Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 19
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A utumn

Un golpe en la puerta de mi aula me sacó de mi ensimismamiento.

Algo habitual durante la última semana. ¿Cuánto tiempo llevaba mirando la pared llena de calabazas recortadas, en cuyo interior cada niño había escrito su recuerdo favorito del otoño, mientras estaba absorta en mis pensamientos sobre mi vida familiar?

Parpadeé y me volví hacia la puerta. Las clases habían terminado hacía una hora y media, pero me había quedado hasta tarde corrigiendo exámenes, ya que mi productividad en casa se había desplomado. Casi todo el mundo se había ido. Excepto Scarlett.

Mostraba una sonrisa divertida y tenía los brazos cruzados sobre su cárdigan con motivos de calabazas. Se lo ponía todos los años durante la semana previa a Halloween.

—Me da la sensación de que puedo adivinar en qué estás pensando desde que llegaste de Las Vegas. ¿O debería decir en quién?

Tenía razón. No dejaba de pensar en Gideon. Y cuando estaba en casa, él estaba dentro de mí. Todo. El. Tiempo. Era maravilloso.

Me despertaba con su pene. Me acostaba con él. Y muchas veces, incluso me duchaba con él. La noche anterior me había devorado a mí antes que a la cena y el pastel de carne se había quemado.

Sonreí.

—No puedo evitarlo.

Me señaló con el dedo.

—A Tate le darían arcadas si te viera ahora mismo.

A mis hermanos no les habría gustado saber lo que había estado haciendo con Gideon.

—Quizá tenga que contárselo con todo detalle para asegurarme.

Tate no se había puesto en contacto conmigo desde la fiesta en la que Gideon y yo nos habíamos marchado temprano. Pro bablemente Teller les había contado nuestra discusión en la destilería. Aparte de eso, mis hermanos se mantenían alejados de mí. Bien.

Una pequeña punzada de indignación se me clavaba el pecho. ¿Se estaban obcecando e iban a seguir adelante con la venta sin siquiera pedirme mi opinión?

¿Desde cuándo me habían pedido mi opinión?

Pero yo estaba casada. Con el hombre al que ellos estaban molestando con la venta. Conmigo. Su hermana. ¿Acaso yo no era algo más que una cuestión de negocios?

—Oh, oh. —Se acercó a mi escritorio con un taburete amarillo y tambaleante que parecía una pieza gigante de un juego de mesa, con una base ancha y un asiento amplio.

Se sentó en él como una experta, sin balancearse de un lado a otro mientras recuperaba el equilibrio, probablemente porque ya tenía algo de práctica en su clase—.

A ver, ¿qué se te está pasando por la cabeza?

—No es nada. —Revolví los exámenes de matemáticas que ya debería haber terminado de corregir—. ¿Qué haces aquí tan tarde?

—Tate se ha llevado a los niños a casa de tu madre y no volverán hasta más tarde. He pensado que podría preparar las clases para poder relajarme un poco el viernes.

El viernes era Halloween. Nadie estaba haciendo nada. El colegio celebraba su fiesta de otoño y los niños podían disfrazarse. Había una feria de arte en el gimnasio y se había invitado a las familias a pasar las dos últimas horas viendo los proyectos y tomando chocolate caliente.

—Mamá te mandará a casa un plato de comida.

Se llevó la mano al estómago.

—Cuento con que también haya postre.

Me eché a reír.

—Lo habrá. Si mamá no se acuerda, Tate sí lo hará.

Apoyó el codo en el borde del escritorio. La silla era tan baja que apenas le llegaba la cabeza a la mano cuando apoyaba la barbilla en la palma.

—Entonces, ¿va todo bien?

—De maravilla. —Una oleada de calor me subió por el cuello—. Me gusta mucho, Scarlett.

—Eso espero. Te casaste con él. —Había un ligero tono de duda en su voz.

—Sé que no crees que sea real. —Me parecía legítimo.

Con cada día que pasaba, mi sueño se iba convirtiendo cada vez más en realidad.

Me gustaba volver a casa con él. Me encantaba despertarme a su lado…

y eso sin contar con que me hacía llegar al orgasmo antes de ir al trabajo.

Pero seguía arrancando una página del calendario cada día.

Poco a poco, nos íbamos acercando a la fecha límite.

No quería preguntarme si él estaba deseando regresar a su lujoso ático y a su directora financiera, que parecía una modelo de pasarela además de ser su amiga con derecho a roce.

Eso no formaba parte de mis fantasías. Tampoco lo era que él desempaquetara esa maleta suya y colgara algo en un armario.

Mientras siguiera doblando la ropa limpia y volviéndola a meter en la maleta, no me hacía ilusiones.

—Creo que… —Se mordió el labio inferior—.

Creo que tus hermanos están aterrorizados de que esto no sea de verdad.

Te ven como la hermana pequeña a la que se supone que deben proteger.

Yo te veo como una mujer inteligente y avispada que quizá se quede embobada al ver a Gideon, pero que sabría ver más allá de una fachada.

Me puse tensa. Scarlett también era inteligente y observadora. No podía contarle lo del trato y pedirle que no se lo dijera a Tate. No iba a arriesgar la única oportunidad que tenía Gideon, y me negaba a someter a mi amiga a esa presión.

—Debemos de parecer una pareja extraña.

