundamente de él? —. Autumn . Estás alterada.

Mi risita sonó ronca.

—Me has pillado desprevenida. Se suponía que mañana se acababa todo y ahora, de repente, tengo que cambiar mi forma de pensar.

—No tienes que decidirlo ahora mismo. —Siguió haciendo girar el vaso—.

Pero he pensado… —Había pensado que iba a aceptar su oferta sin dudarlo, al igual que me había metido en la cama con él.

Igual que había dicho que sí sin dudarlo cuando él me había propuesto que nos casáramos.

Entonces, ¿por qué no lo hacía? Dejó el vaso quieto—.

Creía que habías disfrutado de estas últimas semanas tanto como yo.

A pesar del conflicto que se libraba en mi interior, una maraña que no lograba desenredar, su confesión me reconfortó.

—Por supuesto que sí. Nunca me desharé de esos tirantes de Pinocho.

Su expresión se volvió más cálida.

—Tendrás que traerlos. —Carraspeó y la chispa de deseo se desvaneció—. Si vienes a visitarme.

Y eso suponía volar a Las Vegas. Para un rollo de una noche.

—Una relación a distancia.

—No son tan raras.

Junie lo había intentado. Tres de sus cuatro últimos novios la habían engañado. Lógicamente, sabía que Gideon tenía razón, pero Junie era mi única experiencia con las relaciones a distancia.

El camarero apareció con nuestros sándwiches. Le sonreí a Gideon, sin saber muy bien qué decir. ¿«Sí, por supuesto»? ¿«No, no va a funcionar»? ¿«Puedo pensármelo»? Nada parecía encajar en ese momento.

Y ese era el problema: no estaba preparada para ofrecerle un sí rotundo.

No podíamos hablar mientras comíamos, y parecía que los dos agradecíamos la pausa.

Tenía que aclarar mis sentimientos, y con cada delicioso bocado, mi decisión se hacía más clara.

Cuando llegó la hora de irnos, él pagó. Tenía la mano en el centro de mi espalda mientras salíamos del restaurante al aire frío.

Demasiado pronto, ya estábamos en el aeropuerto. El plan era dejarlo en la zona de salidas. Yo no iba a entrar con él. No habría despedidas entre lágrimas. Nuestro trato habría terminado y ya. Ninguno de los dos había conseguido lo que quería, pero éramos adultos.

Debería haber estado regocijándome, preparándome para saltar a la acera y besarlo hasta dejarlo sin sentido. Si dijera que sí, solo era cuestión de tiempo que volviéramos a estar juntos.

Celebrarlo era lo último que me apetecía hacer.

Gideon se detuvo junto a la acera, detrás de una fila de coches. Llevaba todo el día conduciendo. Y mi coche parecía suyo. Pero, claro, nunca había tenido un vehículo propio. Bourbon Canyon siempre había sido algo temporal.

Salió del coche y descargó el equipaje del maletero. Le había resultado muy fácil hacer las maletas. Tenía pensado marcharse a la hora de comer.

Se marchaba. Sus planes de volver eran, en el mejor de los casos, vagos. Poco más que buenas intenciones.

Verlo allí, junto a su reluciente maleta negra, escrutándome con su intensa mirada verde, hizo que las palabras que quería decir se me quedaran atascadas en la lengua.

Su aliento se condensaba a su alrededor, pero seguía ahí plantado como si fuera un cálido día de verano en lugar de un frío día de invierno.

Acorté la distancia que nos separaba y le pasé la mano por el cuello. Él se agachó y yo me puse de puntillas. Nuestros labios se encontraron y esa familiar descarga eléctrica recorrió nuestra piel. No profundicé en el beso y él tampoco. Me abrazó con fuerza, pero aflojó en cuanto me aparté.

Frunció el ceño.

—¿Por qué tengo la sensación de que eso ha sido un adiós definitivo?

—Porque lo ha sido. —Ya estaba. Lo había dicho. Hasta ese momento, no sabía si iba a ser lo bastante fuerte.

Las emociones se reflejaban en su expresión. Decepción. Dolor. Confusión. Asintió una sola vez. Movió la mandíbula y miró hacia los coches que circulaban a nuestro alrededor y los que estaban aparcados detrás de mí.

—¿Por qué?

Su voz sonaba ronca. Estaba abatido, y yo quería aferrarme a eso. Él quería más. Pero solo iba a haber menos.

Gideon me había animado a mantenerme firme con Tate. Por eso tenía que volver a defenderme.

El frío se me metió en los huesos, por el tiempo y por la conversación.

—Vas a regresar a tu trabajo y quizá aceptes uno nuevo.

Yo iría durante las vacaciones de Acción de Gracias, quizá en Navidad.

O cogería un vuelo el Día de los Presidentes.

—Me encogí de hombros—. Quizá vengas tú, pero lo dudo.

Tu padre te hizo mucho daño. De todos modos, hablaríamos de trabajo y, de pasada, de mi familia.

Luego nos acostaríamos. —El deseo se encendió en sus ojos.

Casi vacilé, pero esa chispa era precisamente la razón por la que tenía que seguir adelante—. Para ti no sería más que Taya.

Se echó hacia atrás.

—¿Taya? ¿Qué significa eso?

—Puede que no trabajáramos juntos, pero follaríamos y luego seguiríamos caminos separados, vidas separadas. Solo nos reuniríamos para desahogarnos.

La comprensión se reflejó en su mirada. Apretó la mandíbula y bajó la vista.

—Me gustaría que fuéramos algo más.