23
G ideon
Había algo en ese día que me había incomodado desde el principio, y Autumn me había dado justo donde se agitaban mis emociones. Ese maldito matrimonio… Qué maravillosas habían sido esas dos semanas y qué rápido iban a pasar las dos siguientes.
Admitir que cualquier tío habría sido afortunado de tenerla me cabreaba muchísimo. Mi visión se redujo a un túnel negro y quise romper todos los vasos que tuviera a mi alcance.
No estaba seguro de que fuera a responder, pero entonces puso los ojos en blanco y le dio un trago a su copa.
—Es curioso que hasta ahora solo haya salido con hombres que no estarían de acuerdo contigo.
—Has salido con críos, polvorín. Un hombre de verdad sabría lo que tiene. Igual que un hombre de verdad sabe cuándo sería un marido de mierda y un padre ausente.
Me miró fijamente. Me arrepentí de haber elegido esas palabras.
—¿Es por eso por lo que no quieres tener hijos? ¿Porque no estarías ahí para ellos?
Me sirve…
—Sé cómo es eso. No puedo hacerle eso a un niño, aunque jures que no te importe que yo no esté presente.
—Porque tú lo sabrías.
Asentí.
—No hay forma de que pueda ser un padre decente cuando estoy en otro estado trabajando doce horas al día.
Ella ladeó la cabeza, sin que ese atisbo de melancolía desapareciera de su mirada.
—Eres un buen hombre, Gideon James.
Mi timidez fue inesperada.
—No lo soy.
—Sí que lo eres —dijo con voz cantarina—. Y debería decir que cualquier mujer sería afortunada de tenerte, pero la verdad es que me encantaría apuñalarla con este pincho.
Me eché a reír y toda la tensión se disipó.
—Ahora que ya hemos aclarado eso, cuéntame cómo te ha ido el día.
No puso los ojos en blanco, pero arrugó la nariz. ¿De verdad pensaba que no me interesaba su día? ¿Que pensaba que el trabajo que hacía no era importante?
—El mayor drama de la semana no tiene que ver con los niños —dijo con una sonrisa burlona—. Es el misterio de quién se está comiendo el yogur de la sala de descanso.
Limpié el desorden que había montado mientras ella me contaba lo del yogur robado, el nuevo equipamiento para el patio que la escuela esperaba comprar, los diferentes tipos de recaudaciones de fondos que estaban organizando para pagarlo y que tenía a una niña en clase que había hablado con un acento británico muy elegante durante todo un día la semana pasada.
Me encantó que me lo contara todo. Colgué los trapos tal y como la había visto hacer otras noches en las que cerraba. Ella guardó todos los recipientes limpios.
—Apagaré las luces y luego nos podemos ir. —Desapareció en la trastienda para coger su bolso y su abrigo. La sala se quedó a oscuras; el único resplandor procedía de las luces de seguridad de la entrada principal.
Cuando salió, la pegué a mí.
—Aún no me has dado un beso.
Ella echó la cabeza hacia atrás.
—Pensaba que el pollo frito de mi madre tenía prioridad.
Era un pollo cojonudo. El mejor que había probado nunca. Toda la semana había comido como un rey, pero ninguna comida merecía la pena si eso significaba pasar ni un minuto más sin saborear a mi mujer.
—Te equivocabas. —Cogí su abrigo y su bolso y los dejé sobre la encimera para que no se interpusieran entre nosotros—. No te he besado nada más llegar porque no habría podido parar y tu hermana estaba aquí.
—¿Y ahora qué?
—Ahora no veo a nadie más. —No fui delicado cuando capturé su boca.
Tampoco tenía intención de quedarme solo en un beso.
Tras la intensidad de nuestra conversación anterior, tras la forma en que toda esta puñetera noche se había incrustado en mi mente y me susurraba preguntas que no podía responder, necesitaba liberarme, y no podía esperar a llegar a casa con ella.
Una de esas preguntas persistentes se me coló en la cabeza: « ¿De verdad crees que vas a poder vivir sin esto?».
El torbellino de preguntas que llevaba días atormentándome se desbordó.
«¿No llevas la agricultura y la ganadería en la sangre?».
«¿No echas esto de menos? ¿No lo volverás a echar de menos?».
«¿Por qué no quieres quedarte?».
«¿Por qué no estás hecho para el matrimonio?».
Tuve que acallar esa voz desconocida. ¿De dónde demonios venía?
