22 #3
—No sé de qué me estás hablando. —No podía mirarla a los ojos.
—Estás obsesionada con él. —Se reclinó en su taburete—. Estoy preocupada por ti. Hank no da señales de querer echarse atrás.
—Lo sé.
—¿El acuerdo matrimonial aún no ha cambiado?
—No hay motivo para ello. —Seguí garabateando. Tenía que preparar más cerezas confitadas y gajos de limón. Me había quedado atrasada con las existencias desde que me había metido de lleno en lo de Gideon.
—¿Te acuerdas de cuando me dijiste que hablara con Jonah? —dijo en voz baja—. Creo que deberías hacer lo mismo. Te importa.
—¿De qué iba a hablar con él? Se casó conmigo como último recurso. Sí, ha ayudado a su padre y a los chicos, pero nada ha cambiado.
—Eso no lo sabes. Puede que para él hayan cambiado muchas cosas.
—¿Y si para él es como un juego de disfraces?
No soy más que una distracción, ¿y sabes qué?
Me parece bien. Yo era una forma de que él pasara el rato y se acostara con alguien mientras fingíamos estar casados durante un mes.
Me parecía bien. Cada vez que soñaba con algo más, me imaginaba los papeles del divorcio.
—¿Y si no eres solo una distracción?
¿Y entonces qué?
—¿Y vivirá feliz para siempre conmigo mientras mi familia se queda con lo que él cree que debería haber sido suyo? ¿Mientras remueven los recuerdos que tiene de sus padres cuando eran felices? ¿Cuando tenga que pedir permiso para presentar sus respetos en el lugar donde murió su madre?
Ella hizo una mueca y su expresión se llenó de compasión.
—Sabes que podrá ir allí cuando quiera para eso.
—Para eso, Summer. Al lugar donde creció. Al hogar que pensaba que sería suyo para siempre, para legárselo a sus hijos.
—Que, según tú, no quiere.
No me lo estaba poniendo fácil.
—Dije que se siente incómodo con ellos. —Suspiré—. ¿Por qué iba a querer seguir casado conmigo si no soy más que un recordatorio de lo que ha perdido?
—Sabes que no es así.
Lo sabía. ¿Gideon pensaba lo mismo?
—¿Has venido aquí para fastidiarme el rato que paso con él? Sé que no te cae bien.
Se puso tensa.
—Que me caiga bien o mal depende de cómo te haga sentir y de cómo te trate. Si no fuera por eso, me importaría un comino.
—Bueno, sí que lo creo. Pero soy realista.
Su vida no está aquí, y no parece que vaya a estarlo nunca.
Él lo sabe. Yo lo sé. Tenemos un acuerdo.
Todos vosotros seguís tratándome como si no tuviera dos dedos de frente cuando se trata de él.
Dejadme disfrutar de esta fantasía, ¿vale?
Me gusta fingir que tengo un marido sexy que no se cansa de mí.
Dejó escapar el aire en silencio.
—Lo siento. Es que tienes un corazón tan grande… Espero que él no te lo rompa. —Se levantó del taburete y rodeó la barra—. ¿Me perdonas por ser una hermana mayor tan pesada?
La abracé .
—Estaré un poco enfadada por esto durante un tiempo.
—No esperaba menos. ¿Necesitas ayuda con algo? No me voy a ir hasta que llegue tu chico.
Los faros de un coche destellaron al otro lado de la ventana. Guardé el cuaderno.
—Ya está aquí. Todavía tengo que recoger.
—Me había pasado toda la noche charlando con los clientes y con Summer—.
Gracias por quedarte conmigo. —Siempre que Wynter y yo trabajábamos en el bar, el resto de la familia nos vigilaba para que no estuviéramos solas.
A esas alturas, ya se habían ido todos los clientes.
La puerta se abrió y entró Gideon, en modo vaquero al cien por cien.
Llevaba una bolsa de comida y una de la compra colgando de la misma mano.
Se quitó el sombrero de vaquero. Su mirada se posó primero en mí y se iluminó.
Sentí un cosquilleo en el estómago. ¿Iba a acostumbrarme alguna vez a que toda su atención se centrara en mí?
La noche anterior, y tantas otras noches antes, había estado enredada con ese hombre, y aún no me podía creer que esto estuviera pasando.
Le echó un vistazo a Summer y le hizo un gesto con la cabeza; luego, se volvió de nuevo hacia mí.
Quería mucho a mis hermanas, pero eso nunca me había pasado. Ningún chico me había prestado más atención que a Summer, Junie o Wynter. Nunca habían ignorado a mis hermanas como lo hacía Gideon, como si no tuviera el más mínimo interés en ellas.
—Ahí lo tienes —murmuró Summer, dándole la espalda a Gideon para ofrecerme un rápido abrazo—. Como si quisiera comerte viva. Eso no es fingido. —Se apartó—. Cerraré con llave al salir.
