19 #2
¿Y si alguno de los que vinieran a pedir truco o trato se enterara de cuál se suponía que era mi disfraz y yo no lo llevara puesto? Nunca me habrían perdonado que les hubiera mentido.
G ideon
Mi esposa estaba de pie en el umbral del salón, con las mejillas de un rojo intenso, y no era solo por el maquillaje.
Llevaba unos pantalones cortos rojos con tirantes, una camisa amarilla con un cuello blanco espantoso y una pajarita azul.
Tenía el pelo recogido bajo una peluca negra de corte a tazón y un gorro amarillo y azul calado en la cabeza.
Llevaba una nariz larga sujeta a la cara con una cinta.
—No sabía que Pinocho fuera tan sexy —comenté, cruzándome de brazos.
A través del ventanal del salón, podía ver a un grupo de niños corriendo por la acera hacia la casa.
Deberían haber ido más despacio para que yo pudiera asimilar la escena que tenía delante.
Me miró con enfado fingido, pero una sonrisa se dibujó en sus labios.
Reprimí la risa que amenazaba con escapar de mis labios—.
Recuerda que sabré si no estás diciendo la verdad.
Se sonrojó aún más. Estaba monísima y a punto de sufrir un ataque de nervios, pero su expresión era obstinada.
—Se habían quedado sin disfraces de enfermera sexy.
Se me escapó una risita que se convirtió en una carcajada. Sonó el timbre y ella pasó corriendo a mi lado.
—¡Truco o trato, señorita K! —Me giré al oír la voz de Deon—. Quiero decir, señora J —se corrigió.
—No pasa nada. —Autumn repartió caramelos a los cuatro chicos que estaban en el porche—. Todo el mundo sigue intentando acostumbrarse.
—¡Me gusta tu disfraz! ¡Pinocho! —gritó otro niño—. ¿Te crece la nariz?
Me reí entre dientes y ella me miró con severidad.
—No, pero de todas formas no miento.
—Oye, señor J, ¿por qué no te has disfrazado? —preguntó Deon.
Autumn se puso el cuenco naranja lleno de caramelos bajo el brazo y esperó mi respuesta. Mi castigo por reírme de ella.
Era inquietante lo mucho que deseaba que se dejara puestos esos tirantes en la cama.
—Yo no me disfrazo.
—¿Por qué no?
—Donde yo vivo no se celebra el truco o trato. —Quizá en algunos barrios sí, pero no en el Silver.
Deon puso una mueca, como si no pudiera imaginarse vivir en semejante distopía.
—¡Adiós, señor y señora J!
Se marchó a toda prisa con el resto de los chicos.
Le cogí el cuenco a Autumn mientras cerraba la puerta.
—No tengo ni idea de qué van disfrazados.
—Deon va de luchador. No recuerdo el nombre, pero hace poco se estrenó una película sobre él. Caleb va de Iron Man, José de Spider-Man y Lakin parecía un personaje de anime que me resultaba vagamente familiar. Creo que le oí decir que iba de Super Saiyan.
—¿Qué significa eso?
—Me lo han explicado a lo largo de los años, pero se me va la cabeza y empiezo a mezclar los términos del fandom .
Creo que es algo así como «superpoderoso».
—Más niños se amontonaron en el porche. A través de la puerta se oían sus discusiones sobre quién iba a tocar el timbre.
Autumn puso la mano en el pomo de la puerta, pero no lo giró—.
Será mejor que espere, o romperé el equilibrio.
Sonó el timbre. Sprinkles no se veía por ninguna parte. No podía imaginarme a una rescatadora como ella quedándose a ver el caos que suponían los timbres y repartir golosinas.
Cada vez que Autumn abría la puerta, resonaban alegres gritos de «Señorita K» y «Señora J». Autumn charlaba con cada niño y con sus padres, y aún más niños se asomaban para mirarme, con una curiosidad descarada. Muchos de ellos me saludaban a gritos.
Podía recorrer el pasillo del Silver sin recibir tantos saludos.
Mientras Autumn repartía golosinas, me maravillaba de lo bien que le quedaban esos pantalones cortos tan absurdos en el culo.
Durante un momento de calma, me puso el cuenco en los brazos.
—Tengo que ir al baño.
El pánico se apoderó de mí.
—Espera… ¿Qué…? ¿Cuántos…? Mi desesperación alcanzó nuevas cotas cuando conté que solo quedaban unas diez piezas—. ¿Y si se me acaban?
—Dos por persona. —Desapareció por el pasillo—. ¡Hay otra bolsa en el armario que está junto a la nevera! —gritó.
Sonó el timbre y me quedé paralizado como un ciervo en medio de una autopista.
Volvió a sonar y alguien gritó desde el otro lado.
—¡Ya lo he pulsado! —Si volvían a pulsar el botón, Autumn iba a pensar que no era capaz de hacer un trabajo tan sencillo.
Abrí la puerta y me encontré con tres niñas con los ojos muy abiertos que me miraban fijamente.
—¿Dónde está la señorita K? —preguntó la más alta.
Otra niña le dio un codazo.
—Ahora es la señora J.
La tercera saltaba arriba y abajo, agitando sus falditas mullidas.
—¡Truco o trato!
No iba a decirles que Autumn estaba en el baño.
—Volverá pronto.
Me tendieron tres bolsas de tela repletas de caramelos. Al final del camino de entrada, esperaban dos adultos. Uno de ellos llevaba una taza.
Un vago recuerdo se agazapó en mi mente. Mi madre riéndose con mi padre. «Apuesto a que en esas tazas hay algo más que chocolate caliente», había dicho ella refiriéndose a un grupo de padres que recorrían el barrio con sus hijos en Halloween.
