Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 17 #2
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Cualquier respuesta que hubiera podido darle se me atascó en la garganta.

Las náuseas que sentía me indicaban que, si intentaba hablar, no iba a hacer otra cosa que balbucear.

El pasado se mezclaba con el presente. La facilidad con la que mi padre me aceptaba cuando era un niño, en comparación con mi abuelo.

Mi padre había hecho lo mismo con mi trabajo, con Autumn y con la forma en que yo lo trataba.

El arrepentimiento estaba sustituyendo a una pequeña parte de la amargura y, maldito fuera, no estaba preparado para eso.

Ella me miró fijamente. ¿Estaba intentando adivinar cómo iba a reaccionar? Ni siquiera yo lo sabía.

—¿Puedes echarles un vistazo a las salchichas y, si ya están listas, preparar los huevos? Tengo que rebozar unas cuantas tostadas francesas más. —Me dio una palmadita en el pecho y se apartó de mí, dándome la distancia que tanto necesitaba.

Antes de regresar a Bourbon Canyon, habría jurado que todos mis recuerdos acerca de mi padre eran malos.

En ese momento estaba viendo una faceta diferente de él, y me resultaba difícil.

Había acumulado tanto resentimiento, se me había enquistado tanto que estaba dispuesto a utilizar a una mujer inocente para conseguir lo que quería.

Bueno, quizá Autumn fuera inocente, pero también era inteligente. Una vez más, había dicho algo que había puesto mi mundo patas arriba y me había hecho ver mi pasado de otra manera.

A utumn

Durante varios minutos me había preocupado que mis comentarios sobre Hank resultaran profundamente perturbadores para Gideon.

Pensé que iba a volver a encerrarse en sí mismo, pero se relajó y, tras el primer gemido al probar mis tostadas francesas, supe que estábamos bien.

Mientras comíamos, me preguntó por el programa musical y la obra de teatro, y qué me había parecido cómo habían salido.

Y en ese instante estaba echándome una mano con la limpieza y los platos.

Algunas de mis amigas solteras tenían planes sobre su futura boda. Vivían para ese día. Pero yo había soñado con eso, con la felicidad doméstica. Cocinar juntos, limpiar juntos y charlar sin más. Todas las noches no, claro, pero con regularidad. Justo así.

¿Era eso lo que iba a echar más de menos cuando se fuera? ¿O las actividades en el dormitorio?

—¿Tienes algún otro espectáculo a la vista? —me preguntó.

Negué con la cabeza y eché detergente en el lavavajillas. Él estaba detrás de mí y sabía que me estaba mirando el culo. Eso también iba a echarlo de menos. Me hacía sentir sexy. Yo era su única opción en ese momento. Era un hombre de palabra, pero no me quejaba.

—No. Voy a ayudar a Scarlett con el suyo.

—No vas a ayudar a las amigas que te han dejado plantada —replicó con un gruñido.

Dejé el detergente debajo del fregadero, puse en marcha el lavavajillas y me enjuagué las manos.

—Sé que no te caen bien, pero es que son jóvenes.

Yo habría hecho lo mismo a su edad. —Su mirada me retaba a admitir la verdad.

Suspiré—. Vale. Estoy un poco molesta, pero es un pueblo pequeño y trabajo con ellas.

Además, es difícil enfadarse cuando me he subido a un ascensor con ese director general malhumorado que quería atraparme en un matrimonio de conveniencia por la razón terriblemente egoísta de salvar las tierras de su familia de ser vendidas a esa gran familia de terratenientes.

Esbozó una sonrisa.

—También se dedican al contrabando de alcohol.

—Desde los tiempos del bisabuelo Bailey no.

Se rio y me acorraló en una esquina de la barra.

—Me da la impresión de que algo de ese espíritu rebelde se te ha contagiado.

—Soy adoptada.

—Así de fuerte es el rasgo.

