16 #2
Los padres se estaban marchando. La mujer con la que había charlado me dijo adiós con la mano en cuanto me vio con el móvil. Les hice un gesto con la cabeza a ella y a su marido.
Maldita sea. ¿Y si pasaba algo? Contesté.
—¿Qué pasa? —La irritación se notó en mi tono, como solía pasarme cuando tenía que lidiar con él.
—Giddy, siento molestarte.
—No me llames Giddy. —Sentí un pequeño sobresalto de alarma que me subía por la garganta. Parecía desesperado—. ¿Pasa algo?
—Se me ha averiado la furgoneta y tengo una reunión. ¿Puedes llevarme?
Ni siquiera yo tenía reuniones a las ocho de la noche.
Algo me rondaba por la cabeza, un dato que debería haber captado y que podía ser importante, pero la irritación lo ahogó.
—¿No deberíamos preocuparnos por llevar tu camioneta a un taller?
—Me la voy a perder por completo. ¿Ya ha terminado el programa?
—Sí.
—Estoy a un cuarto de milla de la autopista.
—Yo sigo en el colegio. Ni siquiera he hablado todavía con Autumn. —Ella se reía con un grupo de padres y niños pequeños. Mark estaba por allí con su propio grupo.
Me echó un vistazo. Levanté la barbilla y ella me saludó con la mano. Una niña pequeña me miraba fijamente con sus grandes ojos. Yo también la saludé con la mano. La forma en que Autumn sonrió en respuesta iluminó el gimnasio más que ninguna de las luces.
—¿Crees que podrás recogerme en quince minutos? Normalmente llego muy pronto, pero alguien tendrá que encargarse de la preparación. Así solo me perderé un rato del principio.
Hice unos cálculos rápidos. Recogerlo, llevarlo al pueblo, regresar a por la camioneta y remolcarla cuando ya fuera de noche… Iba a ser una noche larga y Autumn tenía que trabajar por la mañana. No podía mantenerla despierta.
Lo mejor iba a ser que la dejara en casa para poder hacer de recadero de mi padre.
No tenía ningún respeto por mí, por mi vida ni por mi tiempo. Ya me había hecho perder dos días de trabajo arreglando la valla sin motivo alguno.
—Puedo llevarte a casa. No sé qué puede ser tan importante para ti a las ocho de la noche como para que tanto Autumn como yo tengamos que…
—De verdad que tengo que ir esta noche. La necesidad ha sido… —Suspiró—. Es mi reunión Alcohólicos Anónimos, Giddy.
A utumn
Hank entró cojeando en la iglesia luterana, con los hombros encorvados y la cabeza gacha.
Las farolas y el salpicadero iluminaban el rostro de Gideon.
Tenía la mandíbula esculpida en granito y el verde de sus ojos era inusualmente oscuro mientras veía cómo su padre desaparecía en el interior de la iglesia.
Había visto el momento exacto en que la expresión de Gideon se había vuelto severa.
Estaba hablando por teléfono, con el ceño fruncido, y entonces la alegría que había percibido cuando se había reído durante la parodia se había desvanecido.
Era el chico que había conocido en el ascensor de Las Vegas.
—¿Cuánto tiempo lleva en Alcohólicos Anónimos?
—Las reuniones se celebraban en una iglesia local y había visto los carteles, pero eran algo tan habitual que nunca me había parado a pensar en ellas ni en quién podría asistir.
Para mí, Hank no era más que una cara conocida del pueblo.
Las historias sobre su adicción al al cohol eran de hacía tanto tiempo que, a veces, parecía que Gideon estuviera hablando de un Hank James diferente.
La mandíbula de Gideon se tensó aún más.
—No lo sé.
—Pero es algo bueno, ¿no?
Por fin apartó la vista del edificio de ladrillo.
—Ha dicho que lo estaba pasando mal. Que esta semana ha sido muy dura.
—Se rascó la mandíbula; el roce de sus dedos sonó con fuerza contra su barba de tres días—.
Ayer salió temprano para ir al pueblo. No me di cuenta.
Fue al pueblo a una reunión. —Se pasó la mano por la cara—. Dos días conmigo, dos reuniones.
Le puse la mano en el antebrazo. También estaba tenso.
—Se está cuidando. Lo tiene todo bajo control. Estará bien.
