15
G ideon
Habría sido un puto día precioso si no estuviera tan cabreado.
Solo unas pocas nubes blancas y esponjosas salpicaban el cielo.
La ligera brisa que soplaba sobre las onduladas colinas marrones me impedía pasar demasiado calor, pero hacía demasiado fresco para quedarme solo con la camiseta que acababa de comprar.
Me dejé puesta la nueva sudadera con capucha verde militar.
Ya se me había hecho un agujero en la parte de abajo por culpa de un alambre rebelde.
Estaba luchando contra la acidez estomacal provocada por los sándwiches y el refresco de cereza. Mis papilas gustativas se habían deleitado con la nostalgia, pero mi estómago había entrado en modo pánico.
—Es la valla —dije apretando los dientes. Llevábamos horas con eso—. El método para arreglarla no puede haber cambiado en veinticinco años.
El sudor me resbalaba entre los omóplatos.
Mi nueva gorra de béisbol ya estaba sucia.
Y yo también, por todas partes. Estábamos trabajando en un tramo de doscientas yardas de postes metálicos de valla que no se habían tocado desde que, probablemente, yo había tensado el alambre por última vez.
Pero no, mi padre quería que cambiáramos los postes por otros nuevos.
No tenía de qué quejarme. Al menos había comprado más postes metálicos y no había decidido cambiarlos por gruesos postes de madera para impresionar a los Bailey. Aun así, seguía sin entender por qué leches estábamos haciendo eso. Mi padre podía firmar los papeles y dejarlo todo tal y como estaba.
—No digo que el método haya cambiado. —Debía reconocer que mi padre tenía muy buena pinta.
El frescor le sonrojaba las mejillas, el sombrero le daba sombra en los ojos y las arrugas que se le habían formado desde que me había ido del pueblo le daban un aire robusto en lugar de cansado.
Ignoré el gran alivio que sentía en el pecho al ver que tenía mejor aspecto cada vez que lo veía.
Se encogió de hombros—. Solo digo que no tenemos por qué precipitarnos.
Me quité la gorra, me pasé la mano por el pelo y volví a ponérmela.
—Podrían construir otro casino en el tiempo que nos va a llevar terminar este tramo.
—Seguro que te contratarán para dirigir ese también.
No conseguía descifrar su tono. ¿Sarcástico? ¿Decepcionado? ¿Abatido?
—Tampoco es que vaya a volver a poner en marcha mi granja si cierras la venta.
—Ahora mismo te pareces mucho a tu abuelo.
—¿Eso es algo malo?
Se enderezó. Su expresión era la más seria que le había visto desde que había llegado a casa.
—Lo es si te vuelves tan venenoso como él.
—Él se entregaba en cuerpo y alma a este lugar. Y a mamá.
—¿Así es como lo recuerdas? —Me miró fijamente, expectante ante mi respuesta.
—Recuerdo que él estaba ahí cuando tú no estabas. No pudo ayudar físicamente, pero me transmitió su sabiduría.
La tristeza se apoderó de su rostro.
—Al menos intentó animarte en lugar de desanimarte. Aunque no estoy de acuerdo con cómo lo hizo ni el porqué.
—¿Qué se supone que significa eso?
Se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta Carhartt de color beige .
—¿Qué piensas hacer? ¿Dejar tu trabajo en la gran ciudad y regresar a la granja y al rancho? Autumn puede conseguir trabajo en cualquier sitio, pero en Bourbon Canyon no hay casinos.
La irritación me quemó la nuca.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿Autumn se va a mudar? Mae se pondrá triste al verla marcharse.
Me acerqué a la caja de la camioneta. Era un vehículo diferente al que tenía cuando me había mudado, pero tampoco era mucho más nuevo. ¿Qué máquina agrícola habría vendido para comprarlo?
Cogí un poste nuevo. Solo quedaban un montón más por colocar.
—Aún no lo hemos decidido.
—He oído que Darin le dejó un terreno muy bonito.
Aún no lo había visto.
—Sí, es bonito.
—Gideon, ¿qué estás haciendo?
Sabía a qué se refería. Estaba encantado con Autumn y con que yo estuviera en casa, pero el alcohol no le había quemado todas las neuronas.
—Estoy intentando salvar el legado familiar.
—Pero ya no tienes que pensar solo en ti. Sois compañeros. Ella tiene su propia familia. Sus propias esperanzas y sueños. No puedes imponerles tu voluntad solo porque tu abuelo vinculara tu valor a un trozo de tierra.
¿Un trozo de tierra? Ese era mi hogar. Ese debía ser mi hogar.
—La venta le habría roto el corazón a mamá.
Sus arrugas se marcaron aún más al fruncir el ceño.
—Giddy, lo hice lo mejor que pude.
—No me llames Giddy, y no hiciste nada. ¿Acaso te ocupaste siquiera de los animales después de que me fuera?
Frunció el ceño.
—Por supuesto que sí.
—¿Así que el perro murió de viejo? ¿Y pasó lo mismo con las gallinas?
—El perro tuvo cáncer y regalé las gallinas.
¿Qué creías que había pasado? —La comprensión se dibujó en su rostro.
Joder. No esperaba sentirme tan culpable.
Yo era el que estaba faltando al trabajo para arreglar la valla sin ningún puto motivo—.
Mira —dijo, desanimado—, no he dicho que lo mejor que pude fuera mucho.
