16
G ideon
Me sequé el sudor de la frente y me volví a poner la gorra. Ese día estaba más nublado y hacía más fresco que el anterior. Quizá iba a tener que estrenar ese abrigo nuevo si seguía yendo a ayudar a mi padre.
—Tengo que irme.
—¿Tienes una cita con tu mujer? —Mi padre cogió su pequeña bolsa de herramientas y se dirigió a la camioneta.
Habíamos terminado, pero él había mencionado que quería llegar hasta el límite del bosque para que todo quedara uniforme.
También había dicho que quería echarles un vistazo a los viejos establos que habían utilizado mis abuelos cuando tenían caballos.
Pensaba que a algunas de las puertas les iba a ir bien unas bisagras nuevas y que había que cambiar unas cuantas tablas.
—Es una razón válida para parar. —Lo estaba provocando, y él me dedicó esa sonrisa molesta y distante.
Era demasiado terco para preguntarle directamente por qué había acortado la jornada del día anterior—.
Esta noche es la función de la clase de Autumn.
La ayudé a ella y a los demás profesores a montar el decorado.
Estuve a punto de presumir como si fuera un niño pequeño que buscaba la aprobación de su padre.
Pero también estaba orgulloso de ese puñetero decorado y quería verlo en acción.
El trabajo físico era diferente del papeleo que solía hacer.
El Silver funcionaba bajo mi autoridad, pero yo no había puesto ni un solo tornillo.
Ni siquiera había colgado los cuadros en mi ático. Ni siquiera los había elegido.
—Va a ser divertido. Siempre me ha gustado verte retorcerte ahí arriba.
—No me retorcía.
—Por favor —se burló él—. Odiabas ser el centro de atención. Y seguía odiándolo. Había crecido con gente mirándome, y nunca había sido por una buena razón.
—¿Lo tienes todo bajo control?
—Adelante. —Me hizo un gesto para que me fuera—. Saluda a Autumn de mi parte.
Habíamos ido en coches separados, así que me subí al de Autumn, arranqué y fui traqueteando por el camino hasta la carretera.
Al llegar a su casa, me di una ducha rápida.
Estuve a punto de ponerme unos pantalones de vestir y un polo, pero me detuve.
Se trataba de un programa de la escuela primaria de Bourbon Canyon.
Elegí unos vaqueros y uno de esos jerséis sin capucha que había comprado en la tienda de suministros agrícolas.
Antes de irme, me paré junto a su nevera y fruncí el ceño al ver lo que había dentro. Teníamos que hacer la compra.
Cerré la puerta. Debería haberme ocupado de la comida esa mañana.
Miré la hora. Tenía que irme. Autumn había dicho que había muchos sitios libres, pero yo pensaba colarme y sentarme al fondo.
Cuando llegué al colegio, aparqué y pensé en lo que había dicho mi padre sobre que odiaba ser el centro de atención. Pero al salir del coche e ir hacia las puertas dobles de la entrada del colegio junto con los demás padres, me invadieron más recuerdos.
Me estaba acostumbrando a ello en los cuatro días que llevaba ahí.
Recordaba a mis padres dejándome en la entrada.
Yo entraba corriendo y ellos aparcaban. Cuando llegaba el momento de cantar, los buscaba entre la multitud.
Mi madre siempre me hacía un pequeño gesto con la mano y mi padre tenía ese brillo en los ojos y una sonrisa secreta en los labios.
Nunca sabía si se reía de mí o si estaba orgulloso.
En el gimnasio había un montón de sillas plegables de plástico dispuestas en filas, con un pasillo vacío que discurría por el centro. Ya se estaban llenando.
Agaché la cabeza, deseando haberme puesto mi nueva gorra de béisbol limpia. Me habría ido bien la sombra de la visera. La gente me echaba miradas de reojo y luego murmuraba entre sí mientras me abría paso hacia el rincón más apartado del gimnasio.
Y no se veía ni rastro de Autumn.
Un hombre con un jersey sobre una camisa estaba hablando con padres y abuelos. Intenté pasar a su lado, pero me frenó.
—Buenas noches. Gracias por venir.
—Buenas noches. —Intenté dar otro paso.
—Lo siento, creía que ya conocía a todas las familias. ¿Cuál es su hijo?
Aunque me alegraba de que el colegio velara por los niños, no me gustaba que me detuvieran ni me hicieran preguntas.
—He venido a ver a una profesora.
De repente se dio cuenta y su cortesía profesional se esfumó.
—¿Eres el marido de Autumn?
Ese debía de ser Mark. Tenía unos treinta y tantos años, vestía los pantalones por los que yo había pasado de largo, pero, en general, era un tipo de aspecto agradable. Entendía por qué Autumn había salido con él.
Y no me caía bien.
—¿De la señora James? Sí.
Un destello de irritación se reflejó en su mirada. No le había gustado cómo había formulado mi respuesta. Bien.
—Claro, la señora James. Enhorabuena, por cierto. A todos nos está costando un poco acostumbrarnos al cambio de apellido. Bienvenido. —Su sonrisa era forzada.
Asentí, le estreché la mano con más fuerza de la debida y lo dejé atrás, agradecido de haber sacado tiempo para la función si Mark andaba por ahí.
La gente fue entrando. Una pareja mayor, supongo que unos abuelos, se sentó en las sillas junto a mí.
