25
G ideon
Al final, Autumn había tenido libre el viernes por culpa de la nieve.
Yo había trabajado en la mesa mientras ella escuchaba un audiolibro y corregía trabajos.
El viento había azotado el exterior hasta después de la puesta de sol del sábado por la tarde, así que nos habíamos quedado en casa.
Esa mañana, las ráfagas habían amainado y el cielo estaba parcialmente nublado.
Seguíamos en la cama. Autumn estaba tumbada de lado. Le asomaba media nalga por los pantalones cortos del pijama y tenía las piernas enredadas en las sábanas. Había dado una patada y había tirado el resto.
Seguía envidiando cómo era capaz de dormir con tanto abandono.
Solo recordaba unas pocas ocasiones en las que me había sumergido en un sueño tan profundo como el suyo.
La mayoría de ellas habían tenido lugar en las últimas semanas: cuando había trabajado con mi padre y cuando había ayudado a trasladar el ganado.
Me quedé mirando al techo. El aire fresco entraba por las viejas ventanas. La calefacción salía por los conductos de ventilación de toda la habitación. Aparté de un puntapié el resto de las mantas. Autumn murmuró algo ininteligible y hundió aún más la cara en la almohada.
Iba a irme dentro de tres días.
Me incorporé y le eché otro vistazo a su trasero antes de ir al baño a asearme. Podía preparar el desayuno, pero una inquietud se había apoderado de mí. Había un montón de nieve junto a la puerta y el garaje que había que quitar, y una acera que había que limpiar.
No tenía pantalones para la nieve, pero quitarla tampoco iba a llevarme mucho tiempo. Me puse unos vaqueros, una camisa, un jersey y el abrigo más grueso que me había comprado. Saqué unos guantes y un gorro de lana y atravesé el garaje.
En el rincón más alejado había una quitanieves aparcada. Junto a ella había un bidón de gasolina que parecía bastante nuevo. Por supuesto, Autumn se ocupaba de mantener el equipo en condiciones. Era una Bailey.
Abrí de un empujón la puerta del garaje y salí a la calle para idear un plan. El frío me penetró en los pulmones y me dejó sin aliento. Joder. Yo era de Montana; en teoría estaba acostumbrado a esa temperatura.
Entrecerré los ojos ante el brillante sol de la mañana.
Todo el camino de entrada estaba cubierto de nieve, pero en un lado se había formado un montículo que impedía que su coche pasara.
¿Cuánto tiempo hacía que no quitaba nieve?
Al parecer ese viaje había desbloqueado una cápsula del tiempo llena de experiencias.
El quitanieves arrancó a la primera. Al cabo de unos instantes, ya estaba despejando un camino por el centro de su entrada y lanzando un chorro de nieve hacia su jardín.
Se abrió la puerta del garaje de la casa contigua a la de Autumn y salió un tipo, flanqueado por dos hijos larguiruchos, todos vestidos con una ropa de invierno mejor que la mía.
Me saludó con la mano. Correspondí al gesto y seguí adelante. Salieron más vecinos. La tormenta había amainado y era hora de dejar todo transitable. Mientras trabajaba, me invadió una sensación de satisfacción. Todos teníamos nuestro papel y yo formaba parte de ello.
Cuando era pequeño, tenía que manejar el tractor con la pala. Mi madre empujaba la nieve con la pala del quad y mi padre hacía todo lo que podía mientras nosotros la limpiábamos. Había llegado un punto en el que esperaba con ilusión esos días.
¿Cómo estaba mi padre? Ya no tenía equipo en el taller, aunque no sabía si lo guardaba en otro lugar porque yo no había entrado en el garaje.
No había motivo para que me preocupara. Él no se preocupaba por mí.
Metí el quitanieves en el garaje y apagué el motor.
Pero ¿cómo le iba? Aquella vieja casa tenía corrientes de aire. La había mantenido en buen estado, pero se había ahorrado un montón de gastos al construirla antes de que yo naciera. La casa necesitaba ventanas nuevas, un tejado nuevo y, probablemente, algo de gas y una cerilla. Empezar de cero.
