21 #2
—Bien. —Tomó otro bocado. Seguí comiendo. Su tenedor tintineó sobre la mesa—. La verdad es que me lo he pasado cojonudamente bien, y eso me cabrea un poco.
—Ah, ¿sí? —me volví en la silla para mirarlo.
Se pasó una mano por el pelo. Se le quedaron unos mechones enredados entre los dedos y se mantuvieron casi en su sitio cuando retiró la mano.
—Había un par de vacas entre la maleza y las he sacado de ahí.
¿Sabes cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que hice algo así?
¿Sabes desde cuándo no hacía nada de eso?
—Tensó la mandíbula—. Disfruté de cada instante.
Los días en que mi padre y yo trasladábamos el ganado no los recuerdo con cariño.
Pero hoy… Hoy me he acordado de cuando mi madre nos acompañaba.
—¿Y volvió la diversión? —pregunté en voz baja.
Se quedó mirando su plato, ya casi vacío, durante un minuto.
—Sí.
—Me alegro de que hayas vuelto a encontrar la alegría.
—Gruñó, probablemente pensando en que quizá fuera la primera vez desde que se había marchado del pueblo, pero la última vez para el resto de su vida.
Puse el papel encima de mi plato y lo metí en la nevera—.
No te preocupes por mañana por la noche.
Summer va a llevar a Chance, Brinley y Darin a casa de mi madre, así que no tenemos que darnos prisa. Scarlett quiere pedir unas pizzas.
—Entendido. —Se levantó, pero no se fue de la cocina—. ¿Va a estar Mark?
Parpadeé. Mis pensamientos se habían centrado por completo en Gideon. La gente seguía felicitándome por mi boda. Casi había olvidado que había tenido unas cuantas citas con Mark.
—No. Está evitándome.
—Bien. —Llevó sus platos al fregadero—. Me voy a dar una ducha.
Su trasero, enfundado en vaqueros, acaparó toda mi atención mientras se alejaba tranquilamente por el pasillo y desaparecía en el dormitorio. Se lo había pasado bien y estaba cabreado por ello. Eso resumía su estado de ánimo.
Suspiré y me fui al dormitorio para entrar en el baño cuando él saliera.
Unos minutos más tarde terminó y salió con nada más que una toalla envuelta alrededor de la cintura. Le había crecido la barba porque no se había afeitado desde hacía dos días.
Cogí el pijama y pasé a su lado. El dormitorio se quedaba pequeño cuando él estaba dentro.
Me agarró del codo y me hizo volverme hacia él.
—¿Qué pasa…?
Me besó apasionadamente. Su barba me rozaba la piel, provocándome un cosquilleo que me recorría todo el cuerpo.
Me estremecí y él me estrechó con más fuerza.
Mis brazos quedaban aplastados entre nosotros, pero seguía sujetando mi pijama.
No habría podido soltarlo ni aunque lo hubiera intentado.
De todos modos, se habría enganchado en la gruesa erección que estaba entre nosotros.
Se apartó lo justo para hablar.
—Hoy te he echado de menos.
—Mmm. Hace tiempo que no ayudo. Tate intenta no hacerlo todos los fines de semana.
—No dejaba de pensar en lo sexy que estarías con tus botas y tu sombrero de vaquero. —Me dio otro beso en los labios—. No dejaba de preguntarme cuánto se te moverían las tetas al cabalgar.
El cosquilleo se convirtió en un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.
—Señor James, ¿se le ha puesto dura mientras montaba a caballo?
—Sí. Y eso también fue irritante de cojones. Menos mal que tuve que ir a arrear al ganado justo en ese momento.
—Me gusta por dónde va esto, pero tengo que ir al baño.
Me dio otro beso antes de dejarme marchar.
—Vale, pero aún no he terminado contigo.
Me metí corriendo en el baño. Me recogí el pelo y me di una ducha rápida.
Estaba a punto de salirme de mi piel de la expectación cuando salí del baño.
La luz del techo estaba apagada. Solo el resplandor de la lámpara de mi mesilla de noche iluminaba la habitación.
La puerta estaba cerrada para que no entrara el gato.
Gideon estaba tumbado en su lado de la cama, haciendo que mi cama de matrimonio pareciera una individual. La toalla estaba sobre sus partes íntimas. Sus largas piernas, salpicadas de vello oscuro, estaban cruzadas por los tobillos, tan musculosas como siempre, incluso mientras dormía.
