Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 22 #2
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—No hay forma de que me coma todo esto. —Su risita fue autocrítica—. No necesito mucho últimamente, pero los bocadillos acaban cansando. —Emitió un sonido de deleite—. ¡Chuletas de cerdo! ¿Quieres la mitad?

—No, gracias. Guárdalo para la comida de mañana.

—¿Solo se iba a comer media chuleta de cerdo?

Lo observé con la mirada más crítica. Estaba más sano de lo que lo había visto la última vez, tal y como había pensado cuando Autumn y yo nos habíamos pasado por allí, pero ya no era un hombre imponente.

Quizá los años de alcoholismo le hubieran pasado factura, pero tampoco se dedicaba ya a la agricultura ni a la ganadería.

Solo sobrevivía en una casa que antes estaba llena de amor y risas.

—¿Has estado ayudando a los Bailey? —preguntó con la boca llena.

—Desde hace unos días. He pensado que no estaría de más demostrarles que no soy un capullo de ciudad.

—No todos los de la ciudad son unos capullos.

Gruñí.

—Muchos sí lo son.

Se rio entre dientes y pinchó una patata frita.

—Lo mismo ocurre con la gente del campo.

Se hizo un silencio cómodo entre nosotros.

Cuando estábamos arreglando la valla, él había llenado el silencio con charlas sobre quién hacía qué, adónde se habían mudado mis antiguos compañeros de clase y por cuál matrimonio iban, y qué negocios habían abierto y cerrado desde que yo me había ido.

Antes, cuando estaba enfermo, solía enfurecerse por el precio de mercado de los cereales, los rendimientos cada vez menores de la ganadería y el gasto en maquinaria y reparaciones.

Sin su resentimiento ni el trabajo en la finca, ¿de qué podía hablar?

—¿Sigues trabajando en el taller o en la valla? —le pregunté, porque hablar era mejor que darme cuenta de lo poco que conocía a mi padre. Ya no era el mismo hombre herido y enfadado que había dejado atrás.

—Estoy cambiando algunos postes aquí y allá.

Esperé mientras daba unos cuantos bocados más, soltando mur mullos aprobadores. Se me escapó de los labios la pregunta que me ardía en la lengua.

—¿Eres tú quien se encarga de mantener el lugar donde murió mamá?

Dejó de masticar un momento y luego tragó saliva con dificultad.

—Sí —dijo con voz ronca y se limpió la boca—.

Sí, pensé que sería mejor ir allí una vez más, ya sabes, antes de que empiece a nevar.

—Antes de que lo consideraran un intruso—.

Después del cierre de la venta, seguiré arreglando su tumba.

Deberías ver lo grandes que se han hecho los árboles del cementerio.

Me importaban un carajo los árboles. No iba a ir al cementerio. Mi único recuerdo de aquel lugar era el entierro de mi madre. Mis abuelos no habían tenido funeral, así que no había necesidad de que volviera por eso.

Era hora de cambiar de tema.

—Tate me dijo que ayudas en el banco de alimentos.

Hizo una breve pausa mientras cortaba un trozo de su chuleta de cerdo.

—Sí. Lo usé bastante, así que pensé que ya era hora de devolver el favor.

—¿Tuviste que recurrir a eso?

Se encogió de hombros.

—Es lo que pasa cuando gestionas mal tu negocio.

—Se metió un trozo de carne en la boca y masticó, con expresión pensativa—.

Me alegro de haber aguantado hasta que falleció tu abuelo.

Le habría encantado verme haciendo cola para conseguir conservas.

Otra forma más de recordarme que lo había echado todo a perder.

La simpatía que sentí me sorprendió.

—¿Hablasteis los dos después de que me fuera?

—Yo no lo llamaría hablar. Él gritaba y yo escuchaba, como siempre. Por respeto a tu madre. Como siempre. —Observó su comida, con el ceño fruncido y el rostro sombrío—. ¿Sabes?, nunca estuve hecho para esta vida.

—Naciste y creciste en una granja.

Su sonrisa denotaba comprensión.

—En una pequeña. Mis padres nunca asumieron más de lo que podían manejar y nunca les interesó expandirse.

Les gustaba su tra bajo en el pueblo. Yo tenía que trabajar en la granja, pero también podía hacer lo mío.

Entonces conocí a Jenni. —Se le arrugaron las comisuras de los ojos al sonreír—.

Este era su sitio. Todo el negocio era de su familia, y, o me lanzaba de cabeza, o la dejaba atrás.

Ella no podía marcharse. —Su sonrisa se desvaneció—.

Bueno. Ya sabes qué elegí. —Y luego, cuando ella falleció, se quedó con un negocio que abarcaba tanto la agricultura como la ganadería.

La granja Percival era más que un pasatiempo.

Ese lugar tenía que convertirse en su vida.

—¿Por qué no redujiste el ritmo? —Sorprendentemente, no había ningún tono de juicio en mi voz—. Podrías haber vendido el rebaño, haber arrendado los pastos o incluso las tierras de cultivo, y luego habrías podido buscar trabajo en el pueblo

Volvió a envolver el plato. Solo se había comido la mitad.

—Al final, fue mi decisión. —Habló con calma, como si reconocer su papel en todo aquello fuera fundamental para la conversación—. En aquel momento los abuelos me presionaron mucho.

—¿Los padres de mamá?

Asintió.

—Percival lo era todo para ellos. Tu abuelo creció escuchando esa historia de los legados.