—Nunca llegué a creer de verdad que estuviera sobrio.
—Apreté los labios. Lo había dicho como si fuera una confesión, cruda y entrecortada—.
De hecho, me cabreaba muchísimo la idea de que pudiera haber dejado de beber mucho después de que yo me fuera.
—Cerró la boca de golpe, como si tuviera miedo de seguir hablando—.
¿Por qué ahora? ¿Por qué no cuando yo era niño?
¿Por qué no cuando tuvo que vender el ganado?
¿El equipo? Todo eso podría haber servido para su puta jubilación.
—No lo sé, Gideon, pero por lo que he visto, el alcoholismo y la adicción dictan las reglas mucho antes de que lo haga la persona.
Me clavó su mirada velada.
—¿Cómo lo sabes?
—Oigo muchas cosas de los niños y de sus padres.
Y sí, cuando era nueva, me angustiaba mucho que un niño comentara que uno de sus padres estaba en la cárcel por drogas.
Hace unos cinco años, una madre me paró al salir del colegio.
Hablamos durante casi dos horas sobre su experiencia con la adicción y la recuperación.
Por alguna razón, necesitaba a alguien que la escuchara, y yo fui esa persona.
Dijo que su adicción tenía todo el sentido del mundo, pero que, al mismo tiempo, no tenía ningún sentido.
El músculo tenso que notaba bajo mi mano por fin se relajó.
Se pellizcó el puente de la nariz.
—Ha dicho que la reunión duraría entre cuarenta y cinco minutos y una hora. ¿Quieres que vayamos a remolcar la camioneta? —¿Crees que esto va a poder remolcar su camioneta?
—¿Hay servicio de grúa las 24 horas en Bourbon Canyon?
—Voy a llamar a Teller.
Sus labios arrogantes se apretaron en una línea recta.
—No quiero llamar a Teller.
—¿A Tenor? —Ante su silencio, me quedé pensando un momento. Tampoco me iba a dejar llamar a Tate—. Myles acaba de comprarse una camioneta, pero él y Wynter se iban a Denver el fin de semana. Está Jonah Dunn, el marido de Summer. ¿Te acuerdas de él?
Reflexionó un momento, con esa mirada perdida que se le ponía cuando se sumergía en el pasado. Jonah debía de ser un poco más joven que él.
—Más o menos —dijo.
—Creo que vosotros dos os llevaríais bien. Ninguno de los dos sonríe mucho.
La línea firme de su boca finalmente dio paso a una pequeña sonrisa.
—Vale. Aceptaré tener un cuñado. —Su teléfono vibró. Frunció el ceño mientras leía el mensaje—. Mi padre dice que uno de los chicos se quedará con él hasta que volvamos si nos retrasamos.
—Vale, llamaré a Jonah.
—Puedo llevarte a casa. No hace falta que te quedes conmigo todo el tiempo.
—No pasa nada. En mi mundo, esta es una noche emocionante.
Se le levantó una esquina de la boca.
—Me alegra oír eso más de lo que te imaginas. Me han contado historias de noches de fiesta aterradoras en mi línea de trabajo.
—¿Todo esto te parece aburrido? —Me mordí el interior de la mejilla. No necesitaba que me lo confirmara.
—Es refrescante, Autumn. Nunca odié la vida en un pueblo pequeño. Solo odiaba la mía.
Estaba volviendo a esa parte de su pasado que no era un buen lugar. Su padre había tomado medidas, pero Gideon no. Tenía que sacarlo de ese estado de ánimo.
—¿Sabes cuál es la diferencia entre esta noche y noches como esta cuando éramos más jóvenes? —Negó con la cabeza—. Esta mos remolcando un coche en lugar de ser los que se quedan atascados.
Soltó una carcajada.
—Es verdad. Llama a Jonah. Tengo que acabar con esto para poder demostrarte lo poco aburrida que puede ser la vida en un pueblo pequeño.
—Ah, creo que ya me has dado un par de pinceladas. —Se me sonrojaron las mejillas y sentí un calor que se extendía entre mis muslos.
—Tengo pensado darte algo más que eso. —Se echó sobre la consola—. Porque no me he encontrado con mi padre hasta las diez de esta mañana para poder ir corriendo a Bozeman a comprar unos condones.