Que era lo que alguien iba a hacer con la casa. Quienquiera que los Bailey eligieran para gestionar la granja. Probablemente alguien de la zona.
—¿Has terminado?
Me di la vuelta. Mi propia conejita de las nieves del rancho estaba en la entrada de la puerta del garaje. Estaba rodeado por el olor a gases de escape, pero conocía tan bien su aroma a algodón de azúcar que no me hacía falta estar cerca para percibirlo.
Llevaba el pelo metido bajo un gorro de punto azul con una bola blanca y mullida en la parte superior. Su bufanda amarilla no pegaba con nada, y menos aún con la chaqueta de trabajo de color beige desgastada que llevaba sobre los pantalones negros de nieve con peto. Estaba monísima.
—Sí, casi.
Sus pantalones susurraron al ir hacia mí. Frunció el ceño al ver mis vaqueros.
—¿No tienes frío?
—Ya no siento las piernas.
Abrió mucho los ojos.
—Pasa y entra en calor.
—Estoy bien. Te olvidas de que soy de por aquí.
—Normalmente eres tú quien se olvida. —Cogió la pala grande para la nieve que estaba apoyada contra la pared.
Me quedé pensando en su comentario.
—Nunca he olvidado de dónde soy.
Me miró con los ojos muy abiertos.
—Tienes razón. Lo siento.
—No, querías decir algo.
No respondió de inmediato y siguió rascando el hormigón con la pala.
—No lo has olvidado, pero tampoco es que quieras recordarlo. —Se mordió el labio inferior y su aliento se condensó en el aire a su alrededor—. Pero no pasa nada. Lo entiendo.
Lo entendía. Entonces, ¿por qué no me reconfortaba oírlo? No me estaba suplicando que me quedara. Aunque lo hiciera, no le ha bría hecho caso. No se aferraba a mí hasta que me marchara. Estaba disfrutando de su mes de casada. Tal y como había dicho que iba a hacer.
Y yo habría tenido que hacer lo mismo.
Nos pusimos a limpiar los escalones y la acera. Cuando terminamos, guardó las palas. La nieve no servía para hacer bolas, pero cogí un trozo suelto y se lo lancé al torso . Se desintegró en una débil lluvia de copos.
Se quedó boquiabierta y una expresión escandalizada se apoderó de su rostro.
—No me puedo creer que hayas hecho algo así… —Cogí otro trozo del montón de nieve que habíamos quitado y le lancé el segundo trozo, que se hizo añicos contra su abrigo. Sus labios se apretaron en una línea, pero sus ojos mostraban pura rebeldía—. ¿Te has olvidado de que tengo tres hermanos mayores?
Contaba con ello.
Mi pequeño polvorín se abalanzó sobre mí. Me golpeó un bulto que olía a dulce y caí de espaldas. Aterricé con un «¡Uf!» y me eché a reír. Mis carcajadas se mezclaron con sus risitas. El frío se filtró a través de mi ropa, pero su calor lo ahuyentó.
—¿Crees que puedes conmigo? —Me di la vuelta. Estaba completamente tapada, salvo la cara. No tenía que preocuparme de que se le congelara el culo como a mí.
Su risa se hizo más fuerte. Probablemente todo el barrio nos estaba mirando. Cogió un puñado de nieve y me lo echó a la cara.
Mi chica se defendió de malas maneras. Hice que se levantara, se tambaleó y me agaché para cargarla al hombro.
—¡Gideon!
Le di una palmada en el trasero y su risa se convirtió en un chillido. Los vecinos estaban presenciando más de lo debido, pero no me importaba. Estaba retozando con mi mujer.
Me di cuenta de la realidad.
Me lo estaba pasando bien. Con mi mujer. Jugando en la nieve.
¿Quién me creía que era? ¿Un hombre casado de verdad, dispuesto a sentar cabeza y ver cómo todo lo que quería pasaba a ser de otra persona?
La suerte estaba echada. En solo unos días, iba a cerrarse la venta y la casa de mi infancia iba a pasar a ser propiedad de otra persona.
