22
G ideon
Me dirigí tambaleándome hacia la casa de Mae.
Me dolían las piernas, el trasero y todo el torso como nunca en toda mi vida.
Estaba a la vez agarrotado por el día anterior y dolorido tras otras diez horas en la silla de montar.
Los pastos ese día tenían mucha más maleza, y a un par de esos irritantes pedazos de cuero andante les gustaba esconderse.
Tate me dio una palmada en la espalda. Era igual de seco cuando trabajaba, pero en ese momento mostraba un aire desenfadado.
Era serio, diligente, pero el rancho era su elemento.
Probablemente ocurría lo mismo en la destilería.
Había sido el tema de la venta lo que lo había puesto más tenso de lo normal.
Y yo, que también provocaba ese efecto en mi trabajo.
Pero ese día nadie me había tratado de forma diferente a los demás. Cuando una vaca se había abalanzado a través de un bosquecillo y yo había ido tras ella, recibiendo golpes de ramas secas, se habían reído a carcajadas. Y lo mismo me había pasado a mí cuando les había ocurrido a ellos.
Tate decía que al día siguiente habríamos terminado.
Un día más. Después iba a tener que trabajar desde el amanecer hasta el atardecer con mi portátil.
Como si fuera una señal, mi móvil vibró.
Miré el mensaje por si acaso era de Autumn.
Me había enviado uno antes, diciendo que el plan de la fiesta de la pizza seguía en pie y que iba a llegar tarde a casa.
El nuevo mensaje era de Taya.
Taya: En serio, ¿por qué coño no llamas? Es algo más o menos relacionado con el trabajo.
¿«Más o menos» sobre el trabajo? Eso era nuevo, pero seguía sin explicar por qué no podía enviarme un correo. Como me había dado una pista, le di una respuesta a medias.
Yo: Estoy en medio de algo. Te llamaré cuando pueda.
Me guardé el móvil en el bolsillo y seguí al equipo al interior. Myles y Wynter no estaban por ahí. Scarlett se había llevado a los niños a casa de Mae. Cuando se abrió la puerta, los gritos que salieron parecían indicar que había diez niños en la casa en lugar de tres.
—¿Abuela? —dijo Chance, con la voz quebrada. Apenas recordaba esa edad ni todo ese asunto de la pubertad. Mi madre acababa de fallecer y aquel período era una nebulosa en la que solo hacía lo que había que hacer con un padre cada vez más sumido en la autocompasión—. ¿Dónde quieres que ponga esto?
Cuando entré y la multitud se apartó, vi a Chance ayudando a Mae a poner la comida en la mesa.
Nos hizo señas para que entráramos.
—Venid, venid. Los pequeños estaban a punto de abalanzarse sobre la mesa. Chance habría ido el primero.
Sí. Recordaba aquellos días. El hambre constante ante las reservas de comida cada vez más escasas.
Deambular por la cocina mientras el estómago me rugía.
Y luego despertarme, solo para raspar los restos de mantequilla de cacahuete del tarro e improvisar otro sándwich de mantequilla de cacahuete y mermelada.
Cuando mi madre aún vivía, nuestra cocina olía así: a carnes sabrosas y especias. Nuestra casa era tan acogedora como esa. Aunque, al ser solo tres, no había tanto ajetreo.
Eso era… agradable. Mucho más agradable que regresar a un piso vacío, iluminado por el horizonte de Las Vegas.
Me quité el sombrero de vaquero y me deshice del abrigo. Parecía como si los llevara puestos desde hacía años en lugar de días.
Mae se acercó a mí con un cuenco de guisantes humeantes en las manos.
—¿Te importa si le preparo un plato a tu padre? ¿Podrías llevárselo?
La confusión se apoderó de mí antes de que surgiera mi resistencia natural a ver a mi padre. Desde que lo habíamos ayudado la noche de la reunión de Alcohólicos Anónimos, no lo había vuelvo a ver.
—No hace falta. Seguro que ya ha comido.
No tenía ni puta idea.
Su sonrisa era amable, pero en sus ojos brillaba un atisbo de obstinación.
—He hecho un montón de comida, y con las sobras de anoche, voy a estar a pasta y chuletas de cerdo durante semanas. También puedo enviaros las sobras a ti y a Autumn para el almuerzo. —Me cogió del codo—. Venga. Vamos a comer.
No había aceptado mi sutil «no» por respuesta. Me iba a dar un montón de comida y punto.
Me senté en el asiento vacío de la mesa, junto a Tenor.
Teller estaba frente a él. Tate y Chance estaban más cerca de Mae, que estaba flanqueada por Brinley y Darin.
Cruz y Lane ocuparon los asientos del extremo, junto a mí.
Los platos se iban pasando en sentido contrario a las manillas del reloj y me serví.
Tate le contó a su madre cómo le había ido el día, y Tenor y Teller se unieron con una o dos anécdotas para hacerla reír. Yo me reí con ellos.
Entonces Tate le preguntó a Chance por el colegio. Los demás chicos acribillaron a los niños a preguntas. Teller apostó con Brinley a que ella no podía comerse más guisantes que él. Ella ganó, pero sospechaba que Teller la había dejado ganar a propósito.