No estoy poniendo excusas, hijo. Te fallé.
Le fallé a este lugar. Pero estoy intentando hacer lo correcto.
—¿Vendiéndolo todo?
Dejó escapar un largo suspiro.
—Tu madre no tenía seguro de vida. No podía llevar una granja y un rancho a la vez. He ido vendiendo cosas a lo largo de los años para mantenerme. Es hora de jubilarme, y no tengo nada.
La irritación que sentía en el cuello se intensificó. La tienda vacía y los graneros despojados de todo no se debían únicamente a su alcoholismo. Pero su alcoholismo era la razón por la que había tenido que empezar a vender cosas útiles para empezar.
—¿Has estado viviendo de lo que vendías? —La vergüenza se reflejó en sus ojos cuando asintió—. Puedes vendérmelas a mí.
Apretó la mandíbula.
—No voy a echarme atrás.
—Hank, soy de la familia. Por la familia puedes cambiar de opinión.
Me miró fijamente.
—¿Y tú?
¿Qué quería decir?
—El abuelo me inculcó un fuerte sentido del honor.
A los padres de mi padre les interesaba más pasar el invierno en el sur que visitar a su único nieto. A los padres de mi madre, en cambio, lo que les importaba era transmitir lecciones sobre la familia y la fortuna.
—Eso me temo. —Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, miró su gastado reloj negro—.
Tengo que ir al pueblo. —Mi padre y mi abuelo nunca se habían llevado bien, y no tenía sentido discutir sobre un hombre que ya no estaba.
Miré el largo tramo que aún nos quedaba por hacer.
Esa valla era otra ironía del destino. A mi abuelo le habría encantado lo bien que estaba quedando.
¿Por qué se marchaba mi padre antes de que termináramos?
¿Qué había pasado con lo de trabajar hasta que se pusiera el sol?
—. ¿Puedes venir mañana? —En su rostro apareció un relámpago de esperanza.
La punzada de culpa volvió. Quería pasar tiempo conmigo.
—No lo sé. Voy un poco retrasado en mi propio trabajo después de lo de hoy. —Esas palabras me dejaron un regusto amargo al pronunciarlas.
—Bueno, supongo que estaré aquí, pase lo que pase. —Se agachó para recoger el separador de alambre.
Suspiré.
—¿A qué hora? —Dejé la excavadora de postes en la caja de la camioneta.
—Eh, ¿a media mañana?
—¿Qué ha pasado con lo de levantarse cuando sale el sol?
—Puedo estar aquí al amanecer, pero dudo que ninguno de los dos quiera eso.
Pensé en cómo brillaba la hierba con el rocío a esas horas.
En esa época del año, la escarcha hacía que las briznas centellearan.
Un silencio que no había oído en todo el tiempo que llevaba viviendo en Las Vegas se extendía por el campo, y todo estaba tranquilo.
Igual que en ese momento, en el que solo la brisa y los pájaros rompían el silencio cuando no hablábamos.
Echaba de menos eso.
—A media mañana, entonces —dije con voz ronca.
La sonrisa que se dibujó en su rostro fue como un paño caliente sobre mi conciencia. Le gustaba estar conmigo.
Sin embargo, no iba a venderme Percival Farms.
A utumn
Estaba tecleando en las hojas de cálculo, recopilando datos del último mes y del trimestre anterior.
El bar de Copper Summit solo tenía tres clientes en ese momento, que tomaban una copa junto a las ventanas que formaban una de las paredes.
Los miércoles solían ser noches tranquilas, por eso prefería trabajar esos días.
Así podía sacar adelante algunas tareas extra.
Summer y yo no habíamos hablado mucho más allá de algunas trivialidades durante el trayecto hasta allí.
Ella había subido a la oficina que Teller le había preparado.
Seguía siendo la directora de la sede de Bozeman, pero trabajaba a distancia.
Cuando tenía que viajar por trabajo, Jonah y su perro la acompañaban.
Una gran sombra se cernió sobre mí. Por lo grande y silenciosa que era, tenía que ser Tenor. Guardé el informe de flujo de caja.
—¿Qué tal?
—¿Tienes un momento?
—Estaba a punto de enviarte los informes del último trimestre.
Llevaba una tableta bajo el brazo. Se subió las gafas.
—Hablando de eso, Tate y yo hemos comentado cómo impulsar las ventas del bar durante los meses de menor actividad…
—¿Por qué Tate?
Ladeó la cabeza.
—¿Por qué no Tate? —preguntó con cautela.
—Yo dirijo el bar, Tenor.
Asintió, pero le tembló ligeramente la mandíbula. Tenor era tranquilo, pero odiaba tener que dar explicaciones.
—No te veo tan a menudo como a él. Nos gusta hablar del rancho y de la destilería. — Y tomar decisiones al respecto entre ellos—. No queremos molestarte cuando estás trabajando —añadió.
—Es, literalmente, mi trabajo.
—Tienes un trabajo de más de cuarenta horas a la semana que tiene prioridad sobre este sitio.
—Llevo años compaginando las dos cosas.
Se encogió de hombros con aire resuelto.
—Exacto. En fin, cuando tú y Wynter ideéis las ofertas especiales para las fiestas, creemos que deberíais apuntar tres o cuatro cócteles nuevos y algunos que puedan repetirse cada año.
No era una idea descabellada, pero como Wynter acababa de ser madre, su tiempo era más limitado.