¿Tenía sentido prolongar lo inevitable? Ya había sufrido bastante incomodidad mientras crecía.
También había recibido un correo de Harold preguntándome si podíamos vernos esa semana.
Por supuesto, había sugerido el miércoles.
El día en que iba a cerrarse el trato: tanto la venta como el matrimonio.
Iba a tirarla a un montón de nieve, pero en lugar de eso la dejé en el suelo. Ya había tomado una decisión.
—Tengo que irme pronto.
Su sonrisa se congeló y luego se desvaneció como si yo fuera una llama tóxica.
—Ah. —Me puso las manos enguantadas sobre los hombros—. Vale. ¿Cuándo?
—El martes. —El resto de la historia se amontonaba en mi cabeza, a punto de desbordarse.
Debería habérselo dicho la semana pasada, pero había pensado que la cosa iba a explicarse sola.
No estaba preparado para dejar el Silver, pero tampoco Bourbon Canyon.
En los negocios, eso a veces significaba que tenías que hacer aquello para lo que no estabas preparado.
No había otra forma de crecer. En ese caso, no había otra forma de seguir adelante que no fuera avanzar de verdad—.
Llamé a Taya la semana pasada para ver de qué quería hablarme.
Arqueó una delicada ceja. ¿Acaso vislumbré un atisbo de celos?
Echaba de menos las risas y las sonrisas de hacía apenas un minuto—.
Hay un tío… —Me sentí como un auténtico capullo.
Tenía la fuerte sensación de que debería habérselo contado antes.
¿Por qué? Era mi trabajo. Mi vida. Una decisión importante que solo me correspondía a mí tomar, ya que, en realidad, no estaba casado—.
Taya y yo hemos hecho negocios con él antes a través del Silver.
—Escondió la barbilla en la bufanda. Sus pecas resaltaban sobre sus mejillas enrojecidas—.
Está formando un grupo de inversión y quiere que trabajemos para él.
—¿Taya y tú?
Asentí. La emoción que al principio había creído que eran celos se convirtió en decepción.
—Uno de sus primeros grandes proyectos es un casino. Tendremos que dividirlo entre los tres, pero será nuestro.
—¿Vuestro?
—Quiere reunirse con nosotros el mismo día en que mi padre va a cerrar la venta del terreno. Qué oportuno, ¿verdad?
Soltó un suspiro.
—Sí. Lo es.
Me odié a mí mismo por estropearle el buen humor.
—Como trabajas durante el día, contrataré un coche para que me lleve al aeropuerto.
—No. Puedo llevarte yo. Buscaré a alguien que me sustituya. —Se alejó un paso—. Tendremos que encontrar una forma de…, eh, celebrarlo. El final. —Hizo una mueca—. No quería decir eso.
—Sé lo que querías decir —dije en voz baja. Habíamos fracasado, pero en ese momento, no era el trato incumplido lo que me hacía sentir como un fracasado. No, era mi plan de marcharme del pueblo—. Lo hemos intentado.
Su risa fue débil.
—Supongo que nos llevamos puntos por eso.
—Al menos almorcemos algo antes del vuelo. Y luego puedes dejarme en el aeropuerto. —¿Había alguna otra forma de alargar el tiempo que podía pasar con ella? ¿De dar marcha atrás al reloj?
—Vale. Es una cita. —Su sonrisa se desvaneció—. Nuestra primera cita.
El mes estaba llegando a su fin y aún no había llevado a mi mujer a ninguna cita. Habíamos estado en un par de sitios. Habíamos estado juntos todo el tiempo. Pero no habíamos salido oficialmente como pareja a divertirnos.
—Sí. Una cita. —Una sola cita con Autumn no iba a ser suficiente, pero si ese viaje me había enseñado algo, era que no podía tenerlo todo.
Me quedé mirando el móvil, que estaba sobre la mesa. Autumn estaba trabajando. Tenía todo el día para mí, pero mi portátil estaba cerrado. Después de una mañana respondiendo correos, reservando el vuelo y quedando con Harold, mi concentración se había esfumado.
