Bourbon promises (Serie Bourbon Canyon 3) 17
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G ideon

Cuando entramos en casa la gata estaba en el sofá. Nos miró parpadeando, luego cerró los ojos y volvió a dormirse.

Mi padre ya estaba en su casa. Su camioneta estaba en el taller donde había celebrado la fiesta, aunque en ese momento no había ahí más herramientas que las que llevaba en la caja de la camioneta. Jonah y Summer se habían marchado.

Jonah no había dicho ni una palabra sobre la venta.

De hecho, apenas había hablado y se había puesto manos a la obra sin más.

Ese tío era diferente de cómo lo recordaba.

Era unos años más joven que yo, pero por aquel entonces no era un hombre con barba y callado.

Autumn me había hablado de su accidente y de la muerte de su hermano hacía quince años, y podía ver cómo eso lo había cambiado.

Le había enseñado a buscar la paz en su propia mente. Yo conocía esa sensación.

Por fin tenía a Autumn en casa, pero no podía usar esos condones aún. Estaba sucio y tenía manchas de grasa en lo que había sido mi mejor ropa informal. Autumn estaba fresca como una rosa. Tenía las mejillas sonrosadas de tanto reírse con mi padre.

Se me había hecho un nudo en la garganta al ver con qué facilidad habían charlado. Mi padre no había hablado de su reunión, pero Autumn me había dicho que era algo habitual, de ahí lo de anónimo.

Le hizo unas caricias a Sprinkles y este le respondió con un ronroneo. Habría podido echarla sobre el sofá y me habría dado igual que nos viera el gato, pero no quería manchar esa piel cremosa con la suciedad del trabajo de esa noche.

—Tengo que darme una ducha.

—Vale. Deja la ropa fuera y le echaré un poco de desinfectante.

—No tienes por qué lavarme la ropa. —Otras personas llevaban años lavándome la ropa. Era una de las ventajas de vivir en el casino. Pero Autumn no.

—No se puede crecer en la familia Bailey sin aprender a quitar las manchas de grasa.

No pasa nada, y no te preocupes, no va a ser algo habitual.

—Sonrió, pero la sonrisa se le borró al instante.

Estaba a punto de preguntarle qué le pasaba, pero entonces caí en la parte de «Algo habitual» de su comentario.

Nuestra relación estaba programada para durar apenas unas semanas—.

Adelante, ve a limpiarte —insistió, pasando por alto el extraño silencio—. Yo buscaré algo para comer.

—Gracias. —Solo nos quedaban unas tres semanas. ¿Quería que estuviéramos juntos más tiempo?

Me pasé una mano por el pelo. No importaba. Sin la granja Percival, no tenía ningún vínculo con ese pueblo. Alimentar la idea de una relación duradera no era justo para Autumn.

El gruñido sordo de mi abuelo resonó en mi cabeza. «El valor de un hombre está en su apellido. Percival ya no es tu apellido, pero sigue vivo en esta tierra. No dejes que tu padre lo destruya» .

Sacudí la cabeza para alejar ese recuerdo, agotado por seguir dividido entre mi abuelo y mi padre después de todos esos años.

Además, tenía que darme una ducha y, después, tenía que entregarme por completo a mi mujer.

Dejé la ropa fuera como Autumn me había dicho.

Ya en la bañera, abrí el grifo y me metí bajo el chorro gélido.

Necesitaba ese choque de frío después de esa noche.

Una vez que el agua se calentó, dejé que cayera sobre mí y me limpié a fondo.

Era mi segunda ducha del día, y necesitaba el descanso que me ofrecía ese pequeño rincón protegido por la cortina.

Habían cambiado muchas cosas desde que me había ido. ¿Era yo quien más había cambiado? ¿O mi padre?

Cuando me había ido de casa, él no tenía que preocuparse por alimentarme, aunque había dejado de hacerlo mucho antes de eso. ¿Se había dado cuenta siquiera de que me había ido? Quizá no mucho en los años en que bebía.

Verlo me recordaba los buenos tiempos, y lo odiaba.

En aquellos días estábamos mi madre y yo, pero en ese momento los recuerdos sobre mi padre invadían mi mente.

¿Era así como lo había vivido él? ¿Había sido yo un recordatorio andante y parlante de la vida que solía tener, aquella que había perdido cuando mi madre había muerto?

No me extraña que me dejara marchar sin decir palabra.

¿Qué le había hecho dejar de beber?

Desde luego, no había sido yo.

Aparté la cortina de la ducha de un tirón y me pasé una toalla por la cara. El dulce aroma de Autumn se deslizó hasta mi nariz cuando inspiré hondo. La tensión de mis pensamientos anteriores se desvaneció de mi cabeza.

Ya nada de eso importaba. Lo único que me preocupaba era pasar una noche tranquila con mi mujer.

Salí de la bañera. Qué rápido me había adaptado a un solo cabezal de ducha.

Un delicioso aroma a canela flotaba en el baño.