Tenía la boca muy cerca. Se cernía sobre mí. El deseo sordo que había estado bullendo en mi cuerpo toda la noche se intensificó unos cuantos grados.

—Quizá la terquedad natural de los Kerrigan hubiera podido florecer en la casa de los Bailey.

—El malhumorado director general podría haberse sentido atraído por esa lengua tan larga.

—Me acarició el labio inferior con el pulgar—.

Y por algunas otras cosas. —Deslizó los dedos por mi cuello y sobre mis pechos, y los acarició con suavidad antes de bajar más. Me rodeó las caderas con las manos.

Enrosqué los brazos alrededor de su cuello.

La incredulidad me sacudía por dentro, como lo había estado haciendo desde que había pronunciado los votos.

Tenía a Gideon James en mi cocina. Me gustaba despertarme a su lado.

Me gustaba charlar con él. Me gus taba el Gideon que ayudaba a su padre, el que me acompañaba al colegio para los proyectos especiales y el que me ayudaba a preparar el desayuno para cenar.

Me levantó en el aire y me sentó sobre la encimera.

Solté un gritito.

—Peso demasiado pa…

—No te atrevas a terminar esa frase. —Pegó sus labios a los míos y, un segundo después, nuestras lenguas se entrelazaron. Se metió entre mis piernas y yo le rodeé las caderas con ellas. Me besó desde la mandíbula hasta la oreja—. Joder, cada vez sabes más dulce.

—Es el sirope. —Hundí los dedos entre los mechones de su pelo, que ya se había secado.

Cuando había salido del dormitorio con el pelo mojado y revuelto, había intentado grabarme ese recuerdo en la mente.

Era solo otro punto más que hacía imposible cumplir mi lista de requisitos para el chico con el que podía acabar sentando cabeza.

Gideon me estaba echando a perder para cualquier otro.

—No es el puto sirope —gruñó, cayendo de rodillas—. Eres tú. —Me tiró de los leggings . Tuve que levantarme de la encimera para que los deslizara por mis piernas. También me quitó las bragas. La forma hambrienta en que miraba mi sexo pasó a mi lista de requisitos.

Eso. Debía tener más de eso.

—¿Otra vez? ¿No te cansas de… ya sabes…, eso?

Había dicho que tenía condones. ¿Se los habría olvidado en el coche? Practicar sexo oral todos los días no formaba parte del trato.

La mirada oscura que me lanzó me robó todas las preguntas.

—¿Y por qué iba a cansarme? —Agachó la cabeza y me lamió.

Mi cuerpo pasó a piloto automático. Me eché hacia atrás, me apoyé en las manos y abrí las piernas.

Si se cansaba del sexo oral, una parte de mi mundo iba a oscurecerse para siempre.

Captó mi mirada y pasó un dedo por donde acababa de lamerme—.

¿Crees que podría cansarme de cómo te mojas para mí?

—Me metió el dedo y yo gemí—. ¿O de esos putos sonidos tan sexys que haces?

—Una embestida, luego dos, y lo retiró. Casi estallo en llamas cuando se metió el dedo en la boca y chupó mi humedad—.

Quizá te preocupe que me canse de sentir tu sabor en la lengua o de oírte gritar mi nombre cuando te corres.

—Asentí porque no podía articular palabra—.

Mi polvorín, nunca voy a dejar de desearte.

—Volvió a lamerme el clítoris y no paró.

Eché la cabeza hacia atrás y me aferré a él.

El deseo creció en mi interior hasta alcanzar cotas imposibles. Me entregué a él, algo que llevaba haciendo desde que nos conocimos, y alcancé el clímax con fuerza. Cuando me desboqué, los fuegos artificiales estallaron detrás de mis ojos.

—¡Gideon!

Aumentó la presión y añadió un dedo. Noté cómo me ceñía a su alrededor y mi clímax se hizo más intenso; lo siguiente iba a ser su pene, pero eso ya era abrumador; en el mejor sentido posible.