¿Cuándo había sido la última vez que había sonreído tanto? No era más que un espectador, y sin embargo me sentía parte del grupo. Cuando terminamos de comer, ayudé a recoger la mesa y a fregar los platos.
Mae sacó varios táperes de los armarios y los llenó, junto con un plato de cartón grueso.
—Gracias por hacer esto, Gideon.
Lane me dio una palmada en la espalda.
—Lo dice como si tuvieras otra opción.
—Venga ya. —Ella le lanzó una mirada juguetona—. No descubras mis secretos. Me dio una palmadita en el hombro—. Saluda a tu padre de mi parte.
Me limité a asentir, temiendo la tarea que me esperaba.
Me fui entre un «Nos vemos mañana» y un «A primera hora» .
Tiré mi sombrero al asiento trasero. La comida que tenía en el estómago se había convertido en una bola de bolos.
¿Cómo demonios me había convencido Mae para hacer algo así?
Los faros iluminaban el tramo de carretera que me resultaba tan familiar.
Unos cuantos copos de nieve se derretían en el parabrisas.
Se suponía que no iban a ser nada, pero a finales de esa semana íbamos a tener una nevada considerable.
La casa apareció a la vista. La luz del porche relucía en la oscuridad junto con el resplandor del salón.
Aparqué frente al camino de entrada y me quedé mirando los recipientes de comida.
Iba a acabar con eso de una vez y a marcharme.
Salí del coche. Cuando llegué a la puerta principal, dudé.
El olor a madera vieja del porche me envolvió, junto con la promesa fresca de la nieve que traía la brisa. La nostalgia inundó mi mente.
«¡Mamá! ¡Papá! ¡Pickles ha tenido gatitos!»
Pickles había sido mi gata favorita. Un día había desaparecido y habíamos dado por hecho que se había convertido en comida para algún animal más grande. Yo estaba desconsolado y mi padre me había llevado a pescar.
Se me hizo un nudo en la garganta. Esos recuerdos no me hacían ningún bien. Llamé tres veces a la puerta. Se abrió de par en par con el último golpe sin hacer ningún ruido. También había arreglado eso. Lo estaba arreglando todo menos la relación entre nosotros.
El rostro arrugado de mi padre parecía más viejo sin el sombrero. Llevaba el pelo muy corto y lo tenía casi todo canoso. Se mantenía el bigote y la barba bien recortados. Yo me parecía mucho a mi madre, pero podía verme a mí mismo en la línea de sus hombros y en la forma de su cara.
—Me preguntaba si eras tú. —Bajó la mirada hacia el plato.
—Mae dice que ha hecho demasiada comida.
Sus ojos se iluminaron.
—Ah, ¿sí? —Se dio la vuelta y dejó la puerta abierta—. Pasa.
—No, tengo que…
—Esa Mae es buena cocinera. —Miró por encima del hombro mientras subía las escaleras—. ¿Ya has cenado?
Todavía llevaba la comida en las manos. Sería un auténtico capullo si me fuera así.
Al cruzar el umbral, me armé de valor para hacer frente a los sentimientos que me invadían.
—Sí —dije con brusquedad.
El olor era diferente. Me había preparado para un olor a cerveza rancia.
Un olor a levadura seca y muerta que nada tenía que ver con los aromas de fermentación en pleno apogeo de la destilería.
En cambio, me invadió un suave aroma a canela, tan tenue que apenas se percibía.
Las alfombras eran las mismas, todo lo que veía era igual, pero estaba… limpio.
Tampoco es que hubiera vivido en la suciedad tras la muerte de mi madre, pero no nos habíamos preocupado demasiado por limpiar y lo teníamos todo un poco descuidado. Esa fue una de las razones por las que me atrajo mi ático inmaculado.
—He cenado ligero. Es más o menos lo único que como últimamente.
Se dirigió a la cocina y yo le seguí. El salón no había cambiado, salvo por un sofá que quizá hubiera sido nuevo hace diez años.
Lo mismo ocurría con el sillón reclinable.
El televisor de pantalla plana era más nuevo, pero aun así tenía ya unos cuantos años.
Tenía un programa en pausa. En la pared del fondo estaba nuestra vieja foto de familia.
Míranos a todos sonriendo. Los recuerdos de aquel día amenazaban con colarse en mi mente. Los aparté a toda prisa.
Desvié la atención hacia la cocina. No se había renovado nada, salvo los electrodomésticos. ¿Qué habría vendido para pagarlos?
Una pequeña punzada de vergüenza me recorrió el cuerpo. ¿Habría preferido que viviera en una casa sin nevera ni cocina y con muebles ajados que olieran a soltero y a cerveza rancia?
Quizá habría dicho que sí hacía unas semanas, pero, por el momento, me sentía más agradecido de que hubiera mantenido la casa en un estado bastante aceptable.
Me alegraba de que hubiera tenido con qué mantenerse a flote hasta que había debido tomar la decisión definitiva de vender.
Que él quisiera mudarse al pueblo no era asunto mío.
Sacó un segundo plato y un tenedor. Luego llenó una taza que había en el escurridor con un poco de café y se sentó a la mesa.