Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 20
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A utumn

La noche de Halloween, tras una breve y discreta conversación con Tate y Myles, Gideon se había vuelto aún más callado.

El sexo había sido increíble después de que todos se hubieran ido, y los dos nos habíamos divertido muchísimo con esos ridículos tirantes, pero no le había preguntado qué le preocupaba.

No creía que fuera a enfadarse como la última vez, pero era poco probable que me lo contara.

Esta mañana, en lugar de despertarme con una erección contra mi trasero, el otro lado de la cama estaba vacío. Fruncí el ceño y me incorporé. La puerta del dormitorio estaba cerrada y eran más de las nueve. ¿Me había dejado dormir hasta tarde?

Me levanté de la cama, me aseé, me lavé los dientes y encontré unos leggings mullidos de color verde esmeralda para ponérmelos con un jersey grueso de punto, de color dorado, que me tapaba el culo. Aunque me preocupaba menos tapármelo porque a Gideon parecía gustarle.

Un cosquilleo se extendió por mi cuerpo, como solía ocurrir cuando mi mente divagaba pensando en el sexo con Gideon. Lo ignoré y me recogí el pelo en un moño flojo en la coronilla.

Encontré a mi marido a la mesa de la cocina, con una camiseta blanca y unos pantalones de chándal grises, con aspecto de poder dirigir una reunión de la junta directiva desde la zona de pesas del gimnasio.

Ya había recogido los dulces de la noche anterior.

Todos los que no le habían gustado a Chance estaban en el cuenco de Halloween, junto a la puerta.

Había podido repartir varias piezas antes de apagar la luz del porche para dar por terminado el truco o trato, pero me quedaba medio cuenco.

Gideon estaba mirando fijamente la pantalla del ordenador y había apartado la silla que tenía al lado. Sprinkles estaba tumbado en esa silla como si hubiera renunciado con elegancia a la lucha por sentarse en su regazo.

—Buenos días —saludé. Me quedé a unos pasos de distancia porque no quería que pensara que iba a fisgonear en lo que estaba haciendo, pero también porque no nos dábamos besos de buenos días.

Follábamos. Me acurrucaba contra él antes de irnos a dormir, pero él no me llenaba de besos ni me abrazaba sin más.

Si nos tocábamos, era parte de los preliminares.

Durante la última semana ni siquiera me lo había cuestionado.

Disfrutaba muchísimo de los orgasmos que tenía y ver a Gideon era una ventaja enorme.

Pero… faltaba intimidad y, en realidad, no había motivo para que la hubiera.

No significaba que no la deseara, pero quizá ese pequeño límite era un buen recordatorio de cuál era nuestro acuerdo: un matrimonio de conveniencia.

—Buenos días. —Me echó un vistazo. Su mirada recorrió mi cuerpo de arriba abajo, dejando un rastro de excitación ardiente, y luego volvió a la pantalla.

—¿Ya has comido?

—No. No tengo hambre.

—Yo tampoco debería tener hambre. Creo que me comí la mitad del pasillo de los dulces de un súper antes de acostarme.

—Intenté tomármelo con ligereza, pero una parte de mí se sentía un poco menospreciada.

Seguía con el ceño fruncido y mirando fijamente la pantalla.

Debía de estar poniéndose al día con el trabajo.

Nunca hablaba de amigos. Incluso al mencionar a Taya había comentado que era una relación esporádica y muy ocasional que parecía más funcional que emotiva.

Estaba solo, pero, por el momento, me tenía a mí.

No me gustaba verlo preocupado y que se lo guardara para sí mismo.

Me abracé a mí misma. La necesidad de acercarme a él y acariciarle el pelo con la nariz era fuerte—.

Sé que probablemente no querrás hablar de ello, pero quizá deberías hacerlo.

—Me acerqué un paso más—. Algo de lo que pasó anoche te está preocupando. ¿Fue Tate? ¿Algo que dijo?

No había hecho falta que escuchara a escondidas para saber que Gideon y Tate habían tenido una discusión sobre la venta, pero habían actuado como si hubieran llegado a una tregua temporal.

Gideon se había sentado a mi lado mientras yo me reía con los niños y les ayudaba a contar y a clasificar las chuches que habían conseguido esa noche.

Dejó el ordenador y se recostó en su silla.

—Todo lo que dijo Tate, sí, pero eso no es nada nuevo.

Miró más allá de mí y yo eché un vistazo por encima del hombro para intentar imaginarme qué estaba pensando: los vasos sucios de la noche anterior estaban en el fregadero de la cocina y no se habían metido en el lavavajillas porque primero había que vaciarlo.

Para cuando mi familia se había marchado, ya era tarde, y no solo para los niños y, si tenía que elegir entre irme a la cama con Gideon y su hábil lengua o fregar los platos, había un claro ganador.

No dijo nada. Su móvil vibró y frunció el ceño al mirar la pantalla. Luego lo dejó boca abajo sobre la mesa. Se quedó en silencio unos instantes más.

Vale, pues muy bien .

Me dirigí a la nevera. Él no iba a hablar, y no era asunto mío.