La empujé contra la barra. Ella no iba a querer que la desnudara. Era el negocio de su familia y ella preparaba la comida en el bar. Pero yo necesitaba más. Todo era perfecto en el mundo cuando alcanzaba el clímax con mi nombre en los labios.
Aparté la boca y fui besándola por el cuello.
—Te voy a echar sobre esta barra.
Ella se arqueó hacia mí.
—¿Ahora?
—He tenido que ver cómo comías esas aceitunas del palillo sin abalanzarme sobre ti. Sí, joder, ahora mismo. Espera… —No había estado trabajando en una oficina todo el día. Había estado al aire libre y montando a caballo—. ¿Quieres que me dé una ducha primero?
—Hueles a caballo y a aire fresco. ¿Qué clase de chica de Montana sería yo si eso me quitara las ganas?
Era perfecta de cojones. Hice que se diera la vuelta.
—Pon las manos sobre la encimera. —Hizo lo que le ordenaba y restregó su culo contra mí.
Saqué la cartera de un tirón y cogí un condón.
Nunca iban a pillarme desprevenido con esa mujer.
Me bajé la cremallera de los vaqueros justo cuando ella se bajaba los pantalones.
L camiseta le tapó el trasero desnudo y solté un gruñido—.
Deja de esconder el culo, polvorín. Es una pena.
Ella me miró por encima del hombro.
—Es que es muy grande.
—Joder, sí que lo es. —No la penetré aún.
Por muy desesperado que estuviera por disfrutar de ella todo lo que pudiera antes de que tomáramos caminos separados, no podía aprovecharme de ella.
Tenía que desearlo tanto como yo. Le rodeé la cintura con el brazo y deslicé un dedo por su humedad—.
Ya estás empapada por mí. Abrí el condón con los dientes y me deshice del envoltorio.
Ella contoneó las caderas.
—¿Y qué vas a hacer al respecto, vaquero?
El sonido gutural que escapó de mi boca fue indescriptible. Me habían llamado de todo en mi vida. Tacharme de vaquero era una tontería, pero había algo en ello que volvió a poner mi mundo en su eje.
La lujuria me latía en las venas. No estaba acostumbrado a desear fundirme con otra persona de tal forma que rara vez tenía un pensamiento que no la incluyera a ella. ¿Iba a poder regresar a Las Vegas sin más y retomar mi vida como de costumbre?
No necesitaba contestar a esa pregunta en ese momento.
Quizá tengas miedo de la respuesta.
Anclándome de nuevo al presente, le acaricié el clítoris y ella se derritió. Era toda mía.
Esa falta de control era la razón por la que las dos semanas siguientes iban a pasar demasiado rápido y, al mismo tiempo, no lo bastante rápido. Me había construido una vida agradable y controlada que ninguna mujer podía amenazar. Autumn había desmantelado mi autocontrol sin ningún esfuerzo.
La penetré. Aquello era el paraíso. Era como encontrar un oasis después de haber vivido en el desierto durante veinticinco años. Menuda analogía tan acertada.
—Joder, Autumn . Me estás apretando de lo más fuerte.
Estaba siendo más brusco de lo que pretendía, pero ella era fuerte y respondía a cada embestida, agarrándose a mí y manteniéndonos firmes a los dos.
Otra puñetera analogía que no me hacía falta. Apoyé mi mano libre junto a la suya. Estaba caliente y húmeda, y apenas pude contener el clímax.
Unos faros se adentraron en el aparcamiento.
Ella jadeó y casi se apartó de un sobresalto, pero la sujeté con fuerza.
—No pueden vernos —dije con voz ronca, sin saber si era una puta mentira. Seguí embistiéndola.
—Podría ser uno de mis hermanos. —Ella seguía empujando contra mí.
—Entonces, más te vale correrte rápido, polvorín —mascullé.
El coche atravesó el aparcamiento. Ella lo miraba fijamente y yo también.
Me estrechaba en su interior, palpitante.
Estaba a punto de correrse. Le lamí el pabellón de la oreja—.
Qué buena chica eres, joder. Vas a hacer lo que te diga y te vas a correr.
Ella gimió y una oleada de calor envolvió mi mano—.
Te vas a correr y vas a gritar mi nombre.
—Empujé con fuerza e hice que volviera la cara hacia mí—.
Porque necesito oírlo. —No iba a dejarme ir sin que ella se corriera.
Después de decirle que habría sido un marido de mierda, no iba a salir de ahí hasta que los dos estuviéramos agotados y satisfechos.