Gideon dejó la bolsa de la compra sobre la encimera. Dentro estaba su botella de agua, pero también había una taza Stanley verde de las de toda la vida. La sacó.
—Mae me ha pedido que te traiga chocolate caliente. Ha dicho que te gusta para desayunar.
Me encantaba el chocolate caliente de mi madre.
—¿Ya has comido? —Me rugía el estómago. Me había tomado las sobras para almorzar y de eso hacía ya horas.
—No. Y he supuesto que tú tampoco, así que le he preguntado a tu madre si podía llevarme comida. —Volvía a estar un poco apagado, pero seguía siendo atento. ¿Cómo no iba a enamorarme de ese chico? No tenía por qué pasar el rato conmigo, pero había decidido hacerlo de todos modos.
—¿Un día largo?
—No. —Siguió sacando los recipientes con la comida que mi madre había preparado.
Pollo frito, un par de patatas asadas dos veces y judías verdes que ella misma había enlatado del huerto este verano.
Yo la había ayudado—. Hoy ha sido más fácil que el resto de los días, y todas las vacas están más cerca de casa para el invierno.
Le he prometido a tu madre que lavaría todos los recipientes y se los devolvería.
Una cálida sensación me caló hasta los huesos. Su respeto por mi madre no hacía más que aumentar mi deseo de que hubiera algo más entre nosotros. Pero, como le había dicho a Summer, tenía que ser práctica.
—Ya sabes que esa es su forma de hacer que vuelvas al campo.
Sonrió.
—Se diría que ya estaría harta de recibir a todo el mundo para una gran cena cada noche después de haber estado cuidando a los niños todo el día.
—No, está en su elemento. Le encanta el caos. —Cogí un par de platos de un armario poco utilizado en la esquina, donde guardábamos nuestras tazas y vasos de fiesta. No era raro que las fiestas familiares se trasladaran al bar después del cierre.
—No alcanzo a imaginar por qué.
—Seguro que tu casa era más tranquila que la mía cuando eras joven. No creo que mis tres hermanas y yo hiciéramos tanto ruido como tres chicos.
Él repartió la comida y yo serví unos vasos de agua.
Mientras comíamos, me contó que él y Teller habían tenido que parar a arreglar un pinchazo en el remolque de caballos a primera hora de la mañana y que, después, había encontrado a un ternero con un problema en la pezuña.
Se había quedado con Tenor hasta que había llegado el veterinario.
Cuando hablaba, su voz era alegre y sus ojos brillaban, como cuando los niños del colegio me contaban algo divertido que habían hecho el fin de semana.
¿Se daba cuenta de que la forma en que hablaba de los tres últimos días era muy diferente a cuando hablaba de su trabajo en el casino?
Cuando hablaba del Silver, se ponía serio.
Casi sombrío. El Silver no era más que negocios.
No había pasión. ¿Se daba cuenta de que apenas había hablado del hotel durante la última semana?
Lo máximo que había dicho era que debía responder a algunos correos o que tenía una reunión de la que no podía librarse.
Nunca había charlado sobre sus compañeros de trabajo y, desde luego, no había sacado a relucir a Taya.
Terminamos de comer y empecé a recoger. Dejé correr agua con jabón en el fregadero, pero cuando me di la vuelta, él ocupó mi lugar y se remangó.
—Has estado trabajando todo el día. —Aun así, aproveché para admirar sus fuertes antebrazos.
—Tú también, y has estado atendiendo a la gente toda la noche.
—No ha sido para tanto. Los miércoles vienen los habituales. Nuestro vecino Jason ya casi se sirve las copas él mismo. Incluso limpia la barra si le doy la espalda.
—Bien. Me alegro de que tengas clientes así.
Cogí otro trapo y limpié las mesas y la barra.
—Espera un momento. Siéntate. —Ya casi había terminado de lavar los recipientes.
—¿Por qué?
La mirada que me lanzó era la típica de un director general. No quería discusiones. Cogí el taburete en el que me había sentado para comer.
Se secó las manos y metió una en la bolsa del almuerzo. La bolsita que sacó estaba llena de aceitunas rellenas grandes.
—¿Aceitunas?
—Las devoraste la noche que nos conocimos. Estas están rellenas de queso azul. No esperaba encontrarlas en la nevera, pero Mae dijo que las compra para ti.
—Se nos conoce por prepararnos un bloody Mary o dos bien elaborados.
—Me toca a mí preparar un bloody Mary , esta vez con bourbon Copper Summit .
Mi curiosidad se despertó.
—¿Vas a preparármelo?
Rebuscó en la neverita para encontrar los ingredientes.
—Por supuesto.
—Señor James, ¿está intentando emborracharme?
Su expresión se volvió cómplice.
—No tengo que emborracharte para conseguir lo que quiero.
Empecé a sentir un cosquilleo entre las piernas.
—¿Y qué es lo que quiere?
Pinchó las aceitunas con un palillo y las dejó sobre el borde de la copa.
—Quiero que te relajes y me cuentes cómo te ha ido el día.