—Quiero enseñarte algo —dijo—. Voy a vestirme.

—Aún no he desayunado. ¿Puedo preparar algo para llevarnos? ¿O vamos a algún sitio donde ya haya comida?

—No. —Cerró el portátil, le hizo unas caricias a Sprinkles y se levantó—. Prepara lo que quieras. Pasó junto a mí de camino al dormitorio, dejando tras de sí una corriente de aire frío.

Le había prestado atención al gato, pero a mí no.

No debía tomármelo como algo personal; estaba claro que algo le preocupaba, pero el dolor persistente no quería desaparecer.

Me puse manos a la obra con el desayuno y preparé un par de sándwiches rápidos de mantequilla de cacahuete y mermelada.

Ya los tenía metidos en bolsitas de plástico cuando reapareció en la cocina, vestido con ese estilo de chico de campo que me ponía a mil.

Incluso llevaba una gorra de béisbol calada hasta los ojos.

Cuando su mirada se posó en la mantequilla de cacahuete y la mermelada que aún estaban sobre la mesa, palideció.

—Espero que no hayas hecho uno para mí. —Le mostré una bolsita de sándwiches. La que le había preparado a él—. No soporto la mantequilla de cacahuete con mermelada.

—Ah. —Desanimada, dejé caer la bolsita sobre la mesa—. Lo siento. No lo sabía.

—Mierda… No pasa nada. —Yo no estaba tan segura. Se pasó la mano por la cara y tensó la mandíbula, cubierta de una fina barba incipiente—. ¿Estás lista?

—Eh… Claro. —Dejé los sándwiches en la cocina.

Este no era el Gideon de siempre, tan seguro de sí mismo. Lo único que había visto que lo perturbara era una charla sobre bebés, y la noche anterior había estado rodeado de un montón de niños. ¿Habría alguna relación?

Me subí al coche. Cuando salió del garaje, saqué mis gafas de sol. Se dirigía hacia la casa de su padre.

Nunca me cansaba de ese trayecto. El paisaje podía presentar diferentes tonos de marrón en lugar de verde, pero con el cielo azul y las tenues nubes blancas, seguía siendo precioso.

Las montañas al fondo ya tenían las cimas nevadas, pero los árboles todavía conservaban un verde oscuro que aportaba un toque de color.

Las tierras de su familia se parecían mucho a la parcela que mi padre me había regalado. Aún no se la había enseñado a Gideon y ese no era el día para sacar el tema. La idea de llevarlo allí me parecía como echar sal en sus heridas.

Ojalá mis hermanos cambiaran de opinión, pero Hank no parecía dispuesto a hacerlo.

Pasamos el desvío hacia la casa. Estiré el cuello para mirar atrás, pero no pregunté adónde íbamos. Seguíamos en la finca de los James.

Redujo la velocidad y, al final, se desvió de la carretera hacia un pequeño trozo de césped junto a una valla. Las huellas de los neumáticos continuaban al otro lado, siguiendo el trazado de la valla adyacente por una colina ondulada.

—Voy a abrir la verja —ofrecí, pero ya tenía la mano en la manilla de la puerta cuando él me agarró del antebrazo.

—No. Yo me encargo.

Nunca había sido la única pasajera y me quedé sentada.

Él se bajó y se dirigió tranquilamente hacia la cadena.

Su corpulento cuerpo se agachó para aflojar los ganchos metálicos.

Parecía estar en su elemento. Un chico de campo de toda la vida, eso era.

¿Se daba cuenta de la facilidad con la que volvía a meterse en el papel con el que se había criado?

Cuando volvió a subir al coche, el olor a frío lo siguió.

—Pronto nevará —murmuré, más que nada para entablar conversación.

—Sí. Ya estamos en noviembre. —El tono era inquietante.

«Ya estamos en noviembre» .

Era un poco como en Juego de Tronos y el lema sobre el invierno. Noviembre ya estaba ahí. Se avecinaban cosas malas.

Dejó la verja abierta, ya que no había ganado en los pastos. Subimos dando botes por la colina. Más adelante se vislumbraba un pequeño desnivel. Las huellas se desviaban hacia la izquierda, pero Gideon se detuvo en paralelo a la pequeña hendidura del terreno.

Un arroyo se había abierto paso lentamente a través de ese barranco poco profundo para desembocar en lo que probablemente debía de ser un estanque en el punto más bajo, hasta que el terreno volviera a elevarse.

El estanque tenía que estar tan seco como el lecho del arroyo.

No había llovido mucho ese otoño, pero podía ser un buen pastizal para soltar al ganado a principios de verano.

La escorrentía invernal iba a llenar el estanque como una fuente creada por la naturaleza.

Mis hermanos iban a poder ampliar Bailey Beef y aprovechar los pastos que no eran tierras de cultivo.

Si Gideon se quedara con la propiedad, ¿iba a hacer lo mismo?

¿O iba a dejar todas las decisiones en manos de un administrador anónimo y a no volver a poner un pie en la granja Percival en otros veinticinco años?