—Nuestro nieto está muy nervioso. —La mujer me sonrió radiante. Las mejillas le brillaban bajo las luces fluorescentes—. ¿Tienes a alguien que vaya a actuar?
Una punzada de nostalgia me oprimió el corazón. No. No tenía a nadie. Tenía cuarenta y cuatro años y no tenía ninguna actuación a la que acudir.
—No. Mi mujer es la profesora.
Parpadeó.
—¿Qué profesora?
—Autumn. —Su rostro seguía siendo inexpresivo—. Autumn Kerrigan, ahora James.
El hombre se asomó desde el otro lado de su mujer, entrecerrando sus ojos azul claro en mi dirección.
—¿Eres el chico James?
Hacía mucho tiempo que ya no era el chico James.
—Sí, soy yo.
—¡Ah! —exclamó la mujer, animándose—. Hace una eternidad que no veo a Hank. ¿Cómo está?
Terco. Frustrante. Feliz, y no sabía por qué. Satisfecho, lo cual me sacaba de quicio.
—Está bien.
Me dio una palmadita en el brazo.
—Bien, bien. Me alegro de oírlo. Ha pasado por muchas cosas.
Apreté los dientes. ¿Había pasado por muchas cosas? ¿Y se había ganado la simpatía de esta gente?
—¡Enhorabuena por la boda! —exclamó efusivamente—. Autumn es una joven encantadora.
—Sí, lo es. —Cuando se trataba de ella, no sentía que estuviera hablando de una desconocida.
Los niños empezaron a subir al escenario. Le dediqué una última sonrisa a la mujer que me sacaba de quicio por tener el descaro de preocuparse por mi padre, y los dos nos centramos en la actuación.
Autumn y Kerry ayudaron a los niños a colocarse en sus puestos, moviéndose de un lado a otro hasta que quedaron en fila india en cada uno de los tres niveles.
Cuando los niños se hubieron acomodado, Autumn se dirigió a un micrófono de pie. Tenía las manos entrelazadas delante de ella y esbozaba una amplia y sincera sonrisa.
—Bienvenidos. —Su suave voz retumbó por toda la sala.
Todos se acomodaron, incluidos los niños—.
Los alumnos de tercer curso de este año han trabajado muy duro para preparar esta actuación para vosotros.
Estoy muy orgullosa de su esfuerzo y sé que os va a encantar.
Ahora, sin más preámbulos… ¡disfrutad del espectáculo!
Se hizo a un lado. Se atenuaron las luces y Kerry pulsó un botón del equipo de sonido.
Una música evocadora brotó de los altavoces.
Al principio, el canto era suave, vacilante.
Sus voces se hicieron más fuertes. Los niños buscaban a sus padres entre el público, como yo solía hacer.
Entre canción y canción, algunos de los niños representaron una pequeña escena en la que aparecían los murciélagos pegados al telón de fondo.
Volvieron corriendo para unirse a la siguiente canción.
—¿A que son monísimos? —me susurró la mujer que estaba a mi lado.
Asentí, sorprendido de estar de acuerdo con ella.
Su esfuerzo y su entusiasmo impregnaban todo el programa.
Esa noche estaba rodeado de más niños de los que había visto en toda mi vida adulta.
Nunca me había fijado en los niños, y la idea de ellos no formaba parte de los planes para mi vida o para el casino.
Nos dirigíamos a un público mayor de veintiún años.
La vida de Autumn era muy diferente a la mía. Habíamos crecido de forma muy parecida, habíamos vivido tragedias, pero ella se había rodeado de juventud, emoción y energía desenfrenada.
Yo estaba rodeado de hormigón y acero, y de gente que buscaba una evasión extrema. En el Silver no había lugar para el aprendizaje. No había pensamientos sobre el futuro, solo el presente y el placer que se podía disfrutar.
Cuando echaba la vista atrás a mi carrera, tenía hojas de cálculo que lo demostraban.
Informes. Un casino cuyas puertas seguían abiertas —nada desdeñable—.
Pero cuando ella echaba la vista atrás, veía a cientos de jóvenes en los que había influido.
Jóvenes como yo, que habían crecido y alcanzado puestos de poder.
Ni siquiera me dedicaba a orientar a los aspirantes a ejecutivos en ascenso.
Eso se lo dejaba a otro equipo. Yo quería hacer mi trabajo y construir mi propio imperio para poder asegurar la fortuna de mi familia, por así decirlo.
Pero al final, no tenía nada propio. Autumn había marcado personalmente la vida de un montón de gente.
Tragué saliva con dificultad mientras los últimos compases de la música resonaban a todo volumen por los altavoces.
Mi mujer era la hostia de increíble.
Esperaba esta noche con tantas ganas como la anterior. Iba a llevarla a casa bien temprano, a tumbarla sobre el colchón y a meter la cabeza entre sus piernas por tercer día consecutivo.
Mi móvil vibró.
Hijo de…
Mientras los alumnos salían del escenario, le eché un vistazo a la pantalla. Hank.
¿Qué demonios?
Lo silencié . Seguramente iba a pedirme que lo ayudara con esos proyectos de mierda en el establo.
Un momento después, mi móvil volvió a vibrar. Me quedé mirándolo fijamente. Él nunca llamaba más de una vez.