Su orgullo era enorme. Tan enorme… —Bajó la mirada hacia la superficie laminada de la mesa, con tristeza y pesar en los ojos—.

Ya estaba entrando en pánico pensando en cómo iba a hacerlo todo yo solo.

Jenni y yo apenas podíamos con todo cuando sus padres tuvieron que retirarse.

—¿Estabais pasando apuros? —Nunca se me había ocurrido hacer estas preguntas antes, pero él tampoco había parecido dispuesto a responderlas hasta entonces.

Sus rasgos se tensaron.

—Nunca lo dirías por cómo actuaba ella, pero sí. Estábamos pasando apuros.

Se me puso la carne de gallina.

—¿Estás echándole la culpa a mamá?

Dejó escapar un largo suspiro.

—Después de todo este tiempo, quizá un poco. —Levantó una mano. Mi creciente ira debía de haberse reflejado en mi rostro—. Asumo gran parte de la culpa, pero por aquel entonces, los dos de beríamos haber formado un equipo más unido. En cambio, me trataban como si fuera un simple empleado.

Me estremecí. Yo había sentido lo mismo por su parte después de que mi madre muriera. Sin embargo, no podía echarle toda la culpa cuando ella ya no estaba ahí para defenderse.

—¿Por qué no contrataste a alguien?

—No estaba hecho para ser jefe. Seguí el ejemplo de Jenni. Y cuando ella se fue… No servía para gran cosa.

—Me fui a Las Vegas para ganar suficiente dinero para comprar Percival.

—Porque tu abuelo te lo dijo.

Lo miré boquiabierto.

—¿Cómo lo sabes?

—Él me lo contó. —Los músculos de su mandíbula se tensaron—. Varias veces. Se jactaba de ello.

La consternación se apoderó de mis hombros, pesada y oscura.

—Por eso no me la vendes a mí.

—No, Giddy. Lo hago porque todos deberíamos poder vivir nuestras propias vidas.

Lo dijo con sencillez, como si yo debiera entenderlo.

—Nada de esa respuesta explica por qué ni siquiera me dejaste hacer una oferta. Percival debería ser mía. Es mi vida. Es el legado de mi familia.

—Eso es lo que diría tu abuelo.

—Mi madre quería que lo tuviera.

—Ella quería que tuvieras opciones. Quería el mundo para ti.

—¡Percival es mi mundo y tú me estás dejando fuera de él!

La solemnidad se apoderó de su rostro.

—Tu mundo es esa increíble esposa que tienes, pero lo único que oigo es que antepones las viejas tonterías de tu abuelo a ella.

—Autumn no es asunto tuyo —gruñí. A la mierda con esto. Mi padre se negaba a escucharme, y yo ya había tenido suficiente. Me levanté—. Tienes dos semanas para darte cuenta de que estás destrozando todo lo que nos une. Otra vez.

Salí furioso de la casa y él no me siguió ni me llamó. Se quedó sentado a la mesa y dejó que me fuera, igual que había hecho hacía tantos años.

A utumn

Era otra tranquila noche de miércoles en el bar. Gideon había estado ayudando a trasladar ganado durante los tres últimos días. Me había dejado el coche y me había dicho que Tenor iba a llevarlo cuando terminaran.

La noche anterior había regresado a casa con un aire sombrío.

Lo había visto en sus ojos y en la forma en que se movía.

Le había preguntado si todo iba bien, pero él solo me había respondido que el día había ido bien, que incluso se lo había pasado bien, y que estaba cansado.

Luego habíamos follado sin que nos hubiera dado tiempo siquiera a llegar al dormitorio.

Una vez en la cama, se había sumido en sus pensamientos y no había compartido nada conmigo.

Habíamos llegado al ecuador de nuestro breve tiempo juntos.

Un par de chicos se despidieron haciendo un gesto con la mano al salir.

Toda la destilería había estado tranquila esa semana, con todos los jefes fuera, excepto Summer.

Ella cubría a Teller y a Tenor, y el equipo de Wynter estaba acostumbrado a que ella trabajara fuera de la oficina la mayor parte del tiempo.

Me asomé por la ventana.

Summer dio unos golpecitos en la barra.

—¿De verdad te sientes tan sola sin él durante tres noches?

La miré con el ceño fruncido.

—No he estado sin él tres noches. Además, tú estás igual de mal.

—Pero mi matrimonio es de verdad.

—Ay.

Se encogió de hombros. Su comentario había sido intencionado. Me estaba poniendo a prueba.

—Me he enterado de lo de Halloween.

—Lo siento, debería haberte llamado para invitaros a ti y a Jonah. Me entró el pánico ante la idea de ponerme mi disfraz de Pinocho delante de Gideon.

—No te preocupes por la invitación. Estábamos en la nueva casa de sus padres. Te juro que actuaban como si nunca hubieran conocido al Jonah que reparte caramelos.

—¿Lo ha hecho alguna vez?

—Tienes razón. Probablemente no. En fin, ¿se quedó horrorizado Gideon con la nariz larga?

—Lo que lo fascinó fueron los tirantes. —Para disimular mi rubor, saqué mi cuaderno y anoté algunas ideas que se me habían ocurrido para nuevos cócteles. Teníamos arándanos congelados a mano y quería preparar más sirope para dar sabor.

Summer se agachó y echó un vistazo a lo que estaba escribiendo.

—Así que es eso.