24
G ideon
Mi bandeja de entrada era una pesadilla. Me pasé la mano por los ojos. Aún sentía cierta rigidez por haber trabajado al aire libre durante tres días, pero no era nada comparado con las ganas que tenía mi cuerpo de rebelarse después de haber estado delante del portátil todo el día.
Gemí, estiré el cuello y me levanté. Empecé a dar vueltas por la cocina y entré en el salón.
Sprinkles estaba acurrucado en el sofá, envuelto en la manta azul de felpa en la que Autumn se acurrucaba cuando corregía los exámenes.
El gato levantó la cabeza y maulló. Le rasqué detrás de las orejas.
A veces, se sentaba en la mesa, en la silla de al lado, y se echaba una siesta.
—¿Te he resultado demasiado aburrido?
Volvió a esconder la cabeza entre las patas y me ignoró.
Se oyó un pitido procedente de la cocina. Mi puñetero correo. Había activado las notificaciones. Llevaba todo el día inquieto, desconectado cuando se suponía que debía prestar atención en una reunión.
El correo más reciente era de Taya. Los informes habituales para preparar las reuniones de la semana siguiente.
Reunión tras puta reunión.
Me rasqué la nuca . Le debía una llamada a Taya. Había sido paciente y había dicho que, en cierto modo, se trataba de trabajo.
La llamé, activando el altavoz para poder seguir paseándome.
—Ya era hora, Gideon —dijo, con evidente fastidio en su tono.
—Te pediría perdón, pero ya te habrás dado cuenta de que he estado trabajando durante todo mi permiso.
—¿Y para qué te lo has tomado?
—Para algo que ya casi está resuelto. —Eso era todo lo que iba a contarle—. ¿De qué tenías que hablarme?
Suspiró.
—Gideon. ¿Qué ha cambiado? Fuiste grosero conmigo en tu casa, no puedo volver a entrar y ahora tardas dos malditas semanas en devolverme la llamada.
—¿Has intentado entrar en mi piso?
—Una noche trabajé hasta tarde y pensé en quedarme a dormir allí.
Imagínate mi sorpresa cuando mi código no funcionó.
El sarcasmo se mezclaba con el dolor. —En fin, estoy confundida.
Me dejaste plantada para acompañar a un vip, luego me encontré a una pelirroja en tu piso y ahora llevas semanas desaparecido.
La junta no deja de preguntarme si estoy segura de que volverás y, sinceramente, Gideon, no tengo ni idea.
Antes de aquella mañana, cuando me topé con lo que fuera que fuera aquello, les habría dicho que nunca te irías.
Me guardaba mi vida personal para mí mismo.
No iba a darle explicaciones a Taya, pero no podía negar que había herido sus sentimientos.
Su confusión también era comprensible. Antes de encontrarme con Autumn en aquel ascensor, habría dicho que nunca iba a dejar el trabajo durante un mes.
Pero mis asuntos aún no estaban resueltos.
—Ha surgido algo y es privado.
—Claro. —Se oyó un suspiro brusco al otro lado de la línea—. Da igual.
—¿Es algo que pueda esperar hasta que vuelva?
—Debería haber dejado que te buscara. Así se habría frustrado y habría tirado la toalla. —Me masajeé las sienes. Me daba igual una cosa u otra. Mi silencio debió de indicarle que siguiera hablando o que colgara—. ¿Te acuerdas de Harold Washington ?
Era un inversor de capital riesgo especializado en empresas en fase inicial.
Su estrategia consistía en invertir en un nuevo negocio —normalmente un casino, un hotel o una combinación de ambos— y, cuando las ganancias eran buenas, retirarse e invertir una parte en otro negocio.
Tenía sus manos de rico metidas en muchos chanchullos.
Mis jefes se habían puesto en contacto con él para lo del Silver, pero en aquel momento estaba cerrando un trato sobre un rascacielos en Phoenix.
Sin embargo, le gustaba pasarse por allí y charlar con los miembros del consejo cuando estaban en la ciudad.
Había asistido a muchos eventos de networking con él.
—Sí, me acuerdo de Harold.
—Quiere crear un nuevo grupo de inversión. —La emoción hizo que su voz se elevara un tono—. Nos quiere a ti y a mí en el equipo.
—¿Nos ha ofrecido un trabajo?
—No es solo un trabajo. —Habló más rápido—. Me ha contado sus planes para un nuevo hotel y casino. En el Strip, Gideon .
Una ubicación privilegiada para un hotel y un casino en Las Vegas.
—Pero al Silver le va bien. —Me sentí como un tonto.
Habría tenido que estar tan emocionado como ella.
Trabajar con Harold podía cambiar mi carrera, darle un gran impulso.
Me iba bien como director ejecutivo. Tenía unos ahorros con los que habría podido jubilarme en ese mismo momento.
Si a eso le sumaba un poco de riesgo y el instinto empresarial innato de Harold, podía hacerme tan rico como para viajar al espacio.
No iba a tener que matarme a trabajar doce horas al día, siete días a la semana.
—El Silver no es nuestro —dijo de forma concisa, dando en el clavo sobre por qué habría tenido que estar redactando mi carta de dimisión.
