Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 21
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G ideon

Había ido a la tienda de maquinaria agrícola y había comprado unos guantes de trabajo gruesos y un sombrero de vaquero, y lo llevaba puesto todo cuando fui a casa de los Bailey.

La luz aún no había asomado por el horizonte esa mañana cuando bajé por el camino de entrada de los Bailey.

Scarlett había dicho que iba a recoger a Autumn para llevarla al trabajo y que después iba a acercarla a casa.

El día anterior había estado a punto de comprarme una camioneta para que Autumn no tuviera que pedir que la llevaran, pero ella me lo había impedido.

Llevaba casi dos semanas diciéndome a mí mismo que debía comprarme un vehículo para facilitarnos las cosas.

«¿Qué vas a hacer con una camioneta en Las Vegas?».

No tenía respuesta para esa pregunta. Podía venderla. Joder, podía dársela a Autumn como regalo de despedida. «Toma los papeles del divorcio y una camioneta nueva por el tiempo que has pasado conmigo» .

La idea me cayó como un peso de plomo en el estómago. Quizá si supiera si mi padre iba a echarse atrás en el último momento, habría tenido una respuesta más optimista.

Aparqué junto a la casa, tal y como me había dicho Autumn, y fui hasta el establo.

El aroma fresco y frío del aire me transportó a una época anterior, cuando ensillaba los caballos para trasladar nuestro propio ganado.

Cuando era más joven, no me separaba ni un momento de padre.

Para cuando llegué a la adolescencia, ya era yo quien llevaba las riendas.

Él fingía estar al mando, pero yo lo tenía todo bajo control.

A diferencia de la finca de los Bailey, la nuestra no era lo bastante grande como para requerir traslados de ganado que duraran toda la noche.

Mis padres lo hacían durante el día y yo disfrutaba de cada momento.

Parte de esa alegría surgía de un recuerdo que llevaba mucho tiempo guardado bajo llave.

Me encantaban tanto los largos días trabajando con el ganado como la cosecha, desde el amanecer hasta el atardecer.

A veces, me quedaba a solas con mis pensamientos, pero después me unía a la charla con mis padres.

¿Qué había salido bien? ¿Qué podíamos hacer mejor?

¿Qué había que arreglar? Me sentía como un adulto, y cuando después se lo contaba a mi abuelo, él sonreía, radiante, y asentía.

«Llevas la agricultura en la sangre. Llevas el aire libre en la sangre. Confía en tu instinto».

Más tarde, antes de que me graduara en el instituto, me había dicho cosas parecidas.

«Este lugar es tuyo. Sabes que tu padre no hará lo que hay que hacer.

Va a llevar a la granja Percival a la ruina.

Mi padre ahorró y compró esta tierra después de que se lo hubieran quitado todo, a él y a su familia.

No dejes que tu padre te lo quite a ti. Empieza por ahorrar hasta el último céntimo que tengas» .

La voz de mi abuelo retumbaba en mi mente con más fuerza de lo que lo había hecho en años.

Esos recuerdos eran la razón por la que estaba ahí.

Si mi padre se enterara, sabría que no era un capullo de la ciudad que quería deducirse algo de los impuestos y pisotear a la gente del lugar. Yo era de ese lugar, joder.

Tate y Teller estaban subiendo los caballos al remolque plateado acoplado a la camioneta de Tate. Tenor estaba metiendo unas neveritas portátiles en el asiento trasero. Había cubos y cajas de plástico apilados delante del remolque.

El viento me azotaba la cara. Caían unos cuantos copos de nieve del cielo.

Myles apareció a mi lado.

—Supongo que podría hacer más frío.

Casi no lo reconocí con ese sombrero de vaquero color canela puesto, y ni siquiera me había dado cuenta de que me seguía.

Miré hacia atrás. Wynter iba vestida con vaqueros y botas, y llevaba una chaqueta marrón desgastada abrochada hasta la barbilla.

Llevaba su propio sombrero de vaquero negro calado hasta los ojos y su trenza rubia metida dentro del cuello de la chaqueta.

—¿También has traído al bebé? —pregunté.

Myles sonrió, pero sin apartar su mirada indulgente de su mujer.

—No, Elsa va a estar con Mae todo el día. Deberías ver lo emo cionada que está Mae con eso. —Levantó la vista hacia dos hombres que se acercaban en una camioneta con otro remolque—. Ya conoces a mis hermanos, Lane y Cruz, ¿verdad?

Habían estado en la fiesta que había organizado mi padre.

—De pasada…

—Ya que Wynter va a darnos órdenes —me dijo Cruz—, quizá prefieras ir con los otros chicos. Cuatro y cuatro.

Asentí y me puse a ayudar a cargar el equipo.

Tenor trabajaba a mi lado, indicándome dónde colocar y guardar cada cosa.

—¿Seguro que solo es una excursión de un día? —pregunté.

Un caballo del remolque relinchó y uno de los castrados que estaban subiendo al de los Foster le respondió. Se oyó un coro de relinchos.

Tenor sonrió y se subió las gafas de montura gruesa.

—Cuando Tate se hizo cargo, nos inscribió en un programa de gestión de pastos.

Teller pasó por nuestro lado y gruñó.

—Menuda puta cantidad de vallas.