Solté una risita ahogada. Debía de estar agotado. Se había levantado antes del amanecer, lo que en esta época del año no era tan temprano como solía hacerlo, pero tampoco había estado todo el día sentado detrás de un escritorio.
Dejé la puerta cerrada para que Sprinkles no lo despertara. Apagué la luz y me metí en la cama.
De él emanaba calor. ¿Debía taparlo o iba a tener demasiado calor?
Me tumbé.
—Ya te he dicho que aún no había terminado contigo.
Me sobresalté.
—Vaya, me has asustado.
Soltó una risa grave.
—Puede que estuviera dormitando, pero un día entero a lomos de un caballo no es suficiente para alejarme de ti.
Su cumplido me reconfortó.
—Si estás cansado, puedes dormir. No pasa nada.
—Autumn, vuelve a encender esa puñetera luz para que pueda ver cómo se te mueven las tetas cuando me cabalgas.
Me atraganté con un chillido.
—No voy a montarte con la luz encendida.
Habíamos hecho muchas cosas. Él lo había visto todo. Pero normalmente era él quien hacía el trabajo. Yo era como una espectadora entusiasta a la que le encantaban los orgasmos.
—Autumn —gruñó.
Se me cortó la respiración. ¿De verdad iba a acobardarme? Él sabía cómo era yo desde tantos ángulos diferentes.
Encendí la lámpara. Nos bañó una luz tenue.
Se quitó la toalla de un tirón y su pene se irguió, largo y orgulloso, hacia su vientre.
—Súbete.
Había un condón en la mesilla junto a él.
—Me eché por encima de él, pero me agarró del brazo—.
Todavía no. Primero necesito sentirte. —La urgencia que se percibía en su voz bastó para que me sentara a horcajadas sobre él.
Tenía muchas ganas de verme así. Ya me había puesto encima antes, pero había sido algo momentáneo.
Estaba cansado, pero, como él mismo había dicho, no lo bastante como para saltarse eso. ¿Quién era yo para negárselo?
Puse mis piernas a los lados de sus caderas.
Mi sexo estaba sobre él y podía sentir lo mojada que estaba.
Me moví hacia adelante y hacia atrás. De su boca salió un gemido profundo—.
Joder, eres como terciopelo empapado. La hostia de cálida y suave.
—Me agarró los muslos, pero no me movió.
Mis pechos se balancearon cuando me eché hacia delante y me moví a lo largo de su miembro—.
Joder —repitió entre dientes. Su cuerpo estaba tenso, pero yo me estaba derritiendo—.
Estás empapada y apenas te he tocado. —Como si necesitara rectificar eso, me acarició los pechos.
La fuerza de sus manos, duras e inflexibles, era siempre lo bastante suave como para no hacerme daño—.
Dios mío. —Cogió el condón—. No voy a aguantar, joder.
Rompió el envoltorio con los dientes, pero yo se lo quité de las manos.
—Déjame hacerlo a mí.
Su mirada prometía venganza por ralentizar el momento. Quería saborear su atención. Mis inseguridades habían desaparecido. ¿Cómo podían molestarme cuando el simple hecho de restregarme contra él sin que llegara a penetrarme lo excitara tanto?
Me senté sobre sus muslos y me tomé mi tiempo para desenrollar el condón. Su pene se estremeció bajo mis dedos y él me masajeó los muslos. Lo acaricié perezosamente un instante y él me miró la mano, la unión de mis muslos y, de nuevo, la mano.
—Móntame, esposa. Muéstrame cómo cabalgas.
Sentí un nudo en la garganta al escuchar ese «Esposa» .
Me moví y lo coloqué en mi entrada. Luego me dejé caer. Lentamente. Con cada pulgada, él se tensaba y doblaba más las rodillas. Se arqueó un poco.
Cuando estuve completamente sentada y llena de él, me balanceé para adaptarme a su tamaño.
—Eres tan grande… —Quizá sonara como si estuviera en una película porno, pero decía la verdad. Pensaba que penes como el suyo eran una fantasía. Era como si lo hubiera encargado especialmente para mí. «Mándeme un marido casi perfecto para probarlo durante un mes» .