Yo era sencilla; él, un dios. Yo era bajita; él, alto. Yo tenía una gran red de contactos familiares, y él se aislaba del mundo. ¿Cómo podíamos estar enamorados de verdad cuando él dirigía una empresa que ganaba más de un millón al día y mis noches se llenaban de pegamento y cartulina?

La compasión se reflejó en sus ojos. Se recostó y se balanceó a propósito de un lado a otro en su taburete.

—Los dos hacéis una pareja adorable y ojalá lo supierais.

Le saqué la lengua. Ni siquiera mis alumnos hacían eso.

—Se supone que tienes que decir eso. Eres mi amiga.

—¿Crees que yo me siento a la altura de Tate? ¿El director ejecutivo convertido en padre soltero y hombre de las montañas?

—Es ganadero. Y tú, guapísima. —Sabía cómo se sentía. Llevábamos el mismo estilo y, normalmente, eso no nos molestaba. Pero éramos humanas.

—Menos mal que a las vacas no les importa que esté de mal humor la mitad del tiempo.

—Está gruñón porque no está contigo.

Su expresión se volvió soñadora.

—Sí. —Parpadeó y volvió a ser la profesora afable que yo conocía—. Está preocupado por ti, y es porque no confía en Gideon. No voy a meterme en esto, pero yo también estoy preocupada por ti. ¿Por qué no hablas con Tate?

¿Por qué no había hablado Tate conmigo?

—No creo que sirva de nada. —Más me valdría acurrucarme contra la pared y mantener con ella una larga conversación.

Si Tate no quería ceder, no iba a hacerlo.

Y como era el director de Bailey Beef y ese acuerdo se gestionaba a través del rancho, ya tenía la decisión tomada.

Era el mayor. Siempre había estado al mando. Teller y Tenor seguían su ejemplo.

Ella levantó las manos.

—No voy a meterme en medio. Solo quiero que sepas que siempre puedes hablar conmigo.

No se lo contaré todo a Tate. —Arqueé una ceja y ella puso los ojos en blanco—.

Hay algunas cosas que no le cuento. —Mantuve la ceja arqueada—.

Vale. Con él soy un libro abierto, ¿de acuerdo? Pero sigo estando aquí para ti.

—Gracias. —Había dudado en comportarme como siempre con Scarlett porque no sabía que iba a contarle a su marido.

—Lo que me ha traído aquí, aparte de pasar a ver cómo estás, es saber si vas a estar en casa mañana por la noche para el truco o trato.

—Por supuesto, ¿por qué no iba a estar?

—Quizá tengas una cita apasionada. O tal vez te pillen in fraganti.

Me eché a reír. Tal y como habíamos estado Gideon y yo toda la semana…

—No voy a estar a eso cuando los niños llamen al timbre. No he hablado con él, pero estoy segura de que no le importará abrir la puerta cien veces en dos horas.

Las casas de los profesores eran paradas muy populares en la ruta de Halloween.

—¿Solo cien? —Suspiró con nostalgia—. Lo echo de menos. Nadie viene a la cabaña, y no les culpo. Les quitaría la mitad del tiempo para ir de truco o trato.

—¿Vas a traer a los niños?

—Por supuesto. Brinley probó los dulces el año pasado y no ha parado de hablar de ellos desde entonces.

—Qué ganas tengo.

Se levantó.

—¿De qué te vas a disfrazar este año? ¿O es que tu disfraz para después del colegio es una sorpresa?

Me quedé sin aliento. Mi disfraz. Lo había comprado hacía meses y llevaba tiempo preparándome para Halloween, pero aún no se me había ocurrido la idea de ponérmelo delante de Gideon.

Tenía un disfraz que me ponía en el colegio y luego me cambiaba para darles una sorpresa a los niños cuando iban a casa.

—Eh…

Ella ladeó la cabeza.

—Vas a llevar tu disfraz para ir a pedir caramelos, ¿verdad?

—Ah, sí. Claro.

Entrecerró los ojos.

—¿Con el maquillaje puesto?

—En el colegio no. —No nos dejaban pintarnos la cara en el colegio.

—Ya sabes a qué me refiero. ¿Cerca de Gideon? —me provocó, como una niña en el patio del colegio—. ¿O es que tienes miedo?

—¿No? —pregunté con voz aguda. Aun así me iba a disfrazar.

—Bien —dijo con falsa inocencia. Se notaba un tono de «Te pillé» en su voz—. Nos vemos entonces.

—Adiós. Mi sonrisa se desvaneció en cuanto salió.

Genial. Mi disfraz para ir a pedir caramelos.

Para el colegio, había aprendido a ponerme algo cómodo, y tenía una rotación de ropa y diademas.

Camiseta negra y pantalones, y una diadema con orejas: gatita.

Camiseta marrón, pantalones marrones y una diadema con orejas aún más grandes: zorrito.

Un vestido y leggings con una capa roja si hacía frío: Caperucita Roja.

Un vestido morado y una bufanda verde para el día siguiente.

Con mi pelo rojo, podía hacer un buen papel como Daphne, de Scooby-Doo.

Ojalá pudiera llevar puesto eso por la noche, pero mi otro disfraz era demasiado incómodo para un día entero de clases.

Tampoco podía ser Daphne por la noche. Todos los niños que vinieran a mi casa iban a esperar algo diferente.

No solo habría sido vergonzoso que los niños me preguntaran una y otra vez dónde estaba mi segundo disfraz, sino que además habría tenido que darle explicaciones a Gideon si lo oía.