El Silver no era mío. Lo gestionaba como si lo fuera. Trabajaba como si aquel lugar fuera la granja Percival y mi abuelo me estuviera susurrando al oído que, si fracasaba, iba a defraudar a generaciones enteras. Pero no era mío.
¿Y ese dinero de mis cuentas? ¿Los fondos que había ahorrado?
Quizá no tuviera la oportunidad de gastarlos en las tierras de mi familia.
Claro, podía comprar o invertir en cualquier sitio, pero esa era una oportunidad para construir algo con gente a la que respetaba.
Con personas que no eran de mi familia, pero que tampoco me dejaban de lado.
—En fin, Harold me dio permiso para contártelo. No quería tener que ir a buscarte a Montana.
—Y tú temías que no volviera.
—Todo esto no es propio de ti —replicó ella—. Mira, sé que podría encontrar a otra persona, pero tú y yo formamos un buen equipo.
Lo dijo con tanta seguridad que asentí sin poder evitarlo.
Era cierto que trabajábamos bien juntos.
Ninguno de los dos tenía ataduras, teníamos siempre presente el objetivo final y dejábamos que el orgullo se interpusiera en el momento adecuado.
Con mi experiencia como director ejecutivo y la suya como directora financiera, formábamos un equipo sólido.
Un regusto amargo me subió por la garganta.
—¿Para cuándo quiere una respuesta?
Faltaban diez días para la fecha de cierre. No iba a tener que elegir si me daban la oportunidad de hacer las dos cosas: comprar Percival e invertir con Harold Washington . Podía tenerlo todo. Pero tenía que marcharme de Bourbon Canyon. Lo cual, de todos modos, ya pensaba hacer.
—Le dije cuánto tiempo pensabas estar fuera y me dijo que quiere reunirse contigo cuando vuelvas. Y, por supuesto…
—Que esto quede entre nosotros. —La junta directiva me respetaba, pero el Silver era su gallina de los huevos de oro. Si pensaban que iba a abandonar el barco, me habrían buscado un sustituto en un santiamén. La lealtad era más fuerte hacia arriba que hacia abajo en la jerarquía.
—Exacto. Me encanta mi trabajo, pero ¿te lo imaginas? Podría mirar un sitio como ese y decir que es mío. —Sonaba melancólica, pero a mí se me encogió el pecho.
Me masajeé el esternón. ¿Qué coño me pasaba?
¿Llevaba apenas tres semanas en Bourbon Canyon y ya me entristecía dejarlo atrás?
¿Dejar a un padre que prefería enseñarme alguna misteriosa y estúpida lección en lugar de ser sincero conmigo?
¿Dejar recuerdos que era mejor dejar en el pasado porque ya no me servían para una mierda?
¿Dejar a Autumn?
El dolor detrás de las costillas se hizo más intenso.
—Volveré pronto. Hablaremos entonces.
Colgó. Me quedé mirando el móvil. El arrepentimiento por haberla llamado se me clavó en las entrañas.
Un grupo de inversión. Yo tenía mis propias inversiones, pero nada que se pareciera a lo que Harold solía hacer.
Tenía un sentido de los negocios envidiable y habría sido una idiotez decirle que no.
Me rasqué la nuca . Mi portátil estaba abierto sobre la mesa, con la pantalla apagada, burlándose de mí.
Debía volver al trabajo, pero fui al salón y me dejé caer en el sofá.
Sprinkles se despertó, se estiró hasta que su espalda se arqueó y tembló, y luego se subió tranquilamente a mi regazo y se acurrucó.
Le pasé una mano sobre su cálido pelaje.
Debería haber dicho que sí al instante, pero por encima de todo era prudente. Iba a darle a la idea el tiempo necesario para que madurara y, después, decidir.
A utumn
Había terminado mi última reunión de padres y profesores.
Las mías solían alargarse. Me encantaba hablar y algunos de los padres de mis alumnos tenían preocupaciones que no me atrevía a cortar de raíz ni a posponer.
Esa noche solo había terminado con cuarenta y cinco minutos de retraso, pero, por suerte, habían sido los últimos padres los que se habían alargado media hora.
El número de personas que deambulaban por los pasillos había disminuido. Le había enviado un mensaje a Gideon para decirle que había terminado y había recogido mis cosas. Cuando me estaba poniendo el abrigo, Mark apareció en la puerta.
Se metió las manos en los bolsillos del pantalón.
—Está nevando bastante fuerte ahí fuera.
Lo había estado observando mientras charlaba con los alumnos y los padres.
—¿Mañana no habrá clase por la nieve?
Esbozó una leve sonrisa.
—Quizá. —Era lo más que me había hablado desde que había regresado casada de Las Vegas. Me até una bufanda al cuello y su mirada se posó en mi anillo—. ¿Qué tal la vida de casada?
—Bien. — Pronto se acabará. Me ardían los ojos. Parpadeé. ¿De dónde había salido esa reacción? Sabía lo que iba a pasar.
Pero el fin de semana pasado había sido más parecido al anterior.
Gideon había ido conmigo al bar. Había tomado una copa mientras yo trabajaba, hacía el inventario y terminaba los informes de gastos.