Pero cuando terminé de trabajar, mis pensamientos se centraron en mi padre. ¿Debía decirle que me iba? ¿Le importaba?
Busqué su número en el móvil. Puse el altavoz, pero me quedé sentado en la silla.
Contestó con un «Giddy» .
—No me llames Giddy. —¿Por qué siempre parecía tan contento de saber de mí?—. ¿Has conseguido quitar la nieve sin problemas?
—Ah, sí. Tenor se pasó con su tractor. Me desenterró en un santiamén.
Mi resentimiento habitual hacia los Bailey había desaparecido.
—Bien. Me alegro.
—¿Y los recién casados? ¿Os han sacado de ahí?
Se me encogió el corazón. Iba a ser un alivio no tener que mentir más. Andar de puntillas era agotador.
—Sí, ayer limpiamos la casa.
—Bien.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea. Podía dejar que el silencio incómodo se prolongara o podía acabar con la charla ociosa.
—Me voy mañana. Así que esta es tu última oportunidad para reconsiderarlo.
—¿Ya te vas?
—Ha surgido algo en el trabajo. —Otra forma de dar un rodeo sobre lo que pasaba en realidad—. Tengo una reunión importante el miércoles.
—Ah. —Esa única palabra estaba cargada de decepción—. ¿Queréis venir Autumn y tú a cenar esta noche?
—Esta noche no podemos. —No tenía ninguna razón de peso para no hacerlo, salvo que primero debía hablar con Autumn. Pero no quería volver a verlo.
Ya me había invitado a cenar antes y nunca había aceptado. Tampoco me había insistido. Después de cómo había ido nuestra última visita, probablemente fuera lo mejor.
—Bueno —continuó, con aire pensativo—, quizá cuando vuelvas.
—No voy a volver. —La rotundidad de mis palabras me hizo levantarme y empezar a dar vueltas por la sala—. Tengo que averiguar cómo va a afectar todo esto a mi trabajo. A mis jefes no les gusta que esté fuera.
—¿ Y Autumn ? ¿Se va a mudar?
No. No iba a hacerlo. Me detuve junto al fregadero y miré por la ventana hacia el jardín trasero, cubierto de blanco.
—Ya veremos. Ella no quiere.
—No, no creo que quiera. —Si la desilusión tuviera un sonido, sería el de su tono en ese momento—. Pero respeto que no la estés presionando para que cambie su vida. Eso me alegra.
Se habría sentido aún más decepcionado si supiera lo que había detrás de nuestro matrimonio. Se produjo otro momento de silencio y una pequeña chispa de culpa se encendió en mi interior. Había pasado un mes entero y nada había cambiado entre nosotros.
Todo un mes que había pasado en un abrir y cerrar de ojos gracias a Autumn.
Joder. Ya basta . No le debía ninguna disculpa ni ninguna explicación.
—Ya nos veremos, Hank.
Su risita fue seca y teñida de pesar.
—Dijiste lo mismo cuando te mudaste. —Fruncí el ceño.
¿De verdad? ¿Se acordaba? Estaba tirado en el sofá, durmiendo para recuperarse de una mala noche.
Ni siquiera me había molestado en salir a hurtadillas por la puerta—.
Solo espero que no pasen otros veinticinco años antes de que vuelva a verte, Giddy. Que tengas un buen viaje.
Mi irritación ardía como un hierro candente. ¿Estaba intentando hacerme sentir culpable? ¿Después de lo que había hecho? ¿De lo que estaba haciendo?
—Tengo pensado llevar una buena vida. Adiós, papá.
Colgué de un manotazo en la pantalla y regresé junto a la ventana. Claro que iba a tener una buena vida. Iba a tenerlo todo. Iba a coger los millones que no iba a tener que gastarme en la granja Percival y a invertirlos. Podía comprar cualquier terreno que quisiera, donde quisiera.
Podía tenerlo todo.
E iba a empezar por decirle a Autumn que no quería que eso fuera el final de nuestra relación.