Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 19 #3
67%

19 #3

—¿Porque tú llevas los mejores?

—Ayuda que a mí también me gusten. —Sacó uno del cuenco y lo abrió. En lugar de metérselo en la boca, me lo dio a mí.

Lo cogí de las yemas de sus dedos y ella soltó una risita. El sabor del chocolate estalló en mi lengua. ¿Cuándo había sido la última vez que me había comido una barra de chocolate?

Ella me cogió de la mano. Cuando nos dimos la vuelta, Wynter nos estaba mirando. Se había quitado la chaqueta y se veía claramente su traje de camarera bávara. Llevaba el pelo rubio trenzado a los lados. Myles iba vestido como Tate y yo.

—¿Myles y yo dábamos tanto asco? —le preguntó Wynter a Tate. Él se limitó a gruñir.

—Nosotros no lo hemos hecho bajo el techo de mamá —replicó Autumn.

—No tienes pruebas —dijo Wynter con aire de suficiencia. Se mordió el labio—. Vale, está bien. No se me da muy bien mentir. ¿Todavía tienes golosinas para adultos?

—Por supuesto. —Autumn me llevó a rastras hasta la cocina. Se dirigió al armario donde guardaba las bebidas alcohólicas y sacó una botella de Copper Summit Gold . Cogí seis vasos para evitar tener que entablar conversación con chicos a los que o bien no les caía bien, o bien no me conocían.

—Para mí nada —dijo Tate—. Tengo que conducir.

—Lo mismo —añadió Myles.

—Le gusta que sea yo la que se emborrache —le susurró Wynter a Scarlett. Tate hizo una mueca.

Intenté no reírme. Disfrutar de esta interacción no formaba parte del plan. No estaba adulando a los Bailey para recuperar mis tierras. Pero la química familiar que había entre ellos era contagiosa. Era difícil no dejarse llevar.

También era difícil no hacer comparaciones con mi propia experiencia y salir tan mal parado.

—Scarlett, ¿eres Bella con tu Bestia? —preguntó Wynter.

Scarlett se sonrojó y la forma en que miró a Tate estaba llena de adoración.

—Me va a construir una biblioteca al estilo de la Bestia.

Tate la miró con expresión ardiente. Un poco más de esa mierda y la sala ya no iba a ser apta para menores. Pero bueno, los niños probablemente ya estaban acostumbrados. Lo mismo ocurría con los adultos. Era yo quien no lo estaba.

Tate se apoyó en la encimera a mi lado.

—Jonah me dijo que te ayudó a remolcar la camioneta de Hank la semana pasada.

—Sí.

Asintió.

—Habéis estado muy ocupados con la valla.

Sentí un escalofrío en la nuca y me puse a la defensiva, pero, más que buscar información, parecía querer entablar una conversación.

—¿Te lo ha contado Hank?

—Le ha estado contando a todo el que quiera escucharlo que has estado allí con él.

Sentí un nudo en la garganta.

—Está exagerando. Apenas fueron dos días.

—Le gusta tenerte por aquí. No me has dicho si te vas a mudar al pueblo.

Primero Teller. En ese momento Tate. Eché un vistazo hacia el dormitorio. Bien. La puerta estaba cerrada, pero mi maleta estaba ahí de todos modos.

—Supongo que ya lo veremos. —Seguí a Autumn con la mirada mientras corría a abrir la puerta al oír que llamaban. Darin volvía a estar colgado de su cadera.

Myles llegó junto a nosotros. Llevaba a Elsa en brazos, mientras que Wynter estaba apoyada sobre la mesa con Scarlett, Brinley y Chance clasificando caramelos.

—Myles trabaja desde su casa, no muy lejos de nuestra madre. —Tate lo dijo como si fuera un desafío—. Foster House está en Denver.

Otro punto a su favor.

—El casino no es así.

—Sigo yendo a Foster House —dijo Myles en tono más coloquial—, pero pronto mi hermano Lane empezará a formarse allí mismo.

Dentro de un par de años, puede que se quede de forma permanente.

—Lo que significaba que Myles consideraba que dirigir una empresa desde otro estado tenía sus dificultades, y pensaba que lo ideal era que el jefe estuviera allí a tiempo completo—.

Por ahora he contratado a un gerente —añadió Myles, como si intentara no tomar partido.

—Yo soy la persona a la que la junta directiva contrató para dirigir el casino.

—Autumn no va a mudarse —dijo Tate en voz baja, lo justo para que Myles y yo lo oyéramos.

—Pues no le deis motivos para hacerlo.

Tate inspiró hondo. Myles bajó la cabeza.

—No depende de mí, Gideon. Si no compramos ese sitio, y si tu padre no te lo vende a ti, ¿quién lo comprará? Algún capullo de Hollywood al que le importe un comino Montana o la historia de estas tierras.

Evidentemente, que un forastero comprara aquella finca era una preocupación generalizada para todos.

—Su historia es mi historia. —Mi bisabuelo se había dejado la piel para hacerse con aquella finca después de haberlo perdido todo. Mi abuelo me lo había contado muchas veces.

—Entonces, no podemos permitir que acabe en manos de algún cabrón que vaya a presumir con sus amigos, o peor aún, que la alquile y eche a perder el valor de nuestras propiedades.

Le di un largo sorbo a mi bebida. El calor del alcohol me quemaba la garganta, dando rienda suelta a la ira que se apoderaba de mí. Me di cuenta de algo. Me estaba enfadando… y estaba bebiendo alcohol .

No. Dejé el vaso en el borde del fregadero. Las palabras de Tate representaban justo lo que a mi padre le preocupaba que pasara.

—Yo no soy ningún capullo rico. —Mantuve la voz baja.

Tate se encogió de hombros.

—Al final, la decisión la toma tu padre. No pagues tu enfado con mi hermana.

—No creo que sea eso lo que está haciendo con ella. —Myles esbozó una sonrisa burlona.

Tate lo fulminó con la mirada.

—No me hagas esto. —Levantó las manos—. ¿Podemos firmar una tregua?

¿Al menos por esta noche? A mis hijos les encanta Halloween, y es viernes, así que no tenemos que meterlos en la cama a toda prisa.

Tampoco me opongo a un impuesto elevado sobre los dulces, y necesito ver con qué puede pagar Brinley.

Wynter estaba rebuscando en otro armario. Sacó una bolsa de trocitos de yogur liofilizado.

—La tía Autumn ha vuelto a dar en el clavo. Qué suerte tiene Elsa.

Me había preguntado quién demonios se comía eso.

Autumn levantó la cabeza mientras anotaba el recuento de caramelos con Chance.

—Hay demasiada competencia por ser la tía más divertida. Tengo que mantener mis reservas. —Me sonrió, y se la veía tan feliz rodeada de niños que se me retorció el corazón como un trapo de cocina.

Yo trabajaba en un lugar al que la gente acudía para escapar de todo eso. Yo me encargaba de que así fuera. Pero era la primera vez que me preguntaba por qué alguien iba a querer tomarse un descanso de esa clase de vida. Y eso me aterrorizaba.