En aquel momento no había entendido a qué se refería. Cada año recorríamos la misma zona de Bourbon Canyon, y siempre pasábamos por la residencia de ancianos donde mis dos parejas de abuelos habían pasado sus últimos días.
La nostalgia era más intensa de lo habitual. Apreté los dientes y conté con esmero dos minibarras de chocolate para cada niña.
—¡Gracias! —gritaron al unísono antes de correr hacia la acera.
Los padres alzaron sus tazas hacia mí y agaché la cabeza. Estaba a punto de cerrar la puerta, pero otro grupo se acercaba hacia mí. Dos adultos y tres niños.
Mierda. Tenía que ir a por otra bolsa. ¿Cerraba la puerta? ¿Les decía que esperaran? ¿Iba a echar a perder la reputación de Autumn dándoles solo un trozo de chocolate?
El chico que subió corriendo los escalones me resultaba vagamente familiar por su altura y su porte, pero con el maquillaje blanco y negro que llevaba en la cara no conseguía reconocerlo.
Una niña pequeña subía saltando los escalones detrás de él, y un niño pequeño corría para alcanzarlos.
Los padres tampoco se quedaban atrás. El porche no iba a ser lo bastante grande para todos ellos.
El chico mayor me sonrió.
—La tía Autumn siempre tiene los mejores dulces.
Se me hizo un nudo en el estómago. La familia de Tate.
Eché un vistazo por encima de la cabeza del chico y vi unos ojos marrones clavados en mí.
Tate no iba disfrazado. Llevaba una sudadera con capucha de Copper Summit y una gorra de béisbol.
Habría parecido un chico cualquiera si no fuera por la barba y su forma de moverse.
Su postura delataba que él llevaba las riendas. Siempre.
—Chance, ¿verdad? —Percibí la sorpresa de Tate con el rabillo del ojo. Seguramente no pensaba que me importaran lo suficiente como para recordar los nombres de sus hijos.
—Sí —dijo con una sonrisa—. Esta noche voy de Beetlejuice.
—Yo soy una pincesa —anunció Brinley.
¿Qué era una «pincesa»? ¿Cómo iba a mantener una conversación con una niña si no entendía lo que decía? Entonces ella hizo una reverencia.
Ah.
—¿Tienes un castillo, princesa?
—Nooo.
El más pequeño, Darin, se coló entre ellos y pasó corriendo a mi lado. Me limité a mirar cómo corría y gritaba alguna palabra que no pude entender.
—Darin —lo llamaron Scarlett y Tate. Scarlett intentó subir las escaleras. Llevaba un vestido amarillo que debería haber reconocido, pero mis conocimientos sobre personajes infantiles eran muy escasos. Los dos niños mayores no se apartaron para dejarla pasar.
—No os preocupéis. —Autumn apareció llevando a Darin apoyado en la cadera—. Dejad que vaya a buscar la otra bolsa de caramelos. Entrad, vamos.
Tate me miró, evaluando mi reacción.
—La casa de Autumn suele ser nuestra última parada —explicó Scarlett, con un tono casi de disculpa.
—Por supuesto. —Me hice a un lado. Chance y Brinley entraron corriendo.
Scarlett se coló a mi lado.
Tate se las arregló para no empujarme con el hombro, pero parecía que quería hacerlo.
—James.
—Bailey .
Un trío se acercaba por la acera: dos adultos que llevaban a un bebé con un disfraz de abejorro. A medida que se acercaban, reconocí a Myles y a Wynter.
Autumn no me había dicho que Halloween fuera una puñetera reunión familiar.
—Ahí está el tío Gideon —dijo Wynter con voz melosa—. ¿Puedes saludar al tío Gideon? Me clavó la mirada con esos grandes ojos azules rodeados de pestañas oscuras. Las antenas negras y tupidas de Elsa se movían de un lado a otro mientras saludaba con la mano.
El tío Gideon.
Tío.
Maldición, esos niños eran mis sobrinas y sobrinos. Cuatro en total. Nunca los había visto así.
Cuando nos divorciáramos, iba a volver a ser nada más que un desconocido. Debería haber sentido alivio, pero estaba tardando en llegar.
Autumn volvió con Darin en la cadera. Él la agarraba de la nariz del disfraz.
—¡Hola! Pasad, por favor. —Dejó a Darin en el suelo, le quitó la nariz y me quitó el cuenco de las manos.
Yo estaba apretujado contra la puerta abierta mientras Wynter y su familia entraban en fila y se dirigían a la cocina, donde se habían ido los demás. Autumn me daba la espalda mientras ayudaba a Darin a verter los caramelos en el cuenco.
Le tendió la bolsa vacía a Darin.
—¿Puedes ir a tirar esto?
—¿Gatito? —preguntó Darin.
—No, se ha escondido. —Le dio un golpecito a la bolsa—. A la basura, por favor.
Se dirigió tambaleándose hacia la cocina. Chance estaba vaciando sus caramelos sobre la mesa.
Otro grupo de niños llamó a la puerta. Me quedé con Autumn mientras ella seguía con la rutina del truco o trato. Lo que fuera que estuviera pasando en la cocina era un ritual en el que yo no tenía ninguna experiencia.
La calle estaba tranquila. Las sombras de los niños se movían de puerta en puerta a lo largo de la acera, pero nadie se dirigía hacia nuestra casa.
Autumn no se movió del umbral.
—Es tradición que Chance cambie los caramelos que no le gustan.