Tenor asintió.

—Hemos creado pastos más pequeños y los cambiamos con más frecuencia. Así, no dependemos tanto del heno durante el invierno y los pastos tienen más tiempo para descansar.

—Lo que significa más vegetación. —A lo mejor me había documentado un poco sobre temas relacionados con la ganadería mientras estaba en Las Vegas…

—Sí. Además, Tate ya no podía estar días enteros trasladando el ganado con Chance, y ahora que tiene tres pequeños, desde luego no va a dejar a Scarlett sola durante días.

—Su sonrisa se amplió—. Y todos nos hacemos mayores.

Dormir en el suelo, tanto con frío como con calor, es un poco más duro que antes.

Tenía sentido. Tenor debía de rondar los treinta y tantos. Excepto los hermanos de Myles, todos nos acercábamos a los cuarenta o ya habíamos superado con creces esa edad.

—¿Decepcionado? —preguntó Tenor ajustándose el ala de su sombrero de vaquero—. ¿O te mueres de ganas de volver a tu lujosa cama en la ciudad?

Autumn no estaba en mi mullida cama de la ciudad.

Teller pasó por allí en dirección contraria.

—Para que lo sepas, James, estamos haciendo apuestas sobre cuánto tiempo aguantarás en la silla de montar.

Tenor soltó una risita y siguió cargando provisiones.

Los golpes y choques metálicos de los caballos moviéndose en el remolque llenaban el aire.

El hecho de que la última vez que había montado a caballo hubiera sido antes de que nacieran Lane o Cruz no significaba que no pudiera aguantar todo el día a lomos de uno. Y pensaba demostrarlo.

A utumn

Cuando llegué después del trabajo y tras preparar la actuación musical de cuarto curso, la casa estaba a oscuras.

El portátil de Gideon estaba cerrado sobre la mesa de la cocina.

La satisfacción que me produjo aquello fue inmensa.

Apuesto a que nadie en ese casino de Las Vegas se habría creído que pudiera tomarse un descanso tan largo del trabajo.

Mi aire de suficiencia se esfumó cuando me di cuenta de que siempre tenía la mente puesta en su juego. Se había ido a ayudar a trasladar el ganado, pero probablemente tenía un motivo oculto.

Me acaricié el estómago, que de repente se me había encogido. No había comido nada. Mañana por la noche, Scarlett tenía pensado pedir pizza. Estaba rebuscando en la cocina cuando la puerta del garaje se abrió y se cerró. Un minuto después, Gideon entró por la puerta con dos platos en las manos.

—Hola —dijo con un tono de voz grave que ahuyentó el frío y me calentó de dentro afuera.

—Hola.

Una corriente de aire frío entró con él, y percibí los aromas del sudor de caballo, el aire fresco del otoño y la tierra.

Llevaba el pelo aplastado por el sombrero de vaquero y estaba cubierto de polvo de la cabeza a los pies, pero fue su mirada lo que me hizo detenerme.

Un ligero destello brillaba en lo más profundo de sus ojos y era la vez que más relajado lo había visto.

Incluso después del sexo, nunca estaba tan relajado como yo.

Tenía una tensión constante que irradiaba de él, acorde con la forma en que su mente trabajaba sin descanso.

Últimamente había supuesto que la venta del terreno ocupaba sus pensamientos, pero antes de conocerme, antes de todo eso, su trabajo habitual probablemente acaparaba la mayor parte de su capacidad intelectual.

Tal vez fueran las botas de vaquero las que le daban ese paso tranquilo y fluido, pero la tensión constante en sus hombros había desaparecido.

Apartó el portátil, lo que también me satisfizo, y dejó los platos sobre la mesa.

—Mae ya te tenía el plato preparado.

Pero había llegado con dos platos.

—¿No has comido?

Negó con la cabeza.

—Sabía que tú y Scarlett no tardaríais mucho en terminar, y no quería que tuvieras que esperar. —Se acercó a un cajón junto al fregadero para sacar dos tenedores.

Llevaba todo el día a caballo. Cada vez que yo ayudaba a mover el ganado o estaba por ahí cuando mi familia terminaba la jornada, se amontonaban alrededor de la mesa y apenas recordaban cómo comer como seres civilizados.

—No tenías por qué hacerlo.

Su mirada directa me dejó sin palabras.

—Lo sé. Siéntate.

Obedecí. Mi madre había preparado un plato de carne picada con pasta, con mucho queso cremoso. Una comida perfecta para gente que había estado todo el día al aire libre.

Una vez saciado lo peor de nuestro apetito, me fijé en cómo se tensaban los músculos de sus mandíbulas al masticar.

Me picaban los dedos por pasarle la mano por el pelo aplastado.

Ese aspecto le daba un aire diferente, suavizaba los rasgos de su personalidad aguda y profesional y de esa mandíbula esculpida en piedra.

—¿Qué tal te ha ido? —le pregunté.

Juntó un poco de pasta, sin que pareciera importarle que se mezclara toda la comida. ¿Lo hacía solo cuando estaba especialmente alerta, como al conocer a mi madre?

Los platos estaban hasta los topes. A mí iba a quedarme suficiente para el almuerzo del día siguiente, pero Gideon ya casi había terminado.