Después de admitir que iba a echarla de menos, pero que aun así iba a irme, al menos iba a cumplir con eso.
La furgoneta estaba aparcando. Su respiración se aceleró—. Eres mi mujer, ¿verdad? Eres mía.
—¡Sí! —Se estremeció y su grito retumbó en las paredes. Tenía que sacarle un grito más. Levanté las caderas y la penetré con fuerza mientras le acariciaba sin piedad el clítoris—. ¡Gideon! ¡Sí!
Solo entonces dejé que el rayo que llevaba dentro se desatara. La energía recorrió mi cuerpo desde la base de la columna vertebral y salió directamente por mi pene.
—¡Joder!
Tuve que aferrarme a sus caderas para mantenerme en pie mientras me vaciaba dentro de ella.
Los faros se apagaron. Me retiré de Autumn mucho antes de estar listo, le volví a colocar los leggings y las bragas en su sitio y le arreglé la camiseta, y luego me subí la cremallera.
Se habría muerto de vergüenza si alguien la hubiera pillado, literalmente, con los pantalones bajados.
Una sombra se acercó a la puerta del bar mientras me subía la cremallera.
Se atusó el pelo como si temiera que se le hubiera despeinado al hacerlo de pie.
—No me lo puedo creer…
La puerta se abrió de par en par. No pude distinguir cuál de los hermanos era.
—¿Autumn?
—Tate. Hola. —Se apresuró a coger su abrigo y su bolso—. Estábamos a punto de irnos.
Tate se detuvo. Su silueta se recortaba contra la luz de las farolas que entraba por la abertura de la entrada principal.
—¿Es Gideon el que está contigo?
—Sí. —No podía sonar más culpable. Me contuve una sonrisa—. Me ha traído la cena y nos vamos ya.
—Gracias por tu ayuda esta semana —dijo.
Me lo había dicho todos los días. Quizás fuera un gesto de paz, pero no me importaba.
Me sentía menos hostil hacia los Bailey.
Como habían dicho, era decisión de mi padre.
Los Bailey iban a cuidar bien de la finca, pero era mi padre quien no debería venderla, joder.
La invitación para ayudar con el ganado fue una jugada estratégica, exactamente lo que yo habría hecho en su situación.
—No hay de qué.
Se produjo un silencio incómodo.
—No quiero encender la luz, ¿verdad? —preguntó Tate con cautela.
—¿Qué? —dijo Autumn, alzando la voz. Se le escapó una risa nerviosa—. Estamos vestidos.
—Para ser justos, no hemos llegado a desvestirnos —añadí. Autumn se puso aún más tensa y yo contuve una risa.
—Eso no me hace sentir mejor. —Señaló con el pulgar hacia la entrada principal—. Le he dicho a Teller que me pasaría por aquí para echar un vistazo a cierta información sobre un nuevo proveedor de cereales.
—Sí —asintió Autumn con entusiasmo—. Vale. Nosotros… eh… nos vamos a casa. Como estábamos a punto de hacer antes de que llegaras.
La risita de Tate inundó el ambiente.
—Menos mal que papá nunca te pilló con un chico en el instituto, Autumn. Mientes fatal.
Se alejó, sin dejar de reír.
Autumn me dio un golpecito en el estómago.
—No me has ayudado nada.
Por fin me eché a reír. Nunca habría imaginado que iba a pasarme algo así; que nos pillaran practicando sexo donde no debíamos. A lo largo de los años, siempre había sido muy estricto con mis diversas y esporádicas aventuras. Debería haber estado tan horrorizado como Autumn, pero no lo estaba.
Tate podía haberse enfadado con Autumn, y yo la habría defendido. Eso habría podido echar por tierra todo el progreso que habíamos hecho. Pero la había tratado de igual a igual, tal y como lo habría hecho si hubiera sorprendido a uno de sus hermanos.
Así que quizá ese matrimonio falso también la había ayudado un poco a ella. No podía darle la familia de cuento de hadas que ella quería, pero había contribuido a mejorar su imagen ante sus hermanos.
O quizá esa idea era una auténtica tontería. En cualquier caso, aún nos quedaban un par de semanas juntos.
Las mejillas de mi mujer estaban tan sonrojadas que se veían incluso en la oscuridad.
—Ver cómo te retuerces es casi tan divertido como ver cómo te corres, polvorín. —Me lavé las manos rápidamente—. Venga. Vamos a casa. Necesito darme una ducha. Y luego volveré a meterme entre tus piernas.