La noche anterior, durante mi turno del miércoles, me había llevado la cena de Curly’s, con panecillos extra porque le había dicho que me gustaban.
Pero… había algo diferente. No conseguía identificarlo.
Me había mantenido demasiado ocupada entre las sábanas —y en la mesa de la cocina y en la ducha— como para darle muchas vueltas.
Se había abierto un poco a mí, pero solo era una rendija.
No conseguía adentrarme más, y la deprimente verdad era que no había motivo para hacerlo.
Trabajaba en casa todo el día y, por la noche, se perdía en mí. Despertarse. Repetir.
Si no hubiera tenido las reuniones esa noche, habríamos hecho lo mismo. Tal y como estaban las cosas, iba a ir a recogerme, iba a llevarme a casa y, antes de que me quitara el abrigo, ya iba a estar encima de mí. No debía quejarme. Era Gideon. El Gideon James que estaba fuera de mi alcance.
¿Cómo podía un sexo tan espectacular dejarme tan vacía?
—Me alegro de oírlo. —Mark soltó una risita nerviosa y dio unos pasos hacia el interior de la sala—. Temía estar yendo demasiado rápido al pedirte que visitaras a mi familia, pero supongo que no fui lo bastante rápido.
—La verdad es que me pareció un poco repentino —admití—. Pero Gideon y yo… conectamos. —Me toqué la costura del lateral de mis pantalones grises. ¿Iba a saltar alguien desde un rincón y a gritar «mentirosa»?
—Algún día, quizá tenga tanta suerte. —Agachó la cabeza—. Aunque me alegro por ti. Y quizá esté un poco celoso por cómo has estado flotando por los pasillos.
Mi risa sonó vacía, como iba a estarlo yo en breve. Pronto iba a tener que dar explicaciones sobre la desaparición de Gideon: «Tenía que volver al trabajo. Intentaremos mantener la relación a distancia», y luego «La distancia no funcionó. Lo intentamos. Resulta que tenemos que separarnos» .
Joder. El plan había sido muy diferente al principio. Cuando la niña con grandes sueños que llevaba dentro pensaba que iba a tener mi cuento de hadas convencional tras un comienzo poco convencional.
Una sombra alta y oscura apareció en la puerta. Gideon miró a Mark con el ceño fruncido.
—Hablando del rey de Roma —dijo Mark con naturalidad—. Le estaba diciendo a tu mujer que algún día espero tener tanta suerte como ella.
La expresión de Gideon se volvió calculadora.
Debía de haber percibido la soledad en la voz de Mark.
Si no hubiera conocido a Gideon y hubiera decidido irme a Spokane con Mark, quizá habríamos llegado hasta el altar, a la antigua usanza.
Pero la nuestra no habría sido una historia de amor apasionada.
Habríamos sido amigos que se acostaban para saciar un capricho y cumplir nuestros objetivos vitales.
¿Eso no era también una vida vacía?
Gideon dejó entrever una leve sonrisa. Su gesto de paz.
—Ve a Las Vegas y prueba suerte.
Mark soltó una risita bonachona.
—Quizá eso sea lo que estoy haciendo mal. Me alegro de que hayas llegado. No quería terminar la noche sacando a nadie de la nieve.
—La nieve está acumulándose, pero si tienes tracción a las cuatro ruedas, no deberías tener problemas.
Mark bajó la cabeza.
—El hombre del tiempo dice que el viento va a arreciar. Creo que todos esperamos que nos den el día libre por la nieve.
—Como mañana es viernes —dije—, sería el momento perfecto.
—Un fin de semana largo. —Mark asintió de nuevo. ¿Acaso la imponente presencia de Gideon lo ponía nervioso?—. Pero eso lo decidirá la nieve. —Dio una palmada—. Vosotros dos, marchaos. Yo cerraré todo.
—Gracias. Que pases un buen fin de semana.
—Gideon le hizo un gesto de despedida con la cabeza y luego salimos.
Gideon me puso la mano en la parte baja de la espalda y me guio hasta la puerta principal.
Había aparcado justo en medio de la zona de bajada de pasajeros.
Normalmente, eso estaba prohibido, pero era tarde y, con los gruesos copos de nieve cayéndome sobre el pelo, no me importaba.
Una vez en el coche, me abroché el cinturón, pero él no arrancó.
Miraba con el ceño fruncido a través del parabrisas.
¿Estaba enfadado por lo de Mark?—. ¿Va todo bien? —le pregunté.
Parpadeó como si lo hubiera sacado de un trance.
—¿A qué viene eso de un día libre por la nieve?
¿Tenía pensado contarme algo más? Nos quedaba tan poco tiempo que dudaba de que fuera algo importante.
—Bueno, esa cosa blanca de ahí fuera se llama nieve. Y cuando hay mucha, a veces tenemos que suspender las clases. Pero tiene que ser mucha, señor Casino. No solo una poca.
Se le curvó la comisura de los labios.
—Tengo un castigo especial para las listillas.
Y yo me sumergí de lleno en mi mundo de ensueño para toda la noche. Quizá para todo el fin de semana.
—¿Me lo prometes?