Después de ponerme una camiseta y unos viejos pantalones cortos negros de baloncesto —que demostraban que no siempre era un tío de pantalones de vestir y mocasines—, fui en busca de mi pequeña profesora y de la fuente de aquel dulce aroma.

Estaba frente a los fogones, contoneando las caderas. Su teléfono estaba sobre la mesa del comedor, junto a mi ordenador. De un pequeño altavoz situado junto a uno de los armarios salía una canción country con un toque vibrante. Era su baile privado. Me alegré de que fuera todo para mí.

Me acerqué por detrás y le rodeé la cintura con las manos. Ella dio un respingo y soltó una risita, mirándome por encima del hombro.

—Eres muy sigiloso, ¿no?

—Es una cualidad muy útil cuando eres el jefe. —Les eché un vistazo a las tostadas francesas que estaba preparando. En otra sartén había salchichas, y tenía un bol con huevos ya batidos sobre la encimera—. No tenías por qué tomarte tantas molestias para cocinar.

—No sé si te has dado cuenta, pero en Bourbon Canyon no hay muchas opciones de comida para llevar.

—Eso fue lo único que no eché de menos cuando me mudé.

—¿Pero otras cosas sí?

—A veces —admití. Si me lo hubiera preguntado cualquier otra persona, lo habría negado—. La universidad fue fácil. Era algo nuevo y tenía en qué centrarme, y hay mucho que hacer en Las Vegas.

—¿Pero echabas de menos tu casa?

—Sí. Aunque ahí siempre estaba rodeado de gente. Pasé de ver solo a mi padre a tener compañeros de piso y clases llenas con más gente que en todo mi instituto. Fue un cambio enorme. Luego conseguí un piso propio con un amigo, pero él trabajaba por las noches y estaba fuera mucho tiempo.

Les dio la vuelta a las dos rebanadas de tostada francesa.

—Y volviste a estar solo.

—A veces mi abuelo Percival iba a visitarme, pero se ponía a despotricar sin parar sobre lo mal que gestionaba mi padre la granja y que era un borracho.

Luego se puso demasiado enfermo para viajar.

—El alivio que había sentido me había llenado de vergüenza.

Mi abuelo no se había dado cuenta de que también estaba detallando todas las formas en las que yo había fracasado.

No llevaba su apellido. No había heredado el nombre de Percival.

No podía ayudar a mi padre. Por mucha riqueza que acumulara, no era un Percival, y al abuelo Percival era lo único que le importaba; ni siquiera estaba orgulloso de mí.

Esa idea me llenaba de pavor, como si fuera a regresar y a acusarme de todo de nuevo.

—¿Estabais muy unidos?

—Sí. —Reflexioné un momento—. En cierto modo.

Su salud no le permitía gran cosa, y él y mi padre nunca se llevaron bien.

Así que nuestras visitas eran breves. —Y adornadas por la ira del abuelo Percival—.

Al menos me llamó unas cuantas veces cuando estaba en la universidad, antes de morir.

Mi padre nunca se puso en contacto conmigo.

—O al menos no lo había hecho durante mucho tiempo.

Para cuando me había llamado, yo estaba tan resentido que le había colgado en mitad de la llamada.

Ella volvió a mirar hacia atrás.

—Eso debió de hacerte daño.

—Sí —dije con brusquedad. En aquel momento, no me había dado cuenta de lo mucho que le había dado vueltas—. Imagino que empezó a llamarme cuando dejó de beber. Pero para entonces yo ya llevaba casi diez años fuera.

—¿Crees que quería algo?

—Como estaba ascendiendo en la jerarquía directiva de los casinos y hoteles, supuse que quería dinero. No tuve que esforzarme mucho para saber lo mal que iban la granja y el rancho. Pero nunca me lo pidió. —A diferencia del abuelo Percival, papá no me había exigido nada durante esas llamadas.

La voz de mi madre sonó en mi cabeza. Ella había interrumpido al abuelo Percival durante una visita. «Déjalo en paz, papá. Giddy va a forjarse su propio legado» . Su voz había sido alegre, risueña, pero mi abuelo la había hecho callar y había seguido contándome la historia de la familia Percival.

—¿Mantuviste el contacto con alguien después de mudarte?

Hundí la nariz en su pelo, agradecido de dejar atrás ese recuerdo. Se lo había dejado suelto, y yo jugueteé con los mechones cobrizos.

—La verdad es que no. Mis otros abuelos habían fallecido antes de que me fuera de Bourbon Canyon.

Sacó las dos rebanadas de tostada francesa y las pasó a un plato. Dejó la espátula y se volvió hacia mí.

—Puede que tu padre se pusiera en contacto contigo porque se sentía preparado para afrontar sus fracasos.

—Una oleada de resentimiento me subió por el cuello, pero ella me puso la mano sobre el pecho—.

No digo que eso borre lo que hizo. Lo que digo es que te quiere.

Te falló y sientes que te está fallando de nuevo. Pero te quiere.

—¿Me estás diciendo que debería olvidarlo todo?

—No, lo que digo es que no dejes que las experiencias terribles borren lo bueno de cada recuerdo. No por